La trenza del hada

Inspirado en el prólogo de ‘El Jardín Olvidado’ de Kate Morton.

Érase una vez, un joven y apuesto príncipe de un reino muy poderoso, destinado a ser un día el sabio rey de aquellas tierras, cuando su padre le cediese el trono. No obstante, llegado el momento, el príncipe tendría que demostrar su valía y superar una única prueba. Pues sólo podría hacerlo si era digno de cumplir su destino.

Por tanto, un buen día, su padre el rey lo llevó a la linde de un misterioso bosque, espeso y alto, con las copas de los árboles perdiéndose en lo alto hasta más allá de donde alcanzaba la vista. Le dijo que su prueba se encontraba allí dentro, y que cuando la hubiese superado saliendo del bosque, sería rey.

El valiente príncipe se apresuró a cumplir con las órdenes de su padre, y se adentró en el bosque, espada en ristre, preparado ante cualquier dificultad que se le presentase: un oso, un enorme jabalí o alguna bestia similar, quizás un mago tenebroso al que derrotar, o tal vez un fiero dragón escupefuego.

Lo cierto es que no tenía ni la más mínima idea de en qué iba a consistir su prueba.

Entonces, el príncipe llegó a un claro en el bosque. En él se alzaba una cabaña, casi tan alta como el árbol que brotaba de ella, atravesando el techo y perdiéndose en lo alto como los demás árboles. El príncipe se adentró en ella, sin llamar a la puerta, pues ya intuía lo que se iba a encontrar.

Al fondo de la cabaña, al lado del hogar, había una anciana sentada frente a un telar.

– Pero, ¿qué modales son esos? ¿Es que no sabes llamar antes de entrar? – dijo la anciana, que era una bruja, por si no os habíais dado cuenta.

– Heme aquí para cumplir con mi prueba, vieja bruja, y así ser digno de mi destino. Decid, pues. ¿He de derrotaros en un combate sin igual? ¿O tengo que desencantar a una doncella bajo vuestro maleficio? ¿Quizás resolver un acertijo al borde de un mágico precipicio? ¡Hablad!

-Siéntate y cállate. – dijo la bruja.

El príncipe, para su sorpresa, obedeció.

Tengo una tetera al fuego. ¿Querrás azúcar? Y unas pastas, ¿verdad?

Al instante se materializó un juego de té de porcelana rosa junto con una mesita de cristal frente a ellos. El príncipe sabía que debía desconfiar de cualquier cosa que las brujas ofreciesen para comer o beber, o eso decían … pero las pastas eran de chocolate y el té olía a menta poleo.

El príncipe se encontró entonces charlando a gusto con la vieja bruja mientras tomaban el té y reían como viejos conocidos.

Cuando la bruja hubo terminado de saborear su té y sus pastas, con un suspiro satisfecho se volvió hacia su telar y comenzó a hilar una nueva pieza.

-Bueno. Hablemos ahora de cosas serias. Tu prueba. Para sellar tu destino, esto es lo que debes hacer.

El príncipe se irguió en su silla, repentinamente serio. Casi había olvidado para qué se encontraba allí. Miró con suspicacia el té y las pastas. ¿Acaso estaban encantados para obnubilar su juicio? Pero decidió que no. Algo le decía que la bruja tenía buen corazón.

-Deberás traerme tres hebras del cabello de la soberana del Reino de las Hadas, que encontrarás si sigues el camino que te trajo a mi cabaña y sabes bien dónde mirar.

El príncipe consideró las palabras de la bruja. ¿Ya está? ¿Eso era todo? ¿Ningún dragón que derrotar en singular batalla? ¿Ningún mago tenebroso más astuto que cualquier bestia? ¿Ningún acertijo con el que desafiar a su ingenio? El príncipe se dijo que la tarea debía ser más importante de lo que parecía, y mucho más difícil. Tenía que serlo.

-Pero, ¿Por qué debo traer tres hebras del cabello de la Reina de las Hadas? – preguntó el príncipe a la bruja. – ¿Por qué no otro número, por qué no dos, o cuatro?

La bruja se inclinó hacia adelante sin dejar de hilar.

No hay otro número, mi niño.

Tres es el número del tiempo. ¿Acaso no hablamos de pasado, presente y futuro? Tres es el número de la familia, ¿acaso no hablamos de madre, padre e hijo? Tres es el número de las hadas. ¿Acaso no buscamos entre el roble, la ceniza y la espina?

El joven príncipe asintió, porque la sabia bruja había hablado con la verdad.

-Por eso debo poseer tres hebras, para tejer mi trenza mágica.

El príncipe observó el telar, y pensó que seguramente la bruja querría trenzar las hebras encantadas para tejer un poderoso manto o una capa de invisibilidad. Se despidió, pues, de la anciana y con los mejores deseos de ésta, se adentró aún más en el espeso bosque.

En busca del Reino de las Hadas. Un lugar tan maravilloso como peligroso, donde un paso en falso podía suponer la perdición del hombre que osase poner los pies allí. Regido por sus propias reglas y símbolos, ritos y encantamientos más poderosos que cualquier fuerza de la tierra. Donde el Sol, la Tierra, la Luna y la Luz de las estrellas marcaban el paso del tiempo que sin embargo parecía detenerse para siempre. Un lugar al que muy pocos conseguían llegar, y del que nadie lograba salir.

El príncipe apartó ramas y hojas, y avanzó en silencio, con respeto, buscando entre el roble, la ceniza y la espina. No osó cortar ninguna rama ni ninguna hoja, ni dañar arbusto alguno. Admiraba las flores de colores brillantes desde lejos y siempre iba vigilando por dónde pisaba. No era buena idea entrar en la casa de nadie rompiendo cosas. Uno podía terminar maldecido de por vida. Se lo había dicho la bruja.

Antes de entrar en el Reino de las Hadas, algo le dijo al príncipe que debía dejar la espada atrás. El príncipe no sabía con qué se iba a encontrar, pero aquel impulso era mucho más fuerte que su temor. Así pues, dejó la espada en el suelo y se adentró en otro claro del espeso bosque.

Y al momento fue capturado por unos seres de sobrecogedora belleza y mirada acerada en sus ojos rasgados. Iban vestidos con lo que parecía hojas y pétalos de flores de gran tamaño, y sus lanzas estaban hechas con ramas más afiladas que cualquier espada.

Oh, sí. Eran hermosos y temibles, pero ninguno de ellos era tan hermoso y temible como la Reina de las Hadas.

La Sala del Trono era un espacio redondeado de unos árboles que el príncipe no había visto nunca. Eran de color azul cobalto, con ramas plateadas finas y flexibles como cabellos. La Reina Hada estaba sentada entre ellos, con vestiduras tan trasparentes y traslúcidas como sus grandes alas irisadas. Sus ojos del color de la miel parecían saberlo todo, en un rostro de belleza sobrenatural. Pero lo más impresionante de todo era su cabello. Largo y sedoso hasta los pies, de color rubio oscuro, trenzado y entretejido con las finas ramas de los árboles azules. Era un diseño tan intrincado, tan complejo, tan delicado, que era imposible decir dónde terminaba la Reina y empezaban los árboles. Parecía que llevaba puesto al bosque como corona.

La famosa intuición del príncipe volvió a hablarle, indicándole que las hebras de la trenza del hada que deseaba la bruja eran aquellas y no otras.

Entonces, la Reina habló, y su voz llenó el claro entero, y los oídos y la mente del príncipe:

-Habla, desconocido, y di por qué has entrado en el Reino de las Hadas sin invitación.

El príncipe habría caído de rodillas ante la Reina de Hada de haber podido, pero los guardias lo sujetaban con fuerza, aún sin herirle. Se las arregló, no obstante, para hacer una reverencia y dijo:

-Majestad, me presento ante vos y vuestro pueblo como un humilde visitante que no ha venido a hacer ningún daño. Soy el príncipe del reino vecino. He venido a pediros que me cedáis tres de las hebras de vuestra trenza, de las de color plateado, para una amiga que las necesita.

Hubo un estremecimiento entre el pueblo feérico. Parecía que incluso habían dejado de respirar.

-Deberíamos ejecutarlo de inmediato – dijo uno de los guardias, acercando aún más su lanza al corazón del príncipe.

-No – dijo el Hada. – Él ha venido como amigo y no como enemigo, pues no porta armas ni ardides, y ha hablado con ignorancia, no con maldad. Veréis, príncipe, estos árboles que veis aquí no son árboles corrientes. Son tan antiguos como el tiempo de las hadas en esta tierra, y seguirán aquí mientras las hadas y la magia permanezcan. Vigilan, cuidan y guardan el Reino de las Hadas, y lo mantienen en secreto salvo para unos pocos. Son los verdaderos reyes del bosque. Son los ancestros y la memoria de nuestro pueblo. Su nombre no puede pronunciarse por ningún mortal, y se nutren de la magia de la Reina de las Hadas, mediante estas hebras que tú codicias, a cambio de sus innumerables dones. No hay nada más importante para las hadas. Nada.

El príncipe se quedó pensativo ante las palabras de la Reina, reflexionando sobre qué responder, pues no pensaba rendirse tan pronto.

-Y si os ofrezco algo a cambio? ¿Algo que iguale su valor?

El pueblo feérico volvió a estremecerse, pero esta vez con lo que pareció risa. La Reina Hada divertida alzó una ceja, y su mirada fue un poco menos implacable.

-¿Qué podríais vos darnos a cambio que pueda ser tan valioso? Tal cosa es impensable.

-Todavía no lo sé, si debo ser sincero. Pero dadme tres días. Dejadme permanecer aquí entre vuestro pueblo, y hallaré el modo de compensaros por vuestro incalculable regalo. Dadme tres días, y si mi ofrecimiento no es de vuestro agrado, me iré para siempre y me aseguraré de que nadie más vuelva a molestaros. Tenéis mi palabra.

Quizás fue por el arrojo del príncipe, quizás por que el pueblo feérico había empezado a languidecer ante el tedio de tantos días iguales y necesitaba algo de diversión, quizás por curiosidad. La Reina Hada aceptó el trato y los guardias dejaron ir al príncipe.

-Sea. Pero vamos a cambiar un poco las condiciones de vuestra estancia, antes de sellar el pacto. Si no sois capaz de ofrecerme algo que iguale o supere el valor de mis preciosas hebras, seréis ejecutado por vuestra osadía. ¿Aún deseáis quedaros?

El príncipe asintió, pues aquella era una prueba digna de su valor y del premio al que aspiraba. Sellaron el trato pues, de una forma que sólo atañe a aquellos que se encontraban allí.

Entonces llegó el guardia que había propuesto ejecutarlo, y malhumorado le ofreció un cuenco de sopa. El príncipe miró desconcertado a la Reina.

-Está anocheciendo. Y tendréis que cenar algo. No descuidamos a nuestros invitados. – dijo con una risilla musical.

El príncipe pensó que las hadas eran muy extrañas, pero esta vez no desconfió de la comida que le ofrecían. Creía en el trato que habían hecho y en la palabra de las hadas, y tenía tres días antes de que aquella gente quisiese poner fin a su vida.

Qué gran hospitalidad.

Así pues, el príncipe se sentó al lado del trono de la Reina Hada a comer. Resultó que lo que le habían dado era arroz con leche.

La Reina miró sorprendida al príncipe sentado en el suelo sin remilgos, en silenciosa compañía. En sus miles de años de existencia nadie había querido sentarse con ella, dejándola sola con su regencia.

El príncipe se durmió acurrucado en una de las raíces de los árboles azules, y durmió como jamás en la vida lo había hecho. Un largo y pesado sueño, como el de los cuentos.

El día siguiente llegó y pasó, y el príncipe y la Reina empezaron a conversar para pasar el tiempo. Y al anochecer, con las luces del pueblo feérico encendiéndose en la distancia, la Reina Hada preguntó:

-¿Ya has decidido qué vas a ofrecerme a cambio?

-No, aún no Majestad, pero contadme más sobre el lenguaje de los pájaros.

Y la Reina Hada le contó todo lo que sabía sobre las innumerables aves que poblaban los bosques, que era muchísimo, y le presentó a su amigo y guardián el búho, la más sabia de todas las aves, con el que mantenía largas conversaciones acerca de todo lo que acontecía dentro de los límites de su Reino. El príncipe escuchaba absorto las palabras de la Reina y contemplaba su rostro, brillante de polvo de hada, absorbiendo su voz maravillado.

El día siguiente llegó y pasó, y el príncipe y la Reina se entretuvieron paseando por el claro. Resultó que las ramas de los árboles azules eran infinitamente largas, y pudieron ver a las hadas trabajar, comer, cantar, bailar y tocar instrumentos que conmovían a todo aquél que los escuchase. Y al anochecer, con las luces del pueblo feérico encendiéndose en la distancia, la Reina Hada preguntó:

-Ya has decidido qué vas a ofrecerme a cambio?

-No, aún no Majestad, pero contadme más sobre las cosas que crecen.

Y la Reina Hada le contó todo lo que sabía sobre las innumerables especies de árboles, arbustos, flores, hongos y hierbas que crecían en sus dominios, que era muchísimo, y le presentó a cada uno de los árboles azules, que tenían cada uno su nombre y su carácter. Hablaban con la Reina Hada con sus dulces voces, que tan sólo ella podía entender, y recitó al príncipe un antiquísimo poema feérico que los árboles recordaban sobre todo lo verde y bueno del mundo. El príncipe escuchaba absorto las palabras de la Reina y contemplaba su rostro, brillante de polvo de hada, absorbiendo su voz maravillado.

El día siguiente llegó y pasó, y el príncipe y la Reina observaron entristecidos el movimiento del Sol por el cielo y la salida de una preciosa Luna Llena de color plateado. Pues ambos sentían un vínculo inesperado que se había forjado entre ellos, un vínculo que habría de romperse cuando el día llegase a su fin, de una forma o de otra. Las hadas se fueron congregando poco a poco alrededor del trono con la llegada del crepúsculo. Y al anochecer, con las luces del pueblo feérico encendiéndose en la distancia, la Reina Hada preguntó:

-¿Ya has decidido qué vas a ofrecerme a cambio?

-Sí, Majestad. Ahora sí que lo he decidido. Y se arrodilló frente a ella, ante todo el Reino de las Hadas. – Os ofrezco mi corazón. Es todo lo que tengo, y más valioso que mi reino, o mi corona. Tomadlo, pues es vuestro, pero a cambio de nada. Ya no deseo las hebras de vuestra trenza, pero contadme más acerca de vos, y sobre lo que os hace reír, antes de que me haya ido para siempre.

La Reina Hada lo miró a los ojos, mientras el pueblo feérico contenía la respiración. Entonces él pudo ver en sus hermosos ojos la misma ternura que él sentía, la misma conexión que en poco tiempo se había hecho tan fuerte. La Reina podía verlo claramente, un hilo trenzado brillante e indestructible, que los unía a ambos. Un vínculo que unía dos almas iguales, más fuerte que las mismas raíces de su tierra.

La Reina miró a los árboles azules, escuchando un momento sus voces, y en ese momento tres de las hebras plateadas se soltaron. Y ella misma con un pase mágico cortó todas las demás, quedando libre.

Todos los presentes la observaron anonadados, y ella se volvió y habló a su pueblo:

-Estos árboles ya tienen suficientes años. Son fuertes y sabios, y están firmemente arraigados en esta tierra poderosa. Es hora de cambiar un poco las cosas. Creo que pueden seguir sin mí.

Pero yo quiero, y puedo, seguir a mi corazón.

Se casaron un tiempo después en la cabaña de la bruja. Las tres hebras con las que confeccionó la trenza mágica sirvieron para unir sus manos mientras pronunciaban sus votos, mirándose a los ojos, al futuro y a su destino. Fueron los soberanos de ambos reinos, que vivieron una prosperidad y una felicidad nunca antes vistas.

La nueva pareja plantó algunas de las hebras de la trenza del hada en macetas, para extender el bosque encantado más allá de sus límites. En las macetas ya han empezado a brotar nuevas hojitas plateadas. Un nuevo y bello comienzo.

Sor Soponcio y el vino

O de cómo Sor Soponcio supo por el vino que estaba hecha para la vida terrenal (Dios la haya perdonado).

En homenaje a don Francisco de Quevedo y Villegas.

Mi abuela Salud era una mujer peculiar. Alcanzó la mayoría de edad en el noviciado de las Hermanas Paupérrimas de Santa Urraca, en el año 1940.  La sede de la orden estaba en lo alto de una escarpada cordillera de la provincia de León, a tres días de camino de cualquier conato de civilización. No estaban los tiempos para alimentar a bocas sobrantes, y la abuela Salud ingresó en el noviciado para que sus hermanos pequeños tocasen a más. Aunque lo hizo por amor a su familia y no por Dios, Salud se preparó con abnegación para su ingreso en el ejército con faldas del Altísimo y olvidar hasta su nombre. Por tanto, desde que pusiera pie en el monasterio sería para siempre, o eso creía ella, Sor Soponcio, monja de clausura. Una vez dentro, se dedicó a estudiar con ahínco todo lo que hiciese falta para la vida monacal, empezando por la vida de la Santa fundadora de la orden, que vivió en el siglo XI. En sus lecturas decidió que seguramente no le gustaría encontrarse a aquella mujer en un callejón oscuro, pero debía admitir que se sentía muy identificada con ella:

Santa Urraca, virgen y mártir por sus ideas, tenía una personalidad similar a su coetánea y tocaya la reina Urraca I, ‘la Temeraria’. La Santa también era popular en su ámbito, pues se decía de ella que podía hablar con los animales, sobre todo con las aves. Un buen día, Santa Urraca llegó a un enclave de los Montes de León acompañada de un grupo de monjas Carmelitas Contritas, difundiendo la palabra a los todavía infieles. Allí, cuenta la leyenda, discutía con los descreídos de turno sobre si mi religión es mejor que la tuya, que si mi Dios es más poderoso que el tuyo, que si sí, que si no, lo típico de la época. Por lo visto, Santa Urraca no podía dejar una batalla dialéctica sin ganar, era superior a sus fuerzas, y ante tan duros contendientes no encontró otra salida que encomendarse al Altísimo para que la hiciese volar como a sus queridas aves. Y a continuación se arrojó cerro abajo para demostrar que su Dios era tan poderoso como para suspenderla en el aire como si de un pájaro se tratase.

Por desgracia para Santa Urraca, su Dios ese día no quiso darle alas, y falleció por un exceso de montaña al aterrizar al fondo del risco. Sin embargo, con su acción logró obrar el milagro de convencer a los paganos, pues quedaron tan impresionados por tal devoción que se convirtieron en el acto. Y con las Carmelitas Contritas formaron una nueva orden y empezaron allí mismo las obras del monasterio, en honor a su entusiasta líder caída.

Muchos años después, las Hermanas Paupérrimas de Santa Urraca tenían de pobres sólo el nombre, pues recibían numerosos fondos directamente de los Príncipes de la Iglesia, tal era su fama en la Iglesia Católica. A las Hermanas en aquellos tiempos las dirigía con mano de hierro la Madre Superiora Sor Cilicio.  Era ésta otra mujer notable a su manera, y adoraba a Cristo, a Santa Urraca y a los fondos de la Iglesia, no necesariamente en ese orden. Aún cuando nadaban en la abundancia, la Madre Cilicio imponía a sus monjas la regla de obediencia, castidad y austeridad extrema, para así poder estirar cada céntimo de los fondos al límite, y seguir mostrándose dignas de ellos ante sus benefactores.

En opinión de Sor Soponcio, el semblante de la Madre Superiora se asemejaba sobremanera al ave que compartía nombre con la orden. Dicho parecido generalmente se acentuaba cuando se orientaba en dirección a Sor Soponcio. La Madre Superiora se olía que la devoción de la monja más joven era, por así decir, de carácter teórico y pecuniario, y aunque ello hacía que se la llevasen sus considerables demonios, no tenía modo de demostrarlo.

Animadversiones aparte, el carácter de la Madre Cilicio variaba de irascible a insoportable, alcanzando su punto máximo de ebullición con la visita anual del Obispo para hablar de los fondos. Dicha visita sucedía siempre en domingo, cuando las demás monjas estaban ocupadas en la Eucaristía a cargo del Padre Saturnino. La venida del Obispo se celebraba con todo un ritual en sí mismo, año tras año. Sin embargo, en aquella ocasión se produjeron un par de pequeñas alteraciones en la tradición, para desagrado de la Madre Cilicio, que detestaba los cambios. En primer lugar, el anciano Padre Saturnino fue sustituido por el Padre Esteban, que poseía una juventud insultante y un fervor por la vida excesivamente terrenal. Además, era endiabladamente bello, aunque no es que la Madre Cilicio se fijase en esas cosas. La que sí se fijó, y mucho, fue Sor Soponcio, pues tenía la misma edad que el nuevo Padre Esteban y unos intereses más variados que el resto de las monjas del lugar. ¡Santa María del Cobre, qué miradas se dedicaban! Sor Soponcio era además la hermana designada para ayudar a preparar la Eucaristía todos los domingos. Sus tareas consistían en ir hasta la capilla de Santa Urraca en la otra punta del monasterio, de los tiempos primigenios del lugar, sacar del sagrario el Pan y el Vino para la consagración en la misa, disponerlos en los correspondientes platillos y jarras y llevárselo todo al sacerdote. Sor Soponcio cumplía con su tarea con diligencia, y hasta la venida del Obispo la creciente atracción entre ella y el Padre Esteban pasó desapercibida para todos, excepto para ellos.

‘La hermana San Sulpicio’, 1960

La segunda alteración de la tradición vino de mano del propio Obispo. Poco antes de su llegada solicitó por carta a Sor Cilicio que en aquella ocasión les atendiese en su reunión la monja más joven del convento, en lugar de la nonagenaria Sor Virtudes Teologales, cuyo tembleque de manos el año anterior había esparcido por doquier el licor de importación con el que siempre le agasajaba la Madre Superiora. 

Ésta, con un rictus de disgusto informó a Sor Soponcio que, además de sus labores previas a la Eucaristía, también debía ocuparse de ir a buscar el licor a la despensa, servirlo en la licorera de cristal veneciano, preparar las bandejas de rosquillas de Santa Eufrasia y traerlo todo con prontitud al gabinete privado de la Madre Superiora, para luego quedarse quieta y callada en un rincón y no moverse a menos que se lo pidieran. Cumplir con todas sus tareas aquel domingo era factible, claro que sí.

Lástima que sor Soponcio no contase con la gravedad como inesperado enemigo. Cargada como iba con bandejas y platillos de distintos tamaños, dulces, Hostias, y jarras y botellas varias, no pudo evitar el fatal desenlace: el vino sacramental se fue a pique. Sor Soponcio se puso muy nerviosa al ver todo el caldo esparcido por el suelo, justo en frente del refectorio. Tan sólo quedaba un poco en la jarra, que milagrosamente no se había derramado. No podía entregarla en ese estado. Sor Soponcio pensó deprisa. Primero limpió el estropicio con un cacho de su hábito, con lo cual se puso toda perdida de vino. A continuación, cogió la licorera y rellenó el resto de la jarra con lo que parecía coñac. Optimista irredenta, confiaba en que no se notase demasiado el cambio de sabor. Total, en la Eucaristía solamente daba un sorbito cada feligrés. Sin embargo, antes de seguir con la farsa dio un trago para comprobar su teoría. La Virgen. Aquello estaba asqueroso, repulsivo, incluso vomitivo. Debía cambiar el plan. De momento, aquello daría el pego hasta que tuviese tiempo de cambiarse – pues hedía a vino, y del malo – depositar el refrigerio del Obispo en el gabinete – no habría infierno en el que esconderse si le rompía la licorera a la Madre Superiora – y correr al sagrario para sacar más vino y dar el cambiazo. Así debía proceder, y así la encontró, repasando mentalmente el plan, la Hermana Bendita Paciencia.

– Pero, ¿aún estás así Hermana? Trae, que ya llevo yo a la capilla el Pan y el Vino. Tú lleva el refrigerio a la Madre Superiora. ¡Deprisa! – y resueltamente tomó ambas cosas y salió pitando al encuentro del Padre Esteban, sin que sor Soponcio pudiese detenerla.

Pero hizo lo que le habían ordenado. Se coló en el gabinete de la Madre Superiora y dejó a salvo los dulces y el licor, mientras sor Cilicio adulaba al Obispo en la sala contigua. A continuación, de puntillas, salió del gabinete y corrió con toda la velocidad que le permitían sus numerosas capas de faldas hasta la capilla, para llevarse consigo el vino falso con cualquier excusa y ocultar su pequeña fechoría.

En la capilla estaba el Padre Esteban, preparando todos los enseres para la Eucaristía, la jarra descansando sobre el altar. La monja trató de hacer un avance hasta ella, pero el Padre Esteban la interceptó y dijo:

– Hermana, debo hablar con usted. Es posible que esto le suene a locura y a blasfemia, pero debo confesar los sentimientos que usted despierta en mi corazón y que, estoy seguro, no pueden ser pecado.

Entonces Sor Soponcio olvidó todo, el vino repugnante, la Madre Cilicio y el Obispo, para entregarse a los brazos del Padre Esteban.

Y así los encontraron, a brazo partido, Sor Cilicio y el Obispo.

– Pues no me ha sentado bien ese refrigerio, Madre Superiora. Tengo el estómago revuelto y algo de náusea…

– ¡Santa Urraca Mártir! ¡¿Pero qué es esto?! – voceó Sor Cilicio, viendo cómo se desvanecían en el aire sus fondos.

 El Obispo ante la visión de un sacerdote y una monja metiéndose mano, se había quedado sin habla. Boqueaba como un pez fuera del agua y se sentó donde pudo.

-¡Estáis a esto de ser expulsados ambos de la Iglesia, de la Excomunión y de la Condenación Eterna! – siseó la Madre Superiora lívida, hirviendo de ira. – Un solo desliz más y…

Detuvo sus amenazas cuando el Obispo se levantó tambaleante, se acercó y tomó la jarra del cóctel nauseabundo. Salud sonrió. Adiós a los hábitos. Mientras tomaba la mano del que sería mi abuelo Esteban y pensaba en tomar las de Villadiego, contempló al Obispo que, sudoroso e ido, musitaba que tenía la garganta horriblemente seca. Y entonces, antes de llevarse la jarra a los labios, pidió que le dejasen enjuagar la boca con un poco de vino.

In saecula maleficarum

A todas las víctimas de la caza de brujas

Hexenküppel, Fulda (Alemania), 1606

La colina es elevada; la escalada, pesada. El grupo de aventureros asciende rápido y en silencio, con sus armas y equipamiento. Los cinco integrantes del grupo se mueven como uno solo, exhibiendo toda una compenetración como equipo adquirida en múltiples correrías. Cuando alguno se encuentra con un tramo del risco particularmente duro, y sin que emita sonido alguno, al momento aparece otro que le echa una mano en la subida. Sólo ellos cinco saben de qué es capaz cada integrante de la banda. Sólo ellos conocen y guardan el secreto. Sólo uno de ellos sabe todo lo que ello implica, y por eso les debe más que la vida.

Finalmente alcanzan la cima, y rápidos como el pensamiento todos toman posición, como tantas otras veces. Aguardan a la señal del líder, que besa la cruz gótica que lleva colgando de su cuello de toro, y a continuación desenvaina el espadón de dos manos y emite un sonoro grito de guerra.

Esa es la señal. Comienza el ataque.

El guerrero avanza hacia el portón del castillo y carga contra los guardias que, medio dormidos, no se lo esperan. No tienen ninguna oportunidad. Acto seguido el miembro más bajo de la banda, siempre pegado a los talones del guerrero, se adelanta hasta el mecanismo de apertura y lo manipula hasta que el rastrillo se eleva con un chirrido prometedor.

En la retaguardia también suceden cosas interesantes. Dos figuras femeninas encapuchadas se mantienen al margen de la encarnizada batalla que tiene lugar ya dentro de las murallas. Al guerrero se le ha unido el arquero de la compañía, un individuo esbelto y ágil que pelea con fiereza, ora con cimitarras gemelas, ora con el arco y las flechas.

Una gran luna llena despunta por el horizonte. Una de las dos encapuchadas gruñe algo por lo bajo y apremia a la otra. La aludida, con voz potente y melodiosa, recita unas palabras y extiende los brazos hacia las almenas, donde los ballesteros de la fortaleza tratan de asaetear a los intrusos. Como por arte de magia salen volando y colisionan en el aire, quedando fuera de combate. Sólo entonces la hechicera se baja la caperuza de su túnica descubriendo un hermoso rostro, y se adentra tranquilamente en el castillo. Cierra la marcha su misteriosa compañera, que sigue sin descubrirse. Por el momento.

Una vez finalizada la refriega inicial, los guerreros encuentran poca resistencia en los niveles superiores de la fortaleza. La luna brilla a través de los ventanales y los ojos de la misteriosa mujer encapuchada relucen en amarillo. El hombre de la espada una vez más toma el liderazgo e indica a los demás que le sigan, hacia las entrañas del castillo, donde aguarda su premio. La compañía desciende por las escaleras de caracol mientras la hechicera renueva su energía. Se deslizan por un corredor tras otro, suavemente iluminados por antorchas equidistantes suspendidas en ambos muros de piedra.

Entonces, a un nivel de su objetivo, encuentran un gran destacamento de soldados. Es evidente que están muy cerca de lo que buscan.

-Baz, ¡cuidado! – grita el arquero, haciendo que el guerrero se agache justo a tiempo, antes de que una gran hacha voladora le rebane el cuello. El arma continúa su camino y se hunde varios centímetros en una puerta de madera labrada.

-Bueno, ¡esto me viene de perlas! – proclama Baz mientras arranca el hacha. Con un rugido se abalanza sobre el enemigo enarbolando su nueva arma y termina con varios soldados antes de darse cuenta de que se ha quedado sin gente a la que matar. Entonces corre a ayudar a los demás.

-¡Ya era hora! ¿Sabes?, ¡aquí no vamos tan sobrados de músculos! – grita el pequeño compañero de Baz. Moritz es, ante todo, un ladrón experimentado, mucho más aficionado a practicar el noble arte de la huida a tiempo que el combate cuerpo a cuerpo. Sin embargo, eso no significa que, si le obligan, no sea capaz de defenderse. Como suele decir, la gente no acostumbra a mirar hacia abajo, lo cual es una gran ventaja para alguien con una maña especial para cortar tendones.

-¡Si te apañas muy bien, chiquitín! – dice Baz, risueño. – ¡ya te digo muchas veces que esa sangre tuya enana es una maravilla!

-¡Que te he dicho que no tengo nada de enano, maldito! – replica Moritz tratando de golpear a Baz, que es metro y medio más alto que él.

-¡Si habéis terminado con la cháchara, nos vendrían aquí muy bien unas cuantas manos! – grita Ferdinand el arquero.

Ferdinand se ha mantenido en la retaguardia protegiendo con sus certeras flechas a la mujer encapuchada y a la hechicera, que conjura una bola de fuego tras otra y las lanza con pericia a los soldados de la fortaleza. Parece que el equipo de asaltantes va a ganar de nuevo, que lo tiene todo bajo control. Pero, de pronto, llegan muchos más soldados y se precipitan los acontecimientos. Tres de ellos cargan con un ingenio parecido a una gran ballesta, y disparan contra la hechicera, que por un momento queda a su merced.

-¡Anneliese! – grita Ferdinand, y trata de interponerse entre la gran flecha de hierro y la maga. Ella conjura un escudo en el último momento, pero no consigue frenar del todo la gran flecha. La saeta penetra el vientre de Ferdinand, que cae al suelo con un ‘oh’ sorprendido.

-Anneliese corre a socorrer a su compañero, mientras ve por el rabillo del ojo al último miembro del grupo dejar caer su capa para intervenir al fin.

La contienda dura un suspiro, y pasa todo como en un borrón, como de costumbre, aunque aún no puede resistir apartar la vista. Están de nuevo solos.

La mujer, completamente desnuda, vuelve con sus compañeros. Recoge la capa del suelo y se cubre con ella. Entonces se sienta junto a Ferdinand y la maga, y mira al arquero con preocupación. Ferdinand está perdiendo mucha sangre, pero Anneliese ya ha empezado con sus hechizos de curación, moviendo unas manos centelleantes sobre la herida.

-Gracias, Gaua – dice Ferdinand con un gemido apenas audible. Anneliese le insta a no hablar y a ahorrar energías.

Gaua está inquieta, pero cierra los ojos y poco a poco logra calmarse encerrándose en uno de sus silencios, concentrándose en algo que sólo ella puede ver en el fondo de su mente. Es una mujer joven y esbelta de unos treinta años, cuyo rostro enmarcado por una melena de color caoba posee una belleza delicada, un rostro que no desentonaría en un baile en la corte. Más allá de su apariencia, la postura de Gaua transmite una solemnidad y distinción difíciles de describir. Sus gestos y modales podrían pasar por los de una princesa o gran señora, aunque sus ojos aún reluzcan salvajes.

-Debemos movernos, ocultarnos en algún sitio mientras termina de sanar – dice Gaua, señalando la herida abierta del arquero.

-¿Qué os parece aquí dentro? – les llega la voz de Moritz. – ¿Creéis que serán conscientes de que tienen esto aquí?

El equipo se apretuja en el escondite, una cavidad oculta tras un tapiz solitario en uno de los corredores. Baz y Gaua cargan con Ferdinand y lo depositan en el suelo con un gruñido ahogado del arquero malherido.

-Podrías haber ayudado un poco antes – sisea Anneliese un poco resentida, pero tratando de no perder la concentración del vientre del arquero, que se va cerrando poco a poco.

-Y no tendría que haber intervenido, sabéis que me cuesta mucho volver a ser yo. Os dije que me estoy reservando para el Malefizmeister… y para él. Ellos dos son los responsables de todo. Y vosotros también queréis cogerlos, pues fueron ellos los que se llevaron a Rhiannon.

Todos guardan un momento de silencio recordando a la compañera caída, cruelmente asesinada en la brutal caza de brujas que asola aquellas tierras. Rhiannon ha sido una de las pocas brujas auténticas que ha caído en las garras del juez inquisitorial Balthasar ‘Tuerca’ Nuss, el Zentgraf (1)de Hofbieber y Malefizmeister(2) de su señor y tocayo, Balthasar von Dernbach, Príncipe Abad de Fulda. Nuss lleva tres años persiguiendo brujas para Dernbach, que parece querer reducir Baviera a cenizas. El Malefizmeister es famoso por su absoluta falta de humanidad y una imaginación sin precedentes aplicada a las innombrables atrocidades que inflige a sus víctimas en busca de una confesión. Tras horas de tortura, las víctimas dicen cualquier cosa que Nuss desee: pertenencia a aquelarres, participaciones en rituales demoníacos, e incluso relaciones con Satán en persona, así como cómplices cualesquiera en la práctica de la brujería, a fin de que cese pronto el tormento. Nadie sabe el número exacto de mujeres que hasta la fecha han perecido a manos de aquél sádico, pero se cuentan por centenares. Ninguna de las personas que ha sido señalada por Nuss y traspasado las murallas de Hexenküppel ha sobrevivido. Ninguna mereció el calvario sufrido ni el horrendo final.

Y luego está Dernbach, el amo y señor de aquellas tierras, el que ha ordenado tanto tormento y muerte, pero siempre en el nombre de Dios. Sólo por ello merece un destino igual o peor que el de Nuss, pero su conexión con Gaua, la razón por la que le hará sangrar, empezó mucho antes que los juicios de brujas.

-Si caen ellos dos se acabarán las persecuciones. Lo he visto antes. – dice Gaua lacónicamente. Los demás entrecruzan miradas, pero no dicen gran cosa. Al final, y como siempre, Moritz es el único que se atreve a decir lo que todos piensan.

-Sí, eso está muy bien. ¿Pero qué tienes que ver con todo esto? Después de todo, llegaste cuando perdimos a Rhiannon. En realidad, no sabemos nada de ti o de tu… condición. Más allá de lo obvio. Oh, por supuesto, tenerte de nuestro lado es una gran ventaja en ocasiones, pero también nos ha metido en varios líos, como aquél con los cazadores furtivos…

-O el entuerto con la Condesa Sangrienta. ¡Aquello fue bueno…! – interviene Baz, sonriendo a sus recuerdos.

-Y el mes pasado, lo de esa aldea maldita… Y lo que vino después. Todavía tengo pesadillas con arrastrarme por aquellos agujeros llenos de gusanos – siguió enumerando Moritz.

-Por no hablar de que ahora mismo estamos escondidos en el armario de las escobas de Hexenküppel – se queja Anneliese.

Gaua no contesta, sólo mira alternativamente a sus compañeros con el ceño fruncido, pero sin dejar que su rostro revele nada más. Sin embargo, en su interior se pregunta si no es ya la hora de revelar a sus compañeros las respuestas que anhelan sus almas. Quizás así también libere un tanto la suya.

Ferdinand por su parte no dice nada. Está recuperando fuerzas rápidamente y se incorpora. Quiere oír el resto de la historia. Incluso Baz, que ha estado más ocupado limpiando y afilando la espada que prestando atención a la conversación, se detiene a escuchar.

La voz de Gaua brota como un torrente de aguas largo tiempo contenidas. Sus palabras arrullan y transportan a sus compañeros en el tiempo, treinta y seis años atrás.

Bosques de Fulda, 1570

Al fin encontró agua. Ixeia se abalanzó sobre aquel pequeño riachuelo a beber. Después de días de travesía no podía recordar cuándo había sido la última vez en saciar su sed, y aquella agua fresca le supo a gloria bendita.

Así es cómo la encontró Fray Michael, en mitad de la floresta, de rodillas y dando gracias a Dios. Era inevitable que la hermosa joven le cayese en gracia. Entonces vio los profundos cortes en brazos y piernas de Ixeia, y sus pies ensangrentados.

El agradable monje insistió en socorrerla como era debido, aunque Ixeia desconfiaba por instinto de los clérigos. Y no era para menos, dados los estragos que había presenciado por su mano en todo el camino recorrido, desde su Vitoria natal hasta aquellos bosques cercanos a la villa de Fulda, en Baviera. La joven no podía siquiera empezar a explicar a aquel monje los horrores vividos y los terrores que la habían perseguido por diversas poblaciones y asentamientos. Las razones, sólo ella las sabía y no las mencionaría jamás en territorio eclesiástico, donde trataría de ocultar incluso su pelo rojo. Pues precisamente ahí es donde deseaba llevarla el monje, a su hogar, la abadía de Fulda. Sólo hasta que lograse reponerse del todo. La muchacha se resistió, pero en algún momento debió de caer desfallecida por el agotamiento, pues cuando despertó estaba ya en el monasterio, al cuidado de su nuevo amigo.

Fray Michael la llevó en primer lugar al pequeño dispensario del monasterio, y allí los hermanos legos la atendieron con esmero y suma caridad cristiana. Gracias a sus cuidados las heridas superficiales de Ixeia comenzaron a sanar lentamente. Sin embargo, la mayor aflicción de Ixeia no se podía ver, y la sumía en estados de desesperación o terror extremos cuando ya no tenía nada que temer. A ese estado lo llamaba ‘su lobo’, y era una enfermedad de la mente.

Los hermanos legos hacían lo que podían para calmar sus pesadillas y sus temblores incontrolables, pero lo que más la ayudaba y consolaba, lo que lograba ahuyentar durante más tiempo al lobo que veía cuando cerraba los ojos, así como sus horrendos recuerdos, el olor de ceniza y carne quemada, eran sus charlas con Fray Michael.

El clérigo la visitaba con regularidad para supervisar su mejoría. Solía aparecer en la puerta del dispensario de buena mañana, justo después de Laudes. Al cabo de un par de semanas se acostumbró a interrumpir sus labores antes del comienzo de las oraciones en las Horas Menores y rezar en el mismo dispensario, ‘por la pronta recuperación de la hermana Ixeia’, decía. A la joven le fascinaba la devoción con que el fraile elevaba sus plegarias a Dios, y la expresión de absoluta paz en su rostro cuando terminaba sus rezos, abría los ojos y sonreía a Ixeia. Era muy joven, muy piadoso y su carácter apacible de maneras sosegadas era contagioso. Ixeia se familiarizó pronto con la tez del fraile y su sonrisa luminosa, a la que echaba incluso de menos en las Horas Mayores. Empero, la capilla donde se reunía la congregación se encontraba cerca del dispensario, e Ixeia se asomaba a la ventana y aguzaba el oído para escuchar los rezos. Esperaba todo el tiempo que duraba la misa, hasta que lo oía. Benedictio Dei Omnipotentis, Patris, et Filii, et Spiritus Sancti descendat super vos et maneat Semper. Amen. Vos can vado in pace. Deo gratias. Entonces, sin saber muy bien por qué, su corazón se aceleraba. Y volvía a su camastro justo a tiempo para ver aparecer la sonrisa de Michael de nuevo por la puerta.

En sus continuas visitas el monje le contó muchas cosas de su humilde existencia. Era copista y solía dedicar gran parte del día a escribir y embellecer códices en el scriptorium de la abadía, para enriquecer aún más la celebérrima biblioteca de Fulda. Cuando no se encontraba atendiendo a otras obligaciones u orando, por supuesto. Se había educado y criado desde muy niño en aquel mismo lugar, siendo un alumno aventajado en la escuela del monasterio, y demostrando una temprana y despierta inteligencia, muy sensible para las artes, las letras y las ciencias. Tenía ya desde entonces una celda en la parte septentrional, realmente el único hogar que había conocido.

Le habló también del Príncipe Abad del monasterio, Balthasar von Dernbach, el dueño y señor de aquellas tierras y un vasto territorio. Un hombre imponente y muy importante, que sin embargo había supervisado con interés la educación y los progresos de Fray Michael, así como sus propensiones y dotes, y le había asignado personalmente su lugar en el scriptorium. Le contó también que Dernbach andaba muy preocupado aquellos días, que sus detractores, más fieles al protestantismo que al catolicismo de Fulda, crecían día tras día, y temía que lo destituyesen y exiliasen más que a ninguna otra cosa. Al fraile siempre se le ensombrecía el rostro cuando hablaba del tema, como si previese una nube negra ligada al Príncipe Abad.

Cuando los hermanos legos informaron de que no podían hacer más por Ixeia, que ya estaba por completo curada, a Fray Michael le bastó una mirada de la joven para comprender que no deseaba marcharse, que no quería quedarse sola, sin él, sin su consuelo. Así que el monje la ocultó en el granero, en los establos, en su celda misma, y la cubrió con una túnica de hermano lego. Quebrantó todas y cada una de las reglas del monasterio, pero lo hizo convencido de que a Dios aquello poco le importaba, que tenía menesteres mucho más interesantes que atender.

Se enamoraron sin querer. Y se entregaron el uno al otro queriendo.

Ixeia le preguntaba una y otra vez si no deseaba que ella desapareciese de su vida, que se marchase lejos y le dejase en paz con su plácida existencia monástica. Michael solía decir que su amor por Dios y por Ixeia no eran contrarios, sino complementarios. Decía ver la obra de Dios en el rostro de la joven, y el misterio de la fe en el fondo de sus ojos. Para Ixeia, Michael era sencillamente luz. Era su luz.

Al poco tiempo la joven descubrió que estaba encinta, y a la sazón ya nadie podría separarles. O eso pensaban.

Planearon pues fugarse juntos, empezar una nueva vida lejos. Pusieron todas sus esperanzas en un plan supuestamente infalible que les abriese las puertas de una vida de dicha. Acordaron fugarse de madrugada un día veintiuno de junio de 1570, antes de Maitines.

Y les estaban esperando a la salida del monasterio.

Nunca supieron quién les había delatado, pero poco importaba.

Dernbach estaba furioso. Gritaba y echaba espumarajos por la boca, vociferaba sobre una sucia traición a su persona. Clamaba frente a los dos prisioneros que el pecado se había introducido entre las mismas paredes de su monasterio, pero que iba a eliminarlo de raíz.

 No hubo misericordia para Michael. Lo ejecutaron mucho antes de que pudiese suplicar clemencia. Mas, sí que llegó a proclamar que Ixeia estaba encinta, y murió creyendo que así la joven se salvaría.

A Ixeia la encerraron en la celda del monje bajo llave, mientras deliberaban su destino.

Era el Solsticio de Verano, y una gran luna llena brillaba a través de los barrotes de la celda. Ixeia tomó una decisión. La de no volver a ser una criatura débil, a merced de los designios de otros. De abrazar a su lobo, de entregarse a su verdadera naturaleza y a su destino.

Y se concentró para lanzar un conjuro. El más grande que había efectuado hasta la fecha, antes de que la persiguieran en España y en Francia, y el mayor sortilegio que jamás haría. Bañada por la luz de la luna, y el sol despuntando por el horizonte, se hechizó a sí misma y a la criatura que llevaba en el vientre. Un hechizo que muchos llamarían posteriormente ‘maldición’, y que jamás podría deshacerse.

Gracias a su nueva condición, Ixeia pudo escapar de su celda y del monasterio, pero no sin antes dar sepultura al cuerpo de Michael en los terrenos de la abadía, el lugar que tanto había amado. La joven lloró amargas lágrimas de despedida, y, al momento, brotó un hermoso rosal sobre el eterno lugar de descanso del monje. Ixeia le prometió que no tardarían en volverse a ver.

Entonces inició su transformación, lista para marcharse para siempre de aquel lugar, muy consciente de que había alguien observándola. Sus nuevos sentidos la habían alertado de su presencia mucho antes, y aunque estuvo muy tentada de vengarse, pensó que no era lo que Michael hubiese querido.

‘Habentis Maleficia’, murmuró el abad, presenciando cómo aquella criatura se transfiguraba ante sus ojos, saltaba los muros del monasterio y se perdía en los bosques bajo la luz del amanecer. No alertó a nadie, pero jamás olvidó lo que había visto.

-Después de aquello, la frágil mente de Madre quedó completamente devastada. Deseó todos y cada uno de los días que restaron de su existencia reunirse con Michael. Pero tenía una obligación para con su bebé. Para conmigo. Oh, sí, me crio, me enseñó su arte y lo hizo bien. Solía decir que estaba muy orgullosa de mí, y me contó todo sobre Padre. Acudió a reunirse con él cuando vio en mí que era ya toda una mujer, que podía cuidarme sola, cuando yo tenía dieciséis años – dice Gaua, introduciéndose a sí misma por primera vez en aquella triste historia. Sus compañeros, avezados y duros aventureros tienen un nudo en la garganta, desde el primero hasta el último.

-A partir de entonces no hay mucho que contar. Por supuesto, me afectó el hechizo o maldición, y tuve tiempo en demasía para dominarlo, aunque no sin grandes sufrimientos. Me cambié el nombre, aprendí, adiestré y me adiestraron, me refiné y me superé a mí misma cientos de veces, pero no olvidé. Ascendí en la escala social. Me casé con el Kurfürst(3)de Munich, Prinz Friedrich, y tuve acceso a los más altos dignatarios de Baviera como flamante princesa. Así fue cómo conocí al mismísimo Dernbach en una de las reuniones de la corte. No cesó de alabar mis modales refinados, y yo soporté su cháchara insulsa y sus repulsivas atenciones disimulando muy bien mi desprecio. Lo único que me interesaba de él en aquellos momentos era su olor.

Entonces Gaua se pone rígida. Olfatea el aire.

-Está aquí. Acaba de llegar.

La compañía deja su escondite, con Ferdinand completamente curado y en la plenitud de sus facultades, desciende al último nivel de la fortaleza y llega al fin al portón que andan buscando desde el principio. Tras él se escuchan gritos ahogados, que se ven interrumpidos cuando la compañía traspasa el umbral.

Es una sala de torturas, con varios desdichados sufriendo tormento. Pueden sentir más que ver a uno que gime dentro de la Doncella de Hierro, un par en la picota, y otro yaciendo en el potro, en pleno interrogatorio con Nuss mientras Dernbach supervisa el procedimiento, el cual abandona cuando ve a los extraños personarse en la estancia. Es la viva imagen de la confusión.

-Prinzessin Hildegarde! Was machen Sie hier…? (*)

Y esas son sus últimas palabras, antes que un enorme lobo cobrizo salte sobre él desde donde unos instantes antes estaba Gaua, o la princesa Hildegarde, y lo destroza con fauces y garras.

Cuando Dernbach ya no es más que un puñado de vísceras ensangrentadas, la bruja lobo se gira hacia Nuss, pero sus compañeros con gran aplomo la detienen.

-Espera, Gaua. Creemos que él merece algo diferente. Un final más lento.

La compañía de aventureros libera a los reos y abandona aquel maldito lugar para siempre, perdiéndose en la noche. Anneliese y la propia Gaua quedan un momento rezagadas, asegurándose de que las almas atormentadas de los cientos de cuerpos enterrados en las catacumbas bajo Hexenküppel encuentren al fin la paz.

Epílogo:

A diferencia de lo que solía suceder en aquellos tiempos, en los que la causa de muerte de un inquisidor era la edad o las enfermedades propias de la época, la historia cuenta que, tras la muerte del Príncipe Abad, Balthasar Nuss fue arrestado y detenido durante trece años, debido a que como Malefizmeister violó repetidamente las disposiciones aplicables que se encontraban en vigor en aquel momento. Finalmente, fue juzgado por enriquecimiento en relación con los juicios por brujería, y decapitado en 1618 en Bad Brückenau.

Los pasajes subterráneos bajo Hexenküppel siguen estando en gran parte inexplorados.

(*): ¡Princesa Hildegarde! ¿Qué hacéis vos aquí…?

(1): Juez de la Centena (distrito judicial).

(2): Maestro de la Maleficencia. Comisionado brujo o ‘juez brujo’. Su trabajo consistía en garantizar el curso adecuado de un juicio por brujería. En la práctica a menudo los Maestros de la Maleficencia impulsaron la persecución. 

(3): Príncipe Elector.

El castillo maldito

Decían de aquel castillo que  jamás había sido conquistado. Aquello era cierto sólo en parte. Lo que en realidad sucedió fue mucho más rocambolesco de lo que la gente estaba dispuesta a creer. La verdad de lo que ocurrió, si alguien la supo, permaneció oculta con el devenir de los siglos, hasta que sus muros en ruinas me la susurraron cuando pisé sus antiquísimas piedras. 

El castillo era en verdad una fortaleza inexpugnable, y así hubiese permanecido de no haber sido por un traidor. El villano abrió una puerta secreta, apenas una hendidura en el muro de sólida roca que muy pocos conocían o ya habían olvidado, y por aquel agujero penetró el rastrero ejército enemigo, dispuesto a masacrar sin cuartel. Una vez cobrada su felonía, el traidor sin nombre se perdió en la noche con un hatillo y los gritos de alarma resonando en la lejanía. 

Los soldados del castillo lo defendieron con valentía y honor, pero jamás tuvieron su oportunidad. Los superaban en número y los cogieron desprevenidos. Los aceros entrechocaron y la sangre tiñó de rojo las piedras que ya eran centenarias cuando todo esto ocurrió. 

Cuando cayó el señor del castillo, su hija mayor, que practicaba las artes mágicas perdió toda esperanza, contemplando desde su balcón cómo apenas quedaban ya con vida los soldados de su padre. Entonces se retiró al extremo más alejado de la estancia. Susurró su maldición cuando los invasores derribaron la puerta de la torre del homenaje, momentos antes de tomar el venero que tenía oculto en un hueco del muro de sus aposentos. 

Cuando las arañas llegaron ella ya no estaba allí para verlo, pero cumplieron con su voluntad. Extinguieron con rapidez toda vida remanente en el castillo, los pocos supervivientes a la batalla, e incluso animales y plantas. 

A la mañana siguiente no quedaba nada ni nadie, ni siquiera huesos o ropajes. El castillo quedó completamente vacío, para consternación de los aldeanos, que no se explicaban qué podía haber ocurrido. Tan sólo habían escuchado el estruendo de la trifulca a altas horas de la madrugada, y luego el silencio más absoluto. Aquellos pocos, viejos en su mayoría, que podían recordar las leyendas acerca de unas espantosas criaturas que bien serían capaces de tal estrago, que podían anidar durante años y siglos en lo más profundo de los bosques fueron instados a callarse, pues nadie quería dejar siquiera un resquicio a la creencia de que tales bestias, sobrenaturales y terribles anduviesen por aquellas tierras. 

Así pues, el castillo quedó deshabitado y abandonado durante años y años, y con el tiempo el misterio de lo ocurrido aquella aciaga noche pasó al olvido. Mucho tiempo después declararon el lugar monumento y bien local, y se llenó de turistas, que deambularon por estancias derruidas y aposentos sólo reconocibles por los cimientos, mirando con curiosidad pedazos de madera desperdigada por aquí y allá, con una textura muy extraña, como de tela de araña.

El pequeño espantapájaros

Chulilla, 23 de enero de 2021

Es el relato que el lugar me inspiró , el mismo que todas las villas medievales me susurran. Quizás por una obsesión personal, un recuerdo que no es mío del todo o porque todos los pueblos tienen historias similares que contar.

La muchacha salvó la baranda de un salto, y siguió corriendo calle abajo. Sus perseguidores la habían perdido de vista por un momento en la madeja de callejones del pueblo, pero los escuchaba pisarle los talones. El Sol hacía un rato que se había puesto y corría casi a tientas desesperadamente en busca de un refugio. Pero no lo había. Todos los habitantes del pueblo le habían cerrado sus puertas y escuchaban la cacería tras los postigos sellados, o se encontraban entre los perseguidores, portando horcas, hoces y antorchas. La joven estaba exhausta. Desde que habían prendido fuego a su cabaña hacía tres días sólo había encontrado un momento de descanso escondida en la caseta del molino de agua, pero el viejo lechero la había visto y la hicieron salir para ajustarle las cuentas de una vez por todas.

Escuchaba a la turba acercarse, agazapada tras una de las chozas con paredes encaladas, y podía oler el fuego de las antorchas con las que sin duda pretendían encender la hoguera bajo sus pies. Tragó saliva y reemprendió su frenética carrera. Consideró esconderse en las cuevas, pero lo descartó al instante. Allí sería donde primero la buscarían, y no habría escapatoria posible. Siguió corriendo, resollando, casi sin aliento. Apenas notaba los guijarros bajo sus maltrechos pies, tan sólo sentía su corazón retumbando aterrado entre sus costillas, recordándole que todavía estaba viva, que todavía no la habían cogido.

Echó la vista atrás para ver dónde quedaba la turba, y entonces tropezó con un montón de macetas enfrente de una casa y cayó. Trató de levantarse, pero el agotamiento y algo que vio la hicieron detenerse: un pequeño espantapájaros, no mayor que la palma de la mano, hecho con unos trapos y unas cañas, a todas luces por un niño. Lo habían puesto en una de las macetas para proteger el sembrado, pero resultaba más ornamental que amenazador para los pájaros.

La muchacha cerró los ojos mientras lágrimas de rabia caían por sus mejillas. Con la de veces que había procurado por aquel ingrato pueblo. Las incontables ocasiones en las que había sanado a sus hijos, la de veces que sin saberlo había bendecido sus cultivos y hallado sus pertenencias extraviadas. Jamás les había causado daño alguno. Nunca, aun pudiendo. Y no había sido ella, en absoluto, la que había traído aquella sequía horrorosa. Al contrario. Si supieran… ay, si supieran.

Y entonces tomó la decisión. No la cogerían viva. Ni hablar. Jamás permitiría que le hicieran lo que a la vieja Ruth, vecina suya cuando ella era una niña. Se levantó de entre las macetas rotas y siguió su camino, dejando un pequeño rastro de sangre tras de sí. Iba barruntando el conjuro que le ahorraría su aciago final, un encantamiento que de atreverse a realizarlo no tendría vuelta atrás. Llegó a una pequeña terraza natural suspendida sobre el barranco en el que alzaba el pueblo. Allí tenía todo lo necesario, y lo haría ahí mismo, con el castillo de fondo como único testigo. Rápida como el pensamiento recogió romero, tomillo y brezo, y extrajo de su cinto sal, ruda y aceite de lavanda. Ya les escuchaba acercarse, estaban muy cerca, tan cerca… pero no lo bastante.

Cuando la turba llegó y se dispersó por el lugar no había rastro de la joven. La terraza estaba vacía, salvo por un gato negro que los observaba con el pelaje erizado, al pie de un pelele de colores que miraba hacia el abismo. Hicieron lo propio y se asomaron al barranco, esperando verla al fondo del risco o suspendida de una de las ramas sobre el vacío. Pero no, era como si se hubiera desvanecido en el aire, que olía fuertemente a romero. La maldijeron por habérseles escapado, y poco a poco fueron abandonando el lugar, con la brisa nocturna meciendo las ramas de un hermoso roble joven, orientado hacia las montañas y el imponente paisaje, bajo un cielo infinito en el que brillaban las primeras estrellas. Entre las raíces del árbol había una muñeca con la forma de un pequeño espantapájaros.

{AVANCE}

¿Qué chica no sueña con ser princesa? Levantarse un día de la cama y descubrir que en un suntuoso palacio la esperan a una, para cubrirla de finas galas y coronar el atuendo con una deslumbrante tiara de diamantes.

Bueno, lo de casi todas es fantasía pura, que se evapora más o menos con la edad. Mas, yo sí conocí a una princesa perdida que vivió el sueño, y os puedo asegurar, que lo interesante es lo que hizo después de despertar.

{Texto completo próximamente }

Escrito a dos manos

Para Lucas.

Carlota se sienta en la misma mesa de siempre. Le gusta cómo el Sol entra por el gran ventanal de la cafetería, calentándole el ánimo y un lado de la cara. Ahí es donde ella se sienta a escribir, siempre con su estilográfica y su cuaderno Paperblanks. Tampoco le faltan nunca un pedazo de la tarta de zanahoria de la casa y un café americano con un terrón de azúcar. En esta mesa ella escribe de todo, mientras espera a que se le ocurra algo realmente bueno, y cumplir su sueño de convertirse en novelista.

Abre el nuevo cuaderno por la primera página, mientras acaricia y admira la cubierta. Es roja con filigranas doradas en relieve. Tiene ideas muy firmes acerca de la inspiración y las formas de convocarla, a poder ser con estilo y elegancia. Y orden, sobre todo orden.

Carlota echa una ojeada al ambiente chic de la cafetería. Hay varias mesas ocupadas por jóvenes conversando animadamente, o trabajando en portátiles y tabletas, aislados del mundo por enormes auriculares. El aroma de las bebidas calientes se mezcla con la de su americano, que huele intensamente al mejor café arábica. Carlota aspira su olor, toma un sorbo y comienza a escribir.

Es un relato sobre la expresión literaria y sobre la magia de contar historias. Es un escrito también de misterio que mantiene la intriga hasta el final. Es también, por supuesto, una historia de amor. Al menos es todo ello en su mente.

La escritura de Carlota fluye mientras su pluma rasga la página al ritmo de sus pensamientos. Hasta que éstos dejan de fluir. Ha definido los personajes, su entorno y sus motivaciones, pero no sabe cómo seguir. Come su tarta y reflexiona, y no se le ocurre nada. Decide tomarse una pausa y se retira un momento al baño, esperando que cuando vuelva, retorne también su musa.

Cuando Carlota regresa y retoma la tarea y la pluma, se da cuenta de que pasa algo extraño. A continuación de lo último que ella recuerda haber escrito, hay una nueva línea:

“A la heroína le llegó una ayuda inesperada: un aliado ingenioso le prestó su voz de manera desinteresada”.

Carlota mira alternativamente la frase salida de la nada y a la pluma con desconfianza. ¿Es que ha seguido escribiendo sola? Se reprende a sí misma. Tiene demasiada fantasía.

Vuelve a leer la frase de marras. Admite que encaja muy bien con la historia que está contando. Carlota se queda pensativa y turbada, tanto, que se marcha a su casa en compañía de su gata Red.

Al día siguiente Carlota vuelve a la cafetería a su hora habitual, invariablemente pide su merienda y se sienta a continuar escribiendo. Decide seguir a partir de la misteriosa frase, pues en cierta forma sí ha resultado ser una aliada inspiradora.

Fuente: Freepik

Carlota escribe y escribe, y le gusta los derroteros por los que va su historia. De pronto, levanta la mirada y ve a un viejo conocido en el mostrador de dulces, y se levanta a saludarlo. Tras una charla animada de las de ponerse al día, regresa a su mesa y casi se cae de la silla de la sorpresa.

Ha aparecido otra frase, de nuevo a continuación de su última escritura:

“Ella descubrió una pista sobre el misterio que la intrigaba. Decidió seguirla, por ver a dónde llegaba”.

Carlota se enfada consigo misma por haberse distraído de nuevo y dejado que un desconocido trastee con sus cosas. Sin embargo, leyendo la nueva frase se fija en que su escritura, pulcra y obsesivamente recta contrasta fuertemente con el tembloroso garabato del desconocido, de tinta emborronada sobre las apresuradas líneas. Eso significa una cosa: la persona misteriosa escribe con la mano izquierda.

Carlota observa al resto de clientes de la cafetería tratando de localizar al zurdo en cuestión. Pero, cómo no, el escritor espontáneo no se delata tan fácilmente. No hay nadie en el local que sea visiblemente zurdo. Nadie come o escribe en aquel momento. Todos conversan o sostienen los grandes tazones del establecimiento ¡con las dos manos!

Debe de tratarse todo de una broma, piensa Carlota, que recoge sus cosas y sale por la puerta, rumiando aquel misterio que la saca de sus casillas.

Al día siguiente se promete que no va a distraerse bajo ningún concepto, y que no va a bajar la guardia ni en la intimidad del baño. Si el desconocido desea continuar con la guasa, entonces será bajo su atenta mirada. Carlota continúa escribiendo su historia durante al menos dos horas, y ni rastro del escritor espontáneo. Ya está convencida de que el asunto ha terminado cuando uno de los camareros tropieza, ¡y derrama sobre ella un Frappuccino! Suerte que el café está helado. No así la sulfúrica Carlota, que echa chispas mientras corre al baño a limpiar el estropicio. Cuando vuelve a su mesa, el camarero está fugado y una nueva línea ha aparecido en el escrito:

“Una buena historia, narrada con maestría, une a lector y escritor en súbita camaradería.”

Carlota sigue enfadada por el incidente del café y frustrada por no haber pillado in fraganti a su esquivo colaborador. Sin duda el susodicho la vigila, y no le hace ninguna gracia. No obstante, no puede evitar leer aquella nota borrosa, y se sorprende a sí misma dándole la razón y apreciando la nueva perla de sabiduría. Aquella frase tan sencilla coincide absolutamente con las ideas de Carlota acera de la escritura. De cómo un libro capaz de llegar al alma del lector le está recomendando encarecidamente al autor, alguien cuyo espíritu armoniza con el propio.

En los días siguientes, Carlota intenta pillar por sorpresa al interfecto, pero todos sus intentos caen en saco roto. Olvidados la tarta de zanahoria y el café, centra sus esfuerzos en fingir despistarse, con diversas estrategias a cada cual más sofisticada, para atraerlo y descubrir de una vez por todas de quién se trata. Pero una y otra vez sus planes fallan por desafortunadas casualidades. La clientela de la cafetería tampoco es de ninguna ayuda. Nadie ve nada, nadie sabe nada y cada día hay clientes nuevos y diferentes. Y ningún zurdo.

Finalmente, Carlota se rinde y deja hacer al escritor desconocido. Pues entre idas y venidas la historia sigue avanzando, día tras día, escrita a dos manos. Carlota debe admitir que las aportaciones del misterioso sujeto han sido de valiosa ayuda en ciertas situaciones de bloqueo. Ha llegado a apreciar las bonitas rimas enlazadas con su prosa que, poco a poco, van tejiendo la historia. Por las noches mientras acaricia a Red, no puede quitarse de la cabeza al escritor anónimo y su misterio, y por el día desarrolla la historia, que indefectiblemente gira en torno de una identidad oculta que la protagonista desea descubrir.

Poco antes de terminar, Carlota hace un último intento de desenmascarar al desconocido, pero falla por enésima vez, y lee entre fastidiada e ilusionada la siguiente frase en su cuaderno, con el corazón latiéndole con fuerza:

“El desconocido no reveló su identidad, no todavía, pero le auguró una sorpresa digna de la admiración que por ella sentía”.

Cuando Carlota lee esto el rubor tiñe sus mejillas, y no puede evitar echar una tímida mirada al tendido y retorcer un mechón de su melena cobriza, nerviosa.

Finalmente, Carlota termina la historia, y se marcha a su casa satisfecha y orgullosa del resultado. Al día siguiente vuelve a su mesa de siempre, un poco triste porque aquella experiencia extraña y maravillosa de escribir su libro ha concluido. Se retira un momento al baño, y cuando regresa ve una nota roja adherida a la cubierta de su cuaderno, que dice solamente: ‘Mesa 15’.

Carlota se queda un momento extrañada. Hasta el momento ella ha creído que sólo hay doce mesas en la cafetería. Se dirige rauda al final del local, y descubre un rincón que no ha visto nunca, a la vuelta de una esquina camuflada por un gran espejo. En ese rincón están las tres mesas que faltan, siendo la mesa 15 la que está más al fondo de todas, y la única iluminada por una bombilla en el techo. La mesa está vacía, para desilusión de Carlota. Sin embargo, cuando se acerca descubre dos cosas: Que la persona que se siente en ese rincón puede ver su mesa gracias al espejo, y un libro solitario depositado en el asiento. En la cubierta hay otra nota pegada que dice: ‘Me encanta tu historia. Si quieres tomamos un día un café juntos y la comentamos’. Y un número de teléfono.

Carlota hojea el volumen con avidez y lo reconoce de inmediato. Es su libro, el que ha escrito a dos manos con el desconocido, en esmerada encuadernación casera. Su libro, su creación, cuyas páginas le hablan de talento, vocación y autosuperación. Lo ha logrado, ha escrito algo realmente bueno. En parte gracias a alguien que la ha sacado tantas veces de su encasillamiento que ha estimulado una creatividad que no sabía que tenía. Pero estas son sus palabras, que tan bien combinan con las prestadas, y todas ellas le hablan de entendimiento, comprensión, e incluso conexión espiritual entre dos individuos iguales. Todas aquellas palabras le recomiendan encarecidamente a la persona al otro lado del teléfono. Carlota coge el móvil y resueltamente marca el número.

El libro de color naranja

En mi colegio celebraron una vez una pequeña venta por motivo del Día del Libro. Y no había nada – y sigue sin haberlo – que me gustase más que perderme entre las hileras de libros expuestos, recorrerlos con la yema de los dedos, y esperar a que alguno me llamase. Y lo hizo, vaya que sí. Para una niña de once años solitaria como yo, aquellas llamativas cubiertas de color naranja fosforescente habían estado esperándome a mí y sólo a mí. Así que, ignorando por completo a los profesores y su cháchara animada, y a los escasos alumnos que se habían dejado caer por el hall del edificio a curiosear, invertí los escasos minutos que me quedaban de recreo y casi toda mi paga en adquirir el libro y hojearlo con avidez.

Leer aquel librito – una dulce historia sobre una niña maga y a la vez genio de la lámpara – abrió para mí una puerta. No una literal, sino en mi mente. Un espacio que hasta entonces no había sabido que tenía, pero al que empecé a llevar cosas para llenarlo. Cosas que me gustaban de los libros que devoraba todos los días, en mi casa y en la biblioteca del colegio, y que hacían de mi mundo interior, aquel espacio tan bonito, un lugar sólo para mí, un sitio donde refugiarme del mundo cuando lo necesitase.

Allí escondí dragones durmientes sobre tesoros, princesas que volaban con cisnes, brujas buenas, elfos blancos y elfos oscuros, castillos inexpugnables y palacios de cristal, bosques encantados, animales parlantes, bolsos en los que cabe un genio, niños voladores, niños transformados, niños mágicos, niños capaces de todo, y buena parte del País de las Hadas y de las Maravillas, de Nunca Jamás, del Reino Peligroso, de Fantasía, de la Tierra Media, de Hogwarts, del Mundodisco y de los Reinos Olvidados. En mi mundo todo puede hacerse y todo es posible. Quién quiere castillos en el aire cuando yo tengo todo un universo flotando conmigo en las nubes.

Ahora yo me dedico a abrir puertas con mis cuentos. Cada palabra que escribo es parte de un código único para abrir un nuevo espacio de imaginación, y así, aunque sea por un rato, poder volver a ver el mundo con la mirada de un niño. Y seguir maravillándose con los prodigios que hay en él. O inventarlos.

El Lago y la Hoja

La Luna siempre tuvo fama de vanidosa. A la Luna le gustaba reflejarse en la superficie de un lago. Una noche estaba admirando su reflejo, cuando una hoja salió a la superficie y se quedó flotando en la superficie del lago. A la Luna esto no le gustó, pues estropeaba su reflejo. La Luna intentó deshacer la hoja con sus rayos, pero tan sólo consiguió formar un charquito de luz.

Al poco, llegó volando un hada desorientada por la polución del pueblo cercano, y se detuvo a descansar. El hada se limpió con la luz de Luna, y luego remó hasta la orilla del lago y bajo la hoja se durmió.

La mañana siguiente, llegó un joven del pueblo y recogió la hoja. Le llamó la atención el color plateado y brillante que se le había quedado por el toque de Luna y de polvo de hada. El joven se la llevó a casa y mirándola sintió la inspiración de escribir.

Escribió una sentida carta al Ayuntamiento pidiendo que limpiasen el pueblo y los alrededores del lago, y apagasen el alumbrado público. El Ayuntamiento cumplió sus deseos. El pueblo entero admiró la luz de la Luna y los millones de estrellas que se reflejaban en el lago. Tanta luz atrajo de nuevo a las hadas, que hicieron su magia sobre las cosas que crecen.

Y así, el mundo fue un poco más verde y un poco más bueno, al menos en aquel rinconcito de cuento.

La flor tardía

En un tiempo lejano, en el que el hombre aún conservaba la inocencia y las parejas se forjaban en largos noviazgos nacidos de un tímido cortejo, un humilde estudiante habría de enamorarse profundamente y también aprender una valiosa lección.

El joven vivía en una modesta casita de dos plantas, con un minúsculo estudio y un pequeño balcón en el piso de arriba, compuesto solamente por una mesa, una silla, y cuatro paredes cubiertas completamente de libros. Antes de avistar a su dama adorada, el joven se dedicaba en cuerpo y alma a sus estudios, pero siempre encontraba tiempo para sus amigos, familiares y aficiones, en especial a sus queridos libros. Uno de sus secretos anhelos era escribir la historia más conmovedora jamás contada. Sin embargo, en un abrir y cerrar de ojos todo cambió por completo.

Sucedió que el estudiante, mirando un día por la ventana tratando de inspirarse para su historia, cayó en la cuenta de que su balcón era muy frío, solitario, falto de color. Así que ni corto ni perezoso salió a comprar una jardinera y algunas plantas que resultasen decorativas y agradables a la vista. Lucía un sol radiante de principios de marzo y el estudiante disfrutó del paseo, tal como solía hacer cuando salía a estirar las piernas, sintiendo los tibios rayos en su pálida piel.  Sonriente saludaba a los transeúntes con los que se cruzaba, caballeros elegantes del brazo de refinadas damas que portaban coloridos parasoles con los que proteger sus delicados y marmóreos semblantes.

El estudiante adquirió finalmente media docena de bulbos de jacinto que prometían convertirse en espectaculares flores, y el joven los hundió en la tierra con esta ilusión pintada en el rostro.

Entonces levantó la vista y creyó estar dentro de un sueño, o deslumbrado por la brillante solana. Porque aquella visión no podía ser de este mundo.

Frente a su humilde casita había otra mucho más grande, rica e importante, en la que vivía gente más rica e importante. La hija mayor era una belleza de dieciséis primaveras, de rostro exquisito en piel pálida de mejillas rosadas, altos pómulos enmarcados en rizos dorados, labios llenos y unos ojos del color de la aguamarina que podrían derretir heladas. Aquella mañana había salido al balcón a arreglar sus primorosas rosas, enfundada en una maravilla de seda azul traída especialmente para su decimosexto cumpleaños. Y su talle esbelto ceñido por aquel vestido que parecía agua de las profundidades hizo que el estudiante se olvidase de respirar. Entonces el mundo para él dejó de girar, puesto que tenía un nuevo astro rey alrededor del cual orbitar. Ella.

El joven sufrió un cambio en su forma de ser. Dejó de salir con sus amigos, hacer caso a sus familiares. Ya no leía, apenas comía y los rayos de sol se le antojaban fríos en comparación a la presencia radiante de su adorada, la cual esperaba atisbar en el balcón, o en alguna ventana, quizá un pedacito glorioso de ella asomando entra las cortinas del caserón.

Los días se convirtieron en semanas, y el estudiante se devanaba los sesos buscando una manera de hacer suya a la esplendorosa muchacha. Mientras tanto, los jacintos fueron asomando tímidamente de su lecho de tierra. Los seis fueron poco a poco rompiendo su lilácea cubierta exterior, y tiñendo de un verde intenso cada tierna hoja de su capullo. Durante las semanas en las que los bulbos crecieron tomando fuerzas de la tierra, el agua y sol, el estudiante se marchitaba por penas de amor. Tan sólo le pudo arrancar una breve sonrisa el ver una bonita mañana a sus bulbitos en flor. Pero ¡vaya! Todos salvo uno.

El último de los bulbos no quería florecer. Aún no. No estaba preparado, pues necesitaba mucho más tiempo para cumplir su objetivo en la vida, ser una hermosa flor.

Por tanto, mientras los otros jacintos rendían todas sus galas al sol de primavera, alegrando la calle con sus vivos colores azul, rosa, amarillo y naranja, el bulbo sin abrir ni siquiera sabía cuál sería su color, pero sí estaba seguro de que sería mucho más bello que los demás. Que deslumbraría a todos en la calle, que sería admirado y deseado para adornar el tocado de una joven casadera, el ramo de una ruborosa novia, un fastuoso salón o tal vez la cunita de un hermoso bebé.

Los días pasaron lentamente, y los jóvenes jacintos crecieron más altos y más brillantes aprovechando cada gota de sol y cada chispa de lluvia y meciéndose al paso de la brisa primaveral que les hacía cantar. No para el oído humano, claro, sino con una voz mucho más dulce. El pequeño bulbo se perdía todo esto, puesto que seguía firmemente cerrado, sus tiernas hojas guardando su secreto, tomándose su tiempo para dedicarlo a cada uno de sus pétalos, para pintarlos de un color nunca visto, para esculpirlos perfectamente como el artista más dedicado.

El estudiante veía pasar la primavera frente a su balcón, pero no era consciente de su fecunda belleza porque había encontrado la forma de acercarse a la fuente de sus desvelos y tener el derecho a cortejarla.  El joven estaba decidido a terminar su carrera antes que nadie en su promoción, y título en mano, ofrecerle a la muchacha un hogar y un nivel de vida comparable al de su acaudalada familia, que él costearía con sus esfuerzos. Se recluyó definitivamente en su estudio y cerró las puertas a toda distracción. Tan sólo cuidaba de sus jacintos, con la esperanza de que atrajeran la atención de su amada a su ventana. En su febril determinación terminó perdiendo a sus amigos, entristeciendo sobremanera a sus familiares, dejó de escribir, de pasear y de soñar. Solamente estudiaba y estudiaba, pero ya no ponía corazón a su profesión. Era ya tan sólo un medio para conseguir su objetivo.

Sus cinco jacintos presenciaron por él el culmen y partida de la primavera, que los llevó a su máximo esplendor, sintiendo con gusto en sus hojas el misterio de la vida plena, y en el transcurso de las demás estaciones, con las hojas ya marrones durmieron soñando con todo lo hermoso del mundo, aunque su mundo fuera una calle. Para ellos bastaba.

Con la llegada de una nueva primavera despertaron nuevamente con renovada energía, y asistieron expectantes a la eclosión del último jacinto, que finalmente ya se sentía preparado. Era de un maravilloso tono blanco con reflejos de color melocotón. Una auténtica preciosidad de flor, que haría suspirar a cualquiera que posase su mirada en ella. El jacinto estaba henchido de orgullo, y estiró sus ramas a la vida.

Entretanto, llegó al estudio el joven, con el ansiado título bajo el brazo. Ya podía presentarse en casa de su amada. Satisfecho reparó en la belleza de la flor tardía. Fue la primera que cortó para el ramo de flores que obsequiaría a su adorada.

Después de horas de espera, y cuando finalmente fue recibido en la casa vecina, le informaron de que la joven no podría recibirle bajo ningún concepto, puesto que ya estaba prometida nada menos que a un joven de la nobleza. Alguien que no habría trabajado en su vida, pero que le aportaría un título a cambio de ser su mujer rica e influyente.

El estudiante salió del caserón con sus sueños hechos pedazos, cayendo en la cuenta por primera vez en un largo año que había perdido un tiempo que ya no volvería persiguiendo una quimera, sin reparar en que perdía cosas por el camino, cosas tan importantes como uno mismo, habiéndose convertido en una triste sombra, reflejo tenue del joven vivaz de antaño. Resolvió dedicar sus energías a escribir para poder ver algún día su nombre impreso en la cubierta de un libro, pues la pluma jamás le daría un disgusto como el que acababa de sufrir. Y así, con el corazón maltrecho, pero con ilusiones renovadas abrió las ventanas y salió a su balcón en busca de inspiración.

¿Y la flor tardía? Pues el joven decidió ponerla a secar y prensar junto a sus hermanas y fabricar puntos de lectura con ellas. Lamentaba no haber podido disfrutar más del sol, de la primavera, de la calle y del perfume de la vida, pero al menos viviría entre letras para siempre.

Lectores, no pospongan el disfrute de la vida por miedos o por conseguir un objetivo, puesto que la vida plena en sí es el destino de un viaje muy rápido, repleto de giros inesperados, pero con pocas segundas oportunidades.

Web construida con WordPress.com.

Subir ↑