La princesa y la nube

Érase una vez, en una época tornadiza y cambiante en un Reino no muy lejano, había una princesa. Esta princesa, a pesar de estar dotada de gracia y belleza y tener buenos y fieles amigos, vivir rodeada de su familia y tener una vida, en definitiva, perfecta, no era feliz. Desde su nacimiento estaba aquejada de una maldición que consistía en que una oscura nube de tormenta la acompañase todo el tiempo, bien estuviese al aire libre, bien estuviese dentro de su palacio rodeada de acompañantes, bien estuviese ocupada u ociosa. Tal tempestuosa escolta provocaba que estuviese atribulada todo el tiempo, haciendo que experimentase la vida y cada sucesión de eventos, cambios y decisiones a través de un velo gris, lo cual la asustaba y la confundía, agriándole el carácter y haciendo que a duras penas sonriese. Se encontraba siempre frustrada, angustiada, o en el mejor de los casos meditabunda, encerrada en las pesadillas que la nube le provocaba, haciendo de ella un pálido reflejo de lo que podía llegar a ser. La nube de tormenta se alimentaba del dolor de la princesa, y hacía que el Reino estuviese permanentemente sumido en tinieblas, triste y oscuro en un eterno invierno.

Sus padres, los Reyes, buscaron a lo largo y ancho del Reino una solución al mal que aquejaba a la princesa, y finalmente hallaron un hechicero que le dio una poción de la cual debía verter tres gotas en el té de la noche, seis si la nube descargaba lluvia, y así la tormenta remitiría y la dolencia estaría más controlada. Efectivamente, cuando la princesa se tomaba el remedio la nube remitía un tanto, y era un poco menos oscura, pero seguía pendiendo sobre su cabeza. La princesa y los reyes trataron de que la tisana fuese más efectiva, e incrementaron la dosis por su cuenta, pero entonces la princesa se sentía mareada y abstraída de la realidad, como si se encontrase dentro de una redoma de cristal. Así pues, mantuvieron las instrucciones recomendadas por el hechicero, y su situación mejoró un poco. Cuando se tomaba la poción y la nube se empequeñecía, la princesa sentía como si el peso que atenazaba su corazón también se hiciese más liviano. En esos días casi pudo ser feliz, sonreía más a menudo y tenía la mente más despejada y las ideas ágiles. Con el tiempo encontró una ocupación que la satisfacía y se instruyó en las artes de la alquimia, ampliando los horizontes del conocimiento y volviéndose sabia y juiciosa.  Un tiempo después, conoció a un joven príncipe de un país vecino que conseguía que la mayoría de las veces la nube fuese aún más pequeña y transparente, y se casaron. Y podría haberse dicho que la maldición ya no tenía tanta importancia, pero éste sería entonces un cuento muy corto.

La princesa era más feliz, pero no del todo. La nube, aunque pequeña, seguía existiendo y recordándole a cada momento que no había logrado su principal objetivo: deshacerse de ella por completo. Además, no estaba cómoda con la idea de depender de la poción para siempre, preguntándose en ocasiones quién y cómo era ella realmente, la persona que el bebedizo hacía que fuera o la otra, más infeliz pero auténtica. Cuando se embarcaba en tales pensamientos la nube volvía a hacerse tormentosa y oscura y de nuevo el peso de su corazón se hacía insoportable.

La princesa a pesar de ser princesa, no era perezosa, y se propuso terminar con su dolencia fuera como fuese, y creía que, hallando el modo de atacarla y deshacerla para siempre en el aire, haría que todo estuviese bien y al fin podría Cumplir su Destino. Finalmente, un buen día, se despidió de todos sus seres queridos y partió en un largo viaje decidida a encontrar una cura permanente a su dolencia. Nada de medias tintas ni remedios imperfectos. En el camino por supuesto encontró obstáculos, y se enfrentaba a cada uno de ellos con el ceño fruncido y el corazón en un puño, siempre preocupada por si fallaba, por si no daba la talla, por si no era lo suficientemente válida para la tarea que se había impuesto. Por si las adversidades finalmente podían más que ella. Culpaba a la nube y continuaba avanzando, paso a paso, enfadada con la misma empresa que creía que podía ayudarla pero que tantos quebraderos de cabeza le estaba ocasionando, creyendo que una vez llegase a la siguiente aldea, escalase la siguiente cordillera, alcanzase el punto más alto del siguiente Reino todo estaría mejor y el camino sería más llevadero. Pero irremediablemente se encontraba igual o peor con las nuevas dificultades que le iban surgiendo en su peregrinaje.

Sucedió entonces que, en un quiebro del camino, encontró a una anciana sentada en una nudosa rama de un gran roble, tejiendo. La anciana sin levantar la mirada de su labor dijo:

  • Buenos días Bella, ¿a dónde vas a estas horas, audaz viajera?
  • Voy más allá de las colinas y los Reinos, en busca de un remedio que destruya esta nube que me acompaña de noche y de día, en el amanecer y en el atardecer, para así al fin poder Cumplir con mi Destino.
  •  No es tarea pequeña la que te has impuesto, ni tampoco la carga liviana. La solución a tu mal es muy simple: encontrar el amor verdadero.
  • Agradezco tus amables palabras y consejos, sabia anciana, pero no es un hombre lo que necesito, ya conozco al amor verdadero.

Y tras estas palabras prosiguió su camino. Atravesó una, dos, tres colinas más, deteniéndose tan sólo para comer alguna fruta, beber de algún arroyo y dormir en el hueco de algún árbol.

Sucedió entonces que, tras una vieja granja encontró a una anciana sentada en una gran roca al borde del camino, tejiendo. La anciana sin levantar la mirada de su labor dijo:

  • Buenas tardes Bella, ¿a dónde vas a estas horas, audaz viajera?
  • Voy más allá de las montañas y los Dominios, en busca de un remedio que destruya esta nube que me acompaña de noche y de día, en el amanecer y en el atardecer, para así al fin poder Cumplir con mi Destino.
  • No es tarea pequeña la que te has impuesto, ni tampoco la carga liviana. La solución a tu mal es muy simple: encontrar el amor verdadero.
  • Agradezco tus amables palabras y consejos, sabia anciana, pero no es un hombre lo que necesito, ya conozco al amor verdadero.

Y tras estas palabras reanudó su camino. Atravesó una, dos, tres villas más, deteniéndose tan sólo para comer en alguna fonda, beber en alguna taberna y dormir en alguna posada.

Sucedió entonces que, tras atravesar un oscuro bosque encontró a una anciana sentada a la puerta de su cabaña, en las lindes de la foresta.

  • Buenas noches Bella, ¿a dónde vas a estas horas, audaz viajera?
  • Voy más allá de los mares y las Comarcas, en busca de un remedio que destruya esta nube que me acompaña de noche y de día, en el amanecer y en el atardecer, para así al fin poder Cumplir con mi Destino.
  • No es tarea pequeña la que te has impuesto, ni tampoco la carga liviana. La solución a tu mal es muy simple: encontrar el amor verdadero.
  •  Agradezco tus amables palabras y consejos, sabia anciana, pero no es un hombre lo que necesito, ya conozco al amor verdadero.

Y tras estas palabras continuó su camino. Atravesó uno, dos, tres bosques más, deteniéndose para preguntar a alguna mujer, algún hombre o algún niño si sabía dónde podía encontrar a alguien que la ayudase en su empresa.

Pero no tuvo suerte, y tras tres meses viajando finalmente admitió su derrota y volvió a su hogar, en el Reino de sus padres, para tratar de vivir lo mejor posible tomándose la poción sanadora. Y reanudó su vida con la nube siempre pendiente sobre su cabeza. No obstante, no olvidó las palabras de las ancianas que había encontrado en su camino, pero no les encontró el mayor sentido.

Sucedió entonces que el Reino fue atacado por un gran dragón escupefuego que en cuestión de poco tiempo calcinó todo lo que encontró a su paso, arrasando valles, aldeas, granjas y ciudades. Nadie podía hacerle frente, volando raudo y letal sobre sus víctimas e incinerando todo con su aliento de fuego desde las alturas. Sus Majestades los Reyes estaban desesperados, puesto que ni los mejores arqueros del reino podían acertar a perforar con una flecha su armadura de escamas.

Entonces la princesa dejó la seguridad del palacio, ante la consternación de todos, pues en su interior sabía que ella podía hacer algo, y bajó a las calles donde la gente corría despavorida huyendo de las llamas y de la terrorífica bestia. La princesa miró con odio a la criatura, horripilante y aterradora. Pero se sobrepuso al espanto y dirigió la vista a la nube, que en ese momento era tan enorme como el dragón, negra, girando sobre sí misma como un terrorífico tifón y generando relámpagos.

Ilustración de Luis Royo

Y supo cómo vencer a la bestia. Se acercó todo lo que pudo a donde estaba el dragón haciendo estragos y entonces deseó con todas sus fuerzas que la nube se le echara encima. Y para sorpresa de todos, la nube hizo exactamente eso, y envolvió al desprevenido dragón que no pudo salir de ella, pues era toda oscuridad y frío con millones de cristales de hielo que lo paralizaron. Y entonces la nube descargó toda su tormenta sobre la criatura y ésta se desplomó, muerta, en mitad de la ciudad.

Los aldeanos vitorearon a la princesa, que no terminaba de creer lo que acababa de pasar. Tan asombrados estaban todos de que por fin se habían podido librar del dragón que nadie se dio cuenta de que la nube había desaparecido por completo.

Hasta que la princesa, con una gran sonrisa, vio que detrás de ella se habían materializado como por arte de magia las tres ancianas con las que se había topado en su viaje.

  • No lo entiendo, sabias ancianas, me dijisteis que la solución para que la nube desapareciese era encontrar al amor verdadero.
  • Y lo has encontrado Bella – dijeron a coro las ancianas.
  • ¿Cuándo? ¿Habláis de mi esposo?
  •  No Bella, el amor verdadero lo has encontrado cuando te has aceptado como eres y lo has utilizado en tu provecho para superar un gran obstáculo. Nunca olvides lo excepcional que eres, y lograrás grandes cosas, escribiendo tu propio Destino.

Y las ancianas desaparecieron, junto con el cuerpo del dragón.

Así pues, a partir de entonces la princesa vivió feliz y dichosa el resto de sus días, con un gran horizonte límpido frente a ella y su Reino. Cuando le llegó la hora de reinar, fue una soberana justa que procuró que todos sus súbditos fuesen felices. Y protegió siempre al Reino convocando a la nube cuando llegaba un enemigo a sus puertas, o cuando las cosechas necesitaban lluvias.

Y nunca más volvió a temer ningún obstáculo o problema, porque, francamente, después de vencer a un dragón, podría ser capaz de cualquier cosa.

Sor Soponcio y el vino

O de cómo Sor Soponcio supo por el vino que estaba hecha para la vida terrenal (Dios la haya perdonado).

En homenaje a don Francisco de Quevedo y Villegas.

Mi abuela Salud era una mujer peculiar. Alcanzó la mayoría de edad en el noviciado de las Hermanas Paupérrimas de Santa Urraca, en el año 1940.  La sede de la orden estaba en lo alto de una escarpada cordillera de la provincia de León, a tres días de camino de cualquier conato de civilización. No estaban los tiempos para alimentar a bocas sobrantes, y la abuela Salud ingresó en el noviciado para que sus hermanos pequeños tocasen a más. Aunque lo hizo por amor a su familia y no por Dios, Salud se preparó con abnegación para su ingreso en el ejército con faldas del Altísimo y olvidar hasta su nombre. Por tanto, desde que pusiera pie en el monasterio sería para siempre, o eso creía ella, Sor Soponcio, monja de clausura. Una vez dentro, se dedicó a estudiar con ahínco todo lo que hiciese falta para la vida monacal, empezando por la vida de la Santa fundadora de la orden, que vivió en el siglo XI. En sus lecturas decidió que seguramente no le gustaría encontrarse a aquella mujer en un callejón oscuro, pero debía admitir que se sentía muy identificada con ella:

Santa Urraca, virgen y mártir por sus ideas, tenía una personalidad similar a su coetánea y tocaya la reina Urraca I, ‘la Temeraria’. La Santa también era popular en su ámbito, pues se decía de ella que podía hablar con los animales, sobre todo con las aves. Un buen día, Santa Urraca llegó a un enclave de los Montes de León acompañada de un grupo de monjas Carmelitas Contritas, difundiendo la palabra a los todavía infieles. Allí, cuenta la leyenda, discutía con los descreídos de turno sobre si mi religión es mejor que la tuya, que si mi Dios es más poderoso que el tuyo, que si sí, que si no, lo típico de la época. Por lo visto, Santa Urraca no podía dejar una batalla dialéctica sin ganar, era superior a sus fuerzas, y ante tan duros contendientes no encontró otra salida que encomendarse al Altísimo para que la hiciese volar como a sus queridas aves. Y a continuación se arrojó cerro abajo para demostrar que su Dios era tan poderoso como para suspenderla en el aire como si de un pájaro se tratase.

Por desgracia para Santa Urraca, su Dios ese día no quiso darle alas, y falleció por un exceso de montaña al aterrizar al fondo del risco. Sin embargo, con su acción logró obrar el milagro de convencer a los paganos, pues quedaron tan impresionados por tal devoción que se convirtieron en el acto. Y con las Carmelitas Contritas formaron una nueva orden y empezaron allí mismo las obras del monasterio, en honor a su entusiasta líder caída.

Muchos años después, las Hermanas Paupérrimas de Santa Urraca tenían de pobres sólo el nombre, pues recibían numerosos fondos directamente de los Príncipes de la Iglesia, tal era su fama en la Iglesia Católica. A las Hermanas en aquellos tiempos las dirigía con mano de hierro la Madre Superiora Sor Cilicio.  Era ésta otra mujer notable a su manera, y adoraba a Cristo, a Santa Urraca y a los fondos de la Iglesia, no necesariamente en ese orden. Aún cuando nadaban en la abundancia, la Madre Cilicio imponía a sus monjas la regla de obediencia, castidad y austeridad extrema, para así poder estirar cada céntimo de los fondos al límite, y seguir mostrándose dignas de ellos ante sus benefactores.

En opinión de Sor Soponcio, el semblante de la Madre Superiora se asemejaba sobremanera al ave que compartía nombre con la orden. Dicho parecido generalmente se acentuaba cuando se orientaba en dirección a Sor Soponcio. La Madre Superiora se olía que la devoción de la monja más joven era, por así decir, de carácter teórico y pecuniario, y aunque ello hacía que se la llevasen sus considerables demonios, no tenía modo de demostrarlo.

Animadversiones aparte, el carácter de la Madre Cilicio variaba de irascible a insoportable, alcanzando su punto máximo de ebullición con la visita anual del Obispo para hablar de los fondos. Dicha visita sucedía siempre en domingo, cuando las demás monjas estaban ocupadas en la Eucaristía a cargo del Padre Saturnino. La venida del Obispo se celebraba con todo un ritual en sí mismo, año tras año. Sin embargo, en aquella ocasión se produjeron un par de pequeñas alteraciones en la tradición, para desagrado de la Madre Cilicio, que detestaba los cambios. En primer lugar, el anciano Padre Saturnino fue sustituido por el Padre Esteban, que poseía una juventud insultante y un fervor por la vida excesivamente terrenal. Además, era endiabladamente bello, aunque no es que la Madre Cilicio se fijase en esas cosas. La que sí se fijó, y mucho, fue Sor Soponcio, pues tenía la misma edad que el nuevo Padre Esteban y unos intereses más variados que el resto de las monjas del lugar. ¡Santa María del Cobre, qué miradas se dedicaban! Sor Soponcio era además la hermana designada para ayudar a preparar la Eucaristía todos los domingos. Sus tareas consistían en ir hasta la capilla de Santa Urraca en la otra punta del monasterio, de los tiempos primigenios del lugar, sacar del sagrario el Pan y el Vino para la consagración en la misa, disponerlos en los correspondientes platillos y jarras y llevárselo todo al sacerdote. Sor Soponcio cumplía con su tarea con diligencia, y hasta la venida del Obispo la creciente atracción entre ella y el Padre Esteban pasó desapercibida para todos, excepto para ellos.

‘La hermana San Sulpicio’, 1960

La segunda alteración de la tradición vino de mano del propio Obispo. Poco antes de su llegada solicitó por carta a Sor Cilicio que en aquella ocasión les atendiese en su reunión la monja más joven del convento, en lugar de la nonagenaria Sor Virtudes Teologales, cuyo tembleque de manos el año anterior había esparcido por doquier el licor de importación con el que siempre le agasajaba la Madre Superiora. 

Ésta, con un rictus de disgusto informó a Sor Soponcio que, además de sus labores previas a la Eucaristía, también debía ocuparse de ir a buscar el licor a la despensa, servirlo en la licorera de cristal veneciano, preparar las bandejas de rosquillas de Santa Eufrasia y traerlo todo con prontitud al gabinete privado de la Madre Superiora, para luego quedarse quieta y callada en un rincón y no moverse a menos que se lo pidieran. Cumplir con todas sus tareas aquel domingo era factible, claro que sí.

Lástima que sor Soponcio no contase con la gravedad como inesperado enemigo. Cargada como iba con bandejas y platillos de distintos tamaños, dulces, Hostias, y jarras y botellas varias, no pudo evitar el fatal desenlace: el vino sacramental se fue a pique. Sor Soponcio se puso muy nerviosa al ver todo el caldo esparcido por el suelo, justo en frente del refectorio. Tan sólo quedaba un poco en la jarra, que milagrosamente no se había derramado. No podía entregarla en ese estado. Sor Soponcio pensó deprisa. Primero limpió el estropicio con un cacho de su hábito, con lo cual se puso toda perdida de vino. A continuación, cogió la licorera y rellenó el resto de la jarra con lo que parecía coñac. Optimista irredenta, confiaba en que no se notase demasiado el cambio de sabor. Total, en la Eucaristía solamente daba un sorbito cada feligrés. Sin embargo, antes de seguir con la farsa dio un trago para comprobar su teoría. La Virgen. Aquello estaba asqueroso, repulsivo, incluso vomitivo. Debía cambiar el plan. De momento, aquello daría el pego hasta que tuviese tiempo de cambiarse – pues hedía a vino, y del malo – depositar el refrigerio del Obispo en el gabinete – no habría infierno en el que esconderse si le rompía la licorera a la Madre Superiora – y correr al sagrario para sacar más vino y dar el cambiazo. Así debía proceder, y así la encontró, repasando mentalmente el plan, la Hermana Bendita Paciencia.

– Pero, ¿aún estás así Hermana? Trae, que ya llevo yo a la capilla el Pan y el Vino. Tú lleva el refrigerio a la Madre Superiora. ¡Deprisa! – y resueltamente tomó ambas cosas y salió pitando al encuentro del Padre Esteban, sin que sor Soponcio pudiese detenerla.

Pero hizo lo que le habían ordenado. Se coló en el gabinete de la Madre Superiora y dejó a salvo los dulces y el licor, mientras sor Cilicio adulaba al Obispo en la sala contigua. A continuación, de puntillas, salió del gabinete y corrió con toda la velocidad que le permitían sus numerosas capas de faldas hasta la capilla, para llevarse consigo el vino falso con cualquier excusa y ocultar su pequeña fechoría.

En la capilla estaba el Padre Esteban, preparando todos los enseres para la Eucaristía, la jarra descansando sobre el altar. La monja trató de hacer un avance hasta ella, pero el Padre Esteban la interceptó y dijo:

– Hermana, debo hablar con usted. Es posible que esto le suene a locura y a blasfemia, pero debo confesar los sentimientos que usted despierta en mi corazón y que, estoy seguro, no pueden ser pecado.

Entonces Sor Soponcio olvidó todo, el vino repugnante, la Madre Cilicio y el Obispo, para entregarse a los brazos del Padre Esteban.

Y así los encontraron, a brazo partido, Sor Cilicio y el Obispo.

– Pues no me ha sentado bien ese refrigerio, Madre Superiora. Tengo el estómago revuelto y algo de náusea…

– ¡Santa Urraca Mártir! ¡¿Pero qué es esto?! – voceó Sor Cilicio, viendo cómo se desvanecían en el aire sus fondos.

 El Obispo ante la visión de un sacerdote y una monja metiéndose mano, se había quedado sin habla. Boqueaba como un pez fuera del agua y se sentó donde pudo.

-¡Estáis a esto de ser expulsados ambos de la Iglesia, de la Excomunión y de la Condenación Eterna! – siseó la Madre Superiora lívida, hirviendo de ira. – Un solo desliz más y…

Detuvo sus amenazas cuando el Obispo se levantó tambaleante, se acercó y tomó la jarra del cóctel nauseabundo. Salud sonrió. Adiós a los hábitos. Mientras tomaba la mano del que sería mi abuelo Esteban y pensaba en tomar las de Villadiego, contempló al Obispo que, sudoroso e ido, musitaba que tenía la garganta horriblemente seca. Y entonces, antes de llevarse la jarra a los labios, pidió que le dejasen enjuagar la boca con un poco de vino.

El castillo maldito

Decían de aquel castillo que  jamás había sido conquistado. Aquello era cierto sólo en parte. Lo que en realidad sucedió fue mucho más rocambolesco de lo que la gente estaba dispuesta a creer. La verdad de lo que ocurrió, si alguien la supo, permaneció oculta con el devenir de los siglos, hasta que sus muros en ruinas me la susurraron cuando pisé sus antiquísimas piedras. 

El castillo era en verdad una fortaleza inexpugnable, y así hubiese permanecido de no haber sido por un traidor. El villano abrió una puerta secreta, apenas una hendidura en el muro de sólida roca que muy pocos conocían o ya habían olvidado, y por aquel agujero penetró el rastrero ejército enemigo, dispuesto a masacrar sin cuartel. Una vez cobrada su felonía, el traidor sin nombre se perdió en la noche con un hatillo y los gritos de alarma resonando en la lejanía. 

Los soldados del castillo lo defendieron con valentía y honor, pero jamás tuvieron su oportunidad. Los superaban en número y los cogieron desprevenidos. Los aceros entrechocaron y la sangre tiñó de rojo las piedras que ya eran centenarias cuando todo esto ocurrió. 

Cuando cayó el señor del castillo, su hija mayor, que practicaba las artes mágicas perdió toda esperanza, contemplando desde su balcón cómo apenas quedaban ya con vida los soldados de su padre. Entonces se retiró al extremo más alejado de la estancia. Susurró su maldición cuando los invasores derribaron la puerta de la torre del homenaje, momentos antes de tomar el venero que tenía oculto en un hueco del muro de sus aposentos. 

Cuando las arañas llegaron ella ya no estaba allí para verlo, pero cumplieron con su voluntad. Extinguieron con rapidez toda vida remanente en el castillo, los pocos supervivientes a la batalla, e incluso animales y plantas. 

A la mañana siguiente no quedaba nada ni nadie, ni siquiera huesos o ropajes. El castillo quedó completamente vacío, para consternación de los aldeanos, que no se explicaban qué podía haber ocurrido. Tan sólo habían escuchado el estruendo de la trifulca a altas horas de la madrugada, y luego el silencio más absoluto. Aquellos pocos, viejos en su mayoría, que podían recordar las leyendas acerca de unas espantosas criaturas que bien serían capaces de tal estrago, que podían anidar durante años y siglos en lo más profundo de los bosques fueron instados a callarse, pues nadie quería dejar siquiera un resquicio a la creencia de que tales bestias, sobrenaturales y terribles anduviesen por aquellas tierras. 

Así pues, el castillo quedó deshabitado y abandonado durante años y años, y con el tiempo el misterio de lo ocurrido aquella aciaga noche pasó al olvido. Mucho tiempo después declararon el lugar monumento y bien local, y se llenó de turistas, que deambularon por estancias derruidas y aposentos sólo reconocibles por los cimientos, mirando con curiosidad pedazos de madera desperdigada por aquí y allá, con una textura muy extraña, como de tela de araña.

El pequeño espantapájaros

Chulilla, 23 de enero de 2021

Es el relato que el lugar me inspiró , el mismo que todas las villas medievales me susurran. Quizás por una obsesión personal, un recuerdo que no es mío del todo o porque todos los pueblos tienen historias similares que contar.

La muchacha salvó la baranda de un salto, y siguió corriendo calle abajo. Sus perseguidores la habían perdido de vista por un momento en la madeja de callejones del pueblo, pero los escuchaba pisarle los talones. El Sol hacía un rato que se había puesto y corría casi a tientas desesperadamente en busca de un refugio. Pero no lo había. Todos los habitantes del pueblo le habían cerrado sus puertas y escuchaban la cacería tras los postigos sellados, o se encontraban entre los perseguidores, portando horcas, hoces y antorchas. La joven estaba exhausta. Desde que habían prendido fuego a su cabaña hacía tres días sólo había encontrado un momento de descanso escondida en la caseta del molino de agua, pero el viejo lechero la había visto y la hicieron salir para ajustarle las cuentas de una vez por todas.

Escuchaba a la turba acercarse, agazapada tras una de las chozas con paredes encaladas, y podía oler el fuego de las antorchas con las que sin duda pretendían encender la hoguera bajo sus pies. Tragó saliva y reemprendió su frenética carrera. Consideró esconderse en las cuevas, pero lo descartó al instante. Allí sería donde primero la buscarían, y no habría escapatoria posible. Siguió corriendo, resollando, casi sin aliento. Apenas notaba los guijarros bajo sus maltrechos pies, tan sólo sentía su corazón retumbando aterrado entre sus costillas, recordándole que todavía estaba viva, que todavía no la habían cogido.

Echó la vista atrás para ver dónde quedaba la turba, y entonces tropezó con un montón de macetas enfrente de una casa y cayó. Trató de levantarse, pero el agotamiento y algo que vio la hicieron detenerse: un pequeño espantapájaros, no mayor que la palma de la mano, hecho con unos trapos y unas cañas, a todas luces por un niño. Lo habían puesto en una de las macetas para proteger el sembrado, pero resultaba más ornamental que amenazador para los pájaros.

La muchacha cerró los ojos mientras lágrimas de rabia caían por sus mejillas. Con la de veces que había procurado por aquel ingrato pueblo. Las incontables ocasiones en las que había sanado a sus hijos, la de veces que sin saberlo había bendecido sus cultivos y hallado sus pertenencias extraviadas. Jamás les había causado daño alguno. Nunca, aun pudiendo. Y no había sido ella, en absoluto, la que había traído aquella sequía horrorosa. Al contrario. Si supieran… ay, si supieran.

Y entonces tomó la decisión. No la cogerían viva. Ni hablar. Jamás permitiría que le hicieran lo que a la vieja Ruth, vecina suya cuando ella era una niña. Se levantó de entre las macetas rotas y siguió su camino, dejando un pequeño rastro de sangre tras de sí. Iba barruntando el conjuro que le ahorraría su aciago final, un encantamiento que de atreverse a realizarlo no tendría vuelta atrás. Llegó a una pequeña terraza natural suspendida sobre el barranco en el que alzaba el pueblo. Allí tenía todo lo necesario, y lo haría ahí mismo, con el castillo de fondo como único testigo. Rápida como el pensamiento recogió romero, tomillo y brezo, y extrajo de su cinto sal, ruda y aceite de lavanda. Ya les escuchaba acercarse, estaban muy cerca, tan cerca… pero no lo bastante.

Cuando la turba llegó y se dispersó por el lugar no había rastro de la joven. La terraza estaba vacía, salvo por un gato negro que los observaba con el pelaje erizado, al pie de un pelele de colores que miraba hacia el abismo. Hicieron lo propio y se asomaron al barranco, esperando verla al fondo del risco o suspendida de una de las ramas sobre el vacío. Pero no, era como si se hubiera desvanecido en el aire, que olía fuertemente a romero. La maldijeron por habérseles escapado, y poco a poco fueron abandonando el lugar, con la brisa nocturna meciendo las ramas de un hermoso roble joven, orientado hacia las montañas y el imponente paisaje, bajo un cielo infinito en el que brillaban las primeras estrellas. Entre las raíces del árbol había una muñeca con la forma de un pequeño espantapájaros.

El Wolpertinger y el Duende

Érase una vez, un Wolpertinger que vivía en los bosques de Baviera, cerca de Taubensee. El Wolpertinger estaba encogido al lado de un pequeño abeto, llorando. Entonces un duende que pasaba por allí le preguntó por qué lloraba. El Wolpertinger le dijo que estaba triste porque era su cumpleaños y estaba lloviendo.

‘No me gusta cumplir años en invierno. Todo está muy triste y de color marrón o blanco.’ dijo el Wolpertinger, moviendo su nariz rosada y bajando con tristeza su cabeza astada.

Entonces para animarlo el duende le señaló el arcoíris que acababa de salir.

‘Ten en cuenta ‘, dijo con voz chillona, ‘que para que salga el arcoíris primero tiene que llover. ¿No te parece un espectáculo de lo más hermoso? ‘

‘Vale sí, es verdad.’ dijo el Wolpertinger, admirando el arcoíris, que trazaba una curva completa sobre el bosque y además era doble.

El Wolpertinger se secó las lágrimas en el abeto, en donde se quedaron brillando. Sin embargo, seguía teniendo un aire tristón, por lo que el duende se sentó a su lado en una roca y le dijo:

‘¿Sabías que si sumas todas las cifras del número de años que cumples, el número que obtengas es mágico? Dime, ¿cuántos años cumples?’

‘No te lo digo.’ dijo el Wolpertinger, repentinamente tímido y huraño.

El duende suspiró, se bajó de su roca y se acercó al arcoíris. Pasó sus manitas por ambos arcos, y volvió con el Wolpertinger llevando consigo catorce velitas de colores.

‘Toma. Pon esto en tu pastel de cumpleaños, enciéndelas y antes de soplarlas, pide un deseo por cada una de ellas. Te aseguro que se cumplirán, porque es tu cumpleaños y además ésta es una época muy especial, en la que el viejo Yule regresa al mundo. Esto hace, pues, que este día sea algo extraordinario.  Además, nunca olvides que todos los cumpleaños son siempre motivo de esperanza e ilusión.’

El Wolpertinger contó las velas y, asombrado, le preguntó al duende:

‘¿Cómo lo has sabido?’

A lo que el duende respondió:

‘Tu mirada te delata. Tus ojos son los ojos de la sabiduría.’

El Wolpertinger se puso muy contento y abrazó al duende, con patas y alas. Entonces le hizo una última pregunta:

‘Gracias, amigo. Me sentiría muy honrado si festejases conmigo mi cumpleaños. Pero dime, ¿No te doy miedo?’, dijo, con una sonrisilla en la que se entreveían sus colmillos.

Y el duende respondió:

‘No sé de qué me hablas. Yo sólo veo un lindo conejo.’

Y el Wolpertinger celebró su cumpleaños con el duende, con una gran tarta, las velas de colores y muchas luces, al lado del abeto que centelleaba, alegrándoles la vista a ellos y a todo el bosque. Se acercaba la Navidad.

{AVANCE}

¿Qué chica no sueña con ser princesa? Levantarse un día de la cama y descubrir que en un suntuoso palacio la esperan a una, para cubrirla de finas galas y coronar el atuendo con una deslumbrante tiara de diamantes.

Bueno, lo de casi todas es fantasía pura, que se evapora más o menos con la edad. Mas, yo sí conocí a una princesa perdida que vivió el sueño, y os puedo asegurar, que lo interesante es lo que hizo después de despertar.

{Texto completo próximamente }

El libro de color naranja

En mi colegio celebraron una vez una pequeña venta por motivo del Día del Libro. Y no había nada – y sigue sin haberlo – que me gustase más que perderme entre las hileras de libros expuestos, recorrerlos con la yema de los dedos, y esperar a que alguno me llamase. Y lo hizo, vaya que sí. Para una niña de once años solitaria como yo, aquellas llamativas cubiertas de color naranja fosforescente habían estado esperándome a mí y sólo a mí. Así que, ignorando por completo a los profesores y su cháchara animada, y a los escasos alumnos que se habían dejado caer por el hall del edificio a curiosear, invertí los escasos minutos que me quedaban de recreo y casi toda mi paga en adquirir el libro y hojearlo con avidez.

Leer aquel librito – una dulce historia sobre una niña maga y a la vez genio de la lámpara – abrió para mí una puerta. No una literal, sino en mi mente. Un espacio que hasta entonces no había sabido que tenía, pero al que empecé a llevar cosas para llenarlo. Cosas que me gustaban de los libros que devoraba todos los días, en mi casa y en la biblioteca del colegio, y que hacían de mi mundo interior, aquel espacio tan bonito, un lugar sólo para mí, un sitio donde refugiarme del mundo cuando lo necesitase.

Allí escondí dragones durmientes sobre tesoros, princesas que volaban con cisnes, brujas buenas, elfos blancos y elfos oscuros, castillos inexpugnables y palacios de cristal, bosques encantados, animales parlantes, bolsos en los que cabe un genio, niños voladores, niños transformados, niños mágicos, niños capaces de todo, y buena parte del País de las Hadas y de las Maravillas, de Nunca Jamás, del Reino Peligroso, de Fantasía, de la Tierra Media, de Hogwarts, del Mundodisco y de los Reinos Olvidados. En mi mundo todo puede hacerse y todo es posible. Quién quiere castillos en el aire cuando yo tengo todo un universo flotando conmigo en las nubes.

Ahora yo me dedico a abrir puertas con mis cuentos. Cada palabra que escribo es parte de un código único para abrir un nuevo espacio de imaginación, y así, aunque sea por un rato, poder volver a ver el mundo con la mirada de un niño. Y seguir maravillándose con los prodigios que hay en él. O inventarlos.

Un encuentro inusual

Hace poco encontré un singular relato en un diario de mi tía bisabuela Elisa. El hallazgo del diario en sí ya fue extraordinario, pues estaba oculto en una caja de secretos entre sus pertenencias casi olvidadas, cuyo cierre sólo yo acerté a abrir. El truco estaba en presionar suavemente los laterales de la caja y a la vez soltar el pestillo casi invisible de la tapa.

Mi tía bisabuela Elisa siempre ha sido una figura legendaria en la familia. Una joven que a los dieciocho años se fugó de casa y desapareció sin dejar rastro, para reaparecer años después al otro lado del mundo como una reconocida escritora de cuentos para niños.

El por qué se fue así, nunca estuvo claro, aunque nunca faltaron rumores acerca de un matrimonio de conveniencia del que cualquiera habría huido. Esto era algo que mi abuela y su hermana comentaban a menudo, con expresión resabiada.

Cómo logró desvanecerse como si se la hubiera tragado la tierra, y burlar a todos y cada uno de los grupos de búsqueda que envió mi tatarabuelo es gran parte del misterio, así como sus cuentos de hadas, capaces de encantar a toda una generación.

Ahora, leyendo su diario he comprendido muchas cosas. La verdad sobre el matrimonio concertado, sobre el que se desahogaba en varias páginas del diario, intercaladas con algunos cuentos muy buenos, como ‘La Trenza del Hada’ o ‘La Flor Tardía’, en los que en retrospectiva puedo ver el talento innato y creciente que impulsaría su fama.

Pero la última entrada del diario es de lo más extraño. No es un cuento, o al menos no está narrado como tal. Es igual que tantas otras entradas anteriores, pero con una diferencia: lo que cuenta ahí Elisa no puede ser real.

Está bastante claro que era una criatura fantasiosa y quizá un poco lunática. Sin embargo, lo que escribió aquel 19 de abril de 1910, unido a su posterior desaparición, suscita muchas dudas y preguntas, y deja tras de sí muy pocas respuestas.

La versión oficial es que efectivamente huyó del matrimonio concertado. Yo ya no lo tengo tan claro.

Juzguen ustedes, a partir de la transcripción, palabra por palabra, de la última entrada del diario adolescente de Elisa Gascó, la famosa cuentacuentos.

19 de Abril de 1910

Ayer por la tarde le dije a padre que no me casaré, aunque me lleven a rastras ante el altar. No hay mujer cuerda que quiera pasar el resto de su vida junto a ese hombre infame. Pero padre no quiso escucharme.

Salí como tantas otras veces al monte, a respirar aire fresco y a ordenar los pensamientos, dejando atrás el caserón familiar y bordeando los campos de naranjos hasta la colina cercana, como acostumbre a hacer cuando arrecia la tormenta.

No obstante, ayer tomé una senda distinta a la habitual, y al poco me había desorientado. El Sol ya se había ocultado tras las montañas y su resplandor ya no era visible en el cielo, donde ya empezaban a aparecer las primeras estrellas. Sin embargo, no hacía frío. El aire primaveral era cálido y mecía mi vestido de algodón mientras avanzaba por los pastos.

Entonces quise fijarme en donde me encontraba, para tratar de hallar el camino a casa. A parte de unas pocas colmenas de madera para abejas, no vi nada reseñable que determinase mi paradero. Ninguna señal, ni marca alguna. Un sendero completamente desconocido y libre de presencia humana.

Vi que estaba en un camino de flores silvestres de vivos colores. Había margaritas, clavelinas, campánulas y lavanda, el aire estaba impregnado de su olor. Las flores eran preciosas, todas ellas, coloreando la falda de la colina como un ordenado mosaico.

Demasiado ordenado y demasiado pulcro. Me pregunté si no me habría metido por error en terreno cultivado. La visión de tan bonitas flores contrastando con las luces del crepúsculo y la villa a lo lejos, preparándose para la noche, junto con su dulce aroma silvestre era reconfortante.

Me incliné sobre una de las perfectas campánulas. Estaba cerrada, pero tenía todos y cada uno de los pétalos impecables, de un tono rosa intenso con el borde oscuro. La acaricié con delicadeza, asombrada de su belleza. Y la flor se estiró y me miró.

No era una flor después de todo.

Contuve la respiración y alcé la mirada. La senda de flores silvestres estaba ahora salpicada de pequeñas lucecitas, que eran en realidad más criaturitas como aquella, iluminadas desde dentro y observándome.

Me temo que me desmayé. Debió ser así, porque desperté tendida en el pasto rodeada de las flores y personitas brillantes. Sentía un regusto dulce en la lengua, como a miel. Supuse que aquellas criaturas me habían dado algo para reanimarme.

‘Un don por otro don.’- dijo la pequeña de color rosa que había visto primero, con una voz tan indescriptiblemente dulce como el roce de una brisa o el lenguaje de las mariposas.

‘¿Perdón? – dije, sin saber muy bien si el sonido había llegado a pasar por mis oídos.

‘Danos el mejor de tus dones, y nosotras te daremos otro a cambio’ – replicó el hada, y las otras se acercaron más y se sentaron rodeándome, unas sobre las flores, otras acomodadas sobre mullidas setas, sobre raíces, y de rodillas en la hierba. Las hadas más pequeñas saliendo de entre grietas en las rocas, llenando el lugar de decenas de luces. El olor del azahar y la madreselva, del romero y la lavanda, lo envolvían todo como un hechizo.

El mejor de mis dones. No sabía qué ofrecer, y no sabía qué podía pasar si declinaba la oferta. Pensé, miré mis manos, mi vestido. Ninguno de mis objetos personales podía considerarse un gran regalo, salvo quizás el relicario que llevaba colgado al cuello. Mas, ¿qué iban a hacer las hadas con un relicario? No creía que se refiriesen a eso. Al final, después de reflexionar un poco, decidí que les daría lo que mejor sé hacer.

Les conté una historia, sobre un sultán del Lejano Oriente que poseía todo cuanto pudiese desear, bienes materiales comunes y también fabulosos, raros y mágicos. Y sin embargo lo dejó todo atrás, partiendo a toda prisa en su alfombra mágica, con la única compañía de un mono, un áspid y un ratón hacia los confines del mundo, para encontrar una cura para su esposa enferma. Y otras historia sobre una hoja flotando en un lago que cambió todo un pueblo, y otra sobre una flor que no quiso crecer a tiempo y aprendió el sentido de la vida demasiado tarde. Y otra sobre un roedor que domesticaba un dragón con té. Y otra, y otra.

Mi pequeña audiencia me escuchaba atentamente. Eran muy buenas oyentes, las hadas. Contenían la respiración en el momento adecuado y aplaudían con sus pequeñas manitas y con las alas al final de cada relato. No sé cuánto tiempo estuve contándoles cuentos, quizás una hora o dos, o puede que toda la noche, acompañada por el movimiento de la Luna Llena por el cielo estrellado, y las pequeñas luces brillando a mi alrededor.

Empecé a sentirme muy somnolienta, y creo que llegué a ver despuntar el alba.

Recuerdo a la pequeña hada rosada acercarse y decir:

‘El mayor de tus dones es especial y maravilloso. Verás tu don aumentado, por la gracia de las hadas. Las historias que nos has entregado serán joyas entre nosotras, y a partir de hoy, todas las historias que cuentes, serán tesoros.’

He despertado esta mañana en mi cama, con el Sol ya alto brillando a través de la ventana. Las imágenes del sueño de la noche anterior eran tan reales, y las sensaciones … notaba incluso aquel regusto como a miel.

Me incorporé, y vi en mi mesilla de noche algo que no estaba ahí el día anterior.

Una pluma. Una pluma estilográfica, de la más exquisita factura, plateada como un rayo de luna. Con mi nombre grabado en el capuchón. Descansando sobre una camánula rosada.

Así que no fue un sueño. He sostenido el regalo de las hadas en mi mano izquierda y las palabras han empezado a fluir como un río. La siento latir entre mis dedo, ansiosa por contar aventuras e historias encantadas.

Siento un nuevo coraje para perseguir mis sueños y encontrar maravillas. O inventarlas.

He visto que el mundo es un lugar mucho más misterioso y mágico que lo que percibimos. Ahí fuera está lleno de secretos, y voy a descubrirlos y a transformarlos en cuentos, para que los niños nunca dejen de creer en prodigios.

Saldré cuando todos duerman, y jamás darán conmigo, hasta que mi nombre y mis cuentos sean conocidos por todos.

Y creo que ya sé cómo conseguirlo.

Imagina que…

Descansando en un pliegue de la Autopista Interdimensional hay uno de esos curiosos orificios (1) que conectan dos dimensiones o realidades muy dispares (y a la vez no tanto): la Dimensión de la Imaginación, y la nuestra propia.

La Dimensión de la Imaginación (o DimIm para los amigos, a falta de un nombre mejor), es el lugar fabuloso de donde vienen todas las historias que empiezan por «Érase una vez…», «En un lugar de la Mancha…», «Llamadme Ismael», «Todos los niños crecen, excepto uno», o, «En un agujero en el suelo vivía un hobbit», «Episodio IV. Una nueva esperanza»…

La Dimensión de la Imaginación, para aquellos pocos privilegiados que tienen acceso a ella, es el lugar donde viven las Ideas. Todas las Ideas, que el ser humano haya podido concebir, o que en el futuro vayan a materializarse en la mente de alguien.

Las Ideas son entes pensantes, conceptos inteligentes viviendo sus vidas, que no toman forma definida hasta que no se las mira. Es decir, hasta que alguien las imagina. Entendamos esto como un Experimento de la Rendija muy complicado.

Las Ideas Existen, independientes de que las personas las creen, pero algunas desean trascender más allá de su etérea y fluctuante realidad y ansían llegar a la Tierra. Todas las Ideas, las científicas, las musicales, las artísticas, las tecnológicas, las culinarias, las literarias… Es un país muy grande, la DimIm.

Las Ideas sólo llegan al Mundo si hay alguien de entre todas las personas que dispone de los medios para que su cabeza actúe de antena receptora. Cada Idea pasa la eternidad en busca de alguien susceptible de hacerla posible. Todas ellas esperan más o menos pacientemente hasta que llega al mundo alguien que esté en condiciones de imaginarlas. A ser posible, la persona ideal, que haga de su Idea algo grande.

Inspiración, un lugar confortable, voluntad y tiempo, son los ingredientes necesarios para que la Idea crezca, tome forma y florezca en la mente y las manos de su crisol. Es una Gran Magia.

Las Ideas se hacen realidad en la Tierra, pero el Concepto Original permanece anclado en su dimensión de origen, haciéndose más poderoso cuanto más se lo imagina. Ahora mismo el Concepto de Vampiros Románticos Atormentados ha empezado a perder fuerza, afortunadamente. Se mascaba el motín.

Las fronteras de la Dimensión de la Imaginación son difusas, y más en los últimos tiempos, donde todo está lleno de crossovers, colaboraciones, featurings y demás, y es tan tremendamente complicado crear algo nuevo y original. Las Ideas se agrupan por afinidad, formando colonias y países. A veces estos países se fusionan o se separan irremediablemente, como el gran Cisma de la Astronomía y la Astrología, por diferencias irreconciliables.

El País de la Ciencia hace frontera con el País de la Tecnología. En el límite brotan ideas a veces muy teóricas pero poco útiles, y otras veces, ideas muy prácticas pero poco razonables. El País de las Sinfonías vive en armonía con el resto de los territorios de la Tierra del Arte, un vasto continente del que salen las más bellas Ideas que el hombre pueda albergar.

Un pequeño pero poderoso rincón de la Dimensión de la Imaginación es quizá el más especial de todos. Es ampliamente reconocido en todo el mundo, pues todos lo visitamos alguna vez de niños. Y por ello es el más descuidado y en cierta medida el más peligroso, si es olvidado por completo.

En este lugar cohabitan Ideas o Conceptos eternos, conocidos por los humanos desde hace mucho, mucho tiempo. Es el lugar de nacimiento de, por ejemplo, el Concepto de ‘Princesas cautivas que rescatar’: en torres, en castillos, en cuevas, en el fondo del mar… a las que por fin van llegando ideas más feministas desde lugares muy lejanos.

Reinas Malvadas, Madrastras Perversas, Hechiceros Tenebrosos, Brujas, Hadas Madrinas, Escolarización de los Magos a todos los niveles…Animales Parlantes, Científicos Chalados Encerrados en sus Laboratorios… la lista es interminable y tan familiar como la palma de la mano. A finales del siglo XIX empezaron a manifestarse Alienígenas en la frontera con el País de la Ciencia Ficción. Todos ellos verdes, o morados, de forma reptiliana, anfibia o pulposa. Porque somos incapaces de imaginar nada mejor.

De allí vienen también ideas más abstractas, como por ejemplo la inquietante obsesión con el Número Tres: tres mosqueteros, tres hermanos, tres reyes, tres cerditos, pasado, presente y futuro, la Santísima Trinidad… Las Ideas son complejas, y algunas muy viejas.

En este Lugar, que a lo largo de la Historia de la Creatividad ha recibido muchos nombres, como El Otro Sitio, El Otro Lado, Faerie, la Tierra de las Hadas, la Tierra Media, el País de los Cuentos….

Comienza nuestra historia.

(1) Esto, claro está, es la Idea de Agujero Negro que nos llega directa de la Ciencia Ficción a los guiones de los directores de cine catastrofista. Es ese agujero negro que un sinnúmero de científicos malvados y/o chalados pueden generar a voluntad, transportarlo cómodamente y soltarlo aquí y allá para hacer desaparecer trozos de corteza continental o viajar en el tiempo y liquidar a un mosquito prehistórico. Es ese Agujero Negro a la entrada de otro simpático Agujero de Gusano, que viene a ser un vulgar atajo en el Multiverso.

Ese Agujero Negro.

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