La trenza del hada

Inspirado en el prólogo de ‘El Jardín Olvidado’ de Kate Morton.

Érase una vez, un joven y apuesto príncipe de un reino muy poderoso, destinado a ser un día el sabio rey de aquellas tierras, cuando su padre le cediese el trono. No obstante, llegado el momento, el príncipe tendría que demostrar su valía y superar una única prueba. Pues sólo podría hacerlo si era digno de cumplir su destino.

Por tanto, un buen día, su padre el rey lo llevó a la linde de un misterioso bosque, espeso y alto, con las copas de los árboles perdiéndose en lo alto hasta más allá de donde alcanzaba la vista. Le dijo que su prueba se encontraba allí dentro, y que cuando la hubiese superado saliendo del bosque, sería rey.

El valiente príncipe se apresuró a cumplir con las órdenes de su padre, y se adentró en el bosque, espada en ristre, preparado ante cualquier dificultad que se le presentase: un oso, un enorme jabalí o alguna bestia similar, quizás un mago tenebroso al que derrotar, o tal vez un fiero dragón escupefuego.

Lo cierto es que no tenía ni la más mínima idea de en qué iba a consistir su prueba.

Entonces, el príncipe llegó a un claro en el bosque. En él se alzaba una cabaña, casi tan alta como el árbol que brotaba de ella, atravesando el techo y perdiéndose en lo alto como los demás árboles. El príncipe se adentró en ella, sin llamar a la puerta, pues ya intuía lo que se iba a encontrar.

Al fondo de la cabaña, al lado del hogar, había una anciana sentada frente a un telar.

– Pero, ¿qué modales son esos? ¿Es que no sabes llamar antes de entrar? – dijo la anciana, que era una bruja, por si no os habíais dado cuenta.

– Heme aquí para cumplir con mi prueba, vieja bruja, y así ser digno de mi destino. Decid, pues. ¿He de derrotaros en un combate sin igual? ¿O tengo que desencantar a una doncella bajo vuestro maleficio? ¿Quizás resolver un acertijo al borde de un mágico precipicio? ¡Hablad!

-Siéntate y cállate. – dijo la bruja.

El príncipe, para su sorpresa, obedeció.

Tengo una tetera al fuego. ¿Querrás azúcar? Y unas pastas, ¿verdad?

Al instante se materializó un juego de té de porcelana rosa junto con una mesita de cristal frente a ellos. El príncipe sabía que debía desconfiar de cualquier cosa que las brujas ofreciesen para comer o beber, o eso decían … pero las pastas eran de chocolate y el té olía a menta poleo.

El príncipe se encontró entonces charlando a gusto con la vieja bruja mientras tomaban el té y reían como viejos conocidos.

Cuando la bruja hubo terminado de saborear su té y sus pastas, con un suspiro satisfecho se volvió hacia su telar y comenzó a hilar una nueva pieza.

-Bueno. Hablemos ahora de cosas serias. Tu prueba. Para sellar tu destino, esto es lo que debes hacer.

El príncipe se irguió en su silla, repentinamente serio. Casi había olvidado para qué se encontraba allí. Miró con suspicacia el té y las pastas. ¿Acaso estaban encantados para obnubilar su juicio? Pero decidió que no. Algo le decía que la bruja tenía buen corazón.

-Deberás traerme tres hebras del cabello de la soberana del Reino de las Hadas, que encontrarás si sigues el camino que te trajo a mi cabaña y sabes bien dónde mirar.

El príncipe consideró las palabras de la bruja. ¿Ya está? ¿Eso era todo? ¿Ningún dragón que derrotar en singular batalla? ¿Ningún mago tenebroso más astuto que cualquier bestia? ¿Ningún acertijo con el que desafiar a su ingenio? El príncipe se dijo que la tarea debía ser más importante de lo que parecía, y mucho más difícil. Tenía que serlo.

-Pero, ¿Por qué debo traer tres hebras del cabello de la Reina de las Hadas? – preguntó el príncipe a la bruja. – ¿Por qué no otro número, por qué no dos, o cuatro?

La bruja se inclinó hacia adelante sin dejar de hilar.

No hay otro número, mi niño.

Tres es el número del tiempo. ¿Acaso no hablamos de pasado, presente y futuro? Tres es el número de la familia, ¿acaso no hablamos de madre, padre e hijo? Tres es el número de las hadas. ¿Acaso no buscamos entre el roble, la ceniza y la espina?

El joven príncipe asintió, porque la sabia bruja había hablado con la verdad.

-Por eso debo poseer tres hebras, para tejer mi trenza mágica.

El príncipe observó el telar, y pensó que seguramente la bruja querría trenzar las hebras encantadas para tejer un poderoso manto o una capa de invisibilidad. Se despidió, pues, de la anciana y con los mejores deseos de ésta, se adentró aún más en el espeso bosque.

En busca del Reino de las Hadas. Un lugar tan maravilloso como peligroso, donde un paso en falso podía suponer la perdición del hombre que osase poner los pies allí. Regido por sus propias reglas y símbolos, ritos y encantamientos más poderosos que cualquier fuerza de la tierra. Donde el Sol, la Tierra, la Luna y la Luz de las estrellas marcaban el paso del tiempo que sin embargo parecía detenerse para siempre. Un lugar al que muy pocos conseguían llegar, y del que nadie lograba salir.

El príncipe apartó ramas y hojas, y avanzó en silencio, con respeto, buscando entre el roble, la ceniza y la espina. No osó cortar ninguna rama ni ninguna hoja, ni dañar arbusto alguno. Admiraba las flores de colores brillantes desde lejos y siempre iba vigilando por dónde pisaba. No era buena idea entrar en la casa de nadie rompiendo cosas. Uno podía terminar maldecido de por vida. Se lo había dicho la bruja.

Antes de entrar en el Reino de las Hadas, algo le dijo al príncipe que debía dejar la espada atrás. El príncipe no sabía con qué se iba a encontrar, pero aquel impulso era mucho más fuerte que su temor. Así pues, dejó la espada en el suelo y se adentró en otro claro del espeso bosque.

Y al momento fue capturado por unos seres de sobrecogedora belleza y mirada acerada en sus ojos rasgados. Iban vestidos con lo que parecía hojas y pétalos de flores de gran tamaño, y sus lanzas estaban hechas con ramas más afiladas que cualquier espada.

Oh, sí. Eran hermosos y temibles, pero ninguno de ellos era tan hermoso y temible como la Reina de las Hadas.

La Sala del Trono era un espacio redondeado de unos árboles que el príncipe no había visto nunca. Eran de color azul cobalto, con ramas plateadas finas y flexibles como cabellos. La Reina Hada estaba sentada entre ellos, con vestiduras tan trasparentes y traslúcidas como sus grandes alas irisadas. Sus ojos del color de la miel parecían saberlo todo, en un rostro de belleza sobrenatural. Pero lo más impresionante de todo era su cabello. Largo y sedoso hasta los pies, de color rubio oscuro, trenzado y entretejido con las finas ramas de los árboles azules. Era un diseño tan intrincado, tan complejo, tan delicado, que era imposible decir dónde terminaba la Reina y empezaban los árboles. Parecía que llevaba puesto al bosque como corona.

La famosa intuición del príncipe volvió a hablarle, indicándole que las hebras de la trenza del hada que deseaba la bruja eran aquellas y no otras.

Entonces, la Reina habló, y su voz llenó el claro entero, y los oídos y la mente del príncipe:

-Habla, desconocido, y di por qué has entrado en el Reino de las Hadas sin invitación.

El príncipe habría caído de rodillas ante la Reina de Hada de haber podido, pero los guardias lo sujetaban con fuerza, aún sin herirle. Se las arregló, no obstante, para hacer una reverencia y dijo:

-Majestad, me presento ante vos y vuestro pueblo como un humilde visitante que no ha venido a hacer ningún daño. Soy el príncipe del reino vecino. He venido a pediros que me cedáis tres de las hebras de vuestra trenza, de las de color plateado, para una amiga que las necesita.

Hubo un estremecimiento entre el pueblo feérico. Parecía que incluso habían dejado de respirar.

-Deberíamos ejecutarlo de inmediato – dijo uno de los guardias, acercando aún más su lanza al corazón del príncipe.

-No – dijo el Hada. – Él ha venido como amigo y no como enemigo, pues no porta armas ni ardides, y ha hablado con ignorancia, no con maldad. Veréis, príncipe, estos árboles que veis aquí no son árboles corrientes. Son tan antiguos como el tiempo de las hadas en esta tierra, y seguirán aquí mientras las hadas y la magia permanezcan. Vigilan, cuidan y guardan el Reino de las Hadas, y lo mantienen en secreto salvo para unos pocos. Son los verdaderos reyes del bosque. Son los ancestros y la memoria de nuestro pueblo. Su nombre no puede pronunciarse por ningún mortal, y se nutren de la magia de la Reina de las Hadas, mediante estas hebras que tú codicias, a cambio de sus innumerables dones. No hay nada más importante para las hadas. Nada.

El príncipe se quedó pensativo ante las palabras de la Reina, reflexionando sobre qué responder, pues no pensaba rendirse tan pronto.

-Y si os ofrezco algo a cambio? ¿Algo que iguale su valor?

El pueblo feérico volvió a estremecerse, pero esta vez con lo que pareció risa. La Reina Hada divertida alzó una ceja, y su mirada fue un poco menos implacable.

-¿Qué podríais vos darnos a cambio que pueda ser tan valioso? Tal cosa es impensable.

-Todavía no lo sé, si debo ser sincero. Pero dadme tres días. Dejadme permanecer aquí entre vuestro pueblo, y hallaré el modo de compensaros por vuestro incalculable regalo. Dadme tres días, y si mi ofrecimiento no es de vuestro agrado, me iré para siempre y me aseguraré de que nadie más vuelva a molestaros. Tenéis mi palabra.

Quizás fue por el arrojo del príncipe, quizás por que el pueblo feérico había empezado a languidecer ante el tedio de tantos días iguales y necesitaba algo de diversión, quizás por curiosidad. La Reina Hada aceptó el trato y los guardias dejaron ir al príncipe.

-Sea. Pero vamos a cambiar un poco las condiciones de vuestra estancia, antes de sellar el pacto. Si no sois capaz de ofrecerme algo que iguale o supere el valor de mis preciosas hebras, seréis ejecutado por vuestra osadía. ¿Aún deseáis quedaros?

El príncipe asintió, pues aquella era una prueba digna de su valor y del premio al que aspiraba. Sellaron el trato pues, de una forma que sólo atañe a aquellos que se encontraban allí.

Entonces llegó el guardia que había propuesto ejecutarlo, y malhumorado le ofreció un cuenco de sopa. El príncipe miró desconcertado a la Reina.

-Está anocheciendo. Y tendréis que cenar algo. No descuidamos a nuestros invitados. – dijo con una risilla musical.

El príncipe pensó que las hadas eran muy extrañas, pero esta vez no desconfió de la comida que le ofrecían. Creía en el trato que habían hecho y en la palabra de las hadas, y tenía tres días antes de que aquella gente quisiese poner fin a su vida.

Qué gran hospitalidad.

Así pues, el príncipe se sentó al lado del trono de la Reina Hada a comer. Resultó que lo que le habían dado era arroz con leche.

La Reina miró sorprendida al príncipe sentado en el suelo sin remilgos, en silenciosa compañía. En sus miles de años de existencia nadie había querido sentarse con ella, dejándola sola con su regencia.

El príncipe se durmió acurrucado en una de las raíces de los árboles azules, y durmió como jamás en la vida lo había hecho. Un largo y pesado sueño, como el de los cuentos.

El día siguiente llegó y pasó, y el príncipe y la Reina empezaron a conversar para pasar el tiempo. Y al anochecer, con las luces del pueblo feérico encendiéndose en la distancia, la Reina Hada preguntó:

-¿Ya has decidido qué vas a ofrecerme a cambio?

-No, aún no Majestad, pero contadme más sobre el lenguaje de los pájaros.

Y la Reina Hada le contó todo lo que sabía sobre las innumerables aves que poblaban los bosques, que era muchísimo, y le presentó a su amigo y guardián el búho, la más sabia de todas las aves, con el que mantenía largas conversaciones acerca de todo lo que acontecía dentro de los límites de su Reino. El príncipe escuchaba absorto las palabras de la Reina y contemplaba su rostro, brillante de polvo de hada, absorbiendo su voz maravillado.

El día siguiente llegó y pasó, y el príncipe y la Reina se entretuvieron paseando por el claro. Resultó que las ramas de los árboles azules eran infinitamente largas, y pudieron ver a las hadas trabajar, comer, cantar, bailar y tocar instrumentos que conmovían a todo aquél que los escuchase. Y al anochecer, con las luces del pueblo feérico encendiéndose en la distancia, la Reina Hada preguntó:

-Ya has decidido qué vas a ofrecerme a cambio?

-No, aún no Majestad, pero contadme más sobre las cosas que crecen.

Y la Reina Hada le contó todo lo que sabía sobre las innumerables especies de árboles, arbustos, flores, hongos y hierbas que crecían en sus dominios, que era muchísimo, y le presentó a cada uno de los árboles azules, que tenían cada uno su nombre y su carácter. Hablaban con la Reina Hada con sus dulces voces, que tan sólo ella podía entender, y recitó al príncipe un antiquísimo poema feérico que los árboles recordaban sobre todo lo verde y bueno del mundo. El príncipe escuchaba absorto las palabras de la Reina y contemplaba su rostro, brillante de polvo de hada, absorbiendo su voz maravillado.

El día siguiente llegó y pasó, y el príncipe y la Reina observaron entristecidos el movimiento del Sol por el cielo y la salida de una preciosa Luna Llena de color plateado. Pues ambos sentían un vínculo inesperado que se había forjado entre ellos, un vínculo que habría de romperse cuando el día llegase a su fin, de una forma o de otra. Las hadas se fueron congregando poco a poco alrededor del trono con la llegada del crepúsculo. Y al anochecer, con las luces del pueblo feérico encendiéndose en la distancia, la Reina Hada preguntó:

-¿Ya has decidido qué vas a ofrecerme a cambio?

-Sí, Majestad. Ahora sí que lo he decidido. Y se arrodilló frente a ella, ante todo el Reino de las Hadas. – Os ofrezco mi corazón. Es todo lo que tengo, y más valioso que mi reino, o mi corona. Tomadlo, pues es vuestro, pero a cambio de nada. Ya no deseo las hebras de vuestra trenza, pero contadme más acerca de vos, y sobre lo que os hace reír, antes de que me haya ido para siempre.

La Reina Hada lo miró a los ojos, mientras el pueblo feérico contenía la respiración. Entonces él pudo ver en sus hermosos ojos la misma ternura que él sentía, la misma conexión que en poco tiempo se había hecho tan fuerte. La Reina podía verlo claramente, un hilo trenzado brillante e indestructible, que los unía a ambos. Un vínculo que unía dos almas iguales, más fuerte que las mismas raíces de su tierra.

La Reina miró a los árboles azules, escuchando un momento sus voces, y en ese momento tres de las hebras plateadas se soltaron. Y ella misma con un pase mágico cortó todas las demás, quedando libre.

Todos los presentes la observaron anonadados, y ella se volvió y habló a su pueblo:

-Estos árboles ya tienen suficientes años. Son fuertes y sabios, y están firmemente arraigados en esta tierra poderosa. Es hora de cambiar un poco las cosas. Creo que pueden seguir sin mí.

Pero yo quiero, y puedo, seguir a mi corazón.

Se casaron un tiempo después en la cabaña de la bruja. Las tres hebras con las que confeccionó la trenza mágica sirvieron para unir sus manos mientras pronunciaban sus votos, mirándose a los ojos, al futuro y a su destino. Fueron los soberanos de ambos reinos, que vivieron una prosperidad y una felicidad nunca antes vistas.

La nueva pareja plantó algunas de las hebras de la trenza del hada en macetas, para extender el bosque encantado más allá de sus límites. En las macetas ya han empezado a brotar nuevas hojitas plateadas. Un nuevo y bello comienzo.

El castillo maldito

Decían de aquel castillo que  jamás había sido conquistado. Aquello era cierto sólo en parte. Lo que en realidad sucedió fue mucho más rocambolesco de lo que la gente estaba dispuesta a creer. La verdad de lo que ocurrió, si alguien la supo, permaneció oculta con el devenir de los siglos, hasta que sus muros en ruinas me la susurraron cuando pisé sus antiquísimas piedras. 

El castillo era en verdad una fortaleza inexpugnable, y así hubiese permanecido de no haber sido por un traidor. El villano abrió una puerta secreta, apenas una hendidura en el muro de sólida roca que muy pocos conocían o ya habían olvidado, y por aquel agujero penetró el rastrero ejército enemigo, dispuesto a masacrar sin cuartel. Una vez cobrada su felonía, el traidor sin nombre se perdió en la noche con un hatillo y los gritos de alarma resonando en la lejanía. 

Los soldados del castillo lo defendieron con valentía y honor, pero jamás tuvieron su oportunidad. Los superaban en número y los cogieron desprevenidos. Los aceros entrechocaron y la sangre tiñó de rojo las piedras que ya eran centenarias cuando todo esto ocurrió. 

Cuando cayó el señor del castillo, su hija mayor, que practicaba las artes mágicas perdió toda esperanza, contemplando desde su balcón cómo apenas quedaban ya con vida los soldados de su padre. Entonces se retiró al extremo más alejado de la estancia. Susurró su maldición cuando los invasores derribaron la puerta de la torre del homenaje, momentos antes de tomar el venero que tenía oculto en un hueco del muro de sus aposentos. 

Cuando las arañas llegaron ella ya no estaba allí para verlo, pero cumplieron con su voluntad. Extinguieron con rapidez toda vida remanente en el castillo, los pocos supervivientes a la batalla, e incluso animales y plantas. 

A la mañana siguiente no quedaba nada ni nadie, ni siquiera huesos o ropajes. El castillo quedó completamente vacío, para consternación de los aldeanos, que no se explicaban qué podía haber ocurrido. Tan sólo habían escuchado el estruendo de la trifulca a altas horas de la madrugada, y luego el silencio más absoluto. Aquellos pocos, viejos en su mayoría, que podían recordar las leyendas acerca de unas espantosas criaturas que bien serían capaces de tal estrago, que podían anidar durante años y siglos en lo más profundo de los bosques fueron instados a callarse, pues nadie quería dejar siquiera un resquicio a la creencia de que tales bestias, sobrenaturales y terribles anduviesen por aquellas tierras. 

Así pues, el castillo quedó deshabitado y abandonado durante años y años, y con el tiempo el misterio de lo ocurrido aquella aciaga noche pasó al olvido. Mucho tiempo después declararon el lugar monumento y bien local, y se llenó de turistas, que deambularon por estancias derruidas y aposentos sólo reconocibles por los cimientos, mirando con curiosidad pedazos de madera desperdigada por aquí y allá, con una textura muy extraña, como de tela de araña.

{AVANCE}

¿Qué chica no sueña con ser princesa? Levantarse un día de la cama y descubrir que en un suntuoso palacio la esperan a una, para cubrirla de finas galas y coronar el atuendo con una deslumbrante tiara de diamantes.

Bueno, lo de casi todas es fantasía pura, que se evapora más o menos con la edad. Mas, yo sí conocí a una princesa perdida que vivió el sueño, y os puedo asegurar, que lo interesante es lo que hizo después de despertar.

{Texto completo próximamente }

La flor tardía

En un tiempo lejano, en el que el hombre aún conservaba la inocencia y las parejas se forjaban en largos noviazgos nacidos de un tímido cortejo, un humilde estudiante habría de enamorarse profundamente y también aprender una valiosa lección.

El joven vivía en una modesta casita de dos plantas, con un minúsculo estudio y un pequeño balcón en el piso de arriba, compuesto solamente por una mesa, una silla, y cuatro paredes cubiertas completamente de libros. Antes de avistar a su dama adorada, el joven se dedicaba en cuerpo y alma a sus estudios, pero siempre encontraba tiempo para sus amigos, familiares y aficiones, en especial a sus queridos libros. Uno de sus secretos anhelos era escribir la historia más conmovedora jamás contada. Sin embargo, en un abrir y cerrar de ojos todo cambió por completo.

Sucedió que el estudiante, mirando un día por la ventana tratando de inspirarse para su historia, cayó en la cuenta de que su balcón era muy frío, solitario, falto de color. Así que ni corto ni perezoso salió a comprar una jardinera y algunas plantas que resultasen decorativas y agradables a la vista. Lucía un sol radiante de principios de marzo y el estudiante disfrutó del paseo, tal como solía hacer cuando salía a estirar las piernas, sintiendo los tibios rayos en su pálida piel.  Sonriente saludaba a los transeúntes con los que se cruzaba, caballeros elegantes del brazo de refinadas damas que portaban coloridos parasoles con los que proteger sus delicados y marmóreos semblantes.

El estudiante adquirió finalmente media docena de bulbos de jacinto que prometían convertirse en espectaculares flores, y el joven los hundió en la tierra con esta ilusión pintada en el rostro.

Entonces levantó la vista y creyó estar dentro de un sueño, o deslumbrado por la brillante solana. Porque aquella visión no podía ser de este mundo.

Frente a su humilde casita había otra mucho más grande, rica e importante, en la que vivía gente más rica e importante. La hija mayor era una belleza de dieciséis primaveras, de rostro exquisito en piel pálida de mejillas rosadas, altos pómulos enmarcados en rizos dorados, labios llenos y unos ojos del color de la aguamarina que podrían derretir heladas. Aquella mañana había salido al balcón a arreglar sus primorosas rosas, enfundada en una maravilla de seda azul traída especialmente para su decimosexto cumpleaños. Y su talle esbelto ceñido por aquel vestido que parecía agua de las profundidades hizo que el estudiante se olvidase de respirar. Entonces el mundo para él dejó de girar, puesto que tenía un nuevo astro rey alrededor del cual orbitar. Ella.

El joven sufrió un cambio en su forma de ser. Dejó de salir con sus amigos, hacer caso a sus familiares. Ya no leía, apenas comía y los rayos de sol se le antojaban fríos en comparación a la presencia radiante de su adorada, la cual esperaba atisbar en el balcón, o en alguna ventana, quizá un pedacito glorioso de ella asomando entra las cortinas del caserón.

Los días se convirtieron en semanas, y el estudiante se devanaba los sesos buscando una manera de hacer suya a la esplendorosa muchacha. Mientras tanto, los jacintos fueron asomando tímidamente de su lecho de tierra. Los seis fueron poco a poco rompiendo su lilácea cubierta exterior, y tiñendo de un verde intenso cada tierna hoja de su capullo. Durante las semanas en las que los bulbos crecieron tomando fuerzas de la tierra, el agua y sol, el estudiante se marchitaba por penas de amor. Tan sólo le pudo arrancar una breve sonrisa el ver una bonita mañana a sus bulbitos en flor. Pero ¡vaya! Todos salvo uno.

El último de los bulbos no quería florecer. Aún no. No estaba preparado, pues necesitaba mucho más tiempo para cumplir su objetivo en la vida, ser una hermosa flor.

Por tanto, mientras los otros jacintos rendían todas sus galas al sol de primavera, alegrando la calle con sus vivos colores azul, rosa, amarillo y naranja, el bulbo sin abrir ni siquiera sabía cuál sería su color, pero sí estaba seguro de que sería mucho más bello que los demás. Que deslumbraría a todos en la calle, que sería admirado y deseado para adornar el tocado de una joven casadera, el ramo de una ruborosa novia, un fastuoso salón o tal vez la cunita de un hermoso bebé.

Los días pasaron lentamente, y los jóvenes jacintos crecieron más altos y más brillantes aprovechando cada gota de sol y cada chispa de lluvia y meciéndose al paso de la brisa primaveral que les hacía cantar. No para el oído humano, claro, sino con una voz mucho más dulce. El pequeño bulbo se perdía todo esto, puesto que seguía firmemente cerrado, sus tiernas hojas guardando su secreto, tomándose su tiempo para dedicarlo a cada uno de sus pétalos, para pintarlos de un color nunca visto, para esculpirlos perfectamente como el artista más dedicado.

El estudiante veía pasar la primavera frente a su balcón, pero no era consciente de su fecunda belleza porque había encontrado la forma de acercarse a la fuente de sus desvelos y tener el derecho a cortejarla.  El joven estaba decidido a terminar su carrera antes que nadie en su promoción, y título en mano, ofrecerle a la muchacha un hogar y un nivel de vida comparable al de su acaudalada familia, que él costearía con sus esfuerzos. Se recluyó definitivamente en su estudio y cerró las puertas a toda distracción. Tan sólo cuidaba de sus jacintos, con la esperanza de que atrajeran la atención de su amada a su ventana. En su febril determinación terminó perdiendo a sus amigos, entristeciendo sobremanera a sus familiares, dejó de escribir, de pasear y de soñar. Solamente estudiaba y estudiaba, pero ya no ponía corazón a su profesión. Era ya tan sólo un medio para conseguir su objetivo.

Sus cinco jacintos presenciaron por él el culmen y partida de la primavera, que los llevó a su máximo esplendor, sintiendo con gusto en sus hojas el misterio de la vida plena, y en el transcurso de las demás estaciones, con las hojas ya marrones durmieron soñando con todo lo hermoso del mundo, aunque su mundo fuera una calle. Para ellos bastaba.

Con la llegada de una nueva primavera despertaron nuevamente con renovada energía, y asistieron expectantes a la eclosión del último jacinto, que finalmente ya se sentía preparado. Era de un maravilloso tono blanco con reflejos de color melocotón. Una auténtica preciosidad de flor, que haría suspirar a cualquiera que posase su mirada en ella. El jacinto estaba henchido de orgullo, y estiró sus ramas a la vida.

Entretanto, llegó al estudio el joven, con el ansiado título bajo el brazo. Ya podía presentarse en casa de su amada. Satisfecho reparó en la belleza de la flor tardía. Fue la primera que cortó para el ramo de flores que obsequiaría a su adorada.

Después de horas de espera, y cuando finalmente fue recibido en la casa vecina, le informaron de que la joven no podría recibirle bajo ningún concepto, puesto que ya estaba prometida nada menos que a un joven de la nobleza. Alguien que no habría trabajado en su vida, pero que le aportaría un título a cambio de ser su mujer rica e influyente.

El estudiante salió del caserón con sus sueños hechos pedazos, cayendo en la cuenta por primera vez en un largo año que había perdido un tiempo que ya no volvería persiguiendo una quimera, sin reparar en que perdía cosas por el camino, cosas tan importantes como uno mismo, habiéndose convertido en una triste sombra, reflejo tenue del joven vivaz de antaño. Resolvió dedicar sus energías a escribir para poder ver algún día su nombre impreso en la cubierta de un libro, pues la pluma jamás le daría un disgusto como el que acababa de sufrir. Y así, con el corazón maltrecho, pero con ilusiones renovadas abrió las ventanas y salió a su balcón en busca de inspiración.

¿Y la flor tardía? Pues el joven decidió ponerla a secar y prensar junto a sus hermanas y fabricar puntos de lectura con ellas. Lamentaba no haber podido disfrutar más del sol, de la primavera, de la calle y del perfume de la vida, pero al menos viviría entre letras para siempre.

Lectores, no pospongan el disfrute de la vida por miedos o por conseguir un objetivo, puesto que la vida plena en sí es el destino de un viaje muy rápido, repleto de giros inesperados, pero con pocas segundas oportunidades.

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