La trenza del hada

Inspirado en el prólogo de ‘El Jardín Olvidado’ de Kate Morton.

Érase una vez, un joven y apuesto príncipe de un reino muy poderoso, destinado a ser un día el sabio rey de aquellas tierras, cuando su padre le cediese el trono. No obstante, llegado el momento, el príncipe tendría que demostrar su valía y superar una única prueba. Pues sólo podría hacerlo si era digno de cumplir su destino.

Por tanto, un buen día, su padre el rey lo llevó a la linde de un misterioso bosque, espeso y alto, con las copas de los árboles perdiéndose en lo alto hasta más allá de donde alcanzaba la vista. Le dijo que su prueba se encontraba allí dentro, y que cuando la hubiese superado saliendo del bosque, sería rey.

El valiente príncipe se apresuró a cumplir con las órdenes de su padre, y se adentró en el bosque, espada en ristre, preparado ante cualquier dificultad que se le presentase: un oso, un enorme jabalí o alguna bestia similar, quizás un mago tenebroso al que derrotar, o tal vez un fiero dragón escupefuego.

Lo cierto es que no tenía ni la más mínima idea de en qué iba a consistir su prueba.

Entonces, el príncipe llegó a un claro en el bosque. En él se alzaba una cabaña, casi tan alta como el árbol que brotaba de ella, atravesando el techo y perdiéndose en lo alto como los demás árboles. El príncipe se adentró en ella, sin llamar a la puerta, pues ya intuía lo que se iba a encontrar.

Al fondo de la cabaña, al lado del hogar, había una anciana sentada frente a un telar.

– Pero, ¿qué modales son esos? ¿Es que no sabes llamar antes de entrar? – dijo la anciana, que era una bruja, por si no os habíais dado cuenta.

– Heme aquí para cumplir con mi prueba, vieja bruja, y así ser digno de mi destino. Decid, pues. ¿He de derrotaros en un combate sin igual? ¿O tengo que desencantar a una doncella bajo vuestro maleficio? ¿Quizás resolver un acertijo al borde de un mágico precipicio? ¡Hablad!

-Siéntate y cállate. – dijo la bruja.

El príncipe, para su sorpresa, obedeció.

Tengo una tetera al fuego. ¿Querrás azúcar? Y unas pastas, ¿verdad?

Al instante se materializó un juego de té de porcelana rosa junto con una mesita de cristal frente a ellos. El príncipe sabía que debía desconfiar de cualquier cosa que las brujas ofreciesen para comer o beber, o eso decían … pero las pastas eran de chocolate y el té olía a menta poleo.

El príncipe se encontró entonces charlando a gusto con la vieja bruja mientras tomaban el té y reían como viejos conocidos.

Cuando la bruja hubo terminado de saborear su té y sus pastas, con un suspiro satisfecho se volvió hacia su telar y comenzó a hilar una nueva pieza.

-Bueno. Hablemos ahora de cosas serias. Tu prueba. Para sellar tu destino, esto es lo que debes hacer.

El príncipe se irguió en su silla, repentinamente serio. Casi había olvidado para qué se encontraba allí. Miró con suspicacia el té y las pastas. ¿Acaso estaban encantados para obnubilar su juicio? Pero decidió que no. Algo le decía que la bruja tenía buen corazón.

-Deberás traerme tres hebras del cabello de la soberana del Reino de las Hadas, que encontrarás si sigues el camino que te trajo a mi cabaña y sabes bien dónde mirar.

El príncipe consideró las palabras de la bruja. ¿Ya está? ¿Eso era todo? ¿Ningún dragón que derrotar en singular batalla? ¿Ningún mago tenebroso más astuto que cualquier bestia? ¿Ningún acertijo con el que desafiar a su ingenio? El príncipe se dijo que la tarea debía ser más importante de lo que parecía, y mucho más difícil. Tenía que serlo.

-Pero, ¿Por qué debo traer tres hebras del cabello de la Reina de las Hadas? – preguntó el príncipe a la bruja. – ¿Por qué no otro número, por qué no dos, o cuatro?

La bruja se inclinó hacia adelante sin dejar de hilar.

No hay otro número, mi niño.

Tres es el número del tiempo. ¿Acaso no hablamos de pasado, presente y futuro? Tres es el número de la familia, ¿acaso no hablamos de madre, padre e hijo? Tres es el número de las hadas. ¿Acaso no buscamos entre el roble, la ceniza y la espina?

El joven príncipe asintió, porque la sabia bruja había hablado con la verdad.

-Por eso debo poseer tres hebras, para tejer mi trenza mágica.

El príncipe observó el telar, y pensó que seguramente la bruja querría trenzar las hebras encantadas para tejer un poderoso manto o una capa de invisibilidad. Se despidió, pues, de la anciana y con los mejores deseos de ésta, se adentró aún más en el espeso bosque.

En busca del Reino de las Hadas. Un lugar tan maravilloso como peligroso, donde un paso en falso podía suponer la perdición del hombre que osase poner los pies allí. Regido por sus propias reglas y símbolos, ritos y encantamientos más poderosos que cualquier fuerza de la tierra. Donde el Sol, la Tierra, la Luna y la Luz de las estrellas marcaban el paso del tiempo que sin embargo parecía detenerse para siempre. Un lugar al que muy pocos conseguían llegar, y del que nadie lograba salir.

El príncipe apartó ramas y hojas, y avanzó en silencio, con respeto, buscando entre el roble, la ceniza y la espina. No osó cortar ninguna rama ni ninguna hoja, ni dañar arbusto alguno. Admiraba las flores de colores brillantes desde lejos y siempre iba vigilando por dónde pisaba. No era buena idea entrar en la casa de nadie rompiendo cosas. Uno podía terminar maldecido de por vida. Se lo había dicho la bruja.

Antes de entrar en el Reino de las Hadas, algo le dijo al príncipe que debía dejar la espada atrás. El príncipe no sabía con qué se iba a encontrar, pero aquel impulso era mucho más fuerte que su temor. Así pues, dejó la espada en el suelo y se adentró en otro claro del espeso bosque.

Y al momento fue capturado por unos seres de sobrecogedora belleza y mirada acerada en sus ojos rasgados. Iban vestidos con lo que parecía hojas y pétalos de flores de gran tamaño, y sus lanzas estaban hechas con ramas más afiladas que cualquier espada.

Oh, sí. Eran hermosos y temibles, pero ninguno de ellos era tan hermoso y temible como la Reina de las Hadas.

La Sala del Trono era un espacio redondeado de unos árboles que el príncipe no había visto nunca. Eran de color azul cobalto, con ramas plateadas finas y flexibles como cabellos. La Reina Hada estaba sentada entre ellos, con vestiduras tan trasparentes y traslúcidas como sus grandes alas irisadas. Sus ojos del color de la miel parecían saberlo todo, en un rostro de belleza sobrenatural. Pero lo más impresionante de todo era su cabello. Largo y sedoso hasta los pies, de color rubio oscuro, trenzado y entretejido con las finas ramas de los árboles azules. Era un diseño tan intrincado, tan complejo, tan delicado, que era imposible decir dónde terminaba la Reina y empezaban los árboles. Parecía que llevaba puesto al bosque como corona.

La famosa intuición del príncipe volvió a hablarle, indicándole que las hebras de la trenza del hada que deseaba la bruja eran aquellas y no otras.

Entonces, la Reina habló, y su voz llenó el claro entero, y los oídos y la mente del príncipe:

-Habla, desconocido, y di por qué has entrado en el Reino de las Hadas sin invitación.

El príncipe habría caído de rodillas ante la Reina de Hada de haber podido, pero los guardias lo sujetaban con fuerza, aún sin herirle. Se las arregló, no obstante, para hacer una reverencia y dijo:

-Majestad, me presento ante vos y vuestro pueblo como un humilde visitante que no ha venido a hacer ningún daño. Soy el príncipe del reino vecino. He venido a pediros que me cedáis tres de las hebras de vuestra trenza, de las de color plateado, para una amiga que las necesita.

Hubo un estremecimiento entre el pueblo feérico. Parecía que incluso habían dejado de respirar.

-Deberíamos ejecutarlo de inmediato – dijo uno de los guardias, acercando aún más su lanza al corazón del príncipe.

-No – dijo el Hada. – Él ha venido como amigo y no como enemigo, pues no porta armas ni ardides, y ha hablado con ignorancia, no con maldad. Veréis, príncipe, estos árboles que veis aquí no son árboles corrientes. Son tan antiguos como el tiempo de las hadas en esta tierra, y seguirán aquí mientras las hadas y la magia permanezcan. Vigilan, cuidan y guardan el Reino de las Hadas, y lo mantienen en secreto salvo para unos pocos. Son los verdaderos reyes del bosque. Son los ancestros y la memoria de nuestro pueblo. Su nombre no puede pronunciarse por ningún mortal, y se nutren de la magia de la Reina de las Hadas, mediante estas hebras que tú codicias, a cambio de sus innumerables dones. No hay nada más importante para las hadas. Nada.

El príncipe se quedó pensativo ante las palabras de la Reina, reflexionando sobre qué responder, pues no pensaba rendirse tan pronto.

-Y si os ofrezco algo a cambio? ¿Algo que iguale su valor?

El pueblo feérico volvió a estremecerse, pero esta vez con lo que pareció risa. La Reina Hada divertida alzó una ceja, y su mirada fue un poco menos implacable.

-¿Qué podríais vos darnos a cambio que pueda ser tan valioso? Tal cosa es impensable.

-Todavía no lo sé, si debo ser sincero. Pero dadme tres días. Dejadme permanecer aquí entre vuestro pueblo, y hallaré el modo de compensaros por vuestro incalculable regalo. Dadme tres días, y si mi ofrecimiento no es de vuestro agrado, me iré para siempre y me aseguraré de que nadie más vuelva a molestaros. Tenéis mi palabra.

Quizás fue por el arrojo del príncipe, quizás por que el pueblo feérico había empezado a languidecer ante el tedio de tantos días iguales y necesitaba algo de diversión, quizás por curiosidad. La Reina Hada aceptó el trato y los guardias dejaron ir al príncipe.

-Sea. Pero vamos a cambiar un poco las condiciones de vuestra estancia, antes de sellar el pacto. Si no sois capaz de ofrecerme algo que iguale o supere el valor de mis preciosas hebras, seréis ejecutado por vuestra osadía. ¿Aún deseáis quedaros?

El príncipe asintió, pues aquella era una prueba digna de su valor y del premio al que aspiraba. Sellaron el trato pues, de una forma que sólo atañe a aquellos que se encontraban allí.

Entonces llegó el guardia que había propuesto ejecutarlo, y malhumorado le ofreció un cuenco de sopa. El príncipe miró desconcertado a la Reina.

-Está anocheciendo. Y tendréis que cenar algo. No descuidamos a nuestros invitados. – dijo con una risilla musical.

El príncipe pensó que las hadas eran muy extrañas, pero esta vez no desconfió de la comida que le ofrecían. Creía en el trato que habían hecho y en la palabra de las hadas, y tenía tres días antes de que aquella gente quisiese poner fin a su vida.

Qué gran hospitalidad.

Así pues, el príncipe se sentó al lado del trono de la Reina Hada a comer. Resultó que lo que le habían dado era arroz con leche.

La Reina miró sorprendida al príncipe sentado en el suelo sin remilgos, en silenciosa compañía. En sus miles de años de existencia nadie había querido sentarse con ella, dejándola sola con su regencia.

El príncipe se durmió acurrucado en una de las raíces de los árboles azules, y durmió como jamás en la vida lo había hecho. Un largo y pesado sueño, como el de los cuentos.

El día siguiente llegó y pasó, y el príncipe y la Reina empezaron a conversar para pasar el tiempo. Y al anochecer, con las luces del pueblo feérico encendiéndose en la distancia, la Reina Hada preguntó:

-¿Ya has decidido qué vas a ofrecerme a cambio?

-No, aún no Majestad, pero contadme más sobre el lenguaje de los pájaros.

Y la Reina Hada le contó todo lo que sabía sobre las innumerables aves que poblaban los bosques, que era muchísimo, y le presentó a su amigo y guardián el búho, la más sabia de todas las aves, con el que mantenía largas conversaciones acerca de todo lo que acontecía dentro de los límites de su Reino. El príncipe escuchaba absorto las palabras de la Reina y contemplaba su rostro, brillante de polvo de hada, absorbiendo su voz maravillado.

El día siguiente llegó y pasó, y el príncipe y la Reina se entretuvieron paseando por el claro. Resultó que las ramas de los árboles azules eran infinitamente largas, y pudieron ver a las hadas trabajar, comer, cantar, bailar y tocar instrumentos que conmovían a todo aquél que los escuchase. Y al anochecer, con las luces del pueblo feérico encendiéndose en la distancia, la Reina Hada preguntó:

-Ya has decidido qué vas a ofrecerme a cambio?

-No, aún no Majestad, pero contadme más sobre las cosas que crecen.

Y la Reina Hada le contó todo lo que sabía sobre las innumerables especies de árboles, arbustos, flores, hongos y hierbas que crecían en sus dominios, que era muchísimo, y le presentó a cada uno de los árboles azules, que tenían cada uno su nombre y su carácter. Hablaban con la Reina Hada con sus dulces voces, que tan sólo ella podía entender, y recitó al príncipe un antiquísimo poema feérico que los árboles recordaban sobre todo lo verde y bueno del mundo. El príncipe escuchaba absorto las palabras de la Reina y contemplaba su rostro, brillante de polvo de hada, absorbiendo su voz maravillado.

El día siguiente llegó y pasó, y el príncipe y la Reina observaron entristecidos el movimiento del Sol por el cielo y la salida de una preciosa Luna Llena de color plateado. Pues ambos sentían un vínculo inesperado que se había forjado entre ellos, un vínculo que habría de romperse cuando el día llegase a su fin, de una forma o de otra. Las hadas se fueron congregando poco a poco alrededor del trono con la llegada del crepúsculo. Y al anochecer, con las luces del pueblo feérico encendiéndose en la distancia, la Reina Hada preguntó:

-¿Ya has decidido qué vas a ofrecerme a cambio?

-Sí, Majestad. Ahora sí que lo he decidido. Y se arrodilló frente a ella, ante todo el Reino de las Hadas. – Os ofrezco mi corazón. Es todo lo que tengo, y más valioso que mi reino, o mi corona. Tomadlo, pues es vuestro, pero a cambio de nada. Ya no deseo las hebras de vuestra trenza, pero contadme más acerca de vos, y sobre lo que os hace reír, antes de que me haya ido para siempre.

La Reina Hada lo miró a los ojos, mientras el pueblo feérico contenía la respiración. Entonces él pudo ver en sus hermosos ojos la misma ternura que él sentía, la misma conexión que en poco tiempo se había hecho tan fuerte. La Reina podía verlo claramente, un hilo trenzado brillante e indestructible, que los unía a ambos. Un vínculo que unía dos almas iguales, más fuerte que las mismas raíces de su tierra.

La Reina miró a los árboles azules, escuchando un momento sus voces, y en ese momento tres de las hebras plateadas se soltaron. Y ella misma con un pase mágico cortó todas las demás, quedando libre.

Todos los presentes la observaron anonadados, y ella se volvió y habló a su pueblo:

-Estos árboles ya tienen suficientes años. Son fuertes y sabios, y están firmemente arraigados en esta tierra poderosa. Es hora de cambiar un poco las cosas. Creo que pueden seguir sin mí.

Pero yo quiero, y puedo, seguir a mi corazón.

Se casaron un tiempo después en la cabaña de la bruja. Las tres hebras con las que confeccionó la trenza mágica sirvieron para unir sus manos mientras pronunciaban sus votos, mirándose a los ojos, al futuro y a su destino. Fueron los soberanos de ambos reinos, que vivieron una prosperidad y una felicidad nunca antes vistas.

La nueva pareja plantó algunas de las hebras de la trenza del hada en macetas, para extender el bosque encantado más allá de sus límites. En las macetas ya han empezado a brotar nuevas hojitas plateadas. Un nuevo y bello comienzo.

In saecula maleficarum

A todas las víctimas de la caza de brujas

Hexenküppel, Fulda (Alemania), 1606

La colina es elevada; la escalada, pesada. El grupo de aventureros asciende rápido y en silencio, con sus armas y equipamiento. Los cinco integrantes del grupo se mueven como uno solo, exhibiendo toda una compenetración como equipo adquirida en múltiples correrías. Cuando alguno se encuentra con un tramo del risco particularmente duro, y sin que emita sonido alguno, al momento aparece otro que le echa una mano en la subida. Sólo ellos cinco saben de qué es capaz cada integrante de la banda. Sólo ellos conocen y guardan el secreto. Sólo uno de ellos sabe todo lo que ello implica, y por eso les debe más que la vida.

Finalmente alcanzan la cima, y rápidos como el pensamiento todos toman posición, como tantas otras veces. Aguardan a la señal del líder, que besa la cruz gótica que lleva colgando de su cuello de toro, y a continuación desenvaina el espadón de dos manos y emite un sonoro grito de guerra.

Esa es la señal. Comienza el ataque.

El guerrero avanza hacia el portón del castillo y carga contra los guardias que, medio dormidos, no se lo esperan. No tienen ninguna oportunidad. Acto seguido el miembro más bajo de la banda, siempre pegado a los talones del guerrero, se adelanta hasta el mecanismo de apertura y lo manipula hasta que el rastrillo se eleva con un chirrido prometedor.

En la retaguardia también suceden cosas interesantes. Dos figuras femeninas encapuchadas se mantienen al margen de la encarnizada batalla que tiene lugar ya dentro de las murallas. Al guerrero se le ha unido el arquero de la compañía, un individuo esbelto y ágil que pelea con fiereza, ora con cimitarras gemelas, ora con el arco y las flechas.

Una gran luna llena despunta por el horizonte. Una de las dos encapuchadas gruñe algo por lo bajo y apremia a la otra. La aludida, con voz potente y melodiosa, recita unas palabras y extiende los brazos hacia las almenas, donde los ballesteros de la fortaleza tratan de asaetear a los intrusos. Como por arte de magia salen volando y colisionan en el aire, quedando fuera de combate. Sólo entonces la hechicera se baja la caperuza de su túnica descubriendo un hermoso rostro, y se adentra tranquilamente en el castillo. Cierra la marcha su misteriosa compañera, que sigue sin descubrirse. Por el momento.

Una vez finalizada la refriega inicial, los guerreros encuentran poca resistencia en los niveles superiores de la fortaleza. La luna brilla a través de los ventanales y los ojos de la misteriosa mujer encapuchada relucen en amarillo. El hombre de la espada una vez más toma el liderazgo e indica a los demás que le sigan, hacia las entrañas del castillo, donde aguarda su premio. La compañía desciende por las escaleras de caracol mientras la hechicera renueva su energía. Se deslizan por un corredor tras otro, suavemente iluminados por antorchas equidistantes suspendidas en ambos muros de piedra.

Entonces, a un nivel de su objetivo, encuentran un gran destacamento de soldados. Es evidente que están muy cerca de lo que buscan.

-Baz, ¡cuidado! – grita el arquero, haciendo que el guerrero se agache justo a tiempo, antes de que una gran hacha voladora le rebane el cuello. El arma continúa su camino y se hunde varios centímetros en una puerta de madera labrada.

-Bueno, ¡esto me viene de perlas! – proclama Baz mientras arranca el hacha. Con un rugido se abalanza sobre el enemigo enarbolando su nueva arma y termina con varios soldados antes de darse cuenta de que se ha quedado sin gente a la que matar. Entonces corre a ayudar a los demás.

-¡Ya era hora! ¿Sabes?, ¡aquí no vamos tan sobrados de músculos! – grita el pequeño compañero de Baz. Moritz es, ante todo, un ladrón experimentado, mucho más aficionado a practicar el noble arte de la huida a tiempo que el combate cuerpo a cuerpo. Sin embargo, eso no significa que, si le obligan, no sea capaz de defenderse. Como suele decir, la gente no acostumbra a mirar hacia abajo, lo cual es una gran ventaja para alguien con una maña especial para cortar tendones.

-¡Si te apañas muy bien, chiquitín! – dice Baz, risueño. – ¡ya te digo muchas veces que esa sangre tuya enana es una maravilla!

-¡Que te he dicho que no tengo nada de enano, maldito! – replica Moritz tratando de golpear a Baz, que es metro y medio más alto que él.

-¡Si habéis terminado con la cháchara, nos vendrían aquí muy bien unas cuantas manos! – grita Ferdinand el arquero.

Ferdinand se ha mantenido en la retaguardia protegiendo con sus certeras flechas a la mujer encapuchada y a la hechicera, que conjura una bola de fuego tras otra y las lanza con pericia a los soldados de la fortaleza. Parece que el equipo de asaltantes va a ganar de nuevo, que lo tiene todo bajo control. Pero, de pronto, llegan muchos más soldados y se precipitan los acontecimientos. Tres de ellos cargan con un ingenio parecido a una gran ballesta, y disparan contra la hechicera, que por un momento queda a su merced.

-¡Anneliese! – grita Ferdinand, y trata de interponerse entre la gran flecha de hierro y la maga. Ella conjura un escudo en el último momento, pero no consigue frenar del todo la gran flecha. La saeta penetra el vientre de Ferdinand, que cae al suelo con un ‘oh’ sorprendido.

-Anneliese corre a socorrer a su compañero, mientras ve por el rabillo del ojo al último miembro del grupo dejar caer su capa para intervenir al fin.

La contienda dura un suspiro, y pasa todo como en un borrón, como de costumbre, aunque aún no puede resistir apartar la vista. Están de nuevo solos.

La mujer, completamente desnuda, vuelve con sus compañeros. Recoge la capa del suelo y se cubre con ella. Entonces se sienta junto a Ferdinand y la maga, y mira al arquero con preocupación. Ferdinand está perdiendo mucha sangre, pero Anneliese ya ha empezado con sus hechizos de curación, moviendo unas manos centelleantes sobre la herida.

-Gracias, Gaua – dice Ferdinand con un gemido apenas audible. Anneliese le insta a no hablar y a ahorrar energías.

Gaua está inquieta, pero cierra los ojos y poco a poco logra calmarse encerrándose en uno de sus silencios, concentrándose en algo que sólo ella puede ver en el fondo de su mente. Es una mujer joven y esbelta de unos treinta años, cuyo rostro enmarcado por una melena de color caoba posee una belleza delicada, un rostro que no desentonaría en un baile en la corte. Más allá de su apariencia, la postura de Gaua transmite una solemnidad y distinción difíciles de describir. Sus gestos y modales podrían pasar por los de una princesa o gran señora, aunque sus ojos aún reluzcan salvajes.

-Debemos movernos, ocultarnos en algún sitio mientras termina de sanar – dice Gaua, señalando la herida abierta del arquero.

-¿Qué os parece aquí dentro? – les llega la voz de Moritz. – ¿Creéis que serán conscientes de que tienen esto aquí?

El equipo se apretuja en el escondite, una cavidad oculta tras un tapiz solitario en uno de los corredores. Baz y Gaua cargan con Ferdinand y lo depositan en el suelo con un gruñido ahogado del arquero malherido.

-Podrías haber ayudado un poco antes – sisea Anneliese un poco resentida, pero tratando de no perder la concentración del vientre del arquero, que se va cerrando poco a poco.

-Y no tendría que haber intervenido, sabéis que me cuesta mucho volver a ser yo. Os dije que me estoy reservando para el Malefizmeister… y para él. Ellos dos son los responsables de todo. Y vosotros también queréis cogerlos, pues fueron ellos los que se llevaron a Rhiannon.

Todos guardan un momento de silencio recordando a la compañera caída, cruelmente asesinada en la brutal caza de brujas que asola aquellas tierras. Rhiannon ha sido una de las pocas brujas auténticas que ha caído en las garras del juez inquisitorial Balthasar ‘Tuerca’ Nuss, el Zentgraf (1)de Hofbieber y Malefizmeister(2) de su señor y tocayo, Balthasar von Dernbach, Príncipe Abad de Fulda. Nuss lleva tres años persiguiendo brujas para Dernbach, que parece querer reducir Baviera a cenizas. El Malefizmeister es famoso por su absoluta falta de humanidad y una imaginación sin precedentes aplicada a las innombrables atrocidades que inflige a sus víctimas en busca de una confesión. Tras horas de tortura, las víctimas dicen cualquier cosa que Nuss desee: pertenencia a aquelarres, participaciones en rituales demoníacos, e incluso relaciones con Satán en persona, así como cómplices cualesquiera en la práctica de la brujería, a fin de que cese pronto el tormento. Nadie sabe el número exacto de mujeres que hasta la fecha han perecido a manos de aquél sádico, pero se cuentan por centenares. Ninguna de las personas que ha sido señalada por Nuss y traspasado las murallas de Hexenküppel ha sobrevivido. Ninguna mereció el calvario sufrido ni el horrendo final.

Y luego está Dernbach, el amo y señor de aquellas tierras, el que ha ordenado tanto tormento y muerte, pero siempre en el nombre de Dios. Sólo por ello merece un destino igual o peor que el de Nuss, pero su conexión con Gaua, la razón por la que le hará sangrar, empezó mucho antes que los juicios de brujas.

-Si caen ellos dos se acabarán las persecuciones. Lo he visto antes. – dice Gaua lacónicamente. Los demás entrecruzan miradas, pero no dicen gran cosa. Al final, y como siempre, Moritz es el único que se atreve a decir lo que todos piensan.

-Sí, eso está muy bien. ¿Pero qué tienes que ver con todo esto? Después de todo, llegaste cuando perdimos a Rhiannon. En realidad, no sabemos nada de ti o de tu… condición. Más allá de lo obvio. Oh, por supuesto, tenerte de nuestro lado es una gran ventaja en ocasiones, pero también nos ha metido en varios líos, como aquél con los cazadores furtivos…

-O el entuerto con la Condesa Sangrienta. ¡Aquello fue bueno…! – interviene Baz, sonriendo a sus recuerdos.

-Y el mes pasado, lo de esa aldea maldita… Y lo que vino después. Todavía tengo pesadillas con arrastrarme por aquellos agujeros llenos de gusanos – siguió enumerando Moritz.

-Por no hablar de que ahora mismo estamos escondidos en el armario de las escobas de Hexenküppel – se queja Anneliese.

Gaua no contesta, sólo mira alternativamente a sus compañeros con el ceño fruncido, pero sin dejar que su rostro revele nada más. Sin embargo, en su interior se pregunta si no es ya la hora de revelar a sus compañeros las respuestas que anhelan sus almas. Quizás así también libere un tanto la suya.

Ferdinand por su parte no dice nada. Está recuperando fuerzas rápidamente y se incorpora. Quiere oír el resto de la historia. Incluso Baz, que ha estado más ocupado limpiando y afilando la espada que prestando atención a la conversación, se detiene a escuchar.

La voz de Gaua brota como un torrente de aguas largo tiempo contenidas. Sus palabras arrullan y transportan a sus compañeros en el tiempo, treinta y seis años atrás.

Bosques de Fulda, 1570

Al fin encontró agua. Ixeia se abalanzó sobre aquel pequeño riachuelo a beber. Después de días de travesía no podía recordar cuándo había sido la última vez en saciar su sed, y aquella agua fresca le supo a gloria bendita.

Así es cómo la encontró Fray Michael, en mitad de la floresta, de rodillas y dando gracias a Dios. Era inevitable que la hermosa joven le cayese en gracia. Entonces vio los profundos cortes en brazos y piernas de Ixeia, y sus pies ensangrentados.

El agradable monje insistió en socorrerla como era debido, aunque Ixeia desconfiaba por instinto de los clérigos. Y no era para menos, dados los estragos que había presenciado por su mano en todo el camino recorrido, desde su Vitoria natal hasta aquellos bosques cercanos a la villa de Fulda, en Baviera. La joven no podía siquiera empezar a explicar a aquel monje los horrores vividos y los terrores que la habían perseguido por diversas poblaciones y asentamientos. Las razones, sólo ella las sabía y no las mencionaría jamás en territorio eclesiástico, donde trataría de ocultar incluso su pelo rojo. Pues precisamente ahí es donde deseaba llevarla el monje, a su hogar, la abadía de Fulda. Sólo hasta que lograse reponerse del todo. La muchacha se resistió, pero en algún momento debió de caer desfallecida por el agotamiento, pues cuando despertó estaba ya en el monasterio, al cuidado de su nuevo amigo.

Fray Michael la llevó en primer lugar al pequeño dispensario del monasterio, y allí los hermanos legos la atendieron con esmero y suma caridad cristiana. Gracias a sus cuidados las heridas superficiales de Ixeia comenzaron a sanar lentamente. Sin embargo, la mayor aflicción de Ixeia no se podía ver, y la sumía en estados de desesperación o terror extremos cuando ya no tenía nada que temer. A ese estado lo llamaba ‘su lobo’, y era una enfermedad de la mente.

Los hermanos legos hacían lo que podían para calmar sus pesadillas y sus temblores incontrolables, pero lo que más la ayudaba y consolaba, lo que lograba ahuyentar durante más tiempo al lobo que veía cuando cerraba los ojos, así como sus horrendos recuerdos, el olor de ceniza y carne quemada, eran sus charlas con Fray Michael.

El clérigo la visitaba con regularidad para supervisar su mejoría. Solía aparecer en la puerta del dispensario de buena mañana, justo después de Laudes. Al cabo de un par de semanas se acostumbró a interrumpir sus labores antes del comienzo de las oraciones en las Horas Menores y rezar en el mismo dispensario, ‘por la pronta recuperación de la hermana Ixeia’, decía. A la joven le fascinaba la devoción con que el fraile elevaba sus plegarias a Dios, y la expresión de absoluta paz en su rostro cuando terminaba sus rezos, abría los ojos y sonreía a Ixeia. Era muy joven, muy piadoso y su carácter apacible de maneras sosegadas era contagioso. Ixeia se familiarizó pronto con la tez del fraile y su sonrisa luminosa, a la que echaba incluso de menos en las Horas Mayores. Empero, la capilla donde se reunía la congregación se encontraba cerca del dispensario, e Ixeia se asomaba a la ventana y aguzaba el oído para escuchar los rezos. Esperaba todo el tiempo que duraba la misa, hasta que lo oía. Benedictio Dei Omnipotentis, Patris, et Filii, et Spiritus Sancti descendat super vos et maneat Semper. Amen. Vos can vado in pace. Deo gratias. Entonces, sin saber muy bien por qué, su corazón se aceleraba. Y volvía a su camastro justo a tiempo para ver aparecer la sonrisa de Michael de nuevo por la puerta.

En sus continuas visitas el monje le contó muchas cosas de su humilde existencia. Era copista y solía dedicar gran parte del día a escribir y embellecer códices en el scriptorium de la abadía, para enriquecer aún más la celebérrima biblioteca de Fulda. Cuando no se encontraba atendiendo a otras obligaciones u orando, por supuesto. Se había educado y criado desde muy niño en aquel mismo lugar, siendo un alumno aventajado en la escuela del monasterio, y demostrando una temprana y despierta inteligencia, muy sensible para las artes, las letras y las ciencias. Tenía ya desde entonces una celda en la parte septentrional, realmente el único hogar que había conocido.

Le habló también del Príncipe Abad del monasterio, Balthasar von Dernbach, el dueño y señor de aquellas tierras y un vasto territorio. Un hombre imponente y muy importante, que sin embargo había supervisado con interés la educación y los progresos de Fray Michael, así como sus propensiones y dotes, y le había asignado personalmente su lugar en el scriptorium. Le contó también que Dernbach andaba muy preocupado aquellos días, que sus detractores, más fieles al protestantismo que al catolicismo de Fulda, crecían día tras día, y temía que lo destituyesen y exiliasen más que a ninguna otra cosa. Al fraile siempre se le ensombrecía el rostro cuando hablaba del tema, como si previese una nube negra ligada al Príncipe Abad.

Cuando los hermanos legos informaron de que no podían hacer más por Ixeia, que ya estaba por completo curada, a Fray Michael le bastó una mirada de la joven para comprender que no deseaba marcharse, que no quería quedarse sola, sin él, sin su consuelo. Así que el monje la ocultó en el granero, en los establos, en su celda misma, y la cubrió con una túnica de hermano lego. Quebrantó todas y cada una de las reglas del monasterio, pero lo hizo convencido de que a Dios aquello poco le importaba, que tenía menesteres mucho más interesantes que atender.

Se enamoraron sin querer. Y se entregaron el uno al otro queriendo.

Ixeia le preguntaba una y otra vez si no deseaba que ella desapareciese de su vida, que se marchase lejos y le dejase en paz con su plácida existencia monástica. Michael solía decir que su amor por Dios y por Ixeia no eran contrarios, sino complementarios. Decía ver la obra de Dios en el rostro de la joven, y el misterio de la fe en el fondo de sus ojos. Para Ixeia, Michael era sencillamente luz. Era su luz.

Al poco tiempo la joven descubrió que estaba encinta, y a la sazón ya nadie podría separarles. O eso pensaban.

Planearon pues fugarse juntos, empezar una nueva vida lejos. Pusieron todas sus esperanzas en un plan supuestamente infalible que les abriese las puertas de una vida de dicha. Acordaron fugarse de madrugada un día veintiuno de junio de 1570, antes de Maitines.

Y les estaban esperando a la salida del monasterio.

Nunca supieron quién les había delatado, pero poco importaba.

Dernbach estaba furioso. Gritaba y echaba espumarajos por la boca, vociferaba sobre una sucia traición a su persona. Clamaba frente a los dos prisioneros que el pecado se había introducido entre las mismas paredes de su monasterio, pero que iba a eliminarlo de raíz.

 No hubo misericordia para Michael. Lo ejecutaron mucho antes de que pudiese suplicar clemencia. Mas, sí que llegó a proclamar que Ixeia estaba encinta, y murió creyendo que así la joven se salvaría.

A Ixeia la encerraron en la celda del monje bajo llave, mientras deliberaban su destino.

Era el Solsticio de Verano, y una gran luna llena brillaba a través de los barrotes de la celda. Ixeia tomó una decisión. La de no volver a ser una criatura débil, a merced de los designios de otros. De abrazar a su lobo, de entregarse a su verdadera naturaleza y a su destino.

Y se concentró para lanzar un conjuro. El más grande que había efectuado hasta la fecha, antes de que la persiguieran en España y en Francia, y el mayor sortilegio que jamás haría. Bañada por la luz de la luna, y el sol despuntando por el horizonte, se hechizó a sí misma y a la criatura que llevaba en el vientre. Un hechizo que muchos llamarían posteriormente ‘maldición’, y que jamás podría deshacerse.

Gracias a su nueva condición, Ixeia pudo escapar de su celda y del monasterio, pero no sin antes dar sepultura al cuerpo de Michael en los terrenos de la abadía, el lugar que tanto había amado. La joven lloró amargas lágrimas de despedida, y, al momento, brotó un hermoso rosal sobre el eterno lugar de descanso del monje. Ixeia le prometió que no tardarían en volverse a ver.

Entonces inició su transformación, lista para marcharse para siempre de aquel lugar, muy consciente de que había alguien observándola. Sus nuevos sentidos la habían alertado de su presencia mucho antes, y aunque estuvo muy tentada de vengarse, pensó que no era lo que Michael hubiese querido.

‘Habentis Maleficia’, murmuró el abad, presenciando cómo aquella criatura se transfiguraba ante sus ojos, saltaba los muros del monasterio y se perdía en los bosques bajo la luz del amanecer. No alertó a nadie, pero jamás olvidó lo que había visto.

-Después de aquello, la frágil mente de Madre quedó completamente devastada. Deseó todos y cada uno de los días que restaron de su existencia reunirse con Michael. Pero tenía una obligación para con su bebé. Para conmigo. Oh, sí, me crio, me enseñó su arte y lo hizo bien. Solía decir que estaba muy orgullosa de mí, y me contó todo sobre Padre. Acudió a reunirse con él cuando vio en mí que era ya toda una mujer, que podía cuidarme sola, cuando yo tenía dieciséis años – dice Gaua, introduciéndose a sí misma por primera vez en aquella triste historia. Sus compañeros, avezados y duros aventureros tienen un nudo en la garganta, desde el primero hasta el último.

-A partir de entonces no hay mucho que contar. Por supuesto, me afectó el hechizo o maldición, y tuve tiempo en demasía para dominarlo, aunque no sin grandes sufrimientos. Me cambié el nombre, aprendí, adiestré y me adiestraron, me refiné y me superé a mí misma cientos de veces, pero no olvidé. Ascendí en la escala social. Me casé con el Kurfürst(3)de Munich, Prinz Friedrich, y tuve acceso a los más altos dignatarios de Baviera como flamante princesa. Así fue cómo conocí al mismísimo Dernbach en una de las reuniones de la corte. No cesó de alabar mis modales refinados, y yo soporté su cháchara insulsa y sus repulsivas atenciones disimulando muy bien mi desprecio. Lo único que me interesaba de él en aquellos momentos era su olor.

Entonces Gaua se pone rígida. Olfatea el aire.

-Está aquí. Acaba de llegar.

La compañía deja su escondite, con Ferdinand completamente curado y en la plenitud de sus facultades, desciende al último nivel de la fortaleza y llega al fin al portón que andan buscando desde el principio. Tras él se escuchan gritos ahogados, que se ven interrumpidos cuando la compañía traspasa el umbral.

Es una sala de torturas, con varios desdichados sufriendo tormento. Pueden sentir más que ver a uno que gime dentro de la Doncella de Hierro, un par en la picota, y otro yaciendo en el potro, en pleno interrogatorio con Nuss mientras Dernbach supervisa el procedimiento, el cual abandona cuando ve a los extraños personarse en la estancia. Es la viva imagen de la confusión.

-Prinzessin Hildegarde! Was machen Sie hier…? (*)

Y esas son sus últimas palabras, antes que un enorme lobo cobrizo salte sobre él desde donde unos instantes antes estaba Gaua, o la princesa Hildegarde, y lo destroza con fauces y garras.

Cuando Dernbach ya no es más que un puñado de vísceras ensangrentadas, la bruja lobo se gira hacia Nuss, pero sus compañeros con gran aplomo la detienen.

-Espera, Gaua. Creemos que él merece algo diferente. Un final más lento.

La compañía de aventureros libera a los reos y abandona aquel maldito lugar para siempre, perdiéndose en la noche. Anneliese y la propia Gaua quedan un momento rezagadas, asegurándose de que las almas atormentadas de los cientos de cuerpos enterrados en las catacumbas bajo Hexenküppel encuentren al fin la paz.

Epílogo:

A diferencia de lo que solía suceder en aquellos tiempos, en los que la causa de muerte de un inquisidor era la edad o las enfermedades propias de la época, la historia cuenta que, tras la muerte del Príncipe Abad, Balthasar Nuss fue arrestado y detenido durante trece años, debido a que como Malefizmeister violó repetidamente las disposiciones aplicables que se encontraban en vigor en aquel momento. Finalmente, fue juzgado por enriquecimiento en relación con los juicios por brujería, y decapitado en 1618 en Bad Brückenau.

Los pasajes subterráneos bajo Hexenküppel siguen estando en gran parte inexplorados.

(*): ¡Princesa Hildegarde! ¿Qué hacéis vos aquí…?

(1): Juez de la Centena (distrito judicial).

(2): Maestro de la Maleficencia. Comisionado brujo o ‘juez brujo’. Su trabajo consistía en garantizar el curso adecuado de un juicio por brujería. En la práctica a menudo los Maestros de la Maleficencia impulsaron la persecución. 

(3): Príncipe Elector.

El pequeño espantapájaros

Chulilla, 23 de enero de 2021

Es el relato que el lugar me inspiró , el mismo que todas las villas medievales me susurran. Quizás por una obsesión personal, un recuerdo que no es mío del todo o porque todos los pueblos tienen historias similares que contar.

La muchacha salvó la baranda de un salto, y siguió corriendo calle abajo. Sus perseguidores la habían perdido de vista por un momento en la madeja de callejones del pueblo, pero los escuchaba pisarle los talones. El Sol hacía un rato que se había puesto y corría casi a tientas desesperadamente en busca de un refugio. Pero no lo había. Todos los habitantes del pueblo le habían cerrado sus puertas y escuchaban la cacería tras los postigos sellados, o se encontraban entre los perseguidores, portando horcas, hoces y antorchas. La joven estaba exhausta. Desde que habían prendido fuego a su cabaña hacía tres días sólo había encontrado un momento de descanso escondida en la caseta del molino de agua, pero el viejo lechero la había visto y la hicieron salir para ajustarle las cuentas de una vez por todas.

Escuchaba a la turba acercarse, agazapada tras una de las chozas con paredes encaladas, y podía oler el fuego de las antorchas con las que sin duda pretendían encender la hoguera bajo sus pies. Tragó saliva y reemprendió su frenética carrera. Consideró esconderse en las cuevas, pero lo descartó al instante. Allí sería donde primero la buscarían, y no habría escapatoria posible. Siguió corriendo, resollando, casi sin aliento. Apenas notaba los guijarros bajo sus maltrechos pies, tan sólo sentía su corazón retumbando aterrado entre sus costillas, recordándole que todavía estaba viva, que todavía no la habían cogido.

Echó la vista atrás para ver dónde quedaba la turba, y entonces tropezó con un montón de macetas enfrente de una casa y cayó. Trató de levantarse, pero el agotamiento y algo que vio la hicieron detenerse: un pequeño espantapájaros, no mayor que la palma de la mano, hecho con unos trapos y unas cañas, a todas luces por un niño. Lo habían puesto en una de las macetas para proteger el sembrado, pero resultaba más ornamental que amenazador para los pájaros.

La muchacha cerró los ojos mientras lágrimas de rabia caían por sus mejillas. Con la de veces que había procurado por aquel ingrato pueblo. Las incontables ocasiones en las que había sanado a sus hijos, la de veces que sin saberlo había bendecido sus cultivos y hallado sus pertenencias extraviadas. Jamás les había causado daño alguno. Nunca, aun pudiendo. Y no había sido ella, en absoluto, la que había traído aquella sequía horrorosa. Al contrario. Si supieran… ay, si supieran.

Y entonces tomó la decisión. No la cogerían viva. Ni hablar. Jamás permitiría que le hicieran lo que a la vieja Ruth, vecina suya cuando ella era una niña. Se levantó de entre las macetas rotas y siguió su camino, dejando un pequeño rastro de sangre tras de sí. Iba barruntando el conjuro que le ahorraría su aciago final, un encantamiento que de atreverse a realizarlo no tendría vuelta atrás. Llegó a una pequeña terraza natural suspendida sobre el barranco en el que alzaba el pueblo. Allí tenía todo lo necesario, y lo haría ahí mismo, con el castillo de fondo como único testigo. Rápida como el pensamiento recogió romero, tomillo y brezo, y extrajo de su cinto sal, ruda y aceite de lavanda. Ya les escuchaba acercarse, estaban muy cerca, tan cerca… pero no lo bastante.

Cuando la turba llegó y se dispersó por el lugar no había rastro de la joven. La terraza estaba vacía, salvo por un gato negro que los observaba con el pelaje erizado, al pie de un pelele de colores que miraba hacia el abismo. Hicieron lo propio y se asomaron al barranco, esperando verla al fondo del risco o suspendida de una de las ramas sobre el vacío. Pero no, era como si se hubiera desvanecido en el aire, que olía fuertemente a romero. La maldijeron por habérseles escapado, y poco a poco fueron abandonando el lugar, con la brisa nocturna meciendo las ramas de un hermoso roble joven, orientado hacia las montañas y el imponente paisaje, bajo un cielo infinito en el que brillaban las primeras estrellas. Entre las raíces del árbol había una muñeca con la forma de un pequeño espantapájaros.

{AVANCE}

¿Qué chica no sueña con ser princesa? Levantarse un día de la cama y descubrir que en un suntuoso palacio la esperan a una, para cubrirla de finas galas y coronar el atuendo con una deslumbrante tiara de diamantes.

Bueno, lo de casi todas es fantasía pura, que se evapora más o menos con la edad. Mas, yo sí conocí a una princesa perdida que vivió el sueño, y os puedo asegurar, que lo interesante es lo que hizo después de despertar.

{Texto completo próximamente }

Tocar la Luna

Publicado en el Número 23 de la Revista Papenfuss , ‘Especial Recuerdos’

Publicación en Papenfuss Num.23

Las intrépidas astronautas ‘las Hermanas’ al frente de la imponente nave ‘la Nocturna’, equipada con la última tecnología de viajes espaciales, encabezan la misión más importante de sus carreras. Su objetivo: conquistar la Luna. La Hermana Comandante a los mandos, con su vasta experiencia de cuatro años, dirige con destreza la Astronave hacia el espacio exterior. A su vez, la Hermana en Jefe gobierna con mano de hierro los entresijos de ‘la Nocturna’. Desde hace ocho años comanda tripulación y pasajeros haciendo que todo marche a la perfección, y la conquista de la Luna pondrá el broche de oro a su impecable trayectoria profesional.

Fuente: Papenfuss Num.23

La misión va a dar comienzo. La Hermana en Jefe inicia el protocolo de lanzamiento.

-Hermana Comandante, ¿combustible?

-¿Qué?

Que si hay combustible suficiente para la misión.

-¿Qué es combustible?

Gasolina. Como lo que le pone papá al coche para que funcione, pero mucha.

-Ah, sí. Sí que tenemos.

-Tienes que decir: check.

-¿Check?

-Check, sí.

-Vale, check entonces.

-¿Víveres?

-¿Qué?

-Comida, que si hay comida.

-Ah, ya. Sí. Digo, check.

-¿Agua corriente y moliente?

-Claro.

-Check.

-Check, vale.

-Entonces, ¡estamos listos para despegar! T-5000 segundos… T-1000 segundos…

-¿Qué haces?

-Cuento.

-¿El qué?

-El tiempo que queda para que salga la Astronave hacia el espacio.

-Ah. ¿Puedo contar yo también?

-Eh, claro. Pero tú conduces la nave, eso es lo más importante. Y, además, aún no sabes contar bien.

-Puedo contar hasta que salga el cohete. Y si hay que contar más, entonces este es un juego muy aburrido.

-También es verdad.

¡Encendiendo motores! El ruido ensordece a todos los que han acudido a ver el despegue. Y ‘la Nocturna’ se eleva en medio de una gran nube de humo, llamas, y la explosión de los propulsores a toda potencia!

-¡Roooooaaaarrrrrr!

-¡Roooooaaarrrrrrrrrr!

-¡Allá va! ¡’La Nocturna’ pone rumbo a la Luna! Ya pueden avistarla en medio de la negrura del espacio exterior. Es redonda, grande, perfecta toda ella, brillando con su resplandor dorado, rodeada de estrellas.

Fuente: Papenfuss Num.23

-Hala, sí, qué bonita.

¡Las Hermanas van a conquistar las estrellas!

-Pero oye, ¿por qué vamos a la Luna?

-¿Cómo que por qué?

-Sí, ¿ahí qué hay?

Eh, pues, unicornios rosas.

-¿De verdad?

-Claro.

-¿Y gatos?

-Por supuesto, está lleno de gatos, ¡todos los que quieras! Todos los gatitos que se escapan de casa se van a la Luna.

Fuente: Papenfuss Num.23

-Ah, vale. Entonces ya quiero ir.

Hermana Comandante, ¡mantenga el rumbo!

Sí, pero es que tengo que ir a hacer pipí…

Hum, vale, pero luego vuelves y mantienes el rumbo.

La misión va viento en popa. ‘La Nocturna’ se dirige rauda a su destino, y la Luna se ve más y más grande a medida que la nave se acerca a la superficie.

Pero entonces, las cosas se tuercen.

-¡Hermana Comandante! ¡Tenemos un problema! No hay suficientes víveres, ¡y la tripulación está furiosa!

-Pues dales Cola-Cao, ¿no? Hay un montón, que papá compró el paquete de la Baticao.

Tienes razón, Hermana Comandante, ¡espero así poder contenerlos!

-¿Qué es eso?

-Es nuestro cuaderno de bitácora. Aquí tengo que apuntar las incidencias de la misión.

-¿Pero eso no era tu diario? ¿Me vas a dejar leerlo?

-Hermana Comandante, ¡mantenga la atención en los mandos!

-Hum, nunca me dejas leer tu diario, hum…

-Hermana Comandante, ¡murmurar no es propio de una astronauta de su categoría! ¡Y tenemos otro problema! ¡Los pasajeros! ¡Que ahora dicen que quieren sus camarotes con vistas al mar!

-Vale.

-¿Cómo que vale? ¡No hay mar en el espacio!

Si desde la playa se ve la Luna, desde la Luna también se verá la playa.

-Creo que eso no va así, pero ¡bien pensado, Hermana Comandante!

-Claro.

-¡Oh no! ¡No puede ser!

-¿Qué pasa ahora?

-¡La tripulación! Que dicen que no están conformes con el Cola-Cao. ¡Quieren Nesquik, y lo quieren ya! ¡Están rabiosos, vienen hacia aquí! ¡Los oigo llegar y aporrear las puertas de la cabina de mando! ¡Motín! ¡Oh no! ¡Motíiin!

-Pero, ¿aún estáis despiertas? A dormir, ¡que mañana hay cole! ¡No son estas horas de jugar!

-Vaaalee… Buenas noches, mamá.

-Venga, ¿estás bien tapadita? Qué manera de desvelar a tu hermana pequeña.

-Mami, ¡hemos ido al espacio!

-Sí, pero nos has interrumpido antes de poder tocar la Luna.

-Qué cosas tenéis. ¿Qué les has hecho a las sábanas? Mañana continuáis y llegáis hasta Saturno. Pero durante el día, antes de cenar.

-Saturno. ¿Dónde está eso?

-Sí, ¿se ve desde la playa?

Fuente: Papenfuss Num.23

-Venga ya vale, ¡buenas noches niñas! ¿Os dejo la lamparita de noche encendida? Creía que habíais dicho que sois ya mayores para usarla…

-Mamá, ¡no toques la Luna!

Escrito a dos manos

Para Lucas.

Carlota se sienta en la misma mesa de siempre. Le gusta cómo el Sol entra por el gran ventanal de la cafetería, calentándole el ánimo y un lado de la cara. Ahí es donde ella se sienta a escribir, siempre con su estilográfica y su cuaderno Paperblanks. Tampoco le faltan nunca un pedazo de la tarta de zanahoria de la casa y un café americano con un terrón de azúcar. En esta mesa ella escribe de todo, mientras espera a que se le ocurra algo realmente bueno, y cumplir su sueño de convertirse en novelista.

Abre el nuevo cuaderno por la primera página, mientras acaricia y admira la cubierta. Es roja con filigranas doradas en relieve. Tiene ideas muy firmes acerca de la inspiración y las formas de convocarla, a poder ser con estilo y elegancia. Y orden, sobre todo orden.

Carlota echa una ojeada al ambiente chic de la cafetería. Hay varias mesas ocupadas por jóvenes conversando animadamente, o trabajando en portátiles y tabletas, aislados del mundo por enormes auriculares. El aroma de las bebidas calientes se mezcla con la de su americano, que huele intensamente al mejor café arábica. Carlota aspira su olor, toma un sorbo y comienza a escribir.

Es un relato sobre la expresión literaria y sobre la magia de contar historias. Es un escrito también de misterio que mantiene la intriga hasta el final. Es también, por supuesto, una historia de amor. Al menos es todo ello en su mente.

La escritura de Carlota fluye mientras su pluma rasga la página al ritmo de sus pensamientos. Hasta que éstos dejan de fluir. Ha definido los personajes, su entorno y sus motivaciones, pero no sabe cómo seguir. Come su tarta y reflexiona, y no se le ocurre nada. Decide tomarse una pausa y se retira un momento al baño, esperando que cuando vuelva, retorne también su musa.

Cuando Carlota regresa y retoma la tarea y la pluma, se da cuenta de que pasa algo extraño. A continuación de lo último que ella recuerda haber escrito, hay una nueva línea:

“A la heroína le llegó una ayuda inesperada: un aliado ingenioso le prestó su voz de manera desinteresada”.

Carlota mira alternativamente la frase salida de la nada y a la pluma con desconfianza. ¿Es que ha seguido escribiendo sola? Se reprende a sí misma. Tiene demasiada fantasía.

Vuelve a leer la frase de marras. Admite que encaja muy bien con la historia que está contando. Carlota se queda pensativa y turbada, tanto, que se marcha a su casa en compañía de su gata Red.

Al día siguiente Carlota vuelve a la cafetería a su hora habitual, invariablemente pide su merienda y se sienta a continuar escribiendo. Decide seguir a partir de la misteriosa frase, pues en cierta forma sí ha resultado ser una aliada inspiradora.

Fuente: Freepik

Carlota escribe y escribe, y le gusta los derroteros por los que va su historia. De pronto, levanta la mirada y ve a un viejo conocido en el mostrador de dulces, y se levanta a saludarlo. Tras una charla animada de las de ponerse al día, regresa a su mesa y casi se cae de la silla de la sorpresa.

Ha aparecido otra frase, de nuevo a continuación de su última escritura:

“Ella descubrió una pista sobre el misterio que la intrigaba. Decidió seguirla, por ver a dónde llegaba”.

Carlota se enfada consigo misma por haberse distraído de nuevo y dejado que un desconocido trastee con sus cosas. Sin embargo, leyendo la nueva frase se fija en que su escritura, pulcra y obsesivamente recta contrasta fuertemente con el tembloroso garabato del desconocido, de tinta emborronada sobre las apresuradas líneas. Eso significa una cosa: la persona misteriosa escribe con la mano izquierda.

Carlota observa al resto de clientes de la cafetería tratando de localizar al zurdo en cuestión. Pero, cómo no, el escritor espontáneo no se delata tan fácilmente. No hay nadie en el local que sea visiblemente zurdo. Nadie come o escribe en aquel momento. Todos conversan o sostienen los grandes tazones del establecimiento ¡con las dos manos!

Debe de tratarse todo de una broma, piensa Carlota, que recoge sus cosas y sale por la puerta, rumiando aquel misterio que la saca de sus casillas.

Al día siguiente se promete que no va a distraerse bajo ningún concepto, y que no va a bajar la guardia ni en la intimidad del baño. Si el desconocido desea continuar con la guasa, entonces será bajo su atenta mirada. Carlota continúa escribiendo su historia durante al menos dos horas, y ni rastro del escritor espontáneo. Ya está convencida de que el asunto ha terminado cuando uno de los camareros tropieza, ¡y derrama sobre ella un Frappuccino! Suerte que el café está helado. No así la sulfúrica Carlota, que echa chispas mientras corre al baño a limpiar el estropicio. Cuando vuelve a su mesa, el camarero está fugado y una nueva línea ha aparecido en el escrito:

“Una buena historia, narrada con maestría, une a lector y escritor en súbita camaradería.”

Carlota sigue enfadada por el incidente del café y frustrada por no haber pillado in fraganti a su esquivo colaborador. Sin duda el susodicho la vigila, y no le hace ninguna gracia. No obstante, no puede evitar leer aquella nota borrosa, y se sorprende a sí misma dándole la razón y apreciando la nueva perla de sabiduría. Aquella frase tan sencilla coincide absolutamente con las ideas de Carlota acera de la escritura. De cómo un libro capaz de llegar al alma del lector le está recomendando encarecidamente al autor, alguien cuyo espíritu armoniza con el propio.

En los días siguientes, Carlota intenta pillar por sorpresa al interfecto, pero todos sus intentos caen en saco roto. Olvidados la tarta de zanahoria y el café, centra sus esfuerzos en fingir despistarse, con diversas estrategias a cada cual más sofisticada, para atraerlo y descubrir de una vez por todas de quién se trata. Pero una y otra vez sus planes fallan por desafortunadas casualidades. La clientela de la cafetería tampoco es de ninguna ayuda. Nadie ve nada, nadie sabe nada y cada día hay clientes nuevos y diferentes. Y ningún zurdo.

Finalmente, Carlota se rinde y deja hacer al escritor desconocido. Pues entre idas y venidas la historia sigue avanzando, día tras día, escrita a dos manos. Carlota debe admitir que las aportaciones del misterioso sujeto han sido de valiosa ayuda en ciertas situaciones de bloqueo. Ha llegado a apreciar las bonitas rimas enlazadas con su prosa que, poco a poco, van tejiendo la historia. Por las noches mientras acaricia a Red, no puede quitarse de la cabeza al escritor anónimo y su misterio, y por el día desarrolla la historia, que indefectiblemente gira en torno de una identidad oculta que la protagonista desea descubrir.

Poco antes de terminar, Carlota hace un último intento de desenmascarar al desconocido, pero falla por enésima vez, y lee entre fastidiada e ilusionada la siguiente frase en su cuaderno, con el corazón latiéndole con fuerza:

“El desconocido no reveló su identidad, no todavía, pero le auguró una sorpresa digna de la admiración que por ella sentía”.

Cuando Carlota lee esto el rubor tiñe sus mejillas, y no puede evitar echar una tímida mirada al tendido y retorcer un mechón de su melena cobriza, nerviosa.

Finalmente, Carlota termina la historia, y se marcha a su casa satisfecha y orgullosa del resultado. Al día siguiente vuelve a su mesa de siempre, un poco triste porque aquella experiencia extraña y maravillosa de escribir su libro ha concluido. Se retira un momento al baño, y cuando regresa ve una nota roja adherida a la cubierta de su cuaderno, que dice solamente: ‘Mesa 15’.

Carlota se queda un momento extrañada. Hasta el momento ella ha creído que sólo hay doce mesas en la cafetería. Se dirige rauda al final del local, y descubre un rincón que no ha visto nunca, a la vuelta de una esquina camuflada por un gran espejo. En ese rincón están las tres mesas que faltan, siendo la mesa 15 la que está más al fondo de todas, y la única iluminada por una bombilla en el techo. La mesa está vacía, para desilusión de Carlota. Sin embargo, cuando se acerca descubre dos cosas: Que la persona que se siente en ese rincón puede ver su mesa gracias al espejo, y un libro solitario depositado en el asiento. En la cubierta hay otra nota pegada que dice: ‘Me encanta tu historia. Si quieres tomamos un día un café juntos y la comentamos’. Y un número de teléfono.

Carlota hojea el volumen con avidez y lo reconoce de inmediato. Es su libro, el que ha escrito a dos manos con el desconocido, en esmerada encuadernación casera. Su libro, su creación, cuyas páginas le hablan de talento, vocación y autosuperación. Lo ha logrado, ha escrito algo realmente bueno. En parte gracias a alguien que la ha sacado tantas veces de su encasillamiento que ha estimulado una creatividad que no sabía que tenía. Pero estas son sus palabras, que tan bien combinan con las prestadas, y todas ellas le hablan de entendimiento, comprensión, e incluso conexión espiritual entre dos individuos iguales. Todas aquellas palabras le recomiendan encarecidamente a la persona al otro lado del teléfono. Carlota coge el móvil y resueltamente marca el número.

El libro de color naranja

En mi colegio celebraron una vez una pequeña venta por motivo del Día del Libro. Y no había nada – y sigue sin haberlo – que me gustase más que perderme entre las hileras de libros expuestos, recorrerlos con la yema de los dedos, y esperar a que alguno me llamase. Y lo hizo, vaya que sí. Para una niña de once años solitaria como yo, aquellas llamativas cubiertas de color naranja fosforescente habían estado esperándome a mí y sólo a mí. Así que, ignorando por completo a los profesores y su cháchara animada, y a los escasos alumnos que se habían dejado caer por el hall del edificio a curiosear, invertí los escasos minutos que me quedaban de recreo y casi toda mi paga en adquirir el libro y hojearlo con avidez.

Leer aquel librito – una dulce historia sobre una niña maga y a la vez genio de la lámpara – abrió para mí una puerta. No una literal, sino en mi mente. Un espacio que hasta entonces no había sabido que tenía, pero al que empecé a llevar cosas para llenarlo. Cosas que me gustaban de los libros que devoraba todos los días, en mi casa y en la biblioteca del colegio, y que hacían de mi mundo interior, aquel espacio tan bonito, un lugar sólo para mí, un sitio donde refugiarme del mundo cuando lo necesitase.

Allí escondí dragones durmientes sobre tesoros, princesas que volaban con cisnes, brujas buenas, elfos blancos y elfos oscuros, castillos inexpugnables y palacios de cristal, bosques encantados, animales parlantes, bolsos en los que cabe un genio, niños voladores, niños transformados, niños mágicos, niños capaces de todo, y buena parte del País de las Hadas y de las Maravillas, de Nunca Jamás, del Reino Peligroso, de Fantasía, de la Tierra Media, de Hogwarts, del Mundodisco y de los Reinos Olvidados. En mi mundo todo puede hacerse y todo es posible. Quién quiere castillos en el aire cuando yo tengo todo un universo flotando conmigo en las nubes.

Ahora yo me dedico a abrir puertas con mis cuentos. Cada palabra que escribo es parte de un código único para abrir un nuevo espacio de imaginación, y así, aunque sea por un rato, poder volver a ver el mundo con la mirada de un niño. Y seguir maravillándose con los prodigios que hay en él. O inventarlos.

Un encuentro inusual

Hace poco encontré un singular relato en un diario de mi tía bisabuela Elisa. El hallazgo del diario en sí ya fue extraordinario, pues estaba oculto en una caja de secretos entre sus pertenencias casi olvidadas, cuyo cierre sólo yo acerté a abrir. El truco estaba en presionar suavemente los laterales de la caja y a la vez soltar el pestillo casi invisible de la tapa.

Mi tía bisabuela Elisa siempre ha sido una figura legendaria en la familia. Una joven que a los dieciocho años se fugó de casa y desapareció sin dejar rastro, para reaparecer años después al otro lado del mundo como una reconocida escritora de cuentos para niños.

El por qué se fue así, nunca estuvo claro, aunque nunca faltaron rumores acerca de un matrimonio de conveniencia del que cualquiera habría huido. Esto era algo que mi abuela y su hermana comentaban a menudo, con expresión resabiada.

Cómo logró desvanecerse como si se la hubiera tragado la tierra, y burlar a todos y cada uno de los grupos de búsqueda que envió mi tatarabuelo es gran parte del misterio, así como sus cuentos de hadas, capaces de encantar a toda una generación.

Ahora, leyendo su diario he comprendido muchas cosas. La verdad sobre el matrimonio concertado, sobre el que se desahogaba en varias páginas del diario, intercaladas con algunos cuentos muy buenos, como ‘La Trenza del Hada’ o ‘La Flor Tardía’, en los que en retrospectiva puedo ver el talento innato y creciente que impulsaría su fama.

Pero la última entrada del diario es de lo más extraño. No es un cuento, o al menos no está narrado como tal. Es igual que tantas otras entradas anteriores, pero con una diferencia: lo que cuenta ahí Elisa no puede ser real.

Está bastante claro que era una criatura fantasiosa y quizá un poco lunática. Sin embargo, lo que escribió aquel 19 de abril de 1910, unido a su posterior desaparición, suscita muchas dudas y preguntas, y deja tras de sí muy pocas respuestas.

La versión oficial es que efectivamente huyó del matrimonio concertado. Yo ya no lo tengo tan claro.

Juzguen ustedes, a partir de la transcripción, palabra por palabra, de la última entrada del diario adolescente de Elisa Gascó, la famosa cuentacuentos.

19 de Abril de 1910

Ayer por la tarde le dije a padre que no me casaré, aunque me lleven a rastras ante el altar. No hay mujer cuerda que quiera pasar el resto de su vida junto a ese hombre infame. Pero padre no quiso escucharme.

Salí como tantas otras veces al monte, a respirar aire fresco y a ordenar los pensamientos, dejando atrás el caserón familiar y bordeando los campos de naranjos hasta la colina cercana, como acostumbre a hacer cuando arrecia la tormenta.

No obstante, ayer tomé una senda distinta a la habitual, y al poco me había desorientado. El Sol ya se había ocultado tras las montañas y su resplandor ya no era visible en el cielo, donde ya empezaban a aparecer las primeras estrellas. Sin embargo, no hacía frío. El aire primaveral era cálido y mecía mi vestido de algodón mientras avanzaba por los pastos.

Entonces quise fijarme en donde me encontraba, para tratar de hallar el camino a casa. A parte de unas pocas colmenas de madera para abejas, no vi nada reseñable que determinase mi paradero. Ninguna señal, ni marca alguna. Un sendero completamente desconocido y libre de presencia humana.

Vi que estaba en un camino de flores silvestres de vivos colores. Había margaritas, clavelinas, campánulas y lavanda, el aire estaba impregnado de su olor. Las flores eran preciosas, todas ellas, coloreando la falda de la colina como un ordenado mosaico.

Demasiado ordenado y demasiado pulcro. Me pregunté si no me habría metido por error en terreno cultivado. La visión de tan bonitas flores contrastando con las luces del crepúsculo y la villa a lo lejos, preparándose para la noche, junto con su dulce aroma silvestre era reconfortante.

Me incliné sobre una de las perfectas campánulas. Estaba cerrada, pero tenía todos y cada uno de los pétalos impecables, de un tono rosa intenso con el borde oscuro. La acaricié con delicadeza, asombrada de su belleza. Y la flor se estiró y me miró.

No era una flor después de todo.

Contuve la respiración y alcé la mirada. La senda de flores silvestres estaba ahora salpicada de pequeñas lucecitas, que eran en realidad más criaturitas como aquella, iluminadas desde dentro y observándome.

Me temo que me desmayé. Debió ser así, porque desperté tendida en el pasto rodeada de las flores y personitas brillantes. Sentía un regusto dulce en la lengua, como a miel. Supuse que aquellas criaturas me habían dado algo para reanimarme.

‘Un don por otro don.’- dijo la pequeña de color rosa que había visto primero, con una voz tan indescriptiblemente dulce como el roce de una brisa o el lenguaje de las mariposas.

‘¿Perdón? – dije, sin saber muy bien si el sonido había llegado a pasar por mis oídos.

‘Danos el mejor de tus dones, y nosotras te daremos otro a cambio’ – replicó el hada, y las otras se acercaron más y se sentaron rodeándome, unas sobre las flores, otras acomodadas sobre mullidas setas, sobre raíces, y de rodillas en la hierba. Las hadas más pequeñas saliendo de entre grietas en las rocas, llenando el lugar de decenas de luces. El olor del azahar y la madreselva, del romero y la lavanda, lo envolvían todo como un hechizo.

El mejor de mis dones. No sabía qué ofrecer, y no sabía qué podía pasar si declinaba la oferta. Pensé, miré mis manos, mi vestido. Ninguno de mis objetos personales podía considerarse un gran regalo, salvo quizás el relicario que llevaba colgado al cuello. Mas, ¿qué iban a hacer las hadas con un relicario? No creía que se refiriesen a eso. Al final, después de reflexionar un poco, decidí que les daría lo que mejor sé hacer.

Les conté una historia, sobre un sultán del Lejano Oriente que poseía todo cuanto pudiese desear, bienes materiales comunes y también fabulosos, raros y mágicos. Y sin embargo lo dejó todo atrás, partiendo a toda prisa en su alfombra mágica, con la única compañía de un mono, un áspid y un ratón hacia los confines del mundo, para encontrar una cura para su esposa enferma. Y otras historia sobre una hoja flotando en un lago que cambió todo un pueblo, y otra sobre una flor que no quiso crecer a tiempo y aprendió el sentido de la vida demasiado tarde. Y otra sobre un roedor que domesticaba un dragón con té. Y otra, y otra.

Mi pequeña audiencia me escuchaba atentamente. Eran muy buenas oyentes, las hadas. Contenían la respiración en el momento adecuado y aplaudían con sus pequeñas manitas y con las alas al final de cada relato. No sé cuánto tiempo estuve contándoles cuentos, quizás una hora o dos, o puede que toda la noche, acompañada por el movimiento de la Luna Llena por el cielo estrellado, y las pequeñas luces brillando a mi alrededor.

Empecé a sentirme muy somnolienta, y creo que llegué a ver despuntar el alba.

Recuerdo a la pequeña hada rosada acercarse y decir:

‘El mayor de tus dones es especial y maravilloso. Verás tu don aumentado, por la gracia de las hadas. Las historias que nos has entregado serán joyas entre nosotras, y a partir de hoy, todas las historias que cuentes, serán tesoros.’

He despertado esta mañana en mi cama, con el Sol ya alto brillando a través de la ventana. Las imágenes del sueño de la noche anterior eran tan reales, y las sensaciones … notaba incluso aquel regusto como a miel.

Me incorporé, y vi en mi mesilla de noche algo que no estaba ahí el día anterior.

Una pluma. Una pluma estilográfica, de la más exquisita factura, plateada como un rayo de luna. Con mi nombre grabado en el capuchón. Descansando sobre una camánula rosada.

Así que no fue un sueño. He sostenido el regalo de las hadas en mi mano izquierda y las palabras han empezado a fluir como un río. La siento latir entre mis dedo, ansiosa por contar aventuras e historias encantadas.

Siento un nuevo coraje para perseguir mis sueños y encontrar maravillas. O inventarlas.

He visto que el mundo es un lugar mucho más misterioso y mágico que lo que percibimos. Ahí fuera está lleno de secretos, y voy a descubrirlos y a transformarlos en cuentos, para que los niños nunca dejen de creer en prodigios.

Saldré cuando todos duerman, y jamás darán conmigo, hasta que mi nombre y mis cuentos sean conocidos por todos.

Y creo que ya sé cómo conseguirlo.

The Fairy Plait

Inspired by the foreword to ‘The Forgotten Garden’, by Kate Morton.

Once upon a time, there was a young and handsome prince of a very powerful kingdom, destined to one day be the wise king of those lands, when his father gave him the throne. However, when the time comes the prince should prove his worth and pass a single test, proving that he was worthy of fulfilling his destiny.

Therefore, one fine day, his father the king took him to the edge of a mysterious forest, thick and tall, with the tops of the trees fading high above as far as the eye could see. He told him that his proof was in there, and that when he had overcome it leaving the forest, he would be the king.

The valiant prince hastened to carry out his father’s orders, and entered the forest, sword ready, prepared for any difficulty that presented him: a bear, a huge boar or some similar beast, perhaps a dark wizard to whom defeat, or maybe a fierce fire-spitting dragon.

The truth is, he did not have the slightest idea of ​​what his test could be.
Then the prince came to a clearing in the woods. In it stood a cottage, almost as tall as the tree that grew from it, breaking through the roof and disappearing high above. The brave prince entered the cottage, without knocking on the door, since he already sensed what was to be found.

At the end of the cabin, next to the hearth, was an old woman sitting in front of a loom.

‘But what manners are those? Don’t you know how to call before entering?’ said the old woman, who was a witch, in case you hadn’t noticed.

‘Here I am to fulfill my test, old crone, and thus be worthy of my destiny. Speak, then. Shall I defeat you in a battle like no other? Or do I have to disenchant a maiden under your hex? Perhaps solve a riddle on the edge of a magical precipice? Speak up!’

‘Sit down and shut up.’ said the witch.

The prince, to his surprise, obeyed.

‘I have a kettle on the fire. Do you want sugar? And some pastries, right?’

Instantly a pink porcelain tea set materialized along with a glass coffee table in front of them. The prince knew that he must be suspicious of anything the witches offered to eat or drink, or so they said… but the pastries were chocolate and the tea smelled to pennyroyal.

The prince then found himself chatting happily with the old witch while they were drinking tea and laughing like old acquaintances.

When the witch had finished tasting her tea and pastries, with a satisfied sigh she turned to her loom and began spinning a new piece.

‘Good. Now let’s talk about serious things. Your test. To seal your destiny, this is what you must do.’

The prince sat up in his chair, suddenly serious. He had almost forgotten what he was there for. He looked suspiciously at the tea and pastries. Were they enchanted to cloud his judgment? But he decided no. Something told him that the witch had a good heart.

‘You shall bring me three strands of the Fairy Kingdom sovereign’s hair, which you will find if you follow the path that brought you to my cottage and know well where to look.’

The prince considered the witch’s words. Is it? Was it all? No dragon to defeat in a singular battle? No dark wizard more cunning than any beast? No riddle with which to challenge his wits? The prince told himself that the task must be more important than it seemed, and much more difficult. It had to be.

‘But why must I bring back three strands of the Fairy Queen’s hair?’ spoke the young prince to the crone. ‘Why no other number, why not two or four?’

The crone leaned forward but did not halt her spinning. ‘There is no other number, my child.

Three is the number of family, for do we not speak of past, present and future? Three is the number of time, for do we not speak of mother, father and child? Three is the number of fairy, for do we not seek them between oak, ash and thorn?’

The young prince nodded, for the wise crone spoke the truth.

‘Thus must I have three strands, to weave my magic plait.’

The prince looked at the loom, and thought that the witch would surely want to braid the enchanted strands to weave a mighty or invisibility cloak. So he said goodbye to the old woman and with her best wishes, went further into the thick forest.

In search of the Fairy Kingdom. A place as wonderful as it was dangerous, where a wrong step could mean the loss of the man who dared to set foot there. Ruled by its own rules and symbols, rites and enchantments more powerful than any force on earth. Where the Sun, Earth, Moon and Starlight marked the passage of time that nevertheless seemed to stop forever. A place that very few managed to get to, and from which no one managed to get out.

The prince removed branches and leaves, and walked silently, respectfully, searching among the oak, ash and thorn. He did not dare to cut any branches or leaves, or damage any bush. He admired the brightly colored flowers from afar and was always watching where he stepped. It was not a good idea to break into someone’s house breaking things. One could end up cursed for life. The witch had told him.

Before entering the Fairy Realm, something said to the prince that he should leave the sword behind. The prince did not know what he was going to find, but that impulse was much stronger than his fear. So he put the sword down and entered another clearing in the thick forest.

And at once he was captured by beings of overwhelming beauty and steely gaze in their slanted eyes. They were dressed in what looked like oversized leaves and flower petals, and their spears were made from branches that were sharper than any sword.

Oh, yes. They were beautiful and fearsome, but none of them was as beautiful and fearsome as the Fairy Queen.

The Throne Room was a rounded space of trees that the prince had never seen before. They were cobalt blue in color, with silvery thin branches and flexible like hair. The Fairy Queen was sitting among them, in garments as transparent and translucent as her great iridescent wings. Her honey-colored eyes seemed to know everything, on a face of unearthly beauty. But most impressive of all was her hair. Long and silky to the feet, dark blonde in color, braided and interwoven with the thin branches of the blue trees. It was such an intricate design, so complex, so delicate, that it was impossible to tell where the Queen ended and the trees began. It looked like she was wearing the forest as a crown.

The prince’s famous intuition spoke to him again, indicating that the strands of the fairy plait the witch desired were those and not others.

Then the Queen spoke, and her voice filled the entire clearing, and the prince’s ears and mind :

‘Speak, unknown, and tell why you entered the Fairy Kingdom without invitation. ‘

The prince would have fallen to his knees before the Fairy Queen, if he had been able to, but the guards held him tight, still without injuring him. He managed, however, to bow and said,

‘Your Majesty, I present myself before you and your people as a humble visitor who has not come to do any harm. I am the prince of the neighboring kingdom. I have come to ask you to give me three of the strands of your plait, the silver ones, for a friend who needs them.’

There was a shudder among the faerie people. It seemed that they had even stopped breathing.

‘We should execute him immediately’ said one of the guards, bringing his spear closer to the heart of the prince.

‘No’ said the Fairy Queen. – ‘He has come as a friend and not as an enemy, because he does not carry weapons or tricks, and he has spoken with ignorance, not with evil. You see, prince, these trees here are not ordinary trees. They are as old as the time of fairies on this earth, and will remain here as long as fairies and magic remain. They watch over, care for, and guard the Fairy Kingdom, and keep it secret except for a few. They are the true kings of the forest. They are the ancestors and memory of our people. Their name cannot be pronounced by any mortal, and they are nourished by the magic of the Fairy Queen, by means of these threads that you covet, in exchange for their innumerable gifts. There is nothing more important to fairies. Nothing.’

The prince was thoughtful at the Queen’s words, pondering what to answer, for he did not intend to surrender so soon.

‘What if I offer you something in return? Something to match its value?

The faerie people shuddered again, but this time with what seemed laughter. The amused Fairy Queen raised an eyebrow, and her gaze was a little less relentless.

‘What could you give us in exchange that can be so valuable? Such a thing is unthinkable. ‘

‘I still don’t know, if I have to be honest. But give me three days. Let me remain here among your people, and I will find a way to compensate you for your incalculable gift. Give me three days, and if my offer is not to your liking, I will leave forever and make sure no one else bothers you again. You have my word.’

Perhaps it was because of the prince’s courage, perhaps because the faerie people had begun to languish before the tedium of so many equal days and needed some fun, perhaps out of curiosity. The Fairy Queen accepted the deal and the guards released the prince.

‘Be, then. But we are going to change the conditions of your stay a little, before sealing the pact. If you are not able to offer me something that equals or exceeds the value of my precious strands, you will be executed for your daring. Do you still wish to stay?’

The prince nodded, for this was proof worthy of his courage and the prize to which he aspired. They sealed the deal, then, in a way that only pertained to those who were there.

Then the guard who had proposed to execute him arrived, and sulkily offered him a bowl of soup. The prince looked puzzled at the Queen.

‘It is nightfall. And you must supper something. We do not neglect our guests.’ She said with a musical laugh.

The prince thought fairies were very strange, but this time he did not distrust the food they offered him. He believed in the deal they had made and in the word of fairies, and he had three days before these people wanted to end their lives.

What a great hospitality.

So the prince sat next to the Fairy Queen’s throne to eat. It turned out that what they had given him was rice pudding.

The Queen stared in surprise at the prince sitting on the ground without remorse, in silent company. In her thousands of years of existence, no one had wanted to sit with her, leaving her alone with her regency.

The prince fell asleep curled up in one of the roots of the blue trees, and slept like never in his life. A long and deep dream, like in stories.

The next day came and went, and the prince and the Queen began to talk to pass the time. And at dusk, with the lights of the faerie village lighting up in the distance, the Queen Fairy asked:

‘Have you already decided what are you offering me in exchange?’

‘No, not yet, Your Majesty, but tell me more about the language of birds.’

And the Fairy Queen told him everything she knew about the countless birds that populated the forests, which was a lot, and she introduced her owl, the wisest of all birds, her friend and guardian, with whom she had long conversations about everything that happened within the limits of her Kingdom. The prince listened to the Queen’s words and contemplated her face, shining with fairy dust, absorbing her voice in wonder.

The next day came and went, and the prince and the Queen entertained themselves walking through the clearing. It turned out that the branches of the blue trees were infinitely long, so they could see fairies working, eating, singing, dancing and playing instruments that moved everyone who heard them. And at dusk, with the lights of the faerie village lighting up in the distance, the Fairy Queen asked:

‘Have you have already decided what are you offering me in exchange?

‘No, not yet Your Majesty, but tell me more about the things that grow.’

And the Fairy Queen told him everything she knew about the countless species of trees, shrubs, flowers, mushrooms, and herbs that grew in her domains, which was a lot, and she introduced to him each of the blue trees, having each one its name and personality. They spoke to the Fairy Queen in their sweet voices, which only she could understand, and she recited to the prince an ancient faerie poem that the trees remembered, about everything green and good in the world. The prince listened to the Queen’s words and contemplated her face, shining with fairy dust, absorbing her voice in wonder.

The next day came and went, and the prince and the Queen watched sadly the movement of the Sun across the sky and the rising of a beautiful silver-colored Full Moon. For they both felt an unexpected bond that had been forged between them, a bond that was to be broken when the day came to an end, one way or the other. The fairies gradually gathered around the throne with the arrival of twilight. And at dusk, with the lights of the faerie village lighting up in the distance, the Queen Fairy asked:

‘Have you already decided what are you offering me in exchange?’

-‘Yes, Your Majesty. Now I have decided’. And he knelt before her, before the entire Fairy Kingdom. ‘I offer you my heart. It is all I have, and more valuable than my kingdom, or my crown. Take it, for is yours, but in exchange for nothing. I no longer desire the strands of your plait, but tell me more about you, and what makes you laugh, before I’m gone forever.’

The Fairy Queen looked him in the eyes, while the faerie people held their breath. Then he could see in her beautiful eyes the same tenderness that he felt, the same connection that in a short time had become so strong. The Queen could see it clearly, a bright and indestructible braided thread that bounded them both. A bond that united two equal souls, stronger than the very roots of her land.

The Queen looked at the blue trees, listening for a moment to their voices, and at that moment three of the silver strands were released. And she herself with a magic pass cut all the others, leaving her free.

Everyone present looked at her in shock, and she turned and spoke to her people:

‘These trees are old enough. They are strong and wise, and they are firmly rooted in this powerful land. It’s time to change things up a bit. I think they can go on without me. ‘

‘But I want, and can, follow my heart.’

They married some time later in the witch’s cottage. The three strands with which she made the magic plait served to join their hands as they pronounced their vows, looking into each other’s eyes, the future and their destiny. They were the sovereigns of both kingdoms, which lived a prosperity and happiness never seen before.

The new couple planted some of the strands of the fairy plait in pots, to extend the enchanted forest beyond its limits. New silver leaves have already started to sprout in the pots. A beautiful new beginning.

The late flower

In the old days, when mankind was still innocent, and couples were forged in long engagements born from a shy courtship, a humble student would fall in love deeply, and also learn a valuable lesson.

The young man lived in a modest, two-floor little house, with a small balcony in the upper part, which leaded to a tiny studio composed only by a table, a chair, and four walls fully covered by books. Before he sighted his beloved lady, the young man devoted entirely, body and soul, to his studies, but he always found time for his friends, family and hobbies, specially to his dearest books.

One of his secret longings was to write the most moving story ever told. However, in the blink of an eye everything changed completely.

It happened that the student, one day looking out the window trying to get inspiration for his story, realized that his balcony was very cold, lonely, lacking in color. So, without thinking twice, he went out to buy a planter and some plants that were decorative and pleasing to the eye. The sun was shining brightly from the beginning of March and the student enjoyed the walk, just as he used to do when he went out to stretch his legs, feeling the warm rays on his pale skin. Smiling, he greeted the passers-by in the street, elegant gentlemen on the arm of refined ladies who carried colorful parasols with which to protect their marble faces.

The student finally acquired half a dozen hyacinth bulbs that promised to become spectacular flowers, and the young man sank them into the ground with this hope shining in the eyes.

Then he looked up and thought he was in a dream, or perhaps a mirage caused by the bright sun. Because that vision could not be of this world.

In front of his humble little house was another much larger, richer and more important one, where richer and more important people lived. The eldest daughter was a sixteen-spring beauty, with a face chiseled into pale skin with rosy cheeks, high cheekbones framed in golden curls, full lips, and aquamarine eyes that could melt frost. That morning she had come out on the balcony to arrange her exquisite roses, sheathed in a wonder of blue silk brought especially for her sixteenth birthday. And her slender waist girded by that dress that looked like flowing water made the student forget to breathe. Then the world stopped spinning for him, since it had a new king star to orbit around. She.

The young man suffered a change in his way of being. He stopped hanging out with his friends, paying attention to his relatives. He no longer read, he hardly ate, and the rays of the sun seemed cold to him compared to the radiant presence of his beloved, who he hoped to glimpse on the balcony, or in some window, perhaps a glorious piece of her peeking out from the curtains of the big house.

Days turned into weeks, and the student racked his brains for a way to make the splendid girl his own. Meanwhile, the hyacinths timidly appeared from their bed of soil. The six were gradually breaking their lilac outer cover, and dyeing a tender leaf of its cocoon with an intense green. During the weeks in which the bulbs became fat taking strength from the soil, the water and the sun, the student withered for love. He could only get a brief smile to see a beautiful morning to their little bulbs in bloom. But wow! All except one.

The last of the bulbs did not want to flower. Not yet. It was not prepared, because it needed much more time to fulfill its goal in life, to be a beautiful flower.

So, while the other hyacinths were putting on their finery in the spring sun, brightening the street with their vivid blue, pink, yellow, and orange colours, the unopened bulb didn’t even know what its colour would be, but it was sure it would be much more beautiful than the others. That it would dazzle everyone on the street, that it would be admired and desired to adorn the headdress of a young marriageable woman, the bouquet of a blushing bride, a lavish living room or perhaps the cradle of a beautiful baby.

The days passed slowly, and the young hyacinths grew taller and brighter, taking advantage of every drop of sun and every spark of rain and swaying in step with the spring breeze that made them sing. Not for the human ear, of course, but with a much sweeter voice. The little bulb missed all this, since it remained firmly closed, its tender leaves keeping its secret, taking time to dedicate it to each of its petals, to paint them in a color never seen before, to sculpt them superbly as the most dedicated artist.

The student saw spring pass in front of his balcony, but was not aware of its fertile beauty because he had found a way to approach the source of his sleeplessness and have the right to woo her. The young man was determined to finish his career before anyone else in his promotion, and title in hand, he would offer the girl a household and a standard of living comparable to that of her wealthy family, which he would pay for with his efforts. He finally shut himself up in his study and closed the doors on all distractions. He only cared for his hyacinths, hoping that they would draw her beloved’s attention to his window. In his feverish determination, he ended up losing his friends, greatly saddening his relatives, he stopped writing, walking and dreaming. He only studied and studied, but he no longer put heart to his profession. It was just a mean of achieving his goal.

His five hyacinths witnessed for him the height and departure of spring, which put them in their maximum splendour, feeling with pleasure in their leaves the mystery of full life, and in the course of the other seasons, with the already brown leaves, they slept dreaming of everything beautiful in the world, even if his world was a street. It was enough for them.

With the arrival of a new spring, they woke up again with renewed energy, and they watched expectantly the hatching of the last bulb, which finally felt ready. It was a magnificent shade of white with peach highlights. A real flower beauty that would make anyone who set his gaze on it sigh. The hyacinth was filled with pride and stretched its branches to life.

Meanwhile, the young man arrived at the studio, with the coveted title under his arm. He could already appear at his beloved’s house. Satisfied, he noticed the beauty of the late flower. It was the first one he cut for the bouquet of flowers that he would give to his beloved.

After hours of waiting, and when he was finally received at the neighboring house, he was informed that the young woman could not attend him under any circumstances since she was already promised to none other than a young man of the nobility. Someone who would not have worked in his life, but who would give her a title in exchange for being his rich, decorative wife.

The student left the house with his dreams shattered, realizing for the first time in a long year that he had wasted time that he would no longer recover chasing a chimera, regardless of how he lost things on the way, things as important as himself, having become a lonely shadow, a faint reflection of the vivacious young man of yesteryear.

Just like the late flower, who ended its day of existence in a garbage can with its brothers in the ill-fated bouquet, but who nevertheless had enjoyed the life it wanted to put off for a fatuous end.

Readers, do not postpone the enjoyment of life for fear or to achieve a goal since full life itself is the destination of a quick trip without a return ticket and a single stop.

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