El pequeño espantapájaros

Chulilla, 23 de enero de 2021

Es el relato que el lugar me inspiró , el mismo que todas las villas medievales me susurran. Quizás por una obsesión personal, un recuerdo que no es mío del todo o porque todos los pueblos tienen historias similares que contar.

La muchacha salvó la baranda de un salto, y siguió corriendo calle abajo. Sus perseguidores la habían perdido de vista por un momento en la madeja de callejones del pueblo, pero los escuchaba pisarle los talones. El Sol hacía un rato que se había puesto y corría casi a tientas desesperadamente en busca de un refugio. Pero no lo había. Todos los habitantes del pueblo le habían cerrado sus puertas y escuchaban la cacería tras los postigos sellados, o se encontraban entre los perseguidores, portando horcas, hoces y antorchas. La joven estaba exhausta. Desde que habían prendido fuego a su cabaña hacía tres días sólo había encontrado un momento de descanso escondida en la caseta del molino de agua, pero el viejo lechero la había visto y la hicieron salir para ajustarle las cuentas de una vez por todas.

Escuchaba a la turba acercarse, agazapada tras una de las chozas con paredes encaladas, y podía oler el fuego de las antorchas con las que sin duda pretendían encender la hoguera bajo sus pies. Tragó saliva y reemprendió su frenética carrera. Consideró esconderse en las cuevas, pero lo descartó al instante. Allí sería donde primero la buscarían, y no habría escapatoria posible. Siguió corriendo, resollando, casi sin aliento. Apenas notaba los guijarros bajo sus maltrechos pies, tan sólo sentía su corazón retumbando aterrado entre sus costillas, recordándole que todavía estaba viva, que todavía no la habían cogido.

Echó la vista atrás para ver dónde quedaba la turba, y entonces tropezó con un montón de macetas enfrente de una casa y cayó. Trató de levantarse, pero el agotamiento y algo que vio la hicieron detenerse: un pequeño espantapájaros, no mayor que la palma de la mano, hecho con unos trapos y unas cañas, a todas luces por un niño. Lo habían puesto en una de las macetas para proteger el sembrado, pero resultaba más ornamental que amenazador para los pájaros.

La muchacha cerró los ojos mientras lágrimas de rabia caían por sus mejillas. Con la de veces que había procurado por aquel ingrato pueblo. Las incontables ocasiones en las que había sanado a sus hijos, la de veces que sin saberlo había bendecido sus cultivos y hallado sus pertenencias extraviadas. Jamás les había causado daño alguno. Nunca, aun pudiendo. Y no había sido ella, en absoluto, la que había traído aquella sequía horrorosa. Al contrario. Si supieran… ay, si supieran.

Y entonces tomó la decisión. No la cogerían viva. Ni hablar. Jamás permitiría que le hicieran lo que a la vieja Ruth, vecina suya cuando ella era una niña. Se levantó de entre las macetas rotas y siguió su camino, dejando un pequeño rastro de sangre tras de sí. Iba barruntando el conjuro que le ahorraría su aciago final, un encantamiento que de atreverse a realizarlo no tendría vuelta atrás. Llegó a una pequeña terraza natural suspendida sobre el barranco en el que alzaba el pueblo. Allí tenía todo lo necesario, y lo haría ahí mismo, con el castillo de fondo como único testigo. Rápida como el pensamiento recogió romero, tomillo y brezo, y extrajo de su cinto sal, ruda y aceite de lavanda. Ya les escuchaba acercarse, estaban muy cerca, tan cerca… pero no lo bastante.

Cuando la turba llegó y se dispersó por el lugar no había rastro de la joven. La terraza estaba vacía, salvo por un gato negro que los observaba con el pelaje erizado, al pie de un pelele de colores que miraba hacia el abismo. Hicieron lo propio y se asomaron al barranco, esperando verla al fondo del risco o suspendida de una de las ramas sobre el vacío. Pero no, era como si se hubiera desvanecido en el aire, que olía fuertemente a romero. La maldijeron por habérseles escapado, y poco a poco fueron abandonando el lugar, con la brisa nocturna meciendo las ramas de un hermoso roble joven, orientado hacia las montañas y el imponente paisaje, bajo un cielo infinito en el que brillaban las primeras estrellas. Entre las raíces del árbol había una muñeca con la forma de un pequeño espantapájaros.

{AVANCE}

¿Qué chica no sueña con ser princesa? Levantarse un día de la cama y descubrir que en un suntuoso palacio la esperan a una, para cubrirla de finas galas y coronar el atuendo con una deslumbrante tiara de diamantes.

Bueno, lo de casi todas es fantasía pura, que se evapora más o menos con la edad. Mas, yo sí conocí a una princesa perdida que vivió el sueño, y os puedo asegurar, que lo interesante es lo que hizo después de despertar.

{Texto completo próximamente }

Tocar la Luna

Publicado en el Número 23 de la Revista Papenfuss , ‘Especial Recuerdos’

Publicación en Papenfuss Num.23

Las intrépidas astronautas ‘las Hermanas’ al frente de la imponente nave ‘la Nocturna’, equipada con la última tecnología de viajes espaciales, encabezan la misión más importante de sus carreras. Su objetivo: conquistar la Luna. La Hermana Comandante a los mandos, con su vasta experiencia de cuatro años, dirige con destreza la Astronave hacia el espacio exterior. A su vez, la Hermana en Jefe gobierna con mano de hierro los entresijos de ‘la Nocturna’. Desde hace ocho años comanda tripulación y pasajeros haciendo que todo marche a la perfección, y la conquista de la Luna pondrá el broche de oro a su impecable trayectoria profesional.

Fuente: Papenfuss Num.23

La misión va a dar comienzo. La Hermana en Jefe inicia el protocolo de lanzamiento.

-Hermana Comandante, ¿combustible?

-¿Qué?

Que si hay combustible suficiente para la misión.

-¿Qué es combustible?

Gasolina. Como lo que le pone papá al coche para que funcione, pero mucha.

-Ah, sí. Sí que tenemos.

-Tienes que decir: check.

-¿Check?

-Check, sí.

-Vale, check entonces.

-¿Víveres?

-¿Qué?

-Comida, que si hay comida.

-Ah, ya. Sí. Digo, check.

-¿Agua corriente y moliente?

-Claro.

-Check.

-Check, vale.

-Entonces, ¡estamos listos para despegar! T-5000 segundos… T-1000 segundos…

-¿Qué haces?

-Cuento.

-¿El qué?

-El tiempo que queda para que salga la Astronave hacia el espacio.

-Ah. ¿Puedo contar yo también?

-Eh, claro. Pero tú conduces la nave, eso es lo más importante. Y, además, aún no sabes contar bien.

-Puedo contar hasta que salga el cohete. Y si hay que contar más, entonces este es un juego muy aburrido.

-También es verdad.

¡Encendiendo motores! El ruido ensordece a todos los que han acudido a ver el despegue. Y ‘la Nocturna’ se eleva en medio de una gran nube de humo, llamas, y la explosión de los propulsores a toda potencia!

-¡Roooooaaaarrrrrr!

-¡Roooooaaarrrrrrrrrr!

-¡Allá va! ¡’La Nocturna’ pone rumbo a la Luna! Ya pueden avistarla en medio de la negrura del espacio exterior. Es redonda, grande, perfecta toda ella, brillando con su resplandor dorado, rodeada de estrellas.

Fuente: Papenfuss Num.23

-Hala, sí, qué bonita.

¡Las Hermanas van a conquistar las estrellas!

-Pero oye, ¿por qué vamos a la Luna?

-¿Cómo que por qué?

-Sí, ¿ahí qué hay?

Eh, pues, unicornios rosas.

-¿De verdad?

-Claro.

-¿Y gatos?

-Por supuesto, está lleno de gatos, ¡todos los que quieras! Todos los gatitos que se escapan de casa se van a la Luna.

Fuente: Papenfuss Num.23

-Ah, vale. Entonces ya quiero ir.

Hermana Comandante, ¡mantenga el rumbo!

Sí, pero es que tengo que ir a hacer pipí…

Hum, vale, pero luego vuelves y mantienes el rumbo.

La misión va viento en popa. ‘La Nocturna’ se dirige rauda a su destino, y la Luna se ve más y más grande a medida que la nave se acerca a la superficie.

Pero entonces, las cosas se tuercen.

-¡Hermana Comandante! ¡Tenemos un problema! No hay suficientes víveres, ¡y la tripulación está furiosa!

-Pues dales Cola-Cao, ¿no? Hay un montón, que papá compró el paquete de la Baticao.

Tienes razón, Hermana Comandante, ¡espero así poder contenerlos!

-¿Qué es eso?

-Es nuestro cuaderno de bitácora. Aquí tengo que apuntar las incidencias de la misión.

-¿Pero eso no era tu diario? ¿Me vas a dejar leerlo?

-Hermana Comandante, ¡mantenga la atención en los mandos!

-Hum, nunca me dejas leer tu diario, hum…

-Hermana Comandante, ¡murmurar no es propio de una astronauta de su categoría! ¡Y tenemos otro problema! ¡Los pasajeros! ¡Que ahora dicen que quieren sus camarotes con vistas al mar!

-Vale.

-¿Cómo que vale? ¡No hay mar en el espacio!

Si desde la playa se ve la Luna, desde la Luna también se verá la playa.

-Creo que eso no va así, pero ¡bien pensado, Hermana Comandante!

-Claro.

-¡Oh no! ¡No puede ser!

-¿Qué pasa ahora?

-¡La tripulación! Que dicen que no están conformes con el Cola-Cao. ¡Quieren Nesquik, y lo quieren ya! ¡Están rabiosos, vienen hacia aquí! ¡Los oigo llegar y aporrear las puertas de la cabina de mando! ¡Motín! ¡Oh no! ¡Motíiin!

-Pero, ¿aún estáis despiertas? A dormir, ¡que mañana hay cole! ¡No son estas horas de jugar!

-Vaaalee… Buenas noches, mamá.

-Venga, ¿estás bien tapadita? Qué manera de desvelar a tu hermana pequeña.

-Mami, ¡hemos ido al espacio!

-Sí, pero nos has interrumpido antes de poder tocar la Luna.

-Qué cosas tenéis. ¿Qué les has hecho a las sábanas? Mañana continuáis y llegáis hasta Saturno. Pero durante el día, antes de cenar.

-Saturno. ¿Dónde está eso?

-Sí, ¿se ve desde la playa?

Fuente: Papenfuss Num.23

-Venga ya vale, ¡buenas noches niñas! ¿Os dejo la lamparita de noche encendida? Creía que habíais dicho que sois ya mayores para usarla…

-Mamá, ¡no toques la Luna!

Escrito a dos manos

Para Lucas.

Carlota se sienta en la misma mesa de siempre. Le gusta cómo el Sol entra por el gran ventanal de la cafetería, calentándole el ánimo y un lado de la cara. Ahí es donde ella se sienta a escribir, siempre con su estilográfica y su cuaderno Paperblanks. Tampoco le faltan nunca un pedazo de la tarta de zanahoria de la casa y un café americano con un terrón de azúcar. En esta mesa ella escribe de todo, mientras espera a que se le ocurra algo realmente bueno, y cumplir su sueño de convertirse en novelista.

Abre el nuevo cuaderno por la primera página, mientras acaricia y admira la cubierta. Es roja con filigranas doradas en relieve. Tiene ideas muy firmes acerca de la inspiración y las formas de convocarla, a poder ser con estilo y elegancia. Y orden, sobre todo orden.

Carlota echa una ojeada al ambiente chic de la cafetería. Hay varias mesas ocupadas por jóvenes conversando animadamente, o trabajando en portátiles y tabletas, aislados del mundo por enormes auriculares. El aroma de las bebidas calientes se mezcla con la de su americano, que huele intensamente al mejor café arábica. Carlota aspira su olor, toma un sorbo y comienza a escribir.

Es un relato sobre la expresión literaria y sobre la magia de contar historias. Es un escrito también de misterio que mantiene la intriga hasta el final. Es también, por supuesto, una historia de amor. Al menos es todo ello en su mente.

La escritura de Carlota fluye mientras su pluma rasga la página al ritmo de sus pensamientos. Hasta que éstos dejan de fluir. Ha definido los personajes, su entorno y sus motivaciones, pero no sabe cómo seguir. Come su tarta y reflexiona, y no se le ocurre nada. Decide tomarse una pausa y se retira un momento al baño, esperando que cuando vuelva, retorne también su musa.

Cuando Carlota regresa y retoma la tarea y la pluma, se da cuenta de que pasa algo extraño. A continuación de lo último que ella recuerda haber escrito, hay una nueva línea:

“A la heroína le llegó una ayuda inesperada: un aliado ingenioso le prestó su voz de manera desinteresada”.

Carlota mira alternativamente la frase salida de la nada y a la pluma con desconfianza. ¿Es que ha seguido escribiendo sola? Se reprende a sí misma. Tiene demasiada fantasía.

Vuelve a leer la frase de marras. Admite que encaja muy bien con la historia que está contando. Carlota se queda pensativa y turbada, tanto, que se marcha a su casa en compañía de su gata Red.

Al día siguiente Carlota vuelve a la cafetería a su hora habitual, invariablemente pide su merienda y se sienta a continuar escribiendo. Decide seguir a partir de la misteriosa frase, pues en cierta forma sí ha resultado ser una aliada inspiradora.

Fuente: Freepik

Carlota escribe y escribe, y le gusta los derroteros por los que va su historia. De pronto, levanta la mirada y ve a un viejo conocido en el mostrador de dulces, y se levanta a saludarlo. Tras una charla animada de las de ponerse al día, regresa a su mesa y casi se cae de la silla de la sorpresa.

Ha aparecido otra frase, de nuevo a continuación de su última escritura:

“Ella descubrió una pista sobre el misterio que la intrigaba. Decidió seguirla, por ver a dónde llegaba”.

Carlota se enfada consigo misma por haberse distraído de nuevo y dejado que un desconocido trastee con sus cosas. Sin embargo, leyendo la nueva frase se fija en que su escritura, pulcra y obsesivamente recta contrasta fuertemente con el tembloroso garabato del desconocido, de tinta emborronada sobre las apresuradas líneas. Eso significa una cosa: la persona misteriosa escribe con la mano izquierda.

Carlota observa al resto de clientes de la cafetería tratando de localizar al zurdo en cuestión. Pero, cómo no, el escritor espontáneo no se delata tan fácilmente. No hay nadie en el local que sea visiblemente zurdo. Nadie come o escribe en aquel momento. Todos conversan o sostienen los grandes tazones del establecimiento ¡con las dos manos!

Debe de tratarse todo de una broma, piensa Carlota, que recoge sus cosas y sale por la puerta, rumiando aquel misterio que la saca de sus casillas.

Al día siguiente se promete que no va a distraerse bajo ningún concepto, y que no va a bajar la guardia ni en la intimidad del baño. Si el desconocido desea continuar con la guasa, entonces será bajo su atenta mirada. Carlota continúa escribiendo su historia durante al menos dos horas, y ni rastro del escritor espontáneo. Ya está convencida de que el asunto ha terminado cuando uno de los camareros tropieza, ¡y derrama sobre ella un Frappuccino! Suerte que el café está helado. No así la sulfúrica Carlota, que echa chispas mientras corre al baño a limpiar el estropicio. Cuando vuelve a su mesa, el camarero está fugado y una nueva línea ha aparecido en el escrito:

“Una buena historia, narrada con maestría, une a lector y escritor en súbita camaradería.”

Carlota sigue enfadada por el incidente del café y frustrada por no haber pillado in fraganti a su esquivo colaborador. Sin duda el susodicho la vigila, y no le hace ninguna gracia. No obstante, no puede evitar leer aquella nota borrosa, y se sorprende a sí misma dándole la razón y apreciando la nueva perla de sabiduría. Aquella frase tan sencilla coincide absolutamente con las ideas de Carlota acera de la escritura. De cómo un libro capaz de llegar al alma del lector le está recomendando encarecidamente al autor, alguien cuyo espíritu armoniza con el propio.

En los días siguientes, Carlota intenta pillar por sorpresa al interfecto, pero todos sus intentos caen en saco roto. Olvidados la tarta de zanahoria y el café, centra sus esfuerzos en fingir despistarse, con diversas estrategias a cada cual más sofisticada, para atraerlo y descubrir de una vez por todas de quién se trata. Pero una y otra vez sus planes fallan por desafortunadas casualidades. La clientela de la cafetería tampoco es de ninguna ayuda. Nadie ve nada, nadie sabe nada y cada día hay clientes nuevos y diferentes. Y ningún zurdo.

Finalmente, Carlota se rinde y deja hacer al escritor desconocido. Pues entre idas y venidas la historia sigue avanzando, día tras día, escrita a dos manos. Carlota debe admitir que las aportaciones del misterioso sujeto han sido de valiosa ayuda en ciertas situaciones de bloqueo. Ha llegado a apreciar las bonitas rimas enlazadas con su prosa que, poco a poco, van tejiendo la historia. Por las noches mientras acaricia a Red, no puede quitarse de la cabeza al escritor anónimo y su misterio, y por el día desarrolla la historia, que indefectiblemente gira en torno de una identidad oculta que la protagonista desea descubrir.

Poco antes de terminar, Carlota hace un último intento de desenmascarar al desconocido, pero falla por enésima vez, y lee entre fastidiada e ilusionada la siguiente frase en su cuaderno, con el corazón latiéndole con fuerza:

“El desconocido no reveló su identidad, no todavía, pero le auguró una sorpresa digna de la admiración que por ella sentía”.

Cuando Carlota lee esto el rubor tiñe sus mejillas, y no puede evitar echar una tímida mirada al tendido y retorcer un mechón de su melena cobriza, nerviosa.

Finalmente, Carlota termina la historia, y se marcha a su casa satisfecha y orgullosa del resultado. Al día siguiente vuelve a su mesa de siempre, un poco triste porque aquella experiencia extraña y maravillosa de escribir su libro ha concluido. Se retira un momento al baño, y cuando regresa ve una nota roja adherida a la cubierta de su cuaderno, que dice solamente: ‘Mesa 15’.

Carlota se queda un momento extrañada. Hasta el momento ella ha creído que sólo hay doce mesas en la cafetería. Se dirige rauda al final del local, y descubre un rincón que no ha visto nunca, a la vuelta de una esquina camuflada por un gran espejo. En ese rincón están las tres mesas que faltan, siendo la mesa 15 la que está más al fondo de todas, y la única iluminada por una bombilla en el techo. La mesa está vacía, para desilusión de Carlota. Sin embargo, cuando se acerca descubre dos cosas: Que la persona que se siente en ese rincón puede ver su mesa gracias al espejo, y un libro solitario depositado en el asiento. En la cubierta hay otra nota pegada que dice: ‘Me encanta tu historia. Si quieres tomamos un día un café juntos y la comentamos’. Y un número de teléfono.

Carlota hojea el volumen con avidez y lo reconoce de inmediato. Es su libro, el que ha escrito a dos manos con el desconocido, en esmerada encuadernación casera. Su libro, su creación, cuyas páginas le hablan de talento, vocación y autosuperación. Lo ha logrado, ha escrito algo realmente bueno. En parte gracias a alguien que la ha sacado tantas veces de su encasillamiento que ha estimulado una creatividad que no sabía que tenía. Pero estas son sus palabras, que tan bien combinan con las prestadas, y todas ellas le hablan de entendimiento, comprensión, e incluso conexión espiritual entre dos individuos iguales. Todas aquellas palabras le recomiendan encarecidamente a la persona al otro lado del teléfono. Carlota coge el móvil y resueltamente marca el número.

El libro de color naranja

En mi colegio celebraron una vez una pequeña venta por motivo del Día del Libro. Y no había nada – y sigue sin haberlo – que me gustase más que perderme entre las hileras de libros expuestos, recorrerlos con la yema de los dedos, y esperar a que alguno me llamase. Y lo hizo, vaya que sí. Para una niña de once años solitaria como yo, aquellas llamativas cubiertas de color naranja fosforescente habían estado esperándome a mí y sólo a mí. Así que, ignorando por completo a los profesores y su cháchara animada, y a los escasos alumnos que se habían dejado caer por el hall del edificio a curiosear, invertí los escasos minutos que me quedaban de recreo y casi toda mi paga en adquirir el libro y hojearlo con avidez.

Leer aquel librito – una dulce historia sobre una niña maga y a la vez genio de la lámpara – abrió para mí una puerta. No una literal, sino en mi mente. Un espacio que hasta entonces no había sabido que tenía, pero al que empecé a llevar cosas para llenarlo. Cosas que me gustaban de los libros que devoraba todos los días, en mi casa y en la biblioteca del colegio, y que hacían de mi mundo interior, aquel espacio tan bonito, un lugar sólo para mí, un sitio donde refugiarme del mundo cuando lo necesitase.

Allí escondí dragones durmientes sobre tesoros, princesas que volaban con cisnes, brujas buenas, elfos blancos y elfos oscuros, castillos inexpugnables y palacios de cristal, bosques encantados, animales parlantes, bolsos en los que cabe un genio, niños voladores, niños transformados, niños mágicos, niños capaces de todo, y buena parte del País de las Hadas y de las Maravillas, de Nunca Jamás, del Reino Peligroso, de Fantasía, de la Tierra Media, de Hogwarts, del Mundodisco y de los Reinos Olvidados. En mi mundo todo puede hacerse y todo es posible. Quién quiere castillos en el aire cuando yo tengo todo un universo flotando conmigo en las nubes.

Ahora yo me dedico a abrir puertas con mis cuentos. Cada palabra que escribo es parte de un código único para abrir un nuevo espacio de imaginación, y así, aunque sea por un rato, poder volver a ver el mundo con la mirada de un niño. Y seguir maravillándose con los prodigios que hay en él. O inventarlos.

Un encuentro inusual

Hace poco encontré un singular relato en un diario de mi tía bisabuela Elisa. El hallazgo del diario en sí ya fue extraordinario, pues estaba oculto en una caja de secretos entre sus pertenencias casi olvidadas, cuyo cierre sólo yo acerté a abrir. El truco estaba en presionar suavemente los laterales de la caja y a la vez soltar el pestillo casi invisible de la tapa.

Mi tía bisabuela Elisa siempre ha sido una figura legendaria en la familia. Una joven que a los dieciocho años se fugó de casa y desapareció sin dejar rastro, para reaparecer años después al otro lado del mundo como una reconocida escritora de cuentos para niños.

El por qué se fue así, nunca estuvo claro, aunque nunca faltaron rumores acerca de un matrimonio de conveniencia del que cualquiera habría huido. Esto era algo que mi abuela y su hermana comentaban a menudo, con expresión resabiada.

Cómo logró desvanecerse como si se la hubiera tragado la tierra, y burlar a todos y cada uno de los grupos de búsqueda que envió mi tatarabuelo es gran parte del misterio, así como sus cuentos de hadas, capaces de encantar a toda una generación.

Ahora, leyendo su diario he comprendido muchas cosas. La verdad sobre el matrimonio concertado, sobre el que se desahogaba en varias páginas del diario, intercaladas con algunos cuentos muy buenos, como ‘La Trenza del Hada’ o ‘La Flor Tardía’, en los que en retrospectiva puedo ver el talento innato y creciente que impulsaría su fama.

Pero la última entrada del diario es de lo más extraño. No es un cuento, o al menos no está narrado como tal. Es igual que tantas otras entradas anteriores, pero con una diferencia: lo que cuenta ahí Elisa no puede ser real.

Está bastante claro que era una criatura fantasiosa y quizá un poco lunática. Sin embargo, lo que escribió aquel 19 de abril de 1910, unido a su posterior desaparición, suscita muchas dudas y preguntas, y deja tras de sí muy pocas respuestas.

La versión oficial es que efectivamente huyó del matrimonio concertado. Yo ya no lo tengo tan claro.

Juzguen ustedes, a partir de la transcripción, palabra por palabra, de la última entrada del diario adolescente de Elisa Gascó, la famosa cuentacuentos.

19 de Abril de 1910

Ayer por la tarde le dije a padre que no me casaré, aunque me lleven a rastras ante el altar. No hay mujer cuerda que quiera pasar el resto de su vida junto a ese hombre infame. Pero padre no quiso escucharme.

Salí como tantas otras veces al monte, a respirar aire fresco y a ordenar los pensamientos, dejando atrás el caserón familiar y bordeando los campos de naranjos hasta la colina cercana, como acostumbre a hacer cuando arrecia la tormenta.

No obstante, ayer tomé una senda distinta a la habitual, y al poco me había desorientado. El Sol ya se había ocultado tras las montañas y su resplandor ya no era visible en el cielo, donde ya empezaban a aparecer las primeras estrellas. Sin embargo, no hacía frío. El aire primaveral era cálido y mecía mi vestido de algodón mientras avanzaba por los pastos.

Entonces quise fijarme en donde me encontraba, para tratar de hallar el camino a casa. A parte de unas pocas colmenas de madera para abejas, no vi nada reseñable que determinase mi paradero. Ninguna señal, ni marca alguna. Un sendero completamente desconocido y libre de presencia humana.

Vi que estaba en un camino de flores silvestres de vivos colores. Había margaritas, clavelinas, campánulas y lavanda, el aire estaba impregnado de su olor. Las flores eran preciosas, todas ellas, coloreando la falda de la colina como un ordenado mosaico.

Demasiado ordenado y demasiado pulcro. Me pregunté si no me habría metido por error en terreno cultivado. La visión de tan bonitas flores contrastando con las luces del crepúsculo y la villa a lo lejos, preparándose para la noche, junto con su dulce aroma silvestre era reconfortante.

Me incliné sobre una de las perfectas campánulas. Estaba cerrada, pero tenía todos y cada uno de los pétalos impecables, de un tono rosa intenso con el borde oscuro. La acaricié con delicadeza, asombrada de su belleza. Y la flor se estiró y me miró.

No era una flor después de todo.

Contuve la respiración y alcé la mirada. La senda de flores silvestres estaba ahora salpicada de pequeñas lucecitas, que eran en realidad más criaturitas como aquella, iluminadas desde dentro y observándome.

Me temo que me desmayé. Debió ser así, porque desperté tendida en el pasto rodeada de las flores y personitas brillantes. Sentía un regusto dulce en la lengua, como a miel. Supuse que aquellas criaturas me habían dado algo para reanimarme.

‘Un don por otro don.’- dijo la pequeña de color rosa que había visto primero, con una voz tan indescriptiblemente dulce como el roce de una brisa o el lenguaje de las mariposas.

‘¿Perdón? – dije, sin saber muy bien si el sonido había llegado a pasar por mis oídos.

‘Danos el mejor de tus dones, y nosotras te daremos otro a cambio’ – replicó el hada, y las otras se acercaron más y se sentaron rodeándome, unas sobre las flores, otras acomodadas sobre mullidas setas, sobre raíces, y de rodillas en la hierba. Las hadas más pequeñas saliendo de entre grietas en las rocas, llenando el lugar de decenas de luces. El olor del azahar y la madreselva, del romero y la lavanda, lo envolvían todo como un hechizo.

El mejor de mis dones. No sabía qué ofrecer, y no sabía qué podía pasar si declinaba la oferta. Pensé, miré mis manos, mi vestido. Ninguno de mis objetos personales podía considerarse un gran regalo, salvo quizás el relicario que llevaba colgado al cuello. Mas, ¿qué iban a hacer las hadas con un relicario? No creía que se refiriesen a eso. Al final, después de reflexionar un poco, decidí que les daría lo que mejor sé hacer.

Les conté una historia, sobre un sultán del Lejano Oriente que poseía todo cuanto pudiese desear, bienes materiales comunes y también fabulosos, raros y mágicos. Y sin embargo lo dejó todo atrás, partiendo a toda prisa en su alfombra mágica, con la única compañía de un mono, un áspid y un ratón hacia los confines del mundo, para encontrar una cura para su esposa enferma. Y otras historia sobre una hoja flotando en un lago que cambió todo un pueblo, y otra sobre una flor que no quiso crecer a tiempo y aprendió el sentido de la vida demasiado tarde. Y otra sobre un roedor que domesticaba un dragón con té. Y otra, y otra.

Mi pequeña audiencia me escuchaba atentamente. Eran muy buenas oyentes, las hadas. Contenían la respiración en el momento adecuado y aplaudían con sus pequeñas manitas y con las alas al final de cada relato. No sé cuánto tiempo estuve contándoles cuentos, quizás una hora o dos, o puede que toda la noche, acompañada por el movimiento de la Luna Llena por el cielo estrellado, y las pequeñas luces brillando a mi alrededor.

Empecé a sentirme muy somnolienta, y creo que llegué a ver despuntar el alba.

Recuerdo a la pequeña hada rosada acercarse y decir:

‘El mayor de tus dones es especial y maravilloso. Verás tu don aumentado, por la gracia de las hadas. Las historias que nos has entregado serán joyas entre nosotras, y a partir de hoy, todas las historias que cuentes, serán tesoros.’

He despertado esta mañana en mi cama, con el Sol ya alto brillando a través de la ventana. Las imágenes del sueño de la noche anterior eran tan reales, y las sensaciones … notaba incluso aquel regusto como a miel.

Me incorporé, y vi en mi mesilla de noche algo que no estaba ahí el día anterior.

Una pluma. Una pluma estilográfica, de la más exquisita factura, plateada como un rayo de luna. Con mi nombre grabado en el capuchón. Descansando sobre una camánula rosada.

Así que no fue un sueño. He sostenido el regalo de las hadas en mi mano izquierda y las palabras han empezado a fluir como un río. La siento latir entre mis dedo, ansiosa por contar aventuras e historias encantadas.

Siento un nuevo coraje para perseguir mis sueños y encontrar maravillas. O inventarlas.

He visto que el mundo es un lugar mucho más misterioso y mágico que lo que percibimos. Ahí fuera está lleno de secretos, y voy a descubrirlos y a transformarlos en cuentos, para que los niños nunca dejen de creer en prodigios.

Saldré cuando todos duerman, y jamás darán conmigo, hasta que mi nombre y mis cuentos sean conocidos por todos.

Y creo que ya sé cómo conseguirlo.

The Fairy Plait

Inspired by the foreword to ‘The Forgotten Garden’, by Kate Morton.

Once upon a time, there was a young and handsome prince of a very powerful kingdom, destined to one day be the wise king of those lands, when his father gave him the throne. However, when the time comes the prince should prove his worth and pass a single test, proving that he was worthy of fulfilling his destiny.

Therefore, one fine day, his father the king took him to the edge of a mysterious forest, thick and tall, with the tops of the trees fading high above as far as the eye could see. He told him that his proof was in there, and that when he had overcome it leaving the forest, he would be the king.

The valiant prince hastened to carry out his father’s orders, and entered the forest, sword ready, prepared for any difficulty that presented him: a bear, a huge boar or some similar beast, perhaps a dark wizard to whom defeat, or maybe a fierce fire-spitting dragon.

The truth is, he did not have the slightest idea of ​​what his test could be.
Then the prince came to a clearing in the woods. In it stood a cottage, almost as tall as the tree that grew from it, breaking through the roof and disappearing high above. The brave prince entered the cottage, without knocking on the door, since he already sensed what was to be found.

At the end of the cabin, next to the hearth, was an old woman sitting in front of a loom.

‘But what manners are those? Don’t you know how to call before entering?’ said the old woman, who was a witch, in case you hadn’t noticed.

‘Here I am to fulfill my test, old crone, and thus be worthy of my destiny. Speak, then. Shall I defeat you in a battle like no other? Or do I have to disenchant a maiden under your hex? Perhaps solve a riddle on the edge of a magical precipice? Speak up!’

‘Sit down and shut up.’ said the witch.

The prince, to his surprise, obeyed.

‘I have a kettle on the fire. Do you want sugar? And some pastries, right?’

Instantly a pink porcelain tea set materialized along with a glass coffee table in front of them. The prince knew that he must be suspicious of anything the witches offered to eat or drink, or so they said… but the pastries were chocolate and the tea smelled to pennyroyal.

The prince then found himself chatting happily with the old witch while they were drinking tea and laughing like old acquaintances.

When the witch had finished tasting her tea and pastries, with a satisfied sigh she turned to her loom and began spinning a new piece.

‘Good. Now let’s talk about serious things. Your test. To seal your destiny, this is what you must do.’

The prince sat up in his chair, suddenly serious. He had almost forgotten what he was there for. He looked suspiciously at the tea and pastries. Were they enchanted to cloud his judgment? But he decided no. Something told him that the witch had a good heart.

‘You shall bring me three strands of the Fairy Kingdom sovereign’s hair, which you will find if you follow the path that brought you to my cottage and know well where to look.’

The prince considered the witch’s words. Is it? Was it all? No dragon to defeat in a singular battle? No dark wizard more cunning than any beast? No riddle with which to challenge his wits? The prince told himself that the task must be more important than it seemed, and much more difficult. It had to be.

‘But why must I bring back three strands of the Fairy Queen’s hair?’ spoke the young prince to the crone. ‘Why no other number, why not two or four?’

The crone leaned forward but did not halt her spinning. ‘There is no other number, my child.

Three is the number of family, for do we not speak of past, present and future? Three is the number of time, for do we not speak of mother, father and child? Three is the number of fairy, for do we not seek them between oak, ash and thorn?’

The young prince nodded, for the wise crone spoke the truth.

‘Thus must I have three strands, to weave my magic plait.’

The prince looked at the loom, and thought that the witch would surely want to braid the enchanted strands to weave a mighty or invisibility cloak. So he said goodbye to the old woman and with her best wishes, went further into the thick forest.

In search of the Fairy Kingdom. A place as wonderful as it was dangerous, where a wrong step could mean the loss of the man who dared to set foot there. Ruled by its own rules and symbols, rites and enchantments more powerful than any force on earth. Where the Sun, Earth, Moon and Starlight marked the passage of time that nevertheless seemed to stop forever. A place that very few managed to get to, and from which no one managed to get out.

The prince removed branches and leaves, and walked silently, respectfully, searching among the oak, ash and thorn. He did not dare to cut any branches or leaves, or damage any bush. He admired the brightly colored flowers from afar and was always watching where he stepped. It was not a good idea to break into someone’s house breaking things. One could end up cursed for life. The witch had told him.

Before entering the Fairy Realm, something said to the prince that he should leave the sword behind. The prince did not know what he was going to find, but that impulse was much stronger than his fear. So he put the sword down and entered another clearing in the thick forest.

And at once he was captured by beings of overwhelming beauty and steely gaze in their slanted eyes. They were dressed in what looked like oversized leaves and flower petals, and their spears were made from branches that were sharper than any sword.

Oh, yes. They were beautiful and fearsome, but none of them was as beautiful and fearsome as the Fairy Queen.

The Throne Room was a rounded space of trees that the prince had never seen before. They were cobalt blue in color, with silvery thin branches and flexible like hair. The Fairy Queen was sitting among them, in garments as transparent and translucent as her great iridescent wings. Her honey-colored eyes seemed to know everything, on a face of unearthly beauty. But most impressive of all was her hair. Long and silky to the feet, dark blonde in color, braided and interwoven with the thin branches of the blue trees. It was such an intricate design, so complex, so delicate, that it was impossible to tell where the Queen ended and the trees began. It looked like she was wearing the forest as a crown.

The prince’s famous intuition spoke to him again, indicating that the strands of the fairy plait the witch desired were those and not others.

Then the Queen spoke, and her voice filled the entire clearing, and the prince’s ears and mind :

‘Speak, unknown, and tell why you entered the Fairy Kingdom without invitation. ‘

The prince would have fallen to his knees before the Fairy Queen, if he had been able to, but the guards held him tight, still without injuring him. He managed, however, to bow and said,

‘Your Majesty, I present myself before you and your people as a humble visitor who has not come to do any harm. I am the prince of the neighboring kingdom. I have come to ask you to give me three of the strands of your plait, the silver ones, for a friend who needs them.’

There was a shudder among the faerie people. It seemed that they had even stopped breathing.

‘We should execute him immediately’ said one of the guards, bringing his spear closer to the heart of the prince.

‘No’ said the Fairy Queen. – ‘He has come as a friend and not as an enemy, because he does not carry weapons or tricks, and he has spoken with ignorance, not with evil. You see, prince, these trees here are not ordinary trees. They are as old as the time of fairies on this earth, and will remain here as long as fairies and magic remain. They watch over, care for, and guard the Fairy Kingdom, and keep it secret except for a few. They are the true kings of the forest. They are the ancestors and memory of our people. Their name cannot be pronounced by any mortal, and they are nourished by the magic of the Fairy Queen, by means of these threads that you covet, in exchange for their innumerable gifts. There is nothing more important to fairies. Nothing.’

The prince was thoughtful at the Queen’s words, pondering what to answer, for he did not intend to surrender so soon.

‘What if I offer you something in return? Something to match its value?

The faerie people shuddered again, but this time with what seemed laughter. The amused Fairy Queen raised an eyebrow, and her gaze was a little less relentless.

‘What could you give us in exchange that can be so valuable? Such a thing is unthinkable. ‘

‘I still don’t know, if I have to be honest. But give me three days. Let me remain here among your people, and I will find a way to compensate you for your incalculable gift. Give me three days, and if my offer is not to your liking, I will leave forever and make sure no one else bothers you again. You have my word.’

Perhaps it was because of the prince’s courage, perhaps because the faerie people had begun to languish before the tedium of so many equal days and needed some fun, perhaps out of curiosity. The Fairy Queen accepted the deal and the guards released the prince.

‘Be, then. But we are going to change the conditions of your stay a little, before sealing the pact. If you are not able to offer me something that equals or exceeds the value of my precious strands, you will be executed for your daring. Do you still wish to stay?’

The prince nodded, for this was proof worthy of his courage and the prize to which he aspired. They sealed the deal, then, in a way that only pertained to those who were there.

Then the guard who had proposed to execute him arrived, and sulkily offered him a bowl of soup. The prince looked puzzled at the Queen.

‘It is nightfall. And you must supper something. We do not neglect our guests.’ She said with a musical laugh.

The prince thought fairies were very strange, but this time he did not distrust the food they offered him. He believed in the deal they had made and in the word of fairies, and he had three days before these people wanted to end their lives.

What a great hospitality.

So the prince sat next to the Fairy Queen’s throne to eat. It turned out that what they had given him was rice pudding.

The Queen stared in surprise at the prince sitting on the ground without remorse, in silent company. In her thousands of years of existence, no one had wanted to sit with her, leaving her alone with her regency.

The prince fell asleep curled up in one of the roots of the blue trees, and slept like never in his life. A long and deep dream, like in stories.

The next day came and went, and the prince and the Queen began to talk to pass the time. And at dusk, with the lights of the faerie village lighting up in the distance, the Queen Fairy asked:

‘Have you already decided what are you offering me in exchange?’

‘No, not yet, Your Majesty, but tell me more about the language of birds.’

And the Fairy Queen told him everything she knew about the countless birds that populated the forests, which was a lot, and she introduced her owl, the wisest of all birds, her friend and guardian, with whom she had long conversations about everything that happened within the limits of her Kingdom. The prince listened to the Queen’s words and contemplated her face, shining with fairy dust, absorbing her voice in wonder.

The next day came and went, and the prince and the Queen entertained themselves walking through the clearing. It turned out that the branches of the blue trees were infinitely long, so they could see fairies working, eating, singing, dancing and playing instruments that moved everyone who heard them. And at dusk, with the lights of the faerie village lighting up in the distance, the Fairy Queen asked:

‘Have you have already decided what are you offering me in exchange?

‘No, not yet Your Majesty, but tell me more about the things that grow.’

And the Fairy Queen told him everything she knew about the countless species of trees, shrubs, flowers, mushrooms, and herbs that grew in her domains, which was a lot, and she introduced to him each of the blue trees, having each one its name and personality. They spoke to the Fairy Queen in their sweet voices, which only she could understand, and she recited to the prince an ancient faerie poem that the trees remembered, about everything green and good in the world. The prince listened to the Queen’s words and contemplated her face, shining with fairy dust, absorbing her voice in wonder.

The next day came and went, and the prince and the Queen watched sadly the movement of the Sun across the sky and the rising of a beautiful silver-colored Full Moon. For they both felt an unexpected bond that had been forged between them, a bond that was to be broken when the day came to an end, one way or the other. The fairies gradually gathered around the throne with the arrival of twilight. And at dusk, with the lights of the faerie village lighting up in the distance, the Queen Fairy asked:

‘Have you already decided what are you offering me in exchange?’

-‘Yes, Your Majesty. Now I have decided’. And he knelt before her, before the entire Fairy Kingdom. ‘I offer you my heart. It is all I have, and more valuable than my kingdom, or my crown. Take it, for is yours, but in exchange for nothing. I no longer desire the strands of your plait, but tell me more about you, and what makes you laugh, before I’m gone forever.’

The Fairy Queen looked him in the eyes, while the faerie people held their breath. Then he could see in her beautiful eyes the same tenderness that he felt, the same connection that in a short time had become so strong. The Queen could see it clearly, a bright and indestructible braided thread that bounded them both. A bond that united two equal souls, stronger than the very roots of her land.

The Queen looked at the blue trees, listening for a moment to their voices, and at that moment three of the silver strands were released. And she herself with a magic pass cut all the others, leaving her free.

Everyone present looked at her in shock, and she turned and spoke to her people:

‘These trees are old enough. They are strong and wise, and they are firmly rooted in this powerful land. It’s time to change things up a bit. I think they can go on without me. ‘

‘But I want, and can, follow my heart.’

They married some time later in the witch’s cottage. The three strands with which she made the magic plait served to join their hands as they pronounced their vows, looking into each other’s eyes, the future and their destiny. They were the sovereigns of both kingdoms, which lived a prosperity and happiness never seen before.

The new couple planted some of the strands of the fairy plait in pots, to extend the enchanted forest beyond its limits. New silver leaves have already started to sprout in the pots. A beautiful new beginning.

The late flower

In the old days, when mankind was still innocent, and couples were forged in long engagements born from a shy courtship, a humble student would fall in love deeply, and also learn a valuable lesson.

The young man lived in a modest, two-floor little house, with a small balcony in the upper part, which leaded to a tiny studio composed only by a table, a chair, and four walls fully covered by books. Before he sighted his beloved lady, the young man devoted entirely, body and soul, to his studies, but he always found time for his friends, family and hobbies, specially to his dearest books.

One of his secret longings was to write the most moving story ever told. However, in the blink of an eye everything changed completely.

It happened that the student, one day looking out the window trying to get inspiration for his story, realized that his balcony was very cold, lonely, lacking in color. So, without thinking twice, he went out to buy a planter and some plants that were decorative and pleasing to the eye. The sun was shining brightly from the beginning of March and the student enjoyed the walk, just as he used to do when he went out to stretch his legs, feeling the warm rays on his pale skin. Smiling, he greeted the passers-by in the street, elegant gentlemen on the arm of refined ladies who carried colorful parasols with which to protect their marble faces.

The student finally acquired half a dozen hyacinth bulbs that promised to become spectacular flowers, and the young man sank them into the ground with this hope shining in the eyes.

Then he looked up and thought he was in a dream, or perhaps a mirage caused by the bright sun. Because that vision could not be of this world.

In front of his humble little house was another much larger, richer and more important one, where richer and more important people lived. The eldest daughter was a sixteen-spring beauty, with a face chiseled into pale skin with rosy cheeks, high cheekbones framed in golden curls, full lips, and aquamarine eyes that could melt frost. That morning she had come out on the balcony to arrange her exquisite roses, sheathed in a wonder of blue silk brought especially for her sixteenth birthday. And her slender waist girded by that dress that looked like flowing water made the student forget to breathe. Then the world stopped spinning for him, since it had a new king star to orbit around. She.

The young man suffered a change in his way of being. He stopped hanging out with his friends, paying attention to his relatives. He no longer read, he hardly ate, and the rays of the sun seemed cold to him compared to the radiant presence of his beloved, who he hoped to glimpse on the balcony, or in some window, perhaps a glorious piece of her peeking out from the curtains of the big house.

Days turned into weeks, and the student racked his brains for a way to make the splendid girl his own. Meanwhile, the hyacinths timidly appeared from their bed of soil. The six were gradually breaking their lilac outer cover, and dyeing a tender leaf of its cocoon with an intense green. During the weeks in which the bulbs became fat taking strength from the soil, the water and the sun, the student withered for love. He could only get a brief smile to see a beautiful morning to their little bulbs in bloom. But wow! All except one.

The last of the bulbs did not want to flower. Not yet. It was not prepared, because it needed much more time to fulfill its goal in life, to be a beautiful flower.

So, while the other hyacinths were putting on their finery in the spring sun, brightening the street with their vivid blue, pink, yellow, and orange colours, the unopened bulb didn’t even know what its colour would be, but it was sure it would be much more beautiful than the others. That it would dazzle everyone on the street, that it would be admired and desired to adorn the headdress of a young marriageable woman, the bouquet of a blushing bride, a lavish living room or perhaps the cradle of a beautiful baby.

The days passed slowly, and the young hyacinths grew taller and brighter, taking advantage of every drop of sun and every spark of rain and swaying in step with the spring breeze that made them sing. Not for the human ear, of course, but with a much sweeter voice. The little bulb missed all this, since it remained firmly closed, its tender leaves keeping its secret, taking time to dedicate it to each of its petals, to paint them in a color never seen before, to sculpt them superbly as the most dedicated artist.

The student saw spring pass in front of his balcony, but was not aware of its fertile beauty because he had found a way to approach the source of his sleeplessness and have the right to woo her. The young man was determined to finish his career before anyone else in his promotion, and title in hand, he would offer the girl a household and a standard of living comparable to that of her wealthy family, which he would pay for with his efforts. He finally shut himself up in his study and closed the doors on all distractions. He only cared for his hyacinths, hoping that they would draw her beloved’s attention to his window. In his feverish determination, he ended up losing his friends, greatly saddening his relatives, he stopped writing, walking and dreaming. He only studied and studied, but he no longer put heart to his profession. It was just a mean of achieving his goal.

His five hyacinths witnessed for him the height and departure of spring, which put them in their maximum splendour, feeling with pleasure in their leaves the mystery of full life, and in the course of the other seasons, with the already brown leaves, they slept dreaming of everything beautiful in the world, even if his world was a street. It was enough for them.

With the arrival of a new spring, they woke up again with renewed energy, and they watched expectantly the hatching of the last bulb, which finally felt ready. It was a magnificent shade of white with peach highlights. A real flower beauty that would make anyone who set his gaze on it sigh. The hyacinth was filled with pride and stretched its branches to life.

Meanwhile, the young man arrived at the studio, with the coveted title under his arm. He could already appear at his beloved’s house. Satisfied, he noticed the beauty of the late flower. It was the first one he cut for the bouquet of flowers that he would give to his beloved.

After hours of waiting, and when he was finally received at the neighboring house, he was informed that the young woman could not attend him under any circumstances since she was already promised to none other than a young man of the nobility. Someone who would not have worked in his life, but who would give her a title in exchange for being his rich, decorative wife.

The student left the house with his dreams shattered, realizing for the first time in a long year that he had wasted time that he would no longer recover chasing a chimera, regardless of how he lost things on the way, things as important as himself, having become a lonely shadow, a faint reflection of the vivacious young man of yesteryear.

Just like the late flower, who ended its day of existence in a garbage can with its brothers in the ill-fated bouquet, but who nevertheless had enjoyed the life it wanted to put off for a fatuous end.

Readers, do not postpone the enjoyment of life for fear or to achieve a goal since full life itself is the destination of a quick trip without a return ticket and a single stop.

Imagine…

Resting in a fold of the Interdimensional Motorway there is one of those curious holes (1) that connect two very different dimensions or realities (and at the same time, not so much): the Dimension of Imagination, and ours.

The Dimension of Imagination (or DimIm for friends, for lack of a better name), is the fabulous place where all those great stories that begin with “Once upon a time…”, “Somewhere in la Mancha…”, “Call me Ismael”, “In a hole in the ground there lived a Hobbit…”, “Episode IV. A New Hope” , come from.

The Dimension of Imagination, for those privileged who have access to it, is the place where Ideas live. All Ideas, that the human being has been able to conceive, or that in the future are going to materialize in someone’s mind.

Ideas are thinking entities, intelligent concepts living their lives, which do not take a definite form until they are looked at. That is, until someone imagines them. Let’s understand this as a very complicated Slit Experiment.

The Ideas Exist, regardless of whether humans create them or not. But some of them, wish to transcend beyond their ethereal and fluctuating reality and long to reach Earth. All ideas, scientific, musical, artistic, technological, literary… It is a very large country, the DimIm.

Ideas only reach the World if there is someone out of all the people who has the means in the head to act as a receiving antenna. Each Idea spends eternity in search of someone capable of making it possible. All of them wait more or less patiently until someone comes into the World who is in a suitable position to imagine them. If possible, the ideal person, who will make the Idea something great.

Inspiration, a comfortable place, will and time, are the necessary ingredients for the Idea to grow, take shape and flourish in the mind and hands of its crucible. It is Big Magic.

Ideas come to reality on Earth, but the Original Concept remains anchored in its original dimension, becoming more powerful the more you imagine it. Right now, the concept of Tormented Romantic Vampires has begun to lose strength. Thanks God. The riot was brewing.

The boundaries of the Dimension of Imagination are blurred, even more today, where everything is full of crossovers, collaborations, homages, featurings and others, and it’s so damn complicated to create something new, pure and original. Ideas are grouped by affinity, forming colonies and countries. Sometimes these countries are irretrievably fused or separated, like the Great Schism of Astronomy and Astrology, by irreconcilable differences.

The Country of Science borders the Country of Technology. At the limit arise ideas that sometimes are very theoretical but not so useful, and sometimes, very practical but unreasonable ideas. The Country of Symphonies lives in harmony with the rest of the territories of the Land of Art, a vast continent from which the most beautiful Ideas that mankind can harbor come out.

A small but powerful corner of the Dimension of Imagination is perhaps the most special of all. It is widely recognized throughout the world, as we all visit it once as children. And therefore, it is the most neglected and to some extent the most dangerous, if it is completely forgotten.

In this place coexist Ideas or Eternal Concepts, known by humans for a long, long time. It is the birthplace of, for example, the Concept of ‘Captive Princesses to Rescue’: in towers, in castle, in caves, at the bottom of the sea … to which more feminist ideas are finally arriving from places very far away.

Evil Queens, Wicked Stepmothers, Dark Sorcerers, Witches, Fairy Godmothers, Schooling Wizards at all levels … Talking Animals, Mad Scientists Locked in their Labs … the list is endless and as familiar as the back of your hand. At the end of the XIX century, Aliens began to appear on the border with the Country of Science Fiction. All of them green, or purple, reptilian, amphibious or octopusy. Because we are unable to imagine anything better.

From that place also come more abstract ideas, such as the disturbing obsession with Number Three: three musketeers, three brothers, three kings, three movies, three little pigs, past, present and future, the Holy Trinity … Ideas are complex, and some very old.

In this place, which throughout the History of Creativity has received many names, such as The Other Place, The Other Side, Faerie, the Land of Fairies, Middle Earth, the Land of Tales…

This story begins.

(1) This, of course, is the Black Hole Idea that comes to us directly from Science Fiction Country to the scripts of catastrophic film directors. It is that black hole that countless evil and / or crazy scientists can generate at will, comfortably transport it and drop it here and there to make pieces of continental crust disappear or travel in time and kill a prehistoric mosquito. It is that Black Hole at the entrance of another nice Wormhole, which becomes a vulgar shortcut in the Multiverse.

That Black Hole.

The Interdimensional Motorway

Everyone has at least a vague idea about the space and time. There are about 7000 million opinions on this matter, only in this corner of the Multiverse. Opinions about what the Universe is, how or who did it, and FOR WHAT, among many other important questions and issues.

Everyone lives in his or her own Reality, the sphere of action, his little universe that interacts with the closer ones, and not at all with those far away. One can feel a person very close to her very center, even if that person is a thousand kilometers away, in other country. Or to perceive a person in another galaxy, even if he is sitting next to you in the couch.

The universe of everyone is absolutely different from that of the guy next door, and can consist in work, family, cars, God, the Environment, books or Bonsai breeding.

Every person is the center of his or her universe. Everyone is secretly convinced (even if doesn’t say it) that Creation was made specifically for that one. And that is applicable to each of the individuals that compose all the dimensions, the real ones, and the imaginary ones.

On the other hand, we have the Time. That big pain in the ass. Time sucks. Everyone has problems with time. Everyone lacks time. Everyone wastes time. An excess of time can kill you. Everyone travels along his timeline like in a motorway, without bumps, jumps or setbacks. Almost always.

We move linearly in the regular 3+1 dimensions, completely unaware of the truth out there.

(Here we are not interested about the Truth. Many people devoted their lives to solve such matter, inconclusively. Our truth is much funnier)

And the truth out there, is that there are much more dimensions apart from those that we know. Such disparate realities that a sane mind is unable to imagine. Those are, indeed, the Parallel Universes.

Most of people has ever listened about the Parallel Universes (it is very difficult nowadays to invent something new). Many of those theories are about versions of each individual replicated in the other realities but for example, being a master of surf, a king, or merely interesting.

If you ask me, I am not so sure about this. Statistically speaking (because you can get that stats always say what you want) what is most probable is that my most similar twin over there has purple tentacles in the head.

So, as I was saying, no one can alter his course by the 3+1 usual dimensions. Not really. Almost no one.

Generally.

Let’s say that there is one way, only one, of skipping all the boring physics protocols and travel between the Parallel Universes.

I am speaking. of course, about the Interdimensional Motorway.

We can imagine the Interdimensional Motorway as a dizzying and infinite flow of transparent, crossed, bundled and intermingled lanes, along which rides that matter more or less intelligent that dominates the interdimensional travels.

The Interdimensional Motorway

In the Interdimensional Motorway (or IM), at speeds of about 4c (four times the speed of light, the road traffic rules must be respected) one jumps from one Universe to another and from one Dimension to another, through this peace of reality that doesn’t respect at all the laws of the most conventional physics.

The IM is not lineal and has no intention of being that. If we watch at it from our ordinary reference system we see it from the front, next is sideways, and at the same time it dilates and disappears, and the same happens to the different parallel dimensions that drags with it. Some of them at any given time are infinitely separated, and next they touch each other at various points. Some of those points have sense of humor.

One can not simply walk in the IM. Of course not. It is needed a special vehicle.

For example, a witch’s broom.

How such object is capable to sneak in there (and is allowed to stay) is a matter of another post 🙂

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