El castillo maldito

Decían de aquel castillo que  jamás había sido conquistado. Aquello era cierto sólo en parte. Lo que en realidad sucedió fue mucho más rocambolesco de lo que la gente estaba dispuesta a creer. La verdad de lo que ocurrió, si alguien la supo, permaneció oculta con el devenir de los siglos, hasta que sus muros en ruinas me la susurraron cuando pisé sus antiquísimas piedras. 

El castillo era en verdad una fortaleza inexpugnable, y así hubiese permanecido de no haber sido por un traidor. El villano abrió una puerta secreta, apenas una hendidura en el muro de sólida roca que muy pocos conocían o ya habían olvidado, y por aquel agujero penetró el rastrero ejército enemigo, dispuesto a masacrar sin cuartel. Una vez cobrada su felonía, el traidor sin nombre se perdió en la noche con un hatillo y los gritos de alarma resonando en la lejanía. 

Los soldados del castillo lo defendieron con valentía y honor, pero jamás tuvieron su oportunidad. Los superaban en número y los cogieron desprevenidos. Los aceros entrechocaron y la sangre tiñó de rojo las piedras que ya eran centenarias cuando todo esto ocurrió. 

Cuando cayó el señor del castillo, su hija mayor, que practicaba las artes mágicas perdió toda esperanza, contemplando desde su balcón cómo apenas quedaban ya con vida los soldados de su padre. Entonces se retiró al extremo más alejado de la estancia. Susurró su maldición cuando los invasores derribaron la puerta de la torre del homenaje, momentos antes de tomar el venero que tenía oculto en un hueco del muro de sus aposentos. 

Cuando las arañas llegaron ella ya no estaba allí para verlo, pero cumplieron con su voluntad. Extinguieron con rapidez toda vida remanente en el castillo, los pocos supervivientes a la batalla, e incluso animales y plantas. 

A la mañana siguiente no quedaba nada ni nadie, ni siquiera huesos o ropajes. El castillo quedó completamente vacío, para consternación de los aldeanos, que no se explicaban qué podía haber ocurrido. Tan sólo habían escuchado el estruendo de la trifulca a altas horas de la madrugada, y luego el silencio más absoluto. Aquellos pocos, viejos en su mayoría, que podían recordar las leyendas acerca de unas espantosas criaturas que bien serían capaces de tal estrago, que podían anidar durante años y siglos en lo más profundo de los bosques fueron instados a callarse, pues nadie quería dejar siquiera un resquicio a la creencia de que tales bestias, sobrenaturales y terribles anduviesen por aquellas tierras. 

Así pues, el castillo quedó deshabitado y abandonado durante años y años, y con el tiempo el misterio de lo ocurrido aquella aciaga noche pasó al olvido. Mucho tiempo después declararon el lugar monumento y bien local, y se llenó de turistas, que deambularon por estancias derruidas y aposentos sólo reconocibles por los cimientos, mirando con curiosidad pedazos de madera desperdigada por aquí y allá, con una textura muy extraña, como de tela de araña.

El pequeño espantapájaros

Chulilla, 23 de enero de 2021

Es el relato que el lugar me inspiró , el mismo que todas las villas medievales me susurran. Quizás por una obsesión personal, un recuerdo que no es mío del todo o porque todos los pueblos tienen historias similares que contar.

La muchacha salvó la baranda de un salto, y siguió corriendo calle abajo. Sus perseguidores la habían perdido de vista por un momento en la madeja de callejones del pueblo, pero los escuchaba pisarle los talones. El Sol hacía un rato que se había puesto y corría casi a tientas desesperadamente en busca de un refugio. Pero no lo había. Todos los habitantes del pueblo le habían cerrado sus puertas y escuchaban la cacería tras los postigos sellados, o se encontraban entre los perseguidores, portando horcas, hoces y antorchas. La joven estaba exhausta. Desde que habían prendido fuego a su cabaña hacía tres días sólo había encontrado un momento de descanso escondida en la caseta del molino de agua, pero el viejo lechero la había visto y la hicieron salir para ajustarle las cuentas de una vez por todas.

Escuchaba a la turba acercarse, agazapada tras una de las chozas con paredes encaladas, y podía oler el fuego de las antorchas con las que sin duda pretendían encender la hoguera bajo sus pies. Tragó saliva y reemprendió su frenética carrera. Consideró esconderse en las cuevas, pero lo descartó al instante. Allí sería donde primero la buscarían, y no habría escapatoria posible. Siguió corriendo, resollando, casi sin aliento. Apenas notaba los guijarros bajo sus maltrechos pies, tan sólo sentía su corazón retumbando aterrado entre sus costillas, recordándole que todavía estaba viva, que todavía no la habían cogido.

Echó la vista atrás para ver dónde quedaba la turba, y entonces tropezó con un montón de macetas enfrente de una casa y cayó. Trató de levantarse, pero el agotamiento y algo que vio la hicieron detenerse: un pequeño espantapájaros, no mayor que la palma de la mano, hecho con unos trapos y unas cañas, a todas luces por un niño. Lo habían puesto en una de las macetas para proteger el sembrado, pero resultaba más ornamental que amenazador para los pájaros.

La muchacha cerró los ojos mientras lágrimas de rabia caían por sus mejillas. Con la de veces que había procurado por aquel ingrato pueblo. Las incontables ocasiones en las que había sanado a sus hijos, la de veces que sin saberlo había bendecido sus cultivos y hallado sus pertenencias extraviadas. Jamás les había causado daño alguno. Nunca, aun pudiendo. Y no había sido ella, en absoluto, la que había traído aquella sequía horrorosa. Al contrario. Si supieran… ay, si supieran.

Y entonces tomó la decisión. No la cogerían viva. Ni hablar. Jamás permitiría que le hicieran lo que a la vieja Ruth, vecina suya cuando ella era una niña. Se levantó de entre las macetas rotas y siguió su camino, dejando un pequeño rastro de sangre tras de sí. Iba barruntando el conjuro que le ahorraría su aciago final, un encantamiento que de atreverse a realizarlo no tendría vuelta atrás. Llegó a una pequeña terraza natural suspendida sobre el barranco en el que alzaba el pueblo. Allí tenía todo lo necesario, y lo haría ahí mismo, con el castillo de fondo como único testigo. Rápida como el pensamiento recogió romero, tomillo y brezo, y extrajo de su cinto sal, ruda y aceite de lavanda. Ya les escuchaba acercarse, estaban muy cerca, tan cerca… pero no lo bastante.

Cuando la turba llegó y se dispersó por el lugar no había rastro de la joven. La terraza estaba vacía, salvo por un gato negro que los observaba con el pelaje erizado, al pie de un pelele de colores que miraba hacia el abismo. Hicieron lo propio y se asomaron al barranco, esperando verla al fondo del risco o suspendida de una de las ramas sobre el vacío. Pero no, era como si se hubiera desvanecido en el aire, que olía fuertemente a romero. La maldijeron por habérseles escapado, y poco a poco fueron abandonando el lugar, con la brisa nocturna meciendo las ramas de un hermoso roble joven, orientado hacia las montañas y el imponente paisaje, bajo un cielo infinito en el que brillaban las primeras estrellas. Entre las raíces del árbol había una muñeca con la forma de un pequeño espantapájaros.

Leyendas vivas

Cae la noche del 24 de diciembre. Las primeras ráfagas invernales bajan de las montañas y hacen vibrar las ventanas de una vivienda, adornada como todos los años. Sobre la chimenea penden calcetines de colores. El belén en un rincón, inspira el cariño por la tradición, la familia unida y la fe. Y por supuesto, el Árbol de Navidad, magnífico con todo el espumillón y los adornos, antiguos y nuevos. La mesa, ricamente decorada con candelabros y velones, sobre un mantel con ribetes dorados, muestra los restos de la opípara cena de Nochebuena, con los platos a medio recoger.

En el salón ya no queda casi nadie, todos los comensales se han retirado a sus respectivas casas a aguardar a la mañana de Navidad y la familia al completo duerme. Todos, salvo una persona. Una jovencita, la hija mayor de la casa, está sentada en el sofá y escribe en su ordenador portátil sin parar. Tiene que acabar, es preciso, antes de que llegue la Navidad. Sin embargo, el cansancio finalmente la vence y cae rendida, profundamente dormida.

Entonces, se produce una ondulación en el aire y las velas de la mesa, que hace rato se habían apagado, se encienden repentinamente. En la chimenea tras el Árbol de Navidad, se escucha un ruido muy raro. Suena algo así como:

– Osti, ja l’he fet bona. Aquesta mena da planta da plàstic no és el Carib. Quin fàstic.

Y entonces un segundo murmullo, o más bien una cacofonía de ellos, se suma al primero.

– ¡Ah! ¡Por la mía barbiña! ¿Qué haces tú ocupando la salidiña?

– Que corriga l’aire, oi? Eh, però, qué és aixó …? Au!

– Kaixo bestias! ¡Kitaros de en medio, pero!

– Mou-te tu, Entsumapixums (1)!

– Ahí ba la hostia, joan hadi ipurtzulotik hartzera (2).

– Que me’n vagi on???

Y ruido de peleas. Y tacos varios en vasco, catalán y gallego. Entonces el Árbol de Navidad se tambalea peligrosamente, cuando la puerta de la chimenea se abre, poniendo el suelo un poco perdido de escarcha, de carbón y de castañas.

Olentzero

– Ay amaaa… ¡Ke sus vayáis os digo! ¡Es mi turno! – dice alguien con un vozarrón capaz de hacer retumbar cordilleras.

– No et rebotis tu, oi, carallot? Que jo sols m’he perdut de camí a les meves vacances.

– ¿Y te ha entrado una urgencia? Digo, porke como vas con los kalzones por los suelos…

– Hay que ver, los tiempus modernus, qué feiño es este árbul porquiño de plásticu… ¿Y tú no te puedes tapar las vergüenciñas?

El Caganer. Fuente: Barcelona Secreta

– Jo sóc el Caganer! Sóc part vital al Betlem, jo! – declama mirando a sus pies debido a la inclinación de su espinazo.

– Kaixo!! ¡Pero, lehengusu, primo! ¡Ke no te había rekonocido! ¡Si es mi kerido Tientapanzas! – dice el del vozarrón.

– Apalpadoiro si no te importa, Olentzero, vieju. ¿Llego tarde? Siéntolu y laméntolu.

Entonces otras cosas bajan por la chimenea y aterrizan con un alarido y varios sacos, en medio del salón y de un montón de leyendas navideñas.

– ¡Cerrad la puertoa, ke entran bitxos!

– Oh my God! ¿Pero qué es estou, my friends? Ho, ho, ho, ¡cuanta gente!

– Scheisse (3)!

– Porca miseria! Levati de encima, ¡so grasso!

La Befana

– Lleva’t de damunt, cagabandúrries! Cap d’ase, desvirga-gallines (4)!

– ¡Mal raio che parta, palabreiro!

– Ho, ho, ho help!

– Signore, vaya usted a palparse los piccolini così lontano!

– Perdone siñorina, es la costumbre (5). ¡Demoños, si es una meiga! ¡Lagarto, lagarto!

– ¡Kabenzotz! ¡Pero si llegan más!

Finalmente asoman las reales cabezas por la chimenea tres figuras, sin atreverse del todo a entrar y deshacer el lío de sacos, gorros, bastones, miembros enredados y una escoba voladora.

Los Reyes Magos. Ilustración de Richard Hook

– ¿Sabéis quiénes son todos esos?

– Ni idea. A ver, hay por lo menos tres gordos…

– Al de rojo ya le conocemos…

Sankt Nikolaus. Fuente: National Geographic

– Sí. Pero a la bruja mafiosa, no, y al enanito con los calzoncillos bajados, tampoco. Oye, no se irá a … ¿aquí mismo?

– ¿Vosotros sabíais que en Navidad se juntase toda esta fauna?

– ¿A quiénes llamáis vosotrus fauna, carallo?

– Aixó, qué hi feu vosaltres aquí, oi?

– Nostros venimos a traer lo que nos han pedido.

– Y antes de tiempo, además. Es un pedido urgente.

– ¿El qué?

– Una tesis doctoral acabada.

– ¡Ké kasualidad! ¡También yo!

– Me too!

– Io también!

– Ich auch. Hat sie uns dasselbe gefragt?

– ¿Qué ha dicho el Nikolaus?

– Creo que: ‘Y los hamsters se llevan en frac’.

– Jo anava al Carib, peró… Ara que ho dius… – dijo el Caganer.

Entonces se vuelve, rebusca en las profundidades de su atuendo y saca de no se sabe dónde un tronco.

– ¿Un leño? ¿Te han pedido que traigas un leño?

– ¡Per favor! Aquest és el Tió de Nadal. És tot un símbol! De la llar, del foc, de la terra. Es farceix durant l’Advent, i la nit del 24 de desembre regala els últims presents del any.

Todos contemplan atónitos cómo el Caganer le arrea un par de barrazos solemnes al Tió, y cómo el leño deja caer pan seco, turrón, frutos secos, mandarinas y… una tesis doctoral.

– Oye, ¿ese tronco se acaba de ciscar?

Todos miran a la vez sus encargos y a la joven dormida, con el ordenador todavía encendido a sus pies. Se quedan todos callados un momento, y entonces el Apalpador rompe el silencio.

– ¡Bueeeno! ¿A quién le apetecen unas castañas y un poquiño de sidra?

Y la pintoresca compañía desaparece, dejando su particular rastro y un eco de risas. A la mañana siguiente, la joven estudiante mirará en su ordenador, y no va a poder creerse lo que va a encontrar en él.

(1) A usted le gusta esnifar pis señor.

(2) Me han asegurado que significa “vete a herrar ocas”.

(3) ¡Mierda!

(4) Váyase usted a freír monas un ratito, si no tiene inconveniente, pedazo de burro y… intraducible y no recomendado para mayores de 13 años.

(5) El viejo Apalpador, de oficio carbonero como su primo vasco el Olentzero (6), conseguía en los soutos la madera con la que tallaba juguetes para los niños y niñas. La noche de Navidad bajaba de las devesas y entraba a escondidas en las casas. Entonces, se acercaba a ellos y les palpaba la barriga para ver si estaban bien alimentados. Si estaban llenas decía su conjuro – “Así, así esteas todo el año” (“Así, asi estés todo el año”) – si no, no decía nada, pero a todos les dejaba un puñado de castañas y alguno de sus juguetes.

(6) Olentzero, Olentzaro u Olantzaro es un personaje navarro de la tradición navideña vasca. Se trata de un carbonero mitológico que trae los regalos el día de Navidad en los hogares del área geográfica y cultural denominada Euskal Herria, conformada por el País Vasco y Navarra y el País Vasco francés. Su origen está en la zona de Lesaca (Navarra).

{AVANCE}

¿Qué chica no sueña con ser princesa? Levantarse un día de la cama y descubrir que en un suntuoso palacio la esperan a una, para cubrirla de finas galas y coronar el atuendo con una deslumbrante tiara de diamantes.

Bueno, lo de casi todas es fantasía pura, que se evapora más o menos con la edad. Mas, yo sí conocí a una princesa perdida que vivió el sueño, y os puedo asegurar, que lo interesante es lo que hizo después de despertar.

{Texto completo próximamente }

Tocar la Luna

Publicado en el Número 23 de la Revista Papenfuss , ‘Especial Recuerdos’

Publicación en Papenfuss Num.23

Las intrépidas astronautas ‘las Hermanas’ al frente de la imponente nave ‘la Nocturna’, equipada con la última tecnología de viajes espaciales, encabezan la misión más importante de sus carreras. Su objetivo: conquistar la Luna. La Hermana Comandante a los mandos, con su vasta experiencia de cuatro años, dirige con destreza la Astronave hacia el espacio exterior. A su vez, la Hermana en Jefe gobierna con mano de hierro los entresijos de ‘la Nocturna’. Desde hace ocho años comanda tripulación y pasajeros haciendo que todo marche a la perfección, y la conquista de la Luna pondrá el broche de oro a su impecable trayectoria profesional.

Fuente: Papenfuss Num.23

La misión va a dar comienzo. La Hermana en Jefe inicia el protocolo de lanzamiento.

-Hermana Comandante, ¿combustible?

-¿Qué?

Que si hay combustible suficiente para la misión.

-¿Qué es combustible?

Gasolina. Como lo que le pone papá al coche para que funcione, pero mucha.

-Ah, sí. Sí que tenemos.

-Tienes que decir: check.

-¿Check?

-Check, sí.

-Vale, check entonces.

-¿Víveres?

-¿Qué?

-Comida, que si hay comida.

-Ah, ya. Sí. Digo, check.

-¿Agua corriente y moliente?

-Claro.

-Check.

-Check, vale.

-Entonces, ¡estamos listos para despegar! T-5000 segundos… T-1000 segundos…

-¿Qué haces?

-Cuento.

-¿El qué?

-El tiempo que queda para que salga la Astronave hacia el espacio.

-Ah. ¿Puedo contar yo también?

-Eh, claro. Pero tú conduces la nave, eso es lo más importante. Y, además, aún no sabes contar bien.

-Puedo contar hasta que salga el cohete. Y si hay que contar más, entonces este es un juego muy aburrido.

-También es verdad.

¡Encendiendo motores! El ruido ensordece a todos los que han acudido a ver el despegue. Y ‘la Nocturna’ se eleva en medio de una gran nube de humo, llamas, y la explosión de los propulsores a toda potencia!

-¡Roooooaaaarrrrrr!

-¡Roooooaaarrrrrrrrrr!

-¡Allá va! ¡’La Nocturna’ pone rumbo a la Luna! Ya pueden avistarla en medio de la negrura del espacio exterior. Es redonda, grande, perfecta toda ella, brillando con su resplandor dorado, rodeada de estrellas.

Fuente: Papenfuss Num.23

-Hala, sí, qué bonita.

¡Las Hermanas van a conquistar las estrellas!

-Pero oye, ¿por qué vamos a la Luna?

-¿Cómo que por qué?

-Sí, ¿ahí qué hay?

Eh, pues, unicornios rosas.

-¿De verdad?

-Claro.

-¿Y gatos?

-Por supuesto, está lleno de gatos, ¡todos los que quieras! Todos los gatitos que se escapan de casa se van a la Luna.

Fuente: Papenfuss Num.23

-Ah, vale. Entonces ya quiero ir.

Hermana Comandante, ¡mantenga el rumbo!

Sí, pero es que tengo que ir a hacer pipí…

Hum, vale, pero luego vuelves y mantienes el rumbo.

La misión va viento en popa. ‘La Nocturna’ se dirige rauda a su destino, y la Luna se ve más y más grande a medida que la nave se acerca a la superficie.

Pero entonces, las cosas se tuercen.

-¡Hermana Comandante! ¡Tenemos un problema! No hay suficientes víveres, ¡y la tripulación está furiosa!

-Pues dales Cola-Cao, ¿no? Hay un montón, que papá compró el paquete de la Baticao.

Tienes razón, Hermana Comandante, ¡espero así poder contenerlos!

-¿Qué es eso?

-Es nuestro cuaderno de bitácora. Aquí tengo que apuntar las incidencias de la misión.

-¿Pero eso no era tu diario? ¿Me vas a dejar leerlo?

-Hermana Comandante, ¡mantenga la atención en los mandos!

-Hum, nunca me dejas leer tu diario, hum…

-Hermana Comandante, ¡murmurar no es propio de una astronauta de su categoría! ¡Y tenemos otro problema! ¡Los pasajeros! ¡Que ahora dicen que quieren sus camarotes con vistas al mar!

-Vale.

-¿Cómo que vale? ¡No hay mar en el espacio!

Si desde la playa se ve la Luna, desde la Luna también se verá la playa.

-Creo que eso no va así, pero ¡bien pensado, Hermana Comandante!

-Claro.

-¡Oh no! ¡No puede ser!

-¿Qué pasa ahora?

-¡La tripulación! Que dicen que no están conformes con el Cola-Cao. ¡Quieren Nesquik, y lo quieren ya! ¡Están rabiosos, vienen hacia aquí! ¡Los oigo llegar y aporrear las puertas de la cabina de mando! ¡Motín! ¡Oh no! ¡Motíiin!

-Pero, ¿aún estáis despiertas? A dormir, ¡que mañana hay cole! ¡No son estas horas de jugar!

-Vaaalee… Buenas noches, mamá.

-Venga, ¿estás bien tapadita? Qué manera de desvelar a tu hermana pequeña.

-Mami, ¡hemos ido al espacio!

-Sí, pero nos has interrumpido antes de poder tocar la Luna.

-Qué cosas tenéis. ¿Qué les has hecho a las sábanas? Mañana continuáis y llegáis hasta Saturno. Pero durante el día, antes de cenar.

-Saturno. ¿Dónde está eso?

-Sí, ¿se ve desde la playa?

Fuente: Papenfuss Num.23

-Venga ya vale, ¡buenas noches niñas! ¿Os dejo la lamparita de noche encendida? Creía que habíais dicho que sois ya mayores para usarla…

-Mamá, ¡no toques la Luna!

La planta prodigiosa

Doy fe al lector que se adentre en estas páginas, de que el escrito que tiene en sus manos es cuanto menos insólito. Se trata de la transcripción de unos pergaminos de incalculable valor escritos por los Monjes del Antiguo Mu. Éstos son una orden de místicos que desde el origen de los tiempos viven apartados del resto de la civilización, según sus propias doctrinas y cronología, en un enclave muy secreto.  Se sabe muy poco de ellos, salvo algún dato geográfico indefinido y que viven y trabajan a la manera de los antiguos. No obstante, un confidente infiltrado con indudable riesgo para su salud, nos ha hecho llegar los pergaminos por mor del enriquecimiento de la civilización occidental.

Los originales de los documentos que tiene el lector en sus manos datan del año 329 de la Era del Escorpión Retorcido, y en ellos, aquellos monjes aislados del resto de la humanidad, relataron el testimonio de las aventuras y desventuras a lo largo de los tiempos de un ser peculiar en todo el planeta.

Dicho ser particular es … una planta. Un organismo vegetal por el que se sucedieron batallas, grandes pasiones y micciones regulares, según los Monjes del Antiguo Mu de la Era del Escorpión Retorcido.

Traducido lo más fielmente posible a la lengua castellana desde su complicado dialecto, y habiéndose conservado en lo posible la ortogramática y la idiosincrasia original para análisis y divertimento del lector, el testimonio del monje anónimo reza como sigue (con la traducción sospechamos que se ha perdido algo de contenido, pero aseveramos que lo hemos entendido todo correctamente).

Rogamos que no se asuste.

Día 5 del Mes del Azulejo Granívoro:

Hete aquí que tengo en mis manos un arbustae de la familia de las assam-icas, de follias medio ovaladas medio aserradas, de color verde como el del rostro del hermano Chu-Lin cuando se le indigestan las acelgas. Las floraes son blancas de cuatro pétalos con el centro amarillo y las fuertes raíces se agarran a la tierra con una determinación como la del hermano Chu-Lin cuando se agarra al retrete. El plantae es de lo más interesante, peculiar y misterioso, y vamos a estudiarlo con todas las técnicas sumamente místicas y secretas que nos, los sagrados siervos del Divino Mu perdidos en mitad de la nada que… digo, enclavados en lo alto de la Montaña Eiiiaggallaröjuy, volcán en activo, poseemos y transmitimos de generación en generación.

Día 7 del Mes del Azulejo Granívoro:

He empezado a trabajar con el plantae. El hermano Lu-Ni me ha traído una solución de catorce carbonos con dieciocho hidrógenos, y dos nitrógenos con cinco oxígenos con la que pretendemos hacer “cantar” al folliaje. Dicen las ancestrales escrituras que hace justo eso, cantar. Los antiguos en numerosas ocasiones no dejaban nada claro con su lenguaje harto ambiguo. Me tomo un descanso mientras medito en solitario viaje por los parajes del Eiiiaggallaröjuy, cuyo nombre explica perfectamente que puede explotar en cualquier momento. Dejo el plantae un mes sumergidas sus fuertes raíces en la solución de catorce carbonos con dieciocho hidrógenos, y dos nitrógenos con cinco oxígenos, para despertar sus taninos, serotoninos y cuerdae vocale. Después, con nuestros más secretos rituales, cánticos, rezos y murmuraciones procederemos a conectar filosóficamente, plantae y nos.

Monje budista. Fuente: salir.com

Día 10 del Mes del Colibrí Colorado:

Divino Mu. Qué hemos hecho. Los antiguos, que el Divino Mu tenga en el fondo del Eiiiaggallaröjuy, no explicaron bien qué era esto de “cantar”. El plantae ha aprendido a hablar y no se ha callado. Nunca, en más de un mes. Eones de plantaes silenciosos pesan sobre su pequeña y vegetal esencia y tiene mucho que decir. Me duelen todos los miembros de transcribirlo todo. En ocasiones me dan ganas de arrancarle todos SUS miembros, tan verdecitos y locuaces todos ellos.

Esto es un resumen de todo aquello que ha dicho hasta ahora en su extraña jerigonza la malnac… el pequeño milagro vegetal, en un coro de vocecillas irritantes, tantas como follias tiene, así como mis réplicas, tan pacíficas y zenes como se puede esperar de un sagrado siervo del Divino Mu que NO alberga instintos asesinos:

Ouuuaaah, ¡buenos días! Oye, qué calvo te vemos, no te vendrían nada mal unas cuantas hojas ahí arriba. Qué bonito es esto, ¿no? Oye, ¿por qué sale humo de esa montaña tan rara de ahí arriba?

Eso es el Sagrado Monte Eiiiaggallaröjuy, un poderoso volcán activo. Nos gusta estar cerca de los regüeldos del dios.

Aaaah, qué interesante. Y qué raro. Vale otra cosa, nos ha encantado esto que nos has puesto para comer. Queremos más. Mucho más. Ya no podemos vivir sin esta sustancia tan deliciosa. Creemos que en los años venideros haremos muy buenas migas, nuestra esencia y la suya (*). Oye, de verdad de verdad que te quedaría mucho mejor algo más de vegetación en la testa. Nos aburrimos, ¿por qué nos has despertado tan pronto? Pregunta, ¿qué quieres saber? Dispara, que queremos volvernos a dormir. Y un tanque de esa cosa dulce, si no te importa, por favor.

Mmmm… No-te-importa-mi-pelo-muchas-gracias. Nos, los humildes siervos del Divino Mu, queremos saber, para conocimiento de las naciones venideras, tu nombre, oh plantae desconocido, tus propiedades, tu origen y el testimonio de tu paso por el mundo, para que quede escrito en el sitio donde están escritas las cosas.

Ah, ¿sólo eso quieres? Bueno, entonces tenemos para rato, esperamos que no tengas nada mejor que hacer. Nuestro nombre completo es algo que tendrás que ganarte, porque somos una variedad sumamente rara y preciada, muy diferente al resto de nuestras hermanas menores. De momento conténtate con que en la transliteración antigua Peh-Reh-Jil de la lengua de nuestra tierra, nuestra asombrosa estirpe se conoce comúnmente como Té.

Camelia sinensis

¿Y de dónde viene vuestra asombrosa estirpe?

A eso iba, paciencia, nuestro buen calvorota. Venimos de la tierra del Sol Naciente, donde las civilizaciones más antiguas del planeta ya hablaban maravillas de nosotras, de nuestras magníficas propiedades y centenares de hombres partieron en nuestra búsqueda, porque éramos más valiosas que el jade. Somos más verdes que el jade.

Glumpf. Tenéis una alta opinión de vosotras mismas. ¿Y decís que hace tantísimo que se conocen vuestras propiedades?

Por supuestísimo, oye. El legendario emperador Shennong afirmó hace miles de años que nuestras infusiones tenían el poder de curar el cansancio, tumores, abscesos y problemas de vejiga.

¡Vaya! ¿De verdad?

Y tanto, el legendario emperador Shennong tenía todo eso, y también cierta tendencia a la irritabilidad. Es lo que pasa cuando no puedes hacer pis felizmente, y no hablemos de poder sentars… ¡FLUP! … ¡Oye! ¡Que eso es nuestro! ¿Por qué, en nombre de todos los inframundos, nos arrancas?

Es que yo también tengo un absceso y sentarse es de lo más incómodo…

Pues inventas los cojines ergonómicos. ¡FLUP! … ¡Que dejes nuestras hojas en paz!

Vale, vale, continuad, os lo ruego.

Las manazas quietas. Bueno, después de que nuestras asombrosas propiedades se conocieran allende los mares, otra poderosa civilización quiso venir a por algunas de nosotras, y montaron sobre grandes elefantes para cruzar las altísimas cadenas montañosas en pos de la planta milagrosa que…

Creía que lo de los elefantes había sido por otra cosa.

¿Quién estaba ahí, tú o nosotras? Haz el favor de callarte o cerramos las bocas.

Ya-me-gustaría-a-mí-verlo … No, por favor, seguid, seguid.

Aníbal cruzando los Alpes. Fuente: Academiaplay.es

Y de camino se encontraron con otros que gritaban cosas como ¡por Júpiter! Y ¡por Saturno! Y las primeras grandes batallas se sucedieron para dirimir quién se quedaba con la planta sagrada.

¿Pero aquella lucha no fue por la conquista de Roma?

¡Fue por NUESTRA conquista! Si no, ¡díselo a las pobres hermanas que murieron para solucionar la halitosis del César!

Asombroso. ¿Y qué pasó luego?

Luego, viajamos en el zurrón de un druida hasta unas islas más al Norte de lo que habíamos estado jamás, y en esas islas habrían de apreciarnos como en ningún otro lugar de los cinco continentes, por nuestro sabor y textura junto con el agua hervida que tanto les gusta, hasta el punto de que dejaban de luchar contra los invasores que seguían gritando ¡por Júpiter! a las cinco de la tarde, para tomar una tacita de delicioso yo.

Ejército romano

¿Así que ya habéis estado en Gran Bretaña?

Por aquél entonces se llamaba Britannia. Pero sí, y aquella civilización fue finalmente conquistada y perdida, pero nosotras perduramos con los siglos, y llegamos a manos de los Templarios.

¿Los mismísimos Templarios?

Claro. ¿Sabes quiénes fueron?

Lo que sabe todo el mundo. Se supone que fueron una poderosa orden militar cristiana que protegía a los peregrinos a Jerusalén en las primeras Cruzadas… y existe la leyenda de que en Tierra Santa buscaban el Santo Grial… Espera. A ver si adivino. ¿A que no había tal Grial?

Exacto. También éramos nosotras el objeto de deseo de la Orden del Temple.

¿Cómo es posible…?

Bueno, desde la traducción de nuestro nombre en chino mandarín “Chá” al hebreo antiguo, de ahí a la lengua de los sarracenos (a los que también gustamos) y de ahí al latín indoeuropeo y de ahí a las variantes románicas… se pierden cosas.

¿¡Entonces el TÉ es el Santo Grial!? ¡Hay que reescribir la Historia entera! ¡Hermano Mu-Shu! ¡Trae el Códice Grandísimo del scriptorium!

Ejército Templario. Fuente: abc.es

Pero espera, ¡que aún no hemos acabado de contarte nuestra historia!

No, si ya sé cómo acaba. Ahora me diréis que los grandes conquistadores que partieron allende los mares en una peligrosa ruta hacia las Indias fueron para encontraros y llevaros al fin a Europa, ¿verdad?

¿Cómo lo has sabido?

Intuición de monje que ha visto y oído demasiado. Necesito inventar las vacaciones remuneradas. Debemos transcribir todo esto antes de que se pierda. Pero primero, ¿Nos diréis qué tipo de té tan especial sois?

Bueno, creemos que os lo habéis ganado. Como sabes, somos la Camellia Sirensis, “Té” para los modernos, de la rara variedad de… ¡FLUP!

¡Hermano Mu-Shu! ¿¡Qué has hecho!?

Es que yo también tengo un absceso y hace rato que este plantae charlatán no me deja dormir. Quiero comprobar si también funciona para el insomnio.

¿Plantae? Hola, ¿¡Plantae!? Perdonadnos, os lo ruego. El infractor será sacrificado por vuestro perdón. ¿Hola? ¿Ahora os calláis, en serio? Hermano Mu-Shu, vete un rato a rastrillar arena o lo que quieras y apártate de mi vista, o te mando de retiro perpetuo al fondo del Eiiiaggallaröjuy.

Y ya está, no nos ha llegado a nuestra civilización más información acerca de este desconocido “tê à tê” interespecie. Los traductores del manuscrito confiamos en que el monje anónimo no fuese demasiado duro con su compadre y que acomodase con esmero al plantae… digo, a la planta de té en un lugar confortable con vistas a un Eiiiaggallaröjuy en calma, y con una buena provisión de catorce carbonos con dieciocho hidrógenos, y dos nitrógenos con cinco oxígenos. Esperamos además que el lector de estas páginas haga buen uso de aquello que aquí ha sido revelado. Y le deseamos mucha suerte si emprende su propia búsqueda personal de tan especial variedad de té tal y como hicieron grandes personalidades, ficticias o no, a través de los tiempos.

Escrito a dos manos

Para Lucas.

Carlota se sienta en la misma mesa de siempre. Le gusta cómo el Sol entra por el gran ventanal de la cafetería, calentándole el ánimo y un lado de la cara. Ahí es donde ella se sienta a escribir, siempre con su estilográfica y su cuaderno Paperblanks. Tampoco le faltan nunca un pedazo de la tarta de zanahoria de la casa y un café americano con un terrón de azúcar. En esta mesa ella escribe de todo, mientras espera a que se le ocurra algo realmente bueno, y cumplir su sueño de convertirse en novelista.

Abre el nuevo cuaderno por la primera página, mientras acaricia y admira la cubierta. Es roja con filigranas doradas en relieve. Tiene ideas muy firmes acerca de la inspiración y las formas de convocarla, a poder ser con estilo y elegancia. Y orden, sobre todo orden.

Carlota echa una ojeada al ambiente chic de la cafetería. Hay varias mesas ocupadas por jóvenes conversando animadamente, o trabajando en portátiles y tabletas, aislados del mundo por enormes auriculares. El aroma de las bebidas calientes se mezcla con la de su americano, que huele intensamente al mejor café arábica. Carlota aspira su olor, toma un sorbo y comienza a escribir.

Es un relato sobre la expresión literaria y sobre la magia de contar historias. Es un escrito también de misterio que mantiene la intriga hasta el final. Es también, por supuesto, una historia de amor. Al menos es todo ello en su mente.

La escritura de Carlota fluye mientras su pluma rasga la página al ritmo de sus pensamientos. Hasta que éstos dejan de fluir. Ha definido los personajes, su entorno y sus motivaciones, pero no sabe cómo seguir. Come su tarta y reflexiona, y no se le ocurre nada. Decide tomarse una pausa y se retira un momento al baño, esperando que cuando vuelva, retorne también su musa.

Cuando Carlota regresa y retoma la tarea y la pluma, se da cuenta de que pasa algo extraño. A continuación de lo último que ella recuerda haber escrito, hay una nueva línea:

“A la heroína le llegó una ayuda inesperada: un aliado ingenioso le prestó su voz de manera desinteresada”.

Carlota mira alternativamente la frase salida de la nada y a la pluma con desconfianza. ¿Es que ha seguido escribiendo sola? Se reprende a sí misma. Tiene demasiada fantasía.

Vuelve a leer la frase de marras. Admite que encaja muy bien con la historia que está contando. Carlota se queda pensativa y turbada, tanto, que se marcha a su casa en compañía de su gata Red.

Al día siguiente Carlota vuelve a la cafetería a su hora habitual, invariablemente pide su merienda y se sienta a continuar escribiendo. Decide seguir a partir de la misteriosa frase, pues en cierta forma sí ha resultado ser una aliada inspiradora.

Fuente: Freepik

Carlota escribe y escribe, y le gusta los derroteros por los que va su historia. De pronto, levanta la mirada y ve a un viejo conocido en el mostrador de dulces, y se levanta a saludarlo. Tras una charla animada de las de ponerse al día, regresa a su mesa y casi se cae de la silla de la sorpresa.

Ha aparecido otra frase, de nuevo a continuación de su última escritura:

“Ella descubrió una pista sobre el misterio que la intrigaba. Decidió seguirla, por ver a dónde llegaba”.

Carlota se enfada consigo misma por haberse distraído de nuevo y dejado que un desconocido trastee con sus cosas. Sin embargo, leyendo la nueva frase se fija en que su escritura, pulcra y obsesivamente recta contrasta fuertemente con el tembloroso garabato del desconocido, de tinta emborronada sobre las apresuradas líneas. Eso significa una cosa: la persona misteriosa escribe con la mano izquierda.

Carlota observa al resto de clientes de la cafetería tratando de localizar al zurdo en cuestión. Pero, cómo no, el escritor espontáneo no se delata tan fácilmente. No hay nadie en el local que sea visiblemente zurdo. Nadie come o escribe en aquel momento. Todos conversan o sostienen los grandes tazones del establecimiento ¡con las dos manos!

Debe de tratarse todo de una broma, piensa Carlota, que recoge sus cosas y sale por la puerta, rumiando aquel misterio que la saca de sus casillas.

Al día siguiente se promete que no va a distraerse bajo ningún concepto, y que no va a bajar la guardia ni en la intimidad del baño. Si el desconocido desea continuar con la guasa, entonces será bajo su atenta mirada. Carlota continúa escribiendo su historia durante al menos dos horas, y ni rastro del escritor espontáneo. Ya está convencida de que el asunto ha terminado cuando uno de los camareros tropieza, ¡y derrama sobre ella un Frappuccino! Suerte que el café está helado. No así la sulfúrica Carlota, que echa chispas mientras corre al baño a limpiar el estropicio. Cuando vuelve a su mesa, el camarero está fugado y una nueva línea ha aparecido en el escrito:

“Una buena historia, narrada con maestría, une a lector y escritor en súbita camaradería.”

Carlota sigue enfadada por el incidente del café y frustrada por no haber pillado in fraganti a su esquivo colaborador. Sin duda el susodicho la vigila, y no le hace ninguna gracia. No obstante, no puede evitar leer aquella nota borrosa, y se sorprende a sí misma dándole la razón y apreciando la nueva perla de sabiduría. Aquella frase tan sencilla coincide absolutamente con las ideas de Carlota acera de la escritura. De cómo un libro capaz de llegar al alma del lector le está recomendando encarecidamente al autor, alguien cuyo espíritu armoniza con el propio.

En los días siguientes, Carlota intenta pillar por sorpresa al interfecto, pero todos sus intentos caen en saco roto. Olvidados la tarta de zanahoria y el café, centra sus esfuerzos en fingir despistarse, con diversas estrategias a cada cual más sofisticada, para atraerlo y descubrir de una vez por todas de quién se trata. Pero una y otra vez sus planes fallan por desafortunadas casualidades. La clientela de la cafetería tampoco es de ninguna ayuda. Nadie ve nada, nadie sabe nada y cada día hay clientes nuevos y diferentes. Y ningún zurdo.

Finalmente, Carlota se rinde y deja hacer al escritor desconocido. Pues entre idas y venidas la historia sigue avanzando, día tras día, escrita a dos manos. Carlota debe admitir que las aportaciones del misterioso sujeto han sido de valiosa ayuda en ciertas situaciones de bloqueo. Ha llegado a apreciar las bonitas rimas enlazadas con su prosa que, poco a poco, van tejiendo la historia. Por las noches mientras acaricia a Red, no puede quitarse de la cabeza al escritor anónimo y su misterio, y por el día desarrolla la historia, que indefectiblemente gira en torno de una identidad oculta que la protagonista desea descubrir.

Poco antes de terminar, Carlota hace un último intento de desenmascarar al desconocido, pero falla por enésima vez, y lee entre fastidiada e ilusionada la siguiente frase en su cuaderno, con el corazón latiéndole con fuerza:

“El desconocido no reveló su identidad, no todavía, pero le auguró una sorpresa digna de la admiración que por ella sentía”.

Cuando Carlota lee esto el rubor tiñe sus mejillas, y no puede evitar echar una tímida mirada al tendido y retorcer un mechón de su melena cobriza, nerviosa.

Finalmente, Carlota termina la historia, y se marcha a su casa satisfecha y orgullosa del resultado. Al día siguiente vuelve a su mesa de siempre, un poco triste porque aquella experiencia extraña y maravillosa de escribir su libro ha concluido. Se retira un momento al baño, y cuando regresa ve una nota roja adherida a la cubierta de su cuaderno, que dice solamente: ‘Mesa 15’.

Carlota se queda un momento extrañada. Hasta el momento ella ha creído que sólo hay doce mesas en la cafetería. Se dirige rauda al final del local, y descubre un rincón que no ha visto nunca, a la vuelta de una esquina camuflada por un gran espejo. En ese rincón están las tres mesas que faltan, siendo la mesa 15 la que está más al fondo de todas, y la única iluminada por una bombilla en el techo. La mesa está vacía, para desilusión de Carlota. Sin embargo, cuando se acerca descubre dos cosas: Que la persona que se siente en ese rincón puede ver su mesa gracias al espejo, y un libro solitario depositado en el asiento. En la cubierta hay otra nota pegada que dice: ‘Me encanta tu historia. Si quieres tomamos un día un café juntos y la comentamos’. Y un número de teléfono.

Carlota hojea el volumen con avidez y lo reconoce de inmediato. Es su libro, el que ha escrito a dos manos con el desconocido, en esmerada encuadernación casera. Su libro, su creación, cuyas páginas le hablan de talento, vocación y autosuperación. Lo ha logrado, ha escrito algo realmente bueno. En parte gracias a alguien que la ha sacado tantas veces de su encasillamiento que ha estimulado una creatividad que no sabía que tenía. Pero estas son sus palabras, que tan bien combinan con las prestadas, y todas ellas le hablan de entendimiento, comprensión, e incluso conexión espiritual entre dos individuos iguales. Todas aquellas palabras le recomiendan encarecidamente a la persona al otro lado del teléfono. Carlota coge el móvil y resueltamente marca el número.

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