La trenza del hada

Inspirado en el prólogo de ‘El Jardín Olvidado’ de Kate Morton.

Érase una vez, un joven y apuesto príncipe de un reino muy poderoso, destinado a ser un día el sabio rey de aquellas tierras, cuando su padre le cediese el trono. No obstante, llegado el momento, el príncipe tendría que demostrar su valía y superar una única prueba. Pues sólo podría hacerlo si era digno de cumplir su destino.

Por tanto, un buen día, su padre el rey lo llevó a la linde de un misterioso bosque, espeso y alto, con las copas de los árboles perdiéndose en lo alto hasta más allá de donde alcanzaba la vista. Le dijo que su prueba se encontraba allí dentro, y que cuando la hubiese superado saliendo del bosque, sería rey.

El valiente príncipe se apresuró a cumplir con las órdenes de su padre, y se adentró en el bosque, espada en ristre, preparado ante cualquier dificultad que se le presentase: un oso, un enorme jabalí o alguna bestia similar, quizás un mago tenebroso al que derrotar, o tal vez un fiero dragón escupefuego.

Lo cierto es que no tenía ni la más mínima idea de en qué iba a consistir su prueba.

Entonces, el príncipe llegó a un claro en el bosque. En él se alzaba una cabaña, casi tan alta como el árbol que brotaba de ella, atravesando el techo y perdiéndose en lo alto como los demás árboles. El príncipe se adentró en ella, sin llamar a la puerta, pues ya intuía lo que se iba a encontrar.

Al fondo de la cabaña, al lado del hogar, había una anciana sentada frente a un telar.

– Pero, ¿qué modales son esos? ¿Es que no sabes llamar antes de entrar? – dijo la anciana, que era una bruja, por si no os habíais dado cuenta.

– Heme aquí para cumplir con mi prueba, vieja bruja, y así ser digno de mi destino. Decid, pues. ¿He de derrotaros en un combate sin igual? ¿O tengo que desencantar a una doncella bajo vuestro maleficio? ¿Quizás resolver un acertijo al borde de un mágico precipicio? ¡Hablad!

-Siéntate y cállate. – dijo la bruja.

El príncipe, para su sorpresa, obedeció.

Tengo una tetera al fuego. ¿Querrás azúcar? Y unas pastas, ¿verdad?

Al instante se materializó un juego de té de porcelana rosa junto con una mesita de cristal frente a ellos. El príncipe sabía que debía desconfiar de cualquier cosa que las brujas ofreciesen para comer o beber, o eso decían … pero las pastas eran de chocolate y el té olía a menta poleo.

El príncipe se encontró entonces charlando a gusto con la vieja bruja mientras tomaban el té y reían como viejos conocidos.

Cuando la bruja hubo terminado de saborear su té y sus pastas, con un suspiro satisfecho se volvió hacia su telar y comenzó a hilar una nueva pieza.

-Bueno. Hablemos ahora de cosas serias. Tu prueba. Para sellar tu destino, esto es lo que debes hacer.

El príncipe se irguió en su silla, repentinamente serio. Casi había olvidado para qué se encontraba allí. Miró con suspicacia el té y las pastas. ¿Acaso estaban encantados para obnubilar su juicio? Pero decidió que no. Algo le decía que la bruja tenía buen corazón.

-Deberás traerme tres hebras del cabello de la soberana del Reino de las Hadas, que encontrarás si sigues el camino que te trajo a mi cabaña y sabes bien dónde mirar.

El príncipe consideró las palabras de la bruja. ¿Ya está? ¿Eso era todo? ¿Ningún dragón que derrotar en singular batalla? ¿Ningún mago tenebroso más astuto que cualquier bestia? ¿Ningún acertijo con el que desafiar a su ingenio? El príncipe se dijo que la tarea debía ser más importante de lo que parecía, y mucho más difícil. Tenía que serlo.

-Pero, ¿Por qué debo traer tres hebras del cabello de la Reina de las Hadas? – preguntó el príncipe a la bruja. – ¿Por qué no otro número, por qué no dos, o cuatro?

La bruja se inclinó hacia adelante sin dejar de hilar.

No hay otro número, mi niño.

Tres es el número del tiempo. ¿Acaso no hablamos de pasado, presente y futuro? Tres es el número de la familia, ¿acaso no hablamos de madre, padre e hijo? Tres es el número de las hadas. ¿Acaso no buscamos entre el roble, la ceniza y la espina?

El joven príncipe asintió, porque la sabia bruja había hablado con la verdad.

-Por eso debo poseer tres hebras, para tejer mi trenza mágica.

El príncipe observó el telar, y pensó que seguramente la bruja querría trenzar las hebras encantadas para tejer un poderoso manto o una capa de invisibilidad. Se despidió, pues, de la anciana y con los mejores deseos de ésta, se adentró aún más en el espeso bosque.

En busca del Reino de las Hadas. Un lugar tan maravilloso como peligroso, donde un paso en falso podía suponer la perdición del hombre que osase poner los pies allí. Regido por sus propias reglas y símbolos, ritos y encantamientos más poderosos que cualquier fuerza de la tierra. Donde el Sol, la Tierra, la Luna y la Luz de las estrellas marcaban el paso del tiempo que sin embargo parecía detenerse para siempre. Un lugar al que muy pocos conseguían llegar, y del que nadie lograba salir.

El príncipe apartó ramas y hojas, y avanzó en silencio, con respeto, buscando entre el roble, la ceniza y la espina. No osó cortar ninguna rama ni ninguna hoja, ni dañar arbusto alguno. Admiraba las flores de colores brillantes desde lejos y siempre iba vigilando por dónde pisaba. No era buena idea entrar en la casa de nadie rompiendo cosas. Uno podía terminar maldecido de por vida. Se lo había dicho la bruja.

Antes de entrar en el Reino de las Hadas, algo le dijo al príncipe que debía dejar la espada atrás. El príncipe no sabía con qué se iba a encontrar, pero aquel impulso era mucho más fuerte que su temor. Así pues, dejó la espada en el suelo y se adentró en otro claro del espeso bosque.

Y al momento fue capturado por unos seres de sobrecogedora belleza y mirada acerada en sus ojos rasgados. Iban vestidos con lo que parecía hojas y pétalos de flores de gran tamaño, y sus lanzas estaban hechas con ramas más afiladas que cualquier espada.

Oh, sí. Eran hermosos y temibles, pero ninguno de ellos era tan hermoso y temible como la Reina de las Hadas.

La Sala del Trono era un espacio redondeado de unos árboles que el príncipe no había visto nunca. Eran de color azul cobalto, con ramas plateadas finas y flexibles como cabellos. La Reina Hada estaba sentada entre ellos, con vestiduras tan trasparentes y traslúcidas como sus grandes alas irisadas. Sus ojos del color de la miel parecían saberlo todo, en un rostro de belleza sobrenatural. Pero lo más impresionante de todo era su cabello. Largo y sedoso hasta los pies, de color rubio oscuro, trenzado y entretejido con las finas ramas de los árboles azules. Era un diseño tan intrincado, tan complejo, tan delicado, que era imposible decir dónde terminaba la Reina y empezaban los árboles. Parecía que llevaba puesto al bosque como corona.

La famosa intuición del príncipe volvió a hablarle, indicándole que las hebras de la trenza del hada que deseaba la bruja eran aquellas y no otras.

Entonces, la Reina habló, y su voz llenó el claro entero, y los oídos y la mente del príncipe:

-Habla, desconocido, y di por qué has entrado en el Reino de las Hadas sin invitación.

El príncipe habría caído de rodillas ante la Reina de Hada de haber podido, pero los guardias lo sujetaban con fuerza, aún sin herirle. Se las arregló, no obstante, para hacer una reverencia y dijo:

-Majestad, me presento ante vos y vuestro pueblo como un humilde visitante que no ha venido a hacer ningún daño. Soy el príncipe del reino vecino. He venido a pediros que me cedáis tres de las hebras de vuestra trenza, de las de color plateado, para una amiga que las necesita.

Hubo un estremecimiento entre el pueblo feérico. Parecía que incluso habían dejado de respirar.

-Deberíamos ejecutarlo de inmediato – dijo uno de los guardias, acercando aún más su lanza al corazón del príncipe.

-No – dijo el Hada. – Él ha venido como amigo y no como enemigo, pues no porta armas ni ardides, y ha hablado con ignorancia, no con maldad. Veréis, príncipe, estos árboles que veis aquí no son árboles corrientes. Son tan antiguos como el tiempo de las hadas en esta tierra, y seguirán aquí mientras las hadas y la magia permanezcan. Vigilan, cuidan y guardan el Reino de las Hadas, y lo mantienen en secreto salvo para unos pocos. Son los verdaderos reyes del bosque. Son los ancestros y la memoria de nuestro pueblo. Su nombre no puede pronunciarse por ningún mortal, y se nutren de la magia de la Reina de las Hadas, mediante estas hebras que tú codicias, a cambio de sus innumerables dones. No hay nada más importante para las hadas. Nada.

El príncipe se quedó pensativo ante las palabras de la Reina, reflexionando sobre qué responder, pues no pensaba rendirse tan pronto.

-Y si os ofrezco algo a cambio? ¿Algo que iguale su valor?

El pueblo feérico volvió a estremecerse, pero esta vez con lo que pareció risa. La Reina Hada divertida alzó una ceja, y su mirada fue un poco menos implacable.

-¿Qué podríais vos darnos a cambio que pueda ser tan valioso? Tal cosa es impensable.

-Todavía no lo sé, si debo ser sincero. Pero dadme tres días. Dejadme permanecer aquí entre vuestro pueblo, y hallaré el modo de compensaros por vuestro incalculable regalo. Dadme tres días, y si mi ofrecimiento no es de vuestro agrado, me iré para siempre y me aseguraré de que nadie más vuelva a molestaros. Tenéis mi palabra.

Quizás fue por el arrojo del príncipe, quizás por que el pueblo feérico había empezado a languidecer ante el tedio de tantos días iguales y necesitaba algo de diversión, quizás por curiosidad. La Reina Hada aceptó el trato y los guardias dejaron ir al príncipe.

-Sea. Pero vamos a cambiar un poco las condiciones de vuestra estancia, antes de sellar el pacto. Si no sois capaz de ofrecerme algo que iguale o supere el valor de mis preciosas hebras, seréis ejecutado por vuestra osadía. ¿Aún deseáis quedaros?

El príncipe asintió, pues aquella era una prueba digna de su valor y del premio al que aspiraba. Sellaron el trato pues, de una forma que sólo atañe a aquellos que se encontraban allí.

Entonces llegó el guardia que había propuesto ejecutarlo, y malhumorado le ofreció un cuenco de sopa. El príncipe miró desconcertado a la Reina.

-Está anocheciendo. Y tendréis que cenar algo. No descuidamos a nuestros invitados. – dijo con una risilla musical.

El príncipe pensó que las hadas eran muy extrañas, pero esta vez no desconfió de la comida que le ofrecían. Creía en el trato que habían hecho y en la palabra de las hadas, y tenía tres días antes de que aquella gente quisiese poner fin a su vida.

Qué gran hospitalidad.

Así pues, el príncipe se sentó al lado del trono de la Reina Hada a comer. Resultó que lo que le habían dado era arroz con leche.

La Reina miró sorprendida al príncipe sentado en el suelo sin remilgos, en silenciosa compañía. En sus miles de años de existencia nadie había querido sentarse con ella, dejándola sola con su regencia.

El príncipe se durmió acurrucado en una de las raíces de los árboles azules, y durmió como jamás en la vida lo había hecho. Un largo y pesado sueño, como el de los cuentos.

El día siguiente llegó y pasó, y el príncipe y la Reina empezaron a conversar para pasar el tiempo. Y al anochecer, con las luces del pueblo feérico encendiéndose en la distancia, la Reina Hada preguntó:

-¿Ya has decidido qué vas a ofrecerme a cambio?

-No, aún no Majestad, pero contadme más sobre el lenguaje de los pájaros.

Y la Reina Hada le contó todo lo que sabía sobre las innumerables aves que poblaban los bosques, que era muchísimo, y le presentó a su amigo y guardián el búho, la más sabia de todas las aves, con el que mantenía largas conversaciones acerca de todo lo que acontecía dentro de los límites de su Reino. El príncipe escuchaba absorto las palabras de la Reina y contemplaba su rostro, brillante de polvo de hada, absorbiendo su voz maravillado.

El día siguiente llegó y pasó, y el príncipe y la Reina se entretuvieron paseando por el claro. Resultó que las ramas de los árboles azules eran infinitamente largas, y pudieron ver a las hadas trabajar, comer, cantar, bailar y tocar instrumentos que conmovían a todo aquél que los escuchase. Y al anochecer, con las luces del pueblo feérico encendiéndose en la distancia, la Reina Hada preguntó:

-Ya has decidido qué vas a ofrecerme a cambio?

-No, aún no Majestad, pero contadme más sobre las cosas que crecen.

Y la Reina Hada le contó todo lo que sabía sobre las innumerables especies de árboles, arbustos, flores, hongos y hierbas que crecían en sus dominios, que era muchísimo, y le presentó a cada uno de los árboles azules, que tenían cada uno su nombre y su carácter. Hablaban con la Reina Hada con sus dulces voces, que tan sólo ella podía entender, y recitó al príncipe un antiquísimo poema feérico que los árboles recordaban sobre todo lo verde y bueno del mundo. El príncipe escuchaba absorto las palabras de la Reina y contemplaba su rostro, brillante de polvo de hada, absorbiendo su voz maravillado.

El día siguiente llegó y pasó, y el príncipe y la Reina observaron entristecidos el movimiento del Sol por el cielo y la salida de una preciosa Luna Llena de color plateado. Pues ambos sentían un vínculo inesperado que se había forjado entre ellos, un vínculo que habría de romperse cuando el día llegase a su fin, de una forma o de otra. Las hadas se fueron congregando poco a poco alrededor del trono con la llegada del crepúsculo. Y al anochecer, con las luces del pueblo feérico encendiéndose en la distancia, la Reina Hada preguntó:

-¿Ya has decidido qué vas a ofrecerme a cambio?

-Sí, Majestad. Ahora sí que lo he decidido. Y se arrodilló frente a ella, ante todo el Reino de las Hadas. – Os ofrezco mi corazón. Es todo lo que tengo, y más valioso que mi reino, o mi corona. Tomadlo, pues es vuestro, pero a cambio de nada. Ya no deseo las hebras de vuestra trenza, pero contadme más acerca de vos, y sobre lo que os hace reír, antes de que me haya ido para siempre.

La Reina Hada lo miró a los ojos, mientras el pueblo feérico contenía la respiración. Entonces él pudo ver en sus hermosos ojos la misma ternura que él sentía, la misma conexión que en poco tiempo se había hecho tan fuerte. La Reina podía verlo claramente, un hilo trenzado brillante e indestructible, que los unía a ambos. Un vínculo que unía dos almas iguales, más fuerte que las mismas raíces de su tierra.

La Reina miró a los árboles azules, escuchando un momento sus voces, y en ese momento tres de las hebras plateadas se soltaron. Y ella misma con un pase mágico cortó todas las demás, quedando libre.

Todos los presentes la observaron anonadados, y ella se volvió y habló a su pueblo:

-Estos árboles ya tienen suficientes años. Son fuertes y sabios, y están firmemente arraigados en esta tierra poderosa. Es hora de cambiar un poco las cosas. Creo que pueden seguir sin mí.

Pero yo quiero, y puedo, seguir a mi corazón.

Se casaron un tiempo después en la cabaña de la bruja. Las tres hebras con las que confeccionó la trenza mágica sirvieron para unir sus manos mientras pronunciaban sus votos, mirándose a los ojos, al futuro y a su destino. Fueron los soberanos de ambos reinos, que vivieron una prosperidad y una felicidad nunca antes vistas.

La nueva pareja plantó algunas de las hebras de la trenza del hada en macetas, para extender el bosque encantado más allá de sus límites. En las macetas ya han empezado a brotar nuevas hojitas plateadas. Un nuevo y bello comienzo.

La princesa y la nube

Érase una vez, en una época tornadiza y cambiante en un Reino no muy lejano, había una princesa. Esta princesa, a pesar de estar dotada de gracia y belleza y tener buenos y fieles amigos, vivir rodeada de su familia y tener una vida, en definitiva, perfecta, no era feliz. Desde su nacimiento estaba aquejada de una maldición que consistía en que una oscura nube de tormenta la acompañase todo el tiempo, bien estuviese al aire libre, bien estuviese dentro de su palacio rodeada de acompañantes, bien estuviese ocupada u ociosa. Tal tempestuosa escolta provocaba que estuviese atribulada todo el tiempo, haciendo que experimentase la vida y cada sucesión de eventos, cambios y decisiones a través de un velo gris, lo cual la asustaba y la confundía, agriándole el carácter y haciendo que a duras penas sonriese. Se encontraba siempre frustrada, angustiada, o en el mejor de los casos meditabunda, encerrada en las pesadillas que la nube le provocaba, haciendo de ella un pálido reflejo de lo que podía llegar a ser. La nube de tormenta se alimentaba del dolor de la princesa, y hacía que el Reino estuviese permanentemente sumido en tinieblas, triste y oscuro en un eterno invierno.

Sus padres, los Reyes, buscaron a lo largo y ancho del Reino una solución al mal que aquejaba a la princesa, y finalmente hallaron un hechicero que le dio una poción de la cual debía verter tres gotas en el té de la noche, seis si la nube descargaba lluvia, y así la tormenta remitiría y la dolencia estaría más controlada. Efectivamente, cuando la princesa se tomaba el remedio la nube remitía un tanto, y era un poco menos oscura, pero seguía pendiendo sobre su cabeza. La princesa y los reyes trataron de que la tisana fuese más efectiva, e incrementaron la dosis por su cuenta, pero entonces la princesa se sentía mareada y abstraída de la realidad, como si se encontrase dentro de una redoma de cristal. Así pues, mantuvieron las instrucciones recomendadas por el hechicero, y su situación mejoró un poco. Cuando se tomaba la poción y la nube se empequeñecía, la princesa sentía como si el peso que atenazaba su corazón también se hiciese más liviano. En esos días casi pudo ser feliz, sonreía más a menudo y tenía la mente más despejada y las ideas ágiles. Con el tiempo encontró una ocupación que la satisfacía y se instruyó en las artes de la alquimia, ampliando los horizontes del conocimiento y volviéndose sabia y juiciosa.  Un tiempo después, conoció a un joven príncipe de un país vecino que conseguía que la mayoría de las veces la nube fuese aún más pequeña y transparente, y se casaron. Y podría haberse dicho que la maldición ya no tenía tanta importancia, pero éste sería entonces un cuento muy corto.

La princesa era más feliz, pero no del todo. La nube, aunque pequeña, seguía existiendo y recordándole a cada momento que no había logrado su principal objetivo: deshacerse de ella por completo. Además, no estaba cómoda con la idea de depender de la poción para siempre, preguntándose en ocasiones quién y cómo era ella realmente, la persona que el bebedizo hacía que fuera o la otra, más infeliz pero auténtica. Cuando se embarcaba en tales pensamientos la nube volvía a hacerse tormentosa y oscura y de nuevo el peso de su corazón se hacía insoportable.

La princesa a pesar de ser princesa, no era perezosa, y se propuso terminar con su dolencia fuera como fuese, y creía que, hallando el modo de atacarla y deshacerla para siempre en el aire, haría que todo estuviese bien y al fin podría Cumplir su Destino. Finalmente, un buen día, se despidió de todos sus seres queridos y partió en un largo viaje decidida a encontrar una cura permanente a su dolencia. Nada de medias tintas ni remedios imperfectos. En el camino por supuesto encontró obstáculos, y se enfrentaba a cada uno de ellos con el ceño fruncido y el corazón en un puño, siempre preocupada por si fallaba, por si no daba la talla, por si no era lo suficientemente válida para la tarea que se había impuesto. Por si las adversidades finalmente podían más que ella. Culpaba a la nube y continuaba avanzando, paso a paso, enfadada con la misma empresa que creía que podía ayudarla pero que tantos quebraderos de cabeza le estaba ocasionando, creyendo que una vez llegase a la siguiente aldea, escalase la siguiente cordillera, alcanzase el punto más alto del siguiente Reino todo estaría mejor y el camino sería más llevadero. Pero irremediablemente se encontraba igual o peor con las nuevas dificultades que le iban surgiendo en su peregrinaje.

Sucedió entonces que, en un quiebro del camino, encontró a una anciana sentada en una nudosa rama de un gran roble, tejiendo. La anciana sin levantar la mirada de su labor dijo:

  • Buenos días Bella, ¿a dónde vas a estas horas, audaz viajera?
  • Voy más allá de las colinas y los Reinos, en busca de un remedio que destruya esta nube que me acompaña de noche y de día, en el amanecer y en el atardecer, para así al fin poder Cumplir con mi Destino.
  •  No es tarea pequeña la que te has impuesto, ni tampoco la carga liviana. La solución a tu mal es muy simple: encontrar el amor verdadero.
  • Agradezco tus amables palabras y consejos, sabia anciana, pero no es un hombre lo que necesito, ya conozco al amor verdadero.

Y tras estas palabras prosiguió su camino. Atravesó una, dos, tres colinas más, deteniéndose tan sólo para comer alguna fruta, beber de algún arroyo y dormir en el hueco de algún árbol.

Sucedió entonces que, tras una vieja granja encontró a una anciana sentada en una gran roca al borde del camino, tejiendo. La anciana sin levantar la mirada de su labor dijo:

  • Buenas tardes Bella, ¿a dónde vas a estas horas, audaz viajera?
  • Voy más allá de las montañas y los Dominios, en busca de un remedio que destruya esta nube que me acompaña de noche y de día, en el amanecer y en el atardecer, para así al fin poder Cumplir con mi Destino.
  • No es tarea pequeña la que te has impuesto, ni tampoco la carga liviana. La solución a tu mal es muy simple: encontrar el amor verdadero.
  • Agradezco tus amables palabras y consejos, sabia anciana, pero no es un hombre lo que necesito, ya conozco al amor verdadero.

Y tras estas palabras reanudó su camino. Atravesó una, dos, tres villas más, deteniéndose tan sólo para comer en alguna fonda, beber en alguna taberna y dormir en alguna posada.

Sucedió entonces que, tras atravesar un oscuro bosque encontró a una anciana sentada a la puerta de su cabaña, en las lindes de la foresta.

  • Buenas noches Bella, ¿a dónde vas a estas horas, audaz viajera?
  • Voy más allá de los mares y las Comarcas, en busca de un remedio que destruya esta nube que me acompaña de noche y de día, en el amanecer y en el atardecer, para así al fin poder Cumplir con mi Destino.
  • No es tarea pequeña la que te has impuesto, ni tampoco la carga liviana. La solución a tu mal es muy simple: encontrar el amor verdadero.
  •  Agradezco tus amables palabras y consejos, sabia anciana, pero no es un hombre lo que necesito, ya conozco al amor verdadero.

Y tras estas palabras continuó su camino. Atravesó uno, dos, tres bosques más, deteniéndose para preguntar a alguna mujer, algún hombre o algún niño si sabía dónde podía encontrar a alguien que la ayudase en su empresa.

Pero no tuvo suerte, y tras tres meses viajando finalmente admitió su derrota y volvió a su hogar, en el Reino de sus padres, para tratar de vivir lo mejor posible tomándose la poción sanadora. Y reanudó su vida con la nube siempre pendiente sobre su cabeza. No obstante, no olvidó las palabras de las ancianas que había encontrado en su camino, pero no les encontró el mayor sentido.

Sucedió entonces que el Reino fue atacado por un gran dragón escupefuego que en cuestión de poco tiempo calcinó todo lo que encontró a su paso, arrasando valles, aldeas, granjas y ciudades. Nadie podía hacerle frente, volando raudo y letal sobre sus víctimas e incinerando todo con su aliento de fuego desde las alturas. Sus Majestades los Reyes estaban desesperados, puesto que ni los mejores arqueros del reino podían acertar a perforar con una flecha su armadura de escamas.

Entonces la princesa dejó la seguridad del palacio, ante la consternación de todos, pues en su interior sabía que ella podía hacer algo, y bajó a las calles donde la gente corría despavorida huyendo de las llamas y de la terrorífica bestia. La princesa miró con odio a la criatura, horripilante y aterradora. Pero se sobrepuso al espanto y dirigió la vista a la nube, que en ese momento era tan enorme como el dragón, negra, girando sobre sí misma como un terrorífico tifón y generando relámpagos.

Ilustración de Luis Royo

Y supo cómo vencer a la bestia. Se acercó todo lo que pudo a donde estaba el dragón haciendo estragos y entonces deseó con todas sus fuerzas que la nube se le echara encima. Y para sorpresa de todos, la nube hizo exactamente eso, y envolvió al desprevenido dragón que no pudo salir de ella, pues era toda oscuridad y frío con millones de cristales de hielo que lo paralizaron. Y entonces la nube descargó toda su tormenta sobre la criatura y ésta se desplomó, muerta, en mitad de la ciudad.

Los aldeanos vitorearon a la princesa, que no terminaba de creer lo que acababa de pasar. Tan asombrados estaban todos de que por fin se habían podido librar del dragón que nadie se dio cuenta de que la nube había desaparecido por completo.

Hasta que la princesa, con una gran sonrisa, vio que detrás de ella se habían materializado como por arte de magia las tres ancianas con las que se había topado en su viaje.

  • No lo entiendo, sabias ancianas, me dijisteis que la solución para que la nube desapareciese era encontrar al amor verdadero.
  • Y lo has encontrado Bella – dijeron a coro las ancianas.
  • ¿Cuándo? ¿Habláis de mi esposo?
  •  No Bella, el amor verdadero lo has encontrado cuando te has aceptado como eres y lo has utilizado en tu provecho para superar un gran obstáculo. Nunca olvides lo excepcional que eres, y lograrás grandes cosas, escribiendo tu propio Destino.

Y las ancianas desaparecieron, junto con el cuerpo del dragón.

Así pues, a partir de entonces la princesa vivió feliz y dichosa el resto de sus días, con un gran horizonte límpido frente a ella y su Reino. Cuando le llegó la hora de reinar, fue una soberana justa que procuró que todos sus súbditos fuesen felices. Y protegió siempre al Reino convocando a la nube cuando llegaba un enemigo a sus puertas, o cuando las cosechas necesitaban lluvias.

Y nunca más volvió a temer ningún obstáculo o problema, porque, francamente, después de vencer a un dragón, podría ser capaz de cualquier cosa.

El Wolpertinger y el Duende

Érase una vez, un Wolpertinger que vivía en los bosques de Baviera, cerca de Taubensee. El Wolpertinger estaba encogido al lado de un pequeño abeto, llorando. Entonces un duende que pasaba por allí le preguntó por qué lloraba. El Wolpertinger le dijo que estaba triste porque era su cumpleaños y estaba lloviendo.

‘No me gusta cumplir años en invierno. Todo está muy triste y de color marrón o blanco.’ dijo el Wolpertinger, moviendo su nariz rosada y bajando con tristeza su cabeza astada.

Entonces para animarlo el duende le señaló el arcoíris que acababa de salir.

‘Ten en cuenta ‘, dijo con voz chillona, ‘que para que salga el arcoíris primero tiene que llover. ¿No te parece un espectáculo de lo más hermoso? ‘

‘Vale sí, es verdad.’ dijo el Wolpertinger, admirando el arcoíris, que trazaba una curva completa sobre el bosque y además era doble.

El Wolpertinger se secó las lágrimas en el abeto, en donde se quedaron brillando. Sin embargo, seguía teniendo un aire tristón, por lo que el duende se sentó a su lado en una roca y le dijo:

‘¿Sabías que si sumas todas las cifras del número de años que cumples, el número que obtengas es mágico? Dime, ¿cuántos años cumples?’

‘No te lo digo.’ dijo el Wolpertinger, repentinamente tímido y huraño.

El duende suspiró, se bajó de su roca y se acercó al arcoíris. Pasó sus manitas por ambos arcos, y volvió con el Wolpertinger llevando consigo catorce velitas de colores.

‘Toma. Pon esto en tu pastel de cumpleaños, enciéndelas y antes de soplarlas, pide un deseo por cada una de ellas. Te aseguro que se cumplirán, porque es tu cumpleaños y además ésta es una época muy especial, en la que el viejo Yule regresa al mundo. Esto hace, pues, que este día sea algo extraordinario.  Además, nunca olvides que todos los cumpleaños son siempre motivo de esperanza e ilusión.’

El Wolpertinger contó las velas y, asombrado, le preguntó al duende:

‘¿Cómo lo has sabido?’

A lo que el duende respondió:

‘Tu mirada te delata. Tus ojos son los ojos de la sabiduría.’

El Wolpertinger se puso muy contento y abrazó al duende, con patas y alas. Entonces le hizo una última pregunta:

‘Gracias, amigo. Me sentiría muy honrado si festejases conmigo mi cumpleaños. Pero dime, ¿No te doy miedo?’, dijo, con una sonrisilla en la que se entreveían sus colmillos.

Y el duende respondió:

‘No sé de qué me hablas. Yo sólo veo un lindo conejo.’

Y el Wolpertinger celebró su cumpleaños con el duende, con una gran tarta, las velas de colores y muchas luces, al lado del abeto que centelleaba, alegrándoles la vista a ellos y a todo el bosque. Se acercaba la Navidad.

{AVANCE}

¿Qué chica no sueña con ser princesa? Levantarse un día de la cama y descubrir que en un suntuoso palacio la esperan a una, para cubrirla de finas galas y coronar el atuendo con una deslumbrante tiara de diamantes.

Bueno, lo de casi todas es fantasía pura, que se evapora más o menos con la edad. Mas, yo sí conocí a una princesa perdida que vivió el sueño, y os puedo asegurar, que lo interesante es lo que hizo después de despertar.

{Texto completo próximamente }

Imagina que…

Descansando en un pliegue de la Autopista Interdimensional hay uno de esos curiosos orificios (1) que conectan dos dimensiones o realidades muy dispares (y a la vez no tanto): la Dimensión de la Imaginación, y la nuestra propia.

La Dimensión de la Imaginación (o DimIm para los amigos, a falta de un nombre mejor), es el lugar fabuloso de donde vienen todas las historias que empiezan por «Érase una vez…», «En un lugar de la Mancha…», «Llamadme Ismael», «Todos los niños crecen, excepto uno», o, «En un agujero en el suelo vivía un hobbit», «Episodio IV. Una nueva esperanza»…

La Dimensión de la Imaginación, para aquellos pocos privilegiados que tienen acceso a ella, es el lugar donde viven las Ideas. Todas las Ideas, que el ser humano haya podido concebir, o que en el futuro vayan a materializarse en la mente de alguien.

Las Ideas son entes pensantes, conceptos inteligentes viviendo sus vidas, que no toman forma definida hasta que no se las mira. Es decir, hasta que alguien las imagina. Entendamos esto como un Experimento de la Rendija muy complicado.

Las Ideas Existen, independientes de que las personas las creen, pero algunas desean trascender más allá de su etérea y fluctuante realidad y ansían llegar a la Tierra. Todas las Ideas, las científicas, las musicales, las artísticas, las tecnológicas, las culinarias, las literarias… Es un país muy grande, la DimIm.

Las Ideas sólo llegan al Mundo si hay alguien de entre todas las personas que dispone de los medios para que su cabeza actúe de antena receptora. Cada Idea pasa la eternidad en busca de alguien susceptible de hacerla posible. Todas ellas esperan más o menos pacientemente hasta que llega al mundo alguien que esté en condiciones de imaginarlas. A ser posible, la persona ideal, que haga de su Idea algo grande.

Inspiración, un lugar confortable, voluntad y tiempo, son los ingredientes necesarios para que la Idea crezca, tome forma y florezca en la mente y las manos de su crisol. Es una Gran Magia.

Las Ideas se hacen realidad en la Tierra, pero el Concepto Original permanece anclado en su dimensión de origen, haciéndose más poderoso cuanto más se lo imagina. Ahora mismo el Concepto de Vampiros Románticos Atormentados ha empezado a perder fuerza, afortunadamente. Se mascaba el motín.

Las fronteras de la Dimensión de la Imaginación son difusas, y más en los últimos tiempos, donde todo está lleno de crossovers, colaboraciones, featurings y demás, y es tan tremendamente complicado crear algo nuevo y original. Las Ideas se agrupan por afinidad, formando colonias y países. A veces estos países se fusionan o se separan irremediablemente, como el gran Cisma de la Astronomía y la Astrología, por diferencias irreconciliables.

El País de la Ciencia hace frontera con el País de la Tecnología. En el límite brotan ideas a veces muy teóricas pero poco útiles, y otras veces, ideas muy prácticas pero poco razonables. El País de las Sinfonías vive en armonía con el resto de los territorios de la Tierra del Arte, un vasto continente del que salen las más bellas Ideas que el hombre pueda albergar.

Un pequeño pero poderoso rincón de la Dimensión de la Imaginación es quizá el más especial de todos. Es ampliamente reconocido en todo el mundo, pues todos lo visitamos alguna vez de niños. Y por ello es el más descuidado y en cierta medida el más peligroso, si es olvidado por completo.

En este lugar cohabitan Ideas o Conceptos eternos, conocidos por los humanos desde hace mucho, mucho tiempo. Es el lugar de nacimiento de, por ejemplo, el Concepto de ‘Princesas cautivas que rescatar’: en torres, en castillos, en cuevas, en el fondo del mar… a las que por fin van llegando ideas más feministas desde lugares muy lejanos.

Reinas Malvadas, Madrastras Perversas, Hechiceros Tenebrosos, Brujas, Hadas Madrinas, Escolarización de los Magos a todos los niveles…Animales Parlantes, Científicos Chalados Encerrados en sus Laboratorios… la lista es interminable y tan familiar como la palma de la mano. A finales del siglo XIX empezaron a manifestarse Alienígenas en la frontera con el País de la Ciencia Ficción. Todos ellos verdes, o morados, de forma reptiliana, anfibia o pulposa. Porque somos incapaces de imaginar nada mejor.

De allí vienen también ideas más abstractas, como por ejemplo la inquietante obsesión con el Número Tres: tres mosqueteros, tres hermanos, tres reyes, tres cerditos, pasado, presente y futuro, la Santísima Trinidad… Las Ideas son complejas, y algunas muy viejas.

En este Lugar, que a lo largo de la Historia de la Creatividad ha recibido muchos nombres, como El Otro Sitio, El Otro Lado, Faerie, la Tierra de las Hadas, la Tierra Media, el País de los Cuentos….

Comienza nuestra historia.

(1) Esto, claro está, es la Idea de Agujero Negro que nos llega directa de la Ciencia Ficción a los guiones de los directores de cine catastrofista. Es ese agujero negro que un sinnúmero de científicos malvados y/o chalados pueden generar a voluntad, transportarlo cómodamente y soltarlo aquí y allá para hacer desaparecer trozos de corteza continental o viajar en el tiempo y liquidar a un mosquito prehistórico. Es ese Agujero Negro a la entrada de otro simpático Agujero de Gusano, que viene a ser un vulgar atajo en el Multiverso.

Ese Agujero Negro.

Web construida con WordPress.com.

Subir ↑