El pequeño espantapájaros

Chulilla, 23 de enero de 2021

Es el relato que el lugar me inspiró , el mismo que todas las villas medievales me susurran. Quizás por una obsesión personal, un recuerdo que no es mío del todo o porque todos los pueblos tienen historias similares que contar.

La muchacha salvó la baranda de un salto, y siguió corriendo calle abajo. Sus perseguidores la habían perdido de vista por un momento en la madeja de callejones del pueblo, pero los escuchaba pisarle los talones. El Sol hacía un rato que se había puesto y corría casi a tientas desesperadamente en busca de un refugio. Pero no lo había. Todos los habitantes del pueblo le habían cerrado sus puertas y escuchaban la cacería tras los postigos sellados, o se encontraban entre los perseguidores, portando horcas, hoces y antorchas. La joven estaba exhausta. Desde que habían prendido fuego a su cabaña hacía tres días sólo había encontrado un momento de descanso escondida en la caseta del molino de agua, pero el viejo lechero la había visto y la hicieron salir para ajustarle las cuentas de una vez por todas.

Escuchaba a la turba acercarse, agazapada tras una de las chozas con paredes encaladas, y podía oler el fuego de las antorchas con las que sin duda pretendían encender la hoguera bajo sus pies. Tragó saliva y reemprendió su frenética carrera. Consideró esconderse en las cuevas, pero lo descartó al instante. Allí sería donde primero la buscarían, y no habría escapatoria posible. Siguió corriendo, resollando, casi sin aliento. Apenas notaba los guijarros bajo sus maltrechos pies, tan sólo sentía su corazón retumbando aterrado entre sus costillas, recordándole que todavía estaba viva, que todavía no la habían cogido.

Echó la vista atrás para ver dónde quedaba la turba, y entonces tropezó con un montón de macetas enfrente de una casa y cayó. Trató de levantarse, pero el agotamiento y algo que vio la hicieron detenerse: un pequeño espantapájaros, no mayor que la palma de la mano, hecho con unos trapos y unas cañas, a todas luces por un niño. Lo habían puesto en una de las macetas para proteger el sembrado, pero resultaba más ornamental que amenazador para los pájaros.

La muchacha cerró los ojos mientras lágrimas de rabia caían por sus mejillas. Con la de veces que había procurado por aquel ingrato pueblo. Las incontables ocasiones en las que había sanado a sus hijos, la de veces que sin saberlo había bendecido sus cultivos y hallado sus pertenencias extraviadas. Jamás les había causado daño alguno. Nunca, aun pudiendo. Y no había sido ella, en absoluto, la que había traído aquella sequía horrorosa. Al contrario. Si supieran… ay, si supieran.

Y entonces tomó la decisión. No la cogerían viva. Ni hablar. Jamás permitiría que le hicieran lo que a la vieja Ruth, vecina suya cuando ella era una niña. Se levantó de entre las macetas rotas y siguió su camino, dejando un pequeño rastro de sangre tras de sí. Iba barruntando el conjuro que le ahorraría su aciago final, un encantamiento que de atreverse a realizarlo no tendría vuelta atrás. Llegó a una pequeña terraza natural suspendida sobre el barranco en el que alzaba el pueblo. Allí tenía todo lo necesario, y lo haría ahí mismo, con el castillo de fondo como único testigo. Rápida como el pensamiento recogió romero, tomillo y brezo, y extrajo de su cinto sal, ruda y aceite de lavanda. Ya les escuchaba acercarse, estaban muy cerca, tan cerca… pero no lo bastante.

Cuando la turba llegó y se dispersó por el lugar no había rastro de la joven. La terraza estaba vacía, salvo por un gato negro que los observaba con el pelaje erizado, al pie de un pelele de colores que miraba hacia el abismo. Hicieron lo propio y se asomaron al barranco, esperando verla al fondo del risco o suspendida de una de las ramas sobre el vacío. Pero no, era como si se hubiera desvanecido en el aire, que olía fuertemente a romero. La maldijeron por habérseles escapado, y poco a poco fueron abandonando el lugar, con la brisa nocturna meciendo las ramas de un hermoso roble joven, orientado hacia las montañas y el imponente paisaje, bajo un cielo infinito en el que brillaban las primeras estrellas. Entre las raíces del árbol había una muñeca con la forma de un pequeño espantapájaros.

El Lago y la Hoja

La Luna siempre tuvo fama de vanidosa. A la Luna le gustaba reflejarse en la superficie de un lago. Una noche estaba admirando su reflejo, cuando una hoja salió a la superficie y se quedó flotando en la superficie del lago. A la Luna esto no le gustó, pues estropeaba su reflejo. La Luna intentó deshacer la hoja con sus rayos, pero tan sólo consiguió formar un charquito de luz.

Al poco, llegó volando un hada desorientada por la polución del pueblo cercano, y se detuvo a descansar. El hada se limpió con la luz de Luna, y luego remó hasta la orilla del lago y bajo la hoja se durmió.

La mañana siguiente, llegó un joven del pueblo y recogió la hoja. Le llamó la atención el color plateado y brillante que se le había quedado por el toque de Luna y de polvo de hada. El joven se la llevó a casa y mirándola sintió la inspiración de escribir.

Escribió una sentida carta al Ayuntamiento pidiendo que limpiasen el pueblo y los alrededores del lago, y apagasen el alumbrado público. El Ayuntamiento cumplió sus deseos. El pueblo entero admiró la luz de la Luna y los millones de estrellas que se reflejaban en el lago. Tanta luz atrajo de nuevo a las hadas, que hicieron su magia sobre las cosas que crecen.

Y así, el mundo fue un poco más verde y un poco más bueno, al menos en aquel rinconcito de cuento.

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