Sor Soponcio y el vino

O de cómo Sor Soponcio supo por el vino que estaba hecha para la vida terrenal (Dios la haya perdonado).

En homenaje a don Francisco de Quevedo y Villegas.

Mi abuela Salud era una mujer peculiar. Alcanzó la mayoría de edad en el noviciado de las Hermanas Paupérrimas de Santa Urraca, en el año 1940.  La sede de la orden estaba en lo alto de una escarpada cordillera de la provincia de León, a tres días de camino de cualquier conato de civilización. No estaban los tiempos para alimentar a bocas sobrantes, y la abuela Salud ingresó en el noviciado para que sus hermanos pequeños tocasen a más. Aunque lo hizo por amor a su familia y no por Dios, Salud se preparó con abnegación para su ingreso en el ejército con faldas del Altísimo y olvidar hasta su nombre. Por tanto, desde que pusiera pie en el monasterio sería para siempre, o eso creía ella, Sor Soponcio, monja de clausura. Una vez dentro, se dedicó a estudiar con ahínco todo lo que hiciese falta para la vida monacal, empezando por la vida de la Santa fundadora de la orden, que vivió en el siglo XI. En sus lecturas decidió que seguramente no le gustaría encontrarse a aquella mujer en un callejón oscuro, pero debía admitir que se sentía muy identificada con ella:

Santa Urraca, virgen y mártir por sus ideas, tenía una personalidad similar a su coetánea y tocaya la reina Urraca I, ‘la Temeraria’. La Santa también era popular en su ámbito, pues se decía de ella que podía hablar con los animales, sobre todo con las aves. Un buen día, Santa Urraca llegó a un enclave de los Montes de León acompañada de un grupo de monjas Carmelitas Contritas, difundiendo la palabra a los todavía infieles. Allí, cuenta la leyenda, discutía con los descreídos de turno sobre si mi religión es mejor que la tuya, que si mi Dios es más poderoso que el tuyo, que si sí, que si no, lo típico de la época. Por lo visto, Santa Urraca no podía dejar una batalla dialéctica sin ganar, era superior a sus fuerzas, y ante tan duros contendientes no encontró otra salida que encomendarse al Altísimo para que la hiciese volar como a sus queridas aves. Y a continuación se arrojó cerro abajo para demostrar que su Dios era tan poderoso como para suspenderla en el aire como si de un pájaro se tratase.

Por desgracia para Santa Urraca, su Dios ese día no quiso darle alas, y falleció por un exceso de montaña al aterrizar al fondo del risco. Sin embargo, con su acción logró obrar el milagro de convencer a los paganos, pues quedaron tan impresionados por tal devoción que se convirtieron en el acto. Y con las Carmelitas Contritas formaron una nueva orden y empezaron allí mismo las obras del monasterio, en honor a su entusiasta líder caída.

Muchos años después, las Hermanas Paupérrimas de Santa Urraca tenían de pobres sólo el nombre, pues recibían numerosos fondos directamente de los Príncipes de la Iglesia, tal era su fama en la Iglesia Católica. A las Hermanas en aquellos tiempos las dirigía con mano de hierro la Madre Superiora Sor Cilicio.  Era ésta otra mujer notable a su manera, y adoraba a Cristo, a Santa Urraca y a los fondos de la Iglesia, no necesariamente en ese orden. Aún cuando nadaban en la abundancia, la Madre Cilicio imponía a sus monjas la regla de obediencia, castidad y austeridad extrema, para así poder estirar cada céntimo de los fondos al límite, y seguir mostrándose dignas de ellos ante sus benefactores.

En opinión de Sor Soponcio, el semblante de la Madre Superiora se asemejaba sobremanera al ave que compartía nombre con la orden. Dicho parecido generalmente se acentuaba cuando se orientaba en dirección a Sor Soponcio. La Madre Superiora se olía que la devoción de la monja más joven era, por así decir, de carácter teórico y pecuniario, y aunque ello hacía que se la llevasen sus considerables demonios, no tenía modo de demostrarlo.

Animadversiones aparte, el carácter de la Madre Cilicio variaba de irascible a insoportable, alcanzando su punto máximo de ebullición con la visita anual del Obispo para hablar de los fondos. Dicha visita sucedía siempre en domingo, cuando las demás monjas estaban ocupadas en la Eucaristía a cargo del Padre Saturnino. La venida del Obispo se celebraba con todo un ritual en sí mismo, año tras año. Sin embargo, en aquella ocasión se produjeron un par de pequeñas alteraciones en la tradición, para desagrado de la Madre Cilicio, que detestaba los cambios. En primer lugar, el anciano Padre Saturnino fue sustituido por el Padre Esteban, que poseía una juventud insultante y un fervor por la vida excesivamente terrenal. Además, era endiabladamente bello, aunque no es que la Madre Cilicio se fijase en esas cosas. La que sí se fijó, y mucho, fue Sor Soponcio, pues tenía la misma edad que el nuevo Padre Esteban y unos intereses más variados que el resto de las monjas del lugar. ¡Santa María del Cobre, qué miradas se dedicaban! Sor Soponcio era además la hermana designada para ayudar a preparar la Eucaristía todos los domingos. Sus tareas consistían en ir hasta la capilla de Santa Urraca en la otra punta del monasterio, de los tiempos primigenios del lugar, sacar del sagrario el Pan y el Vino para la consagración en la misa, disponerlos en los correspondientes platillos y jarras y llevárselo todo al sacerdote. Sor Soponcio cumplía con su tarea con diligencia, y hasta la venida del Obispo la creciente atracción entre ella y el Padre Esteban pasó desapercibida para todos, excepto para ellos.

‘La hermana San Sulpicio’, 1960

La segunda alteración de la tradición vino de mano del propio Obispo. Poco antes de su llegada solicitó por carta a Sor Cilicio que en aquella ocasión les atendiese en su reunión la monja más joven del convento, en lugar de la nonagenaria Sor Virtudes Teologales, cuyo tembleque de manos el año anterior había esparcido por doquier el licor de importación con el que siempre le agasajaba la Madre Superiora. 

Ésta, con un rictus de disgusto informó a Sor Soponcio que, además de sus labores previas a la Eucaristía, también debía ocuparse de ir a buscar el licor a la despensa, servirlo en la licorera de cristal veneciano, preparar las bandejas de rosquillas de Santa Eufrasia y traerlo todo con prontitud al gabinete privado de la Madre Superiora, para luego quedarse quieta y callada en un rincón y no moverse a menos que se lo pidieran. Cumplir con todas sus tareas aquel domingo era factible, claro que sí.

Lástima que sor Soponcio no contase con la gravedad como inesperado enemigo. Cargada como iba con bandejas y platillos de distintos tamaños, dulces, Hostias, y jarras y botellas varias, no pudo evitar el fatal desenlace: el vino sacramental se fue a pique. Sor Soponcio se puso muy nerviosa al ver todo el caldo esparcido por el suelo, justo en frente del refectorio. Tan sólo quedaba un poco en la jarra, que milagrosamente no se había derramado. No podía entregarla en ese estado. Sor Soponcio pensó deprisa. Primero limpió el estropicio con un cacho de su hábito, con lo cual se puso toda perdida de vino. A continuación, cogió la licorera y rellenó el resto de la jarra con lo que parecía coñac. Optimista irredenta, confiaba en que no se notase demasiado el cambio de sabor. Total, en la Eucaristía solamente daba un sorbito cada feligrés. Sin embargo, antes de seguir con la farsa dio un trago para comprobar su teoría. La Virgen. Aquello estaba asqueroso, repulsivo, incluso vomitivo. Debía cambiar el plan. De momento, aquello daría el pego hasta que tuviese tiempo de cambiarse – pues hedía a vino, y del malo – depositar el refrigerio del Obispo en el gabinete – no habría infierno en el que esconderse si le rompía la licorera a la Madre Superiora – y correr al sagrario para sacar más vino y dar el cambiazo. Así debía proceder, y así la encontró, repasando mentalmente el plan, la Hermana Bendita Paciencia.

– Pero, ¿aún estás así Hermana? Trae, que ya llevo yo a la capilla el Pan y el Vino. Tú lleva el refrigerio a la Madre Superiora. ¡Deprisa! – y resueltamente tomó ambas cosas y salió pitando al encuentro del Padre Esteban, sin que sor Soponcio pudiese detenerla.

Pero hizo lo que le habían ordenado. Se coló en el gabinete de la Madre Superiora y dejó a salvo los dulces y el licor, mientras sor Cilicio adulaba al Obispo en la sala contigua. A continuación, de puntillas, salió del gabinete y corrió con toda la velocidad que le permitían sus numerosas capas de faldas hasta la capilla, para llevarse consigo el vino falso con cualquier excusa y ocultar su pequeña fechoría.

En la capilla estaba el Padre Esteban, preparando todos los enseres para la Eucaristía, la jarra descansando sobre el altar. La monja trató de hacer un avance hasta ella, pero el Padre Esteban la interceptó y dijo:

– Hermana, debo hablar con usted. Es posible que esto le suene a locura y a blasfemia, pero debo confesar los sentimientos que usted despierta en mi corazón y que, estoy seguro, no pueden ser pecado.

Entonces Sor Soponcio olvidó todo, el vino repugnante, la Madre Cilicio y el Obispo, para entregarse a los brazos del Padre Esteban.

Y así los encontraron, a brazo partido, Sor Cilicio y el Obispo.

– Pues no me ha sentado bien ese refrigerio, Madre Superiora. Tengo el estómago revuelto y algo de náusea…

– ¡Santa Urraca Mártir! ¡¿Pero qué es esto?! – voceó Sor Cilicio, viendo cómo se desvanecían en el aire sus fondos.

 El Obispo ante la visión de un sacerdote y una monja metiéndose mano, se había quedado sin habla. Boqueaba como un pez fuera del agua y se sentó donde pudo.

-¡Estáis a esto de ser expulsados ambos de la Iglesia, de la Excomunión y de la Condenación Eterna! – siseó la Madre Superiora lívida, hirviendo de ira. – Un solo desliz más y…

Detuvo sus amenazas cuando el Obispo se levantó tambaleante, se acercó y tomó la jarra del cóctel nauseabundo. Salud sonrió. Adiós a los hábitos. Mientras tomaba la mano del que sería mi abuelo Esteban y pensaba en tomar las de Villadiego, contempló al Obispo que, sudoroso e ido, musitaba que tenía la garganta horriblemente seca. Y entonces, antes de llevarse la jarra a los labios, pidió que le dejasen enjuagar la boca con un poco de vino.

In saecula maleficarum

A todas las víctimas de la caza de brujas

Hexenküppel, Fulda (Alemania), 1606

La colina es elevada; la escalada, pesada. El grupo de aventureros asciende rápido y en silencio, con sus armas y equipamiento. Los cinco integrantes del grupo se mueven como uno solo, exhibiendo toda una compenetración como equipo adquirida en múltiples correrías. Cuando alguno se encuentra con un tramo del risco particularmente duro, y sin que emita sonido alguno, al momento aparece otro que le echa una mano en la subida. Sólo ellos cinco saben de qué es capaz cada integrante de la banda. Sólo ellos conocen y guardan el secreto. Sólo uno de ellos sabe todo lo que ello implica, y por eso les debe más que la vida.

Finalmente alcanzan la cima, y rápidos como el pensamiento todos toman posición, como tantas otras veces. Aguardan a la señal del líder, que besa la cruz gótica que lleva colgando de su cuello de toro, y a continuación desenvaina el espadón de dos manos y emite un sonoro grito de guerra.

Esa es la señal. Comienza el ataque.

El guerrero avanza hacia el portón del castillo y carga contra los guardias que, medio dormidos, no se lo esperan. No tienen ninguna oportunidad. Acto seguido el miembro más bajo de la banda, siempre pegado a los talones del guerrero, se adelanta hasta el mecanismo de apertura y lo manipula hasta que el rastrillo se eleva con un chirrido prometedor.

En la retaguardia también suceden cosas interesantes. Dos figuras femeninas encapuchadas se mantienen al margen de la encarnizada batalla que tiene lugar ya dentro de las murallas. Al guerrero se le ha unido el arquero de la compañía, un individuo esbelto y ágil que pelea con fiereza, ora con cimitarras gemelas, ora con el arco y las flechas.

Una gran luna llena despunta por el horizonte. Una de las dos encapuchadas gruñe algo por lo bajo y apremia a la otra. La aludida, con voz potente y melodiosa, recita unas palabras y extiende los brazos hacia las almenas, donde los ballesteros de la fortaleza tratan de asaetear a los intrusos. Como por arte de magia salen volando y colisionan en el aire, quedando fuera de combate. Sólo entonces la hechicera se baja la caperuza de su túnica descubriendo un hermoso rostro, y se adentra tranquilamente en el castillo. Cierra la marcha su misteriosa compañera, que sigue sin descubrirse. Por el momento.

Una vez finalizada la refriega inicial, los guerreros encuentran poca resistencia en los niveles superiores de la fortaleza. La luna brilla a través de los ventanales y los ojos de la misteriosa mujer encapuchada relucen en amarillo. El hombre de la espada una vez más toma el liderazgo e indica a los demás que le sigan, hacia las entrañas del castillo, donde aguarda su premio. La compañía desciende por las escaleras de caracol mientras la hechicera renueva su energía. Se deslizan por un corredor tras otro, suavemente iluminados por antorchas equidistantes suspendidas en ambos muros de piedra.

Entonces, a un nivel de su objetivo, encuentran un gran destacamento de soldados. Es evidente que están muy cerca de lo que buscan.

-Baz, ¡cuidado! – grita el arquero, haciendo que el guerrero se agache justo a tiempo, antes de que una gran hacha voladora le rebane el cuello. El arma continúa su camino y se hunde varios centímetros en una puerta de madera labrada.

-Bueno, ¡esto me viene de perlas! – proclama Baz mientras arranca el hacha. Con un rugido se abalanza sobre el enemigo enarbolando su nueva arma y termina con varios soldados antes de darse cuenta de que se ha quedado sin gente a la que matar. Entonces corre a ayudar a los demás.

-¡Ya era hora! ¿Sabes?, ¡aquí no vamos tan sobrados de músculos! – grita el pequeño compañero de Baz. Moritz es, ante todo, un ladrón experimentado, mucho más aficionado a practicar el noble arte de la huida a tiempo que el combate cuerpo a cuerpo. Sin embargo, eso no significa que, si le obligan, no sea capaz de defenderse. Como suele decir, la gente no acostumbra a mirar hacia abajo, lo cual es una gran ventaja para alguien con una maña especial para cortar tendones.

-¡Si te apañas muy bien, chiquitín! – dice Baz, risueño. – ¡ya te digo muchas veces que esa sangre tuya enana es una maravilla!

-¡Que te he dicho que no tengo nada de enano, maldito! – replica Moritz tratando de golpear a Baz, que es metro y medio más alto que él.

-¡Si habéis terminado con la cháchara, nos vendrían aquí muy bien unas cuantas manos! – grita Ferdinand el arquero.

Ferdinand se ha mantenido en la retaguardia protegiendo con sus certeras flechas a la mujer encapuchada y a la hechicera, que conjura una bola de fuego tras otra y las lanza con pericia a los soldados de la fortaleza. Parece que el equipo de asaltantes va a ganar de nuevo, que lo tiene todo bajo control. Pero, de pronto, llegan muchos más soldados y se precipitan los acontecimientos. Tres de ellos cargan con un ingenio parecido a una gran ballesta, y disparan contra la hechicera, que por un momento queda a su merced.

-¡Anneliese! – grita Ferdinand, y trata de interponerse entre la gran flecha de hierro y la maga. Ella conjura un escudo en el último momento, pero no consigue frenar del todo la gran flecha. La saeta penetra el vientre de Ferdinand, que cae al suelo con un ‘oh’ sorprendido.

-Anneliese corre a socorrer a su compañero, mientras ve por el rabillo del ojo al último miembro del grupo dejar caer su capa para intervenir al fin.

La contienda dura un suspiro, y pasa todo como en un borrón, como de costumbre, aunque aún no puede resistir apartar la vista. Están de nuevo solos.

La mujer, completamente desnuda, vuelve con sus compañeros. Recoge la capa del suelo y se cubre con ella. Entonces se sienta junto a Ferdinand y la maga, y mira al arquero con preocupación. Ferdinand está perdiendo mucha sangre, pero Anneliese ya ha empezado con sus hechizos de curación, moviendo unas manos centelleantes sobre la herida.

-Gracias, Gaua – dice Ferdinand con un gemido apenas audible. Anneliese le insta a no hablar y a ahorrar energías.

Gaua está inquieta, pero cierra los ojos y poco a poco logra calmarse encerrándose en uno de sus silencios, concentrándose en algo que sólo ella puede ver en el fondo de su mente. Es una mujer joven y esbelta de unos treinta años, cuyo rostro enmarcado por una melena de color caoba posee una belleza delicada, un rostro que no desentonaría en un baile en la corte. Más allá de su apariencia, la postura de Gaua transmite una solemnidad y distinción difíciles de describir. Sus gestos y modales podrían pasar por los de una princesa o gran señora, aunque sus ojos aún reluzcan salvajes.

-Debemos movernos, ocultarnos en algún sitio mientras termina de sanar – dice Gaua, señalando la herida abierta del arquero.

-¿Qué os parece aquí dentro? – les llega la voz de Moritz. – ¿Creéis que serán conscientes de que tienen esto aquí?

El equipo se apretuja en el escondite, una cavidad oculta tras un tapiz solitario en uno de los corredores. Baz y Gaua cargan con Ferdinand y lo depositan en el suelo con un gruñido ahogado del arquero malherido.

-Podrías haber ayudado un poco antes – sisea Anneliese un poco resentida, pero tratando de no perder la concentración del vientre del arquero, que se va cerrando poco a poco.

-Y no tendría que haber intervenido, sabéis que me cuesta mucho volver a ser yo. Os dije que me estoy reservando para el Malefizmeister… y para él. Ellos dos son los responsables de todo. Y vosotros también queréis cogerlos, pues fueron ellos los que se llevaron a Rhiannon.

Todos guardan un momento de silencio recordando a la compañera caída, cruelmente asesinada en la brutal caza de brujas que asola aquellas tierras. Rhiannon ha sido una de las pocas brujas auténticas que ha caído en las garras del juez inquisitorial Balthasar ‘Tuerca’ Nuss, el Zentgraf (1)de Hofbieber y Malefizmeister(2) de su señor y tocayo, Balthasar von Dernbach, Príncipe Abad de Fulda. Nuss lleva tres años persiguiendo brujas para Dernbach, que parece querer reducir Baviera a cenizas. El Malefizmeister es famoso por su absoluta falta de humanidad y una imaginación sin precedentes aplicada a las innombrables atrocidades que inflige a sus víctimas en busca de una confesión. Tras horas de tortura, las víctimas dicen cualquier cosa que Nuss desee: pertenencia a aquelarres, participaciones en rituales demoníacos, e incluso relaciones con Satán en persona, así como cómplices cualesquiera en la práctica de la brujería, a fin de que cese pronto el tormento. Nadie sabe el número exacto de mujeres que hasta la fecha han perecido a manos de aquél sádico, pero se cuentan por centenares. Ninguna de las personas que ha sido señalada por Nuss y traspasado las murallas de Hexenküppel ha sobrevivido. Ninguna mereció el calvario sufrido ni el horrendo final.

Y luego está Dernbach, el amo y señor de aquellas tierras, el que ha ordenado tanto tormento y muerte, pero siempre en el nombre de Dios. Sólo por ello merece un destino igual o peor que el de Nuss, pero su conexión con Gaua, la razón por la que le hará sangrar, empezó mucho antes que los juicios de brujas.

-Si caen ellos dos se acabarán las persecuciones. Lo he visto antes. – dice Gaua lacónicamente. Los demás entrecruzan miradas, pero no dicen gran cosa. Al final, y como siempre, Moritz es el único que se atreve a decir lo que todos piensan.

-Sí, eso está muy bien. ¿Pero qué tienes que ver con todo esto? Después de todo, llegaste cuando perdimos a Rhiannon. En realidad, no sabemos nada de ti o de tu… condición. Más allá de lo obvio. Oh, por supuesto, tenerte de nuestro lado es una gran ventaja en ocasiones, pero también nos ha metido en varios líos, como aquél con los cazadores furtivos…

-O el entuerto con la Condesa Sangrienta. ¡Aquello fue bueno…! – interviene Baz, sonriendo a sus recuerdos.

-Y el mes pasado, lo de esa aldea maldita… Y lo que vino después. Todavía tengo pesadillas con arrastrarme por aquellos agujeros llenos de gusanos – siguió enumerando Moritz.

-Por no hablar de que ahora mismo estamos escondidos en el armario de las escobas de Hexenküppel – se queja Anneliese.

Gaua no contesta, sólo mira alternativamente a sus compañeros con el ceño fruncido, pero sin dejar que su rostro revele nada más. Sin embargo, en su interior se pregunta si no es ya la hora de revelar a sus compañeros las respuestas que anhelan sus almas. Quizás así también libere un tanto la suya.

Ferdinand por su parte no dice nada. Está recuperando fuerzas rápidamente y se incorpora. Quiere oír el resto de la historia. Incluso Baz, que ha estado más ocupado limpiando y afilando la espada que prestando atención a la conversación, se detiene a escuchar.

La voz de Gaua brota como un torrente de aguas largo tiempo contenidas. Sus palabras arrullan y transportan a sus compañeros en el tiempo, treinta y seis años atrás.

Bosques de Fulda, 1570

Al fin encontró agua. Ixeia se abalanzó sobre aquel pequeño riachuelo a beber. Después de días de travesía no podía recordar cuándo había sido la última vez en saciar su sed, y aquella agua fresca le supo a gloria bendita.

Así es cómo la encontró Fray Michael, en mitad de la floresta, de rodillas y dando gracias a Dios. Era inevitable que la hermosa joven le cayese en gracia. Entonces vio los profundos cortes en brazos y piernas de Ixeia, y sus pies ensangrentados.

El agradable monje insistió en socorrerla como era debido, aunque Ixeia desconfiaba por instinto de los clérigos. Y no era para menos, dados los estragos que había presenciado por su mano en todo el camino recorrido, desde su Vitoria natal hasta aquellos bosques cercanos a la villa de Fulda, en Baviera. La joven no podía siquiera empezar a explicar a aquel monje los horrores vividos y los terrores que la habían perseguido por diversas poblaciones y asentamientos. Las razones, sólo ella las sabía y no las mencionaría jamás en territorio eclesiástico, donde trataría de ocultar incluso su pelo rojo. Pues precisamente ahí es donde deseaba llevarla el monje, a su hogar, la abadía de Fulda. Sólo hasta que lograse reponerse del todo. La muchacha se resistió, pero en algún momento debió de caer desfallecida por el agotamiento, pues cuando despertó estaba ya en el monasterio, al cuidado de su nuevo amigo.

Fray Michael la llevó en primer lugar al pequeño dispensario del monasterio, y allí los hermanos legos la atendieron con esmero y suma caridad cristiana. Gracias a sus cuidados las heridas superficiales de Ixeia comenzaron a sanar lentamente. Sin embargo, la mayor aflicción de Ixeia no se podía ver, y la sumía en estados de desesperación o terror extremos cuando ya no tenía nada que temer. A ese estado lo llamaba ‘su lobo’, y era una enfermedad de la mente.

Los hermanos legos hacían lo que podían para calmar sus pesadillas y sus temblores incontrolables, pero lo que más la ayudaba y consolaba, lo que lograba ahuyentar durante más tiempo al lobo que veía cuando cerraba los ojos, así como sus horrendos recuerdos, el olor de ceniza y carne quemada, eran sus charlas con Fray Michael.

El clérigo la visitaba con regularidad para supervisar su mejoría. Solía aparecer en la puerta del dispensario de buena mañana, justo después de Laudes. Al cabo de un par de semanas se acostumbró a interrumpir sus labores antes del comienzo de las oraciones en las Horas Menores y rezar en el mismo dispensario, ‘por la pronta recuperación de la hermana Ixeia’, decía. A la joven le fascinaba la devoción con que el fraile elevaba sus plegarias a Dios, y la expresión de absoluta paz en su rostro cuando terminaba sus rezos, abría los ojos y sonreía a Ixeia. Era muy joven, muy piadoso y su carácter apacible de maneras sosegadas era contagioso. Ixeia se familiarizó pronto con la tez del fraile y su sonrisa luminosa, a la que echaba incluso de menos en las Horas Mayores. Empero, la capilla donde se reunía la congregación se encontraba cerca del dispensario, e Ixeia se asomaba a la ventana y aguzaba el oído para escuchar los rezos. Esperaba todo el tiempo que duraba la misa, hasta que lo oía. Benedictio Dei Omnipotentis, Patris, et Filii, et Spiritus Sancti descendat super vos et maneat Semper. Amen. Vos can vado in pace. Deo gratias. Entonces, sin saber muy bien por qué, su corazón se aceleraba. Y volvía a su camastro justo a tiempo para ver aparecer la sonrisa de Michael de nuevo por la puerta.

En sus continuas visitas el monje le contó muchas cosas de su humilde existencia. Era copista y solía dedicar gran parte del día a escribir y embellecer códices en el scriptorium de la abadía, para enriquecer aún más la celebérrima biblioteca de Fulda. Cuando no se encontraba atendiendo a otras obligaciones u orando, por supuesto. Se había educado y criado desde muy niño en aquel mismo lugar, siendo un alumno aventajado en la escuela del monasterio, y demostrando una temprana y despierta inteligencia, muy sensible para las artes, las letras y las ciencias. Tenía ya desde entonces una celda en la parte septentrional, realmente el único hogar que había conocido.

Le habló también del Príncipe Abad del monasterio, Balthasar von Dernbach, el dueño y señor de aquellas tierras y un vasto territorio. Un hombre imponente y muy importante, que sin embargo había supervisado con interés la educación y los progresos de Fray Michael, así como sus propensiones y dotes, y le había asignado personalmente su lugar en el scriptorium. Le contó también que Dernbach andaba muy preocupado aquellos días, que sus detractores, más fieles al protestantismo que al catolicismo de Fulda, crecían día tras día, y temía que lo destituyesen y exiliasen más que a ninguna otra cosa. Al fraile siempre se le ensombrecía el rostro cuando hablaba del tema, como si previese una nube negra ligada al Príncipe Abad.

Cuando los hermanos legos informaron de que no podían hacer más por Ixeia, que ya estaba por completo curada, a Fray Michael le bastó una mirada de la joven para comprender que no deseaba marcharse, que no quería quedarse sola, sin él, sin su consuelo. Así que el monje la ocultó en el granero, en los establos, en su celda misma, y la cubrió con una túnica de hermano lego. Quebrantó todas y cada una de las reglas del monasterio, pero lo hizo convencido de que a Dios aquello poco le importaba, que tenía menesteres mucho más interesantes que atender.

Se enamoraron sin querer. Y se entregaron el uno al otro queriendo.

Ixeia le preguntaba una y otra vez si no deseaba que ella desapareciese de su vida, que se marchase lejos y le dejase en paz con su plácida existencia monástica. Michael solía decir que su amor por Dios y por Ixeia no eran contrarios, sino complementarios. Decía ver la obra de Dios en el rostro de la joven, y el misterio de la fe en el fondo de sus ojos. Para Ixeia, Michael era sencillamente luz. Era su luz.

Al poco tiempo la joven descubrió que estaba encinta, y a la sazón ya nadie podría separarles. O eso pensaban.

Planearon pues fugarse juntos, empezar una nueva vida lejos. Pusieron todas sus esperanzas en un plan supuestamente infalible que les abriese las puertas de una vida de dicha. Acordaron fugarse de madrugada un día veintiuno de junio de 1570, antes de Maitines.

Y les estaban esperando a la salida del monasterio.

Nunca supieron quién les había delatado, pero poco importaba.

Dernbach estaba furioso. Gritaba y echaba espumarajos por la boca, vociferaba sobre una sucia traición a su persona. Clamaba frente a los dos prisioneros que el pecado se había introducido entre las mismas paredes de su monasterio, pero que iba a eliminarlo de raíz.

 No hubo misericordia para Michael. Lo ejecutaron mucho antes de que pudiese suplicar clemencia. Mas, sí que llegó a proclamar que Ixeia estaba encinta, y murió creyendo que así la joven se salvaría.

A Ixeia la encerraron en la celda del monje bajo llave, mientras deliberaban su destino.

Era el Solsticio de Verano, y una gran luna llena brillaba a través de los barrotes de la celda. Ixeia tomó una decisión. La de no volver a ser una criatura débil, a merced de los designios de otros. De abrazar a su lobo, de entregarse a su verdadera naturaleza y a su destino.

Y se concentró para lanzar un conjuro. El más grande que había efectuado hasta la fecha, antes de que la persiguieran en España y en Francia, y el mayor sortilegio que jamás haría. Bañada por la luz de la luna, y el sol despuntando por el horizonte, se hechizó a sí misma y a la criatura que llevaba en el vientre. Un hechizo que muchos llamarían posteriormente ‘maldición’, y que jamás podría deshacerse.

Gracias a su nueva condición, Ixeia pudo escapar de su celda y del monasterio, pero no sin antes dar sepultura al cuerpo de Michael en los terrenos de la abadía, el lugar que tanto había amado. La joven lloró amargas lágrimas de despedida, y, al momento, brotó un hermoso rosal sobre el eterno lugar de descanso del monje. Ixeia le prometió que no tardarían en volverse a ver.

Entonces inició su transformación, lista para marcharse para siempre de aquel lugar, muy consciente de que había alguien observándola. Sus nuevos sentidos la habían alertado de su presencia mucho antes, y aunque estuvo muy tentada de vengarse, pensó que no era lo que Michael hubiese querido.

‘Habentis Maleficia’, murmuró el abad, presenciando cómo aquella criatura se transfiguraba ante sus ojos, saltaba los muros del monasterio y se perdía en los bosques bajo la luz del amanecer. No alertó a nadie, pero jamás olvidó lo que había visto.

-Después de aquello, la frágil mente de Madre quedó completamente devastada. Deseó todos y cada uno de los días que restaron de su existencia reunirse con Michael. Pero tenía una obligación para con su bebé. Para conmigo. Oh, sí, me crio, me enseñó su arte y lo hizo bien. Solía decir que estaba muy orgullosa de mí, y me contó todo sobre Padre. Acudió a reunirse con él cuando vio en mí que era ya toda una mujer, que podía cuidarme sola, cuando yo tenía dieciséis años – dice Gaua, introduciéndose a sí misma por primera vez en aquella triste historia. Sus compañeros, avezados y duros aventureros tienen un nudo en la garganta, desde el primero hasta el último.

-A partir de entonces no hay mucho que contar. Por supuesto, me afectó el hechizo o maldición, y tuve tiempo en demasía para dominarlo, aunque no sin grandes sufrimientos. Me cambié el nombre, aprendí, adiestré y me adiestraron, me refiné y me superé a mí misma cientos de veces, pero no olvidé. Ascendí en la escala social. Me casé con el Kurfürst(3)de Munich, Prinz Friedrich, y tuve acceso a los más altos dignatarios de Baviera como flamante princesa. Así fue cómo conocí al mismísimo Dernbach en una de las reuniones de la corte. No cesó de alabar mis modales refinados, y yo soporté su cháchara insulsa y sus repulsivas atenciones disimulando muy bien mi desprecio. Lo único que me interesaba de él en aquellos momentos era su olor.

Entonces Gaua se pone rígida. Olfatea el aire.

-Está aquí. Acaba de llegar.

La compañía deja su escondite, con Ferdinand completamente curado y en la plenitud de sus facultades, desciende al último nivel de la fortaleza y llega al fin al portón que andan buscando desde el principio. Tras él se escuchan gritos ahogados, que se ven interrumpidos cuando la compañía traspasa el umbral.

Es una sala de torturas, con varios desdichados sufriendo tormento. Pueden sentir más que ver a uno que gime dentro de la Doncella de Hierro, un par en la picota, y otro yaciendo en el potro, en pleno interrogatorio con Nuss mientras Dernbach supervisa el procedimiento, el cual abandona cuando ve a los extraños personarse en la estancia. Es la viva imagen de la confusión.

-Prinzessin Hildegarde! Was machen Sie hier…? (*)

Y esas son sus últimas palabras, antes que un enorme lobo cobrizo salte sobre él desde donde unos instantes antes estaba Gaua, o la princesa Hildegarde, y lo destroza con fauces y garras.

Cuando Dernbach ya no es más que un puñado de vísceras ensangrentadas, la bruja lobo se gira hacia Nuss, pero sus compañeros con gran aplomo la detienen.

-Espera, Gaua. Creemos que él merece algo diferente. Un final más lento.

La compañía de aventureros libera a los reos y abandona aquel maldito lugar para siempre, perdiéndose en la noche. Anneliese y la propia Gaua quedan un momento rezagadas, asegurándose de que las almas atormentadas de los cientos de cuerpos enterrados en las catacumbas bajo Hexenküppel encuentren al fin la paz.

Epílogo:

A diferencia de lo que solía suceder en aquellos tiempos, en los que la causa de muerte de un inquisidor era la edad o las enfermedades propias de la época, la historia cuenta que, tras la muerte del Príncipe Abad, Balthasar Nuss fue arrestado y detenido durante trece años, debido a que como Malefizmeister violó repetidamente las disposiciones aplicables que se encontraban en vigor en aquel momento. Finalmente, fue juzgado por enriquecimiento en relación con los juicios por brujería, y decapitado en 1618 en Bad Brückenau.

Los pasajes subterráneos bajo Hexenküppel siguen estando en gran parte inexplorados.

(*): ¡Princesa Hildegarde! ¿Qué hacéis vos aquí…?

(1): Juez de la Centena (distrito judicial).

(2): Maestro de la Maleficencia. Comisionado brujo o ‘juez brujo’. Su trabajo consistía en garantizar el curso adecuado de un juicio por brujería. En la práctica a menudo los Maestros de la Maleficencia impulsaron la persecución. 

(3): Príncipe Elector.

Tocar la Luna

Publicado en el Número 23 de la Revista Papenfuss , ‘Especial Recuerdos’

Publicación en Papenfuss Num.23

Las intrépidas astronautas ‘las Hermanas’ al frente de la imponente nave ‘la Nocturna’, equipada con la última tecnología de viajes espaciales, encabezan la misión más importante de sus carreras. Su objetivo: conquistar la Luna. La Hermana Comandante a los mandos, con su vasta experiencia de cuatro años, dirige con destreza la Astronave hacia el espacio exterior. A su vez, la Hermana en Jefe gobierna con mano de hierro los entresijos de ‘la Nocturna’. Desde hace ocho años comanda tripulación y pasajeros haciendo que todo marche a la perfección, y la conquista de la Luna pondrá el broche de oro a su impecable trayectoria profesional.

Fuente: Papenfuss Num.23

La misión va a dar comienzo. La Hermana en Jefe inicia el protocolo de lanzamiento.

-Hermana Comandante, ¿combustible?

-¿Qué?

Que si hay combustible suficiente para la misión.

-¿Qué es combustible?

Gasolina. Como lo que le pone papá al coche para que funcione, pero mucha.

-Ah, sí. Sí que tenemos.

-Tienes que decir: check.

-¿Check?

-Check, sí.

-Vale, check entonces.

-¿Víveres?

-¿Qué?

-Comida, que si hay comida.

-Ah, ya. Sí. Digo, check.

-¿Agua corriente y moliente?

-Claro.

-Check.

-Check, vale.

-Entonces, ¡estamos listos para despegar! T-5000 segundos… T-1000 segundos…

-¿Qué haces?

-Cuento.

-¿El qué?

-El tiempo que queda para que salga la Astronave hacia el espacio.

-Ah. ¿Puedo contar yo también?

-Eh, claro. Pero tú conduces la nave, eso es lo más importante. Y, además, aún no sabes contar bien.

-Puedo contar hasta que salga el cohete. Y si hay que contar más, entonces este es un juego muy aburrido.

-También es verdad.

¡Encendiendo motores! El ruido ensordece a todos los que han acudido a ver el despegue. Y ‘la Nocturna’ se eleva en medio de una gran nube de humo, llamas, y la explosión de los propulsores a toda potencia!

-¡Roooooaaaarrrrrr!

-¡Roooooaaarrrrrrrrrr!

-¡Allá va! ¡’La Nocturna’ pone rumbo a la Luna! Ya pueden avistarla en medio de la negrura del espacio exterior. Es redonda, grande, perfecta toda ella, brillando con su resplandor dorado, rodeada de estrellas.

Fuente: Papenfuss Num.23

-Hala, sí, qué bonita.

¡Las Hermanas van a conquistar las estrellas!

-Pero oye, ¿por qué vamos a la Luna?

-¿Cómo que por qué?

-Sí, ¿ahí qué hay?

Eh, pues, unicornios rosas.

-¿De verdad?

-Claro.

-¿Y gatos?

-Por supuesto, está lleno de gatos, ¡todos los que quieras! Todos los gatitos que se escapan de casa se van a la Luna.

Fuente: Papenfuss Num.23

-Ah, vale. Entonces ya quiero ir.

Hermana Comandante, ¡mantenga el rumbo!

Sí, pero es que tengo que ir a hacer pipí…

Hum, vale, pero luego vuelves y mantienes el rumbo.

La misión va viento en popa. ‘La Nocturna’ se dirige rauda a su destino, y la Luna se ve más y más grande a medida que la nave se acerca a la superficie.

Pero entonces, las cosas se tuercen.

-¡Hermana Comandante! ¡Tenemos un problema! No hay suficientes víveres, ¡y la tripulación está furiosa!

-Pues dales Cola-Cao, ¿no? Hay un montón, que papá compró el paquete de la Baticao.

Tienes razón, Hermana Comandante, ¡espero así poder contenerlos!

-¿Qué es eso?

-Es nuestro cuaderno de bitácora. Aquí tengo que apuntar las incidencias de la misión.

-¿Pero eso no era tu diario? ¿Me vas a dejar leerlo?

-Hermana Comandante, ¡mantenga la atención en los mandos!

-Hum, nunca me dejas leer tu diario, hum…

-Hermana Comandante, ¡murmurar no es propio de una astronauta de su categoría! ¡Y tenemos otro problema! ¡Los pasajeros! ¡Que ahora dicen que quieren sus camarotes con vistas al mar!

-Vale.

-¿Cómo que vale? ¡No hay mar en el espacio!

Si desde la playa se ve la Luna, desde la Luna también se verá la playa.

-Creo que eso no va así, pero ¡bien pensado, Hermana Comandante!

-Claro.

-¡Oh no! ¡No puede ser!

-¿Qué pasa ahora?

-¡La tripulación! Que dicen que no están conformes con el Cola-Cao. ¡Quieren Nesquik, y lo quieren ya! ¡Están rabiosos, vienen hacia aquí! ¡Los oigo llegar y aporrear las puertas de la cabina de mando! ¡Motín! ¡Oh no! ¡Motíiin!

-Pero, ¿aún estáis despiertas? A dormir, ¡que mañana hay cole! ¡No son estas horas de jugar!

-Vaaalee… Buenas noches, mamá.

-Venga, ¿estás bien tapadita? Qué manera de desvelar a tu hermana pequeña.

-Mami, ¡hemos ido al espacio!

-Sí, pero nos has interrumpido antes de poder tocar la Luna.

-Qué cosas tenéis. ¿Qué les has hecho a las sábanas? Mañana continuáis y llegáis hasta Saturno. Pero durante el día, antes de cenar.

-Saturno. ¿Dónde está eso?

-Sí, ¿se ve desde la playa?

Fuente: Papenfuss Num.23

-Venga ya vale, ¡buenas noches niñas! ¿Os dejo la lamparita de noche encendida? Creía que habíais dicho que sois ya mayores para usarla…

-Mamá, ¡no toques la Luna!

Escrito a dos manos

Para Lucas.

Carlota se sienta en la misma mesa de siempre. Le gusta cómo el Sol entra por el gran ventanal de la cafetería, calentándole el ánimo y un lado de la cara. Ahí es donde ella se sienta a escribir, siempre con su estilográfica y su cuaderno Paperblanks. Tampoco le faltan nunca un pedazo de la tarta de zanahoria de la casa y un café americano con un terrón de azúcar. En esta mesa ella escribe de todo, mientras espera a que se le ocurra algo realmente bueno, y cumplir su sueño de convertirse en novelista.

Abre el nuevo cuaderno por la primera página, mientras acaricia y admira la cubierta. Es roja con filigranas doradas en relieve. Tiene ideas muy firmes acerca de la inspiración y las formas de convocarla, a poder ser con estilo y elegancia. Y orden, sobre todo orden.

Carlota echa una ojeada al ambiente chic de la cafetería. Hay varias mesas ocupadas por jóvenes conversando animadamente, o trabajando en portátiles y tabletas, aislados del mundo por enormes auriculares. El aroma de las bebidas calientes se mezcla con la de su americano, que huele intensamente al mejor café arábica. Carlota aspira su olor, toma un sorbo y comienza a escribir.

Es un relato sobre la expresión literaria y sobre la magia de contar historias. Es un escrito también de misterio que mantiene la intriga hasta el final. Es también, por supuesto, una historia de amor. Al menos es todo ello en su mente.

La escritura de Carlota fluye mientras su pluma rasga la página al ritmo de sus pensamientos. Hasta que éstos dejan de fluir. Ha definido los personajes, su entorno y sus motivaciones, pero no sabe cómo seguir. Come su tarta y reflexiona, y no se le ocurre nada. Decide tomarse una pausa y se retira un momento al baño, esperando que cuando vuelva, retorne también su musa.

Cuando Carlota regresa y retoma la tarea y la pluma, se da cuenta de que pasa algo extraño. A continuación de lo último que ella recuerda haber escrito, hay una nueva línea:

“A la heroína le llegó una ayuda inesperada: un aliado ingenioso le prestó su voz de manera desinteresada”.

Carlota mira alternativamente la frase salida de la nada y a la pluma con desconfianza. ¿Es que ha seguido escribiendo sola? Se reprende a sí misma. Tiene demasiada fantasía.

Vuelve a leer la frase de marras. Admite que encaja muy bien con la historia que está contando. Carlota se queda pensativa y turbada, tanto, que se marcha a su casa en compañía de su gata Red.

Al día siguiente Carlota vuelve a la cafetería a su hora habitual, invariablemente pide su merienda y se sienta a continuar escribiendo. Decide seguir a partir de la misteriosa frase, pues en cierta forma sí ha resultado ser una aliada inspiradora.

Fuente: Freepik

Carlota escribe y escribe, y le gusta los derroteros por los que va su historia. De pronto, levanta la mirada y ve a un viejo conocido en el mostrador de dulces, y se levanta a saludarlo. Tras una charla animada de las de ponerse al día, regresa a su mesa y casi se cae de la silla de la sorpresa.

Ha aparecido otra frase, de nuevo a continuación de su última escritura:

“Ella descubrió una pista sobre el misterio que la intrigaba. Decidió seguirla, por ver a dónde llegaba”.

Carlota se enfada consigo misma por haberse distraído de nuevo y dejado que un desconocido trastee con sus cosas. Sin embargo, leyendo la nueva frase se fija en que su escritura, pulcra y obsesivamente recta contrasta fuertemente con el tembloroso garabato del desconocido, de tinta emborronada sobre las apresuradas líneas. Eso significa una cosa: la persona misteriosa escribe con la mano izquierda.

Carlota observa al resto de clientes de la cafetería tratando de localizar al zurdo en cuestión. Pero, cómo no, el escritor espontáneo no se delata tan fácilmente. No hay nadie en el local que sea visiblemente zurdo. Nadie come o escribe en aquel momento. Todos conversan o sostienen los grandes tazones del establecimiento ¡con las dos manos!

Debe de tratarse todo de una broma, piensa Carlota, que recoge sus cosas y sale por la puerta, rumiando aquel misterio que la saca de sus casillas.

Al día siguiente se promete que no va a distraerse bajo ningún concepto, y que no va a bajar la guardia ni en la intimidad del baño. Si el desconocido desea continuar con la guasa, entonces será bajo su atenta mirada. Carlota continúa escribiendo su historia durante al menos dos horas, y ni rastro del escritor espontáneo. Ya está convencida de que el asunto ha terminado cuando uno de los camareros tropieza, ¡y derrama sobre ella un Frappuccino! Suerte que el café está helado. No así la sulfúrica Carlota, que echa chispas mientras corre al baño a limpiar el estropicio. Cuando vuelve a su mesa, el camarero está fugado y una nueva línea ha aparecido en el escrito:

“Una buena historia, narrada con maestría, une a lector y escritor en súbita camaradería.”

Carlota sigue enfadada por el incidente del café y frustrada por no haber pillado in fraganti a su esquivo colaborador. Sin duda el susodicho la vigila, y no le hace ninguna gracia. No obstante, no puede evitar leer aquella nota borrosa, y se sorprende a sí misma dándole la razón y apreciando la nueva perla de sabiduría. Aquella frase tan sencilla coincide absolutamente con las ideas de Carlota acera de la escritura. De cómo un libro capaz de llegar al alma del lector le está recomendando encarecidamente al autor, alguien cuyo espíritu armoniza con el propio.

En los días siguientes, Carlota intenta pillar por sorpresa al interfecto, pero todos sus intentos caen en saco roto. Olvidados la tarta de zanahoria y el café, centra sus esfuerzos en fingir despistarse, con diversas estrategias a cada cual más sofisticada, para atraerlo y descubrir de una vez por todas de quién se trata. Pero una y otra vez sus planes fallan por desafortunadas casualidades. La clientela de la cafetería tampoco es de ninguna ayuda. Nadie ve nada, nadie sabe nada y cada día hay clientes nuevos y diferentes. Y ningún zurdo.

Finalmente, Carlota se rinde y deja hacer al escritor desconocido. Pues entre idas y venidas la historia sigue avanzando, día tras día, escrita a dos manos. Carlota debe admitir que las aportaciones del misterioso sujeto han sido de valiosa ayuda en ciertas situaciones de bloqueo. Ha llegado a apreciar las bonitas rimas enlazadas con su prosa que, poco a poco, van tejiendo la historia. Por las noches mientras acaricia a Red, no puede quitarse de la cabeza al escritor anónimo y su misterio, y por el día desarrolla la historia, que indefectiblemente gira en torno de una identidad oculta que la protagonista desea descubrir.

Poco antes de terminar, Carlota hace un último intento de desenmascarar al desconocido, pero falla por enésima vez, y lee entre fastidiada e ilusionada la siguiente frase en su cuaderno, con el corazón latiéndole con fuerza:

“El desconocido no reveló su identidad, no todavía, pero le auguró una sorpresa digna de la admiración que por ella sentía”.

Cuando Carlota lee esto el rubor tiñe sus mejillas, y no puede evitar echar una tímida mirada al tendido y retorcer un mechón de su melena cobriza, nerviosa.

Finalmente, Carlota termina la historia, y se marcha a su casa satisfecha y orgullosa del resultado. Al día siguiente vuelve a su mesa de siempre, un poco triste porque aquella experiencia extraña y maravillosa de escribir su libro ha concluido. Se retira un momento al baño, y cuando regresa ve una nota roja adherida a la cubierta de su cuaderno, que dice solamente: ‘Mesa 15’.

Carlota se queda un momento extrañada. Hasta el momento ella ha creído que sólo hay doce mesas en la cafetería. Se dirige rauda al final del local, y descubre un rincón que no ha visto nunca, a la vuelta de una esquina camuflada por un gran espejo. En ese rincón están las tres mesas que faltan, siendo la mesa 15 la que está más al fondo de todas, y la única iluminada por una bombilla en el techo. La mesa está vacía, para desilusión de Carlota. Sin embargo, cuando se acerca descubre dos cosas: Que la persona que se siente en ese rincón puede ver su mesa gracias al espejo, y un libro solitario depositado en el asiento. En la cubierta hay otra nota pegada que dice: ‘Me encanta tu historia. Si quieres tomamos un día un café juntos y la comentamos’. Y un número de teléfono.

Carlota hojea el volumen con avidez y lo reconoce de inmediato. Es su libro, el que ha escrito a dos manos con el desconocido, en esmerada encuadernación casera. Su libro, su creación, cuyas páginas le hablan de talento, vocación y autosuperación. Lo ha logrado, ha escrito algo realmente bueno. En parte gracias a alguien que la ha sacado tantas veces de su encasillamiento que ha estimulado una creatividad que no sabía que tenía. Pero estas son sus palabras, que tan bien combinan con las prestadas, y todas ellas le hablan de entendimiento, comprensión, e incluso conexión espiritual entre dos individuos iguales. Todas aquellas palabras le recomiendan encarecidamente a la persona al otro lado del teléfono. Carlota coge el móvil y resueltamente marca el número.

Un encuentro inusual

Hace poco encontré un singular relato en un diario de mi tía bisabuela Elisa. El hallazgo del diario en sí ya fue extraordinario, pues estaba oculto en una caja de secretos entre sus pertenencias casi olvidadas, cuyo cierre sólo yo acerté a abrir. El truco estaba en presionar suavemente los laterales de la caja y a la vez soltar el pestillo casi invisible de la tapa.

Mi tía bisabuela Elisa siempre ha sido una figura legendaria en la familia. Una joven que a los dieciocho años se fugó de casa y desapareció sin dejar rastro, para reaparecer años después al otro lado del mundo como una reconocida escritora de cuentos para niños.

El por qué se fue así, nunca estuvo claro, aunque nunca faltaron rumores acerca de un matrimonio de conveniencia del que cualquiera habría huido. Esto era algo que mi abuela y su hermana comentaban a menudo, con expresión resabiada.

Cómo logró desvanecerse como si se la hubiera tragado la tierra, y burlar a todos y cada uno de los grupos de búsqueda que envió mi tatarabuelo es gran parte del misterio, así como sus cuentos de hadas, capaces de encantar a toda una generación.

Ahora, leyendo su diario he comprendido muchas cosas. La verdad sobre el matrimonio concertado, sobre el que se desahogaba en varias páginas del diario, intercaladas con algunos cuentos muy buenos, como ‘La Trenza del Hada’ o ‘La Flor Tardía’, en los que en retrospectiva puedo ver el talento innato y creciente que impulsaría su fama.

Pero la última entrada del diario es de lo más extraño. No es un cuento, o al menos no está narrado como tal. Es igual que tantas otras entradas anteriores, pero con una diferencia: lo que cuenta ahí Elisa no puede ser real.

Está bastante claro que era una criatura fantasiosa y quizá un poco lunática. Sin embargo, lo que escribió aquel 19 de abril de 1910, unido a su posterior desaparición, suscita muchas dudas y preguntas, y deja tras de sí muy pocas respuestas.

La versión oficial es que efectivamente huyó del matrimonio concertado. Yo ya no lo tengo tan claro.

Juzguen ustedes, a partir de la transcripción, palabra por palabra, de la última entrada del diario adolescente de Elisa Gascó, la famosa cuentacuentos.

19 de Abril de 1910

Ayer por la tarde le dije a padre que no me casaré, aunque me lleven a rastras ante el altar. No hay mujer cuerda que quiera pasar el resto de su vida junto a ese hombre infame. Pero padre no quiso escucharme.

Salí como tantas otras veces al monte, a respirar aire fresco y a ordenar los pensamientos, dejando atrás el caserón familiar y bordeando los campos de naranjos hasta la colina cercana, como acostumbre a hacer cuando arrecia la tormenta.

No obstante, ayer tomé una senda distinta a la habitual, y al poco me había desorientado. El Sol ya se había ocultado tras las montañas y su resplandor ya no era visible en el cielo, donde ya empezaban a aparecer las primeras estrellas. Sin embargo, no hacía frío. El aire primaveral era cálido y mecía mi vestido de algodón mientras avanzaba por los pastos.

Entonces quise fijarme en donde me encontraba, para tratar de hallar el camino a casa. A parte de unas pocas colmenas de madera para abejas, no vi nada reseñable que determinase mi paradero. Ninguna señal, ni marca alguna. Un sendero completamente desconocido y libre de presencia humana.

Vi que estaba en un camino de flores silvestres de vivos colores. Había margaritas, clavelinas, campánulas y lavanda, el aire estaba impregnado de su olor. Las flores eran preciosas, todas ellas, coloreando la falda de la colina como un ordenado mosaico.

Demasiado ordenado y demasiado pulcro. Me pregunté si no me habría metido por error en terreno cultivado. La visión de tan bonitas flores contrastando con las luces del crepúsculo y la villa a lo lejos, preparándose para la noche, junto con su dulce aroma silvestre era reconfortante.

Me incliné sobre una de las perfectas campánulas. Estaba cerrada, pero tenía todos y cada uno de los pétalos impecables, de un tono rosa intenso con el borde oscuro. La acaricié con delicadeza, asombrada de su belleza. Y la flor se estiró y me miró.

No era una flor después de todo.

Contuve la respiración y alcé la mirada. La senda de flores silvestres estaba ahora salpicada de pequeñas lucecitas, que eran en realidad más criaturitas como aquella, iluminadas desde dentro y observándome.

Me temo que me desmayé. Debió ser así, porque desperté tendida en el pasto rodeada de las flores y personitas brillantes. Sentía un regusto dulce en la lengua, como a miel. Supuse que aquellas criaturas me habían dado algo para reanimarme.

‘Un don por otro don.’- dijo la pequeña de color rosa que había visto primero, con una voz tan indescriptiblemente dulce como el roce de una brisa o el lenguaje de las mariposas.

‘¿Perdón? – dije, sin saber muy bien si el sonido había llegado a pasar por mis oídos.

‘Danos el mejor de tus dones, y nosotras te daremos otro a cambio’ – replicó el hada, y las otras se acercaron más y se sentaron rodeándome, unas sobre las flores, otras acomodadas sobre mullidas setas, sobre raíces, y de rodillas en la hierba. Las hadas más pequeñas saliendo de entre grietas en las rocas, llenando el lugar de decenas de luces. El olor del azahar y la madreselva, del romero y la lavanda, lo envolvían todo como un hechizo.

El mejor de mis dones. No sabía qué ofrecer, y no sabía qué podía pasar si declinaba la oferta. Pensé, miré mis manos, mi vestido. Ninguno de mis objetos personales podía considerarse un gran regalo, salvo quizás el relicario que llevaba colgado al cuello. Mas, ¿qué iban a hacer las hadas con un relicario? No creía que se refiriesen a eso. Al final, después de reflexionar un poco, decidí que les daría lo que mejor sé hacer.

Les conté una historia, sobre un sultán del Lejano Oriente que poseía todo cuanto pudiese desear, bienes materiales comunes y también fabulosos, raros y mágicos. Y sin embargo lo dejó todo atrás, partiendo a toda prisa en su alfombra mágica, con la única compañía de un mono, un áspid y un ratón hacia los confines del mundo, para encontrar una cura para su esposa enferma. Y otras historia sobre una hoja flotando en un lago que cambió todo un pueblo, y otra sobre una flor que no quiso crecer a tiempo y aprendió el sentido de la vida demasiado tarde. Y otra sobre un roedor que domesticaba un dragón con té. Y otra, y otra.

Mi pequeña audiencia me escuchaba atentamente. Eran muy buenas oyentes, las hadas. Contenían la respiración en el momento adecuado y aplaudían con sus pequeñas manitas y con las alas al final de cada relato. No sé cuánto tiempo estuve contándoles cuentos, quizás una hora o dos, o puede que toda la noche, acompañada por el movimiento de la Luna Llena por el cielo estrellado, y las pequeñas luces brillando a mi alrededor.

Empecé a sentirme muy somnolienta, y creo que llegué a ver despuntar el alba.

Recuerdo a la pequeña hada rosada acercarse y decir:

‘El mayor de tus dones es especial y maravilloso. Verás tu don aumentado, por la gracia de las hadas. Las historias que nos has entregado serán joyas entre nosotras, y a partir de hoy, todas las historias que cuentes, serán tesoros.’

He despertado esta mañana en mi cama, con el Sol ya alto brillando a través de la ventana. Las imágenes del sueño de la noche anterior eran tan reales, y las sensaciones … notaba incluso aquel regusto como a miel.

Me incorporé, y vi en mi mesilla de noche algo que no estaba ahí el día anterior.

Una pluma. Una pluma estilográfica, de la más exquisita factura, plateada como un rayo de luna. Con mi nombre grabado en el capuchón. Descansando sobre una camánula rosada.

Así que no fue un sueño. He sostenido el regalo de las hadas en mi mano izquierda y las palabras han empezado a fluir como un río. La siento latir entre mis dedo, ansiosa por contar aventuras e historias encantadas.

Siento un nuevo coraje para perseguir mis sueños y encontrar maravillas. O inventarlas.

He visto que el mundo es un lugar mucho más misterioso y mágico que lo que percibimos. Ahí fuera está lleno de secretos, y voy a descubrirlos y a transformarlos en cuentos, para que los niños nunca dejen de creer en prodigios.

Saldré cuando todos duerman, y jamás darán conmigo, hasta que mi nombre y mis cuentos sean conocidos por todos.

Y creo que ya sé cómo conseguirlo.

The late flower

In the old days, when mankind was still innocent, and couples were forged in long engagements born from a shy courtship, a humble student would fall in love deeply, and also learn a valuable lesson.

The young man lived in a modest, two-floor little house, with a small balcony in the upper part, which leaded to a tiny studio composed only by a table, a chair, and four walls fully covered by books. Before he sighted his beloved lady, the young man devoted entirely, body and soul, to his studies, but he always found time for his friends, family and hobbies, specially to his dearest books.

One of his secret longings was to write the most moving story ever told. However, in the blink of an eye everything changed completely.

It happened that the student, one day looking out the window trying to get inspiration for his story, realized that his balcony was very cold, lonely, lacking in color. So, without thinking twice, he went out to buy a planter and some plants that were decorative and pleasing to the eye. The sun was shining brightly from the beginning of March and the student enjoyed the walk, just as he used to do when he went out to stretch his legs, feeling the warm rays on his pale skin. Smiling, he greeted the passers-by in the street, elegant gentlemen on the arm of refined ladies who carried colorful parasols with which to protect their marble faces.

The student finally acquired half a dozen hyacinth bulbs that promised to become spectacular flowers, and the young man sank them into the ground with this hope shining in the eyes.

Then he looked up and thought he was in a dream, or perhaps a mirage caused by the bright sun. Because that vision could not be of this world.

In front of his humble little house was another much larger, richer and more important one, where richer and more important people lived. The eldest daughter was a sixteen-spring beauty, with a face chiseled into pale skin with rosy cheeks, high cheekbones framed in golden curls, full lips, and aquamarine eyes that could melt frost. That morning she had come out on the balcony to arrange her exquisite roses, sheathed in a wonder of blue silk brought especially for her sixteenth birthday. And her slender waist girded by that dress that looked like flowing water made the student forget to breathe. Then the world stopped spinning for him, since it had a new king star to orbit around. She.

The young man suffered a change in his way of being. He stopped hanging out with his friends, paying attention to his relatives. He no longer read, he hardly ate, and the rays of the sun seemed cold to him compared to the radiant presence of his beloved, who he hoped to glimpse on the balcony, or in some window, perhaps a glorious piece of her peeking out from the curtains of the big house.

Days turned into weeks, and the student racked his brains for a way to make the splendid girl his own. Meanwhile, the hyacinths timidly appeared from their bed of soil. The six were gradually breaking their lilac outer cover, and dyeing a tender leaf of its cocoon with an intense green. During the weeks in which the bulbs became fat taking strength from the soil, the water and the sun, the student withered for love. He could only get a brief smile to see a beautiful morning to their little bulbs in bloom. But wow! All except one.

The last of the bulbs did not want to flower. Not yet. It was not prepared, because it needed much more time to fulfill its goal in life, to be a beautiful flower.

So, while the other hyacinths were putting on their finery in the spring sun, brightening the street with their vivid blue, pink, yellow, and orange colours, the unopened bulb didn’t even know what its colour would be, but it was sure it would be much more beautiful than the others. That it would dazzle everyone on the street, that it would be admired and desired to adorn the headdress of a young marriageable woman, the bouquet of a blushing bride, a lavish living room or perhaps the cradle of a beautiful baby.

The days passed slowly, and the young hyacinths grew taller and brighter, taking advantage of every drop of sun and every spark of rain and swaying in step with the spring breeze that made them sing. Not for the human ear, of course, but with a much sweeter voice. The little bulb missed all this, since it remained firmly closed, its tender leaves keeping its secret, taking time to dedicate it to each of its petals, to paint them in a color never seen before, to sculpt them superbly as the most dedicated artist.

The student saw spring pass in front of his balcony, but was not aware of its fertile beauty because he had found a way to approach the source of his sleeplessness and have the right to woo her. The young man was determined to finish his career before anyone else in his promotion, and title in hand, he would offer the girl a household and a standard of living comparable to that of her wealthy family, which he would pay for with his efforts. He finally shut himself up in his study and closed the doors on all distractions. He only cared for his hyacinths, hoping that they would draw her beloved’s attention to his window. In his feverish determination, he ended up losing his friends, greatly saddening his relatives, he stopped writing, walking and dreaming. He only studied and studied, but he no longer put heart to his profession. It was just a mean of achieving his goal.

His five hyacinths witnessed for him the height and departure of spring, which put them in their maximum splendour, feeling with pleasure in their leaves the mystery of full life, and in the course of the other seasons, with the already brown leaves, they slept dreaming of everything beautiful in the world, even if his world was a street. It was enough for them.

With the arrival of a new spring, they woke up again with renewed energy, and they watched expectantly the hatching of the last bulb, which finally felt ready. It was a magnificent shade of white with peach highlights. A real flower beauty that would make anyone who set his gaze on it sigh. The hyacinth was filled with pride and stretched its branches to life.

Meanwhile, the young man arrived at the studio, with the coveted title under his arm. He could already appear at his beloved’s house. Satisfied, he noticed the beauty of the late flower. It was the first one he cut for the bouquet of flowers that he would give to his beloved.

After hours of waiting, and when he was finally received at the neighboring house, he was informed that the young woman could not attend him under any circumstances since she was already promised to none other than a young man of the nobility. Someone who would not have worked in his life, but who would give her a title in exchange for being his rich, decorative wife.

The student left the house with his dreams shattered, realizing for the first time in a long year that he had wasted time that he would no longer recover chasing a chimera, regardless of how he lost things on the way, things as important as himself, having become a lonely shadow, a faint reflection of the vivacious young man of yesteryear.

Just like the late flower, who ended its day of existence in a garbage can with its brothers in the ill-fated bouquet, but who nevertheless had enjoyed the life it wanted to put off for a fatuous end.

Readers, do not postpone the enjoyment of life for fear or to achieve a goal since full life itself is the destination of a quick trip without a return ticket and a single stop.

La flor tardía

En un tiempo lejano, en el que el hombre aún conservaba la inocencia y las parejas se forjaban en largos noviazgos nacidos de un tímido cortejo, un humilde estudiante habría de enamorarse profundamente y también aprender una valiosa lección.

El joven vivía en una modesta casita de dos plantas, con un minúsculo estudio y un pequeño balcón en el piso de arriba, compuesto solamente por una mesa, una silla, y cuatro paredes cubiertas completamente de libros. Antes de avistar a su dama adorada, el joven se dedicaba en cuerpo y alma a sus estudios, pero siempre encontraba tiempo para sus amigos, familiares y aficiones, en especial a sus queridos libros. Uno de sus secretos anhelos era escribir la historia más conmovedora jamás contada. Sin embargo, en un abrir y cerrar de ojos todo cambió por completo.

Sucedió que el estudiante, mirando un día por la ventana tratando de inspirarse para su historia, cayó en la cuenta de que su balcón era muy frío, solitario, falto de color. Así que ni corto ni perezoso salió a comprar una jardinera y algunas plantas que resultasen decorativas y agradables a la vista. Lucía un sol radiante de principios de marzo y el estudiante disfrutó del paseo, tal como solía hacer cuando salía a estirar las piernas, sintiendo los tibios rayos en su pálida piel.  Sonriente saludaba a los transeúntes con los que se cruzaba, caballeros elegantes del brazo de refinadas damas que portaban coloridos parasoles con los que proteger sus delicados y marmóreos semblantes.

El estudiante adquirió finalmente media docena de bulbos de jacinto que prometían convertirse en espectaculares flores, y el joven los hundió en la tierra con esta ilusión pintada en el rostro.

Entonces levantó la vista y creyó estar dentro de un sueño, o deslumbrado por la brillante solana. Porque aquella visión no podía ser de este mundo.

Frente a su humilde casita había otra mucho más grande, rica e importante, en la que vivía gente más rica e importante. La hija mayor era una belleza de dieciséis primaveras, de rostro exquisito en piel pálida de mejillas rosadas, altos pómulos enmarcados en rizos dorados, labios llenos y unos ojos del color de la aguamarina que podrían derretir heladas. Aquella mañana había salido al balcón a arreglar sus primorosas rosas, enfundada en una maravilla de seda azul traída especialmente para su decimosexto cumpleaños. Y su talle esbelto ceñido por aquel vestido que parecía agua de las profundidades hizo que el estudiante se olvidase de respirar. Entonces el mundo para él dejó de girar, puesto que tenía un nuevo astro rey alrededor del cual orbitar. Ella.

El joven sufrió un cambio en su forma de ser. Dejó de salir con sus amigos, hacer caso a sus familiares. Ya no leía, apenas comía y los rayos de sol se le antojaban fríos en comparación a la presencia radiante de su adorada, la cual esperaba atisbar en el balcón, o en alguna ventana, quizá un pedacito glorioso de ella asomando entra las cortinas del caserón.

Los días se convirtieron en semanas, y el estudiante se devanaba los sesos buscando una manera de hacer suya a la esplendorosa muchacha. Mientras tanto, los jacintos fueron asomando tímidamente de su lecho de tierra. Los seis fueron poco a poco rompiendo su lilácea cubierta exterior, y tiñendo de un verde intenso cada tierna hoja de su capullo. Durante las semanas en las que los bulbos crecieron tomando fuerzas de la tierra, el agua y sol, el estudiante se marchitaba por penas de amor. Tan sólo le pudo arrancar una breve sonrisa el ver una bonita mañana a sus bulbitos en flor. Pero ¡vaya! Todos salvo uno.

El último de los bulbos no quería florecer. Aún no. No estaba preparado, pues necesitaba mucho más tiempo para cumplir su objetivo en la vida, ser una hermosa flor.

Por tanto, mientras los otros jacintos rendían todas sus galas al sol de primavera, alegrando la calle con sus vivos colores azul, rosa, amarillo y naranja, el bulbo sin abrir ni siquiera sabía cuál sería su color, pero sí estaba seguro de que sería mucho más bello que los demás. Que deslumbraría a todos en la calle, que sería admirado y deseado para adornar el tocado de una joven casadera, el ramo de una ruborosa novia, un fastuoso salón o tal vez la cunita de un hermoso bebé.

Los días pasaron lentamente, y los jóvenes jacintos crecieron más altos y más brillantes aprovechando cada gota de sol y cada chispa de lluvia y meciéndose al paso de la brisa primaveral que les hacía cantar. No para el oído humano, claro, sino con una voz mucho más dulce. El pequeño bulbo se perdía todo esto, puesto que seguía firmemente cerrado, sus tiernas hojas guardando su secreto, tomándose su tiempo para dedicarlo a cada uno de sus pétalos, para pintarlos de un color nunca visto, para esculpirlos perfectamente como el artista más dedicado.

El estudiante veía pasar la primavera frente a su balcón, pero no era consciente de su fecunda belleza porque había encontrado la forma de acercarse a la fuente de sus desvelos y tener el derecho a cortejarla.  El joven estaba decidido a terminar su carrera antes que nadie en su promoción, y título en mano, ofrecerle a la muchacha un hogar y un nivel de vida comparable al de su acaudalada familia, que él costearía con sus esfuerzos. Se recluyó definitivamente en su estudio y cerró las puertas a toda distracción. Tan sólo cuidaba de sus jacintos, con la esperanza de que atrajeran la atención de su amada a su ventana. En su febril determinación terminó perdiendo a sus amigos, entristeciendo sobremanera a sus familiares, dejó de escribir, de pasear y de soñar. Solamente estudiaba y estudiaba, pero ya no ponía corazón a su profesión. Era ya tan sólo un medio para conseguir su objetivo.

Sus cinco jacintos presenciaron por él el culmen y partida de la primavera, que los llevó a su máximo esplendor, sintiendo con gusto en sus hojas el misterio de la vida plena, y en el transcurso de las demás estaciones, con las hojas ya marrones durmieron soñando con todo lo hermoso del mundo, aunque su mundo fuera una calle. Para ellos bastaba.

Con la llegada de una nueva primavera despertaron nuevamente con renovada energía, y asistieron expectantes a la eclosión del último jacinto, que finalmente ya se sentía preparado. Era de un maravilloso tono blanco con reflejos de color melocotón. Una auténtica preciosidad de flor, que haría suspirar a cualquiera que posase su mirada en ella. El jacinto estaba henchido de orgullo, y estiró sus ramas a la vida.

Entretanto, llegó al estudio el joven, con el ansiado título bajo el brazo. Ya podía presentarse en casa de su amada. Satisfecho reparó en la belleza de la flor tardía. Fue la primera que cortó para el ramo de flores que obsequiaría a su adorada.

Después de horas de espera, y cuando finalmente fue recibido en la casa vecina, le informaron de que la joven no podría recibirle bajo ningún concepto, puesto que ya estaba prometida nada menos que a un joven de la nobleza. Alguien que no habría trabajado en su vida, pero que le aportaría un título a cambio de ser su mujer rica e influyente.

El estudiante salió del caserón con sus sueños hechos pedazos, cayendo en la cuenta por primera vez en un largo año que había perdido un tiempo que ya no volvería persiguiendo una quimera, sin reparar en que perdía cosas por el camino, cosas tan importantes como uno mismo, habiéndose convertido en una triste sombra, reflejo tenue del joven vivaz de antaño. Resolvió dedicar sus energías a escribir para poder ver algún día su nombre impreso en la cubierta de un libro, pues la pluma jamás le daría un disgusto como el que acababa de sufrir. Y así, con el corazón maltrecho, pero con ilusiones renovadas abrió las ventanas y salió a su balcón en busca de inspiración.

¿Y la flor tardía? Pues el joven decidió ponerla a secar y prensar junto a sus hermanas y fabricar puntos de lectura con ellas. Lamentaba no haber podido disfrutar más del sol, de la primavera, de la calle y del perfume de la vida, pero al menos viviría entre letras para siempre.

Lectores, no pospongan el disfrute de la vida por miedos o por conseguir un objetivo, puesto que la vida plena en sí es el destino de un viaje muy rápido, repleto de giros inesperados, pero con pocas segundas oportunidades.

Imagine…

Resting in a fold of the Interdimensional Motorway there is one of those curious holes (1) that connect two very different dimensions or realities (and at the same time, not so much): the Dimension of Imagination, and ours.

The Dimension of Imagination (or DimIm for friends, for lack of a better name), is the fabulous place where all those great stories that begin with «Once upon a time…», «Somewhere in la Mancha…», «Call me Ismael», «In a hole in the ground there lived a Hobbit…», «Episode IV. A New Hope» , come from.

The Dimension of Imagination, for those privileged who have access to it, is the place where Ideas live. All Ideas, that the human being has been able to conceive, or that in the future are going to materialize in someone’s mind.

Ideas are thinking entities, intelligent concepts living their lives, which do not take a definite form until they are looked at. That is, until someone imagines them. Let’s understand this as a very complicated Slit Experiment.

The Ideas Exist, regardless of whether humans create them or not. But some of them, wish to transcend beyond their ethereal and fluctuating reality and long to reach Earth. All ideas, scientific, musical, artistic, technological, literary… It is a very large country, the DimIm.

Ideas only reach the World if there is someone out of all the people who has the means in the head to act as a receiving antenna. Each Idea spends eternity in search of someone capable of making it possible. All of them wait more or less patiently until someone comes into the World who is in a suitable position to imagine them. If possible, the ideal person, who will make the Idea something great.

Inspiration, a comfortable place, will and time, are the necessary ingredients for the Idea to grow, take shape and flourish in the mind and hands of its crucible. It is Big Magic.

Ideas come to reality on Earth, but the Original Concept remains anchored in its original dimension, becoming more powerful the more you imagine it. Right now, the concept of Tormented Romantic Vampires has begun to lose strength. Thanks God. The riot was brewing.

The boundaries of the Dimension of Imagination are blurred, even more today, where everything is full of crossovers, collaborations, homages, featurings and others, and it’s so damn complicated to create something new, pure and original. Ideas are grouped by affinity, forming colonies and countries. Sometimes these countries are irretrievably fused or separated, like the Great Schism of Astronomy and Astrology, by irreconcilable differences.

The Country of Science borders the Country of Technology. At the limit arise ideas that sometimes are very theoretical but not so useful, and sometimes, very practical but unreasonable ideas. The Country of Symphonies lives in harmony with the rest of the territories of the Land of Art, a vast continent from which the most beautiful Ideas that mankind can harbor come out.

A small but powerful corner of the Dimension of Imagination is perhaps the most special of all. It is widely recognized throughout the world, as we all visit it once as children. And therefore, it is the most neglected and to some extent the most dangerous, if it is completely forgotten.

In this place coexist Ideas or Eternal Concepts, known by humans for a long, long time. It is the birthplace of, for example, the Concept of ‘Captive Princesses to Rescue’: in towers, in castle, in caves, at the bottom of the sea … to which more feminist ideas are finally arriving from places very far away.

Evil Queens, Wicked Stepmothers, Dark Sorcerers, Witches, Fairy Godmothers, Schooling Wizards at all levels … Talking Animals, Mad Scientists Locked in their Labs … the list is endless and as familiar as the back of your hand. At the end of the XIX century, Aliens began to appear on the border with the Country of Science Fiction. All of them green, or purple, reptilian, amphibious or octopusy. Because we are unable to imagine anything better.

From that place also come more abstract ideas, such as the disturbing obsession with Number Three: three musketeers, three brothers, three kings, three movies, three little pigs, past, present and future, the Holy Trinity … Ideas are complex, and some very old.

In this place, which throughout the History of Creativity has received many names, such as The Other Place, The Other Side, Faerie, the Land of Fairies, Middle Earth, the Land of Tales…

This story begins.

(1) This, of course, is the Black Hole Idea that comes to us directly from Science Fiction Country to the scripts of catastrophic film directors. It is that black hole that countless evil and / or crazy scientists can generate at will, comfortably transport it and drop it here and there to make pieces of continental crust disappear or travel in time and kill a prehistoric mosquito. It is that Black Hole at the entrance of another nice Wormhole, which becomes a vulgar shortcut in the Multiverse.

That Black Hole.

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