La trenza del hada

Inspirado en el prólogo de ‘El Jardín Olvidado’ de Kate Morton.

Érase una vez, un joven y apuesto príncipe de un reino muy poderoso, destinado a ser un día el sabio rey de aquellas tierras, cuando su padre le cediese el trono. No obstante, llegado el momento, el príncipe tendría que demostrar su valía y superar una única prueba. Pues sólo podría hacerlo si era digno de cumplir su destino.

Por tanto, un buen día, su padre el rey lo llevó a la linde de un misterioso bosque, espeso y alto, con las copas de los árboles perdiéndose en lo alto hasta más allá de donde alcanzaba la vista. Le dijo que su prueba se encontraba allí dentro, y que cuando la hubiese superado saliendo del bosque, sería rey.

El valiente príncipe se apresuró a cumplir con las órdenes de su padre, y se adentró en el bosque, espada en ristre, preparado ante cualquier dificultad que se le presentase: un oso, un enorme jabalí o alguna bestia similar, quizás un mago tenebroso al que derrotar, o tal vez un fiero dragón escupefuego.

Lo cierto es que no tenía ni la más mínima idea de en qué iba a consistir su prueba.

Entonces, el príncipe llegó a un claro en el bosque. En él se alzaba una cabaña, casi tan alta como el árbol que brotaba de ella, atravesando el techo y perdiéndose en lo alto como los demás árboles. El príncipe se adentró en ella, sin llamar a la puerta, pues ya intuía lo que se iba a encontrar.

Al fondo de la cabaña, al lado del hogar, había una anciana sentada frente a un telar.

– Pero, ¿qué modales son esos? ¿Es que no sabes llamar antes de entrar? – dijo la anciana, que era una bruja, por si no os habíais dado cuenta.

– Heme aquí para cumplir con mi prueba, vieja bruja, y así ser digno de mi destino. Decid, pues. ¿He de derrotaros en un combate sin igual? ¿O tengo que desencantar a una doncella bajo vuestro maleficio? ¿Quizás resolver un acertijo al borde de un mágico precipicio? ¡Hablad!

-Siéntate y cállate. – dijo la bruja.

El príncipe, para su sorpresa, obedeció.

Tengo una tetera al fuego. ¿Querrás azúcar? Y unas pastas, ¿verdad?

Al instante se materializó un juego de té de porcelana rosa junto con una mesita de cristal frente a ellos. El príncipe sabía que debía desconfiar de cualquier cosa que las brujas ofreciesen para comer o beber, o eso decían … pero las pastas eran de chocolate y el té olía a menta poleo.

El príncipe se encontró entonces charlando a gusto con la vieja bruja mientras tomaban el té y reían como viejos conocidos.

Cuando la bruja hubo terminado de saborear su té y sus pastas, con un suspiro satisfecho se volvió hacia su telar y comenzó a hilar una nueva pieza.

-Bueno. Hablemos ahora de cosas serias. Tu prueba. Para sellar tu destino, esto es lo que debes hacer.

El príncipe se irguió en su silla, repentinamente serio. Casi había olvidado para qué se encontraba allí. Miró con suspicacia el té y las pastas. ¿Acaso estaban encantados para obnubilar su juicio? Pero decidió que no. Algo le decía que la bruja tenía buen corazón.

-Deberás traerme tres hebras del cabello de la soberana del Reino de las Hadas, que encontrarás si sigues el camino que te trajo a mi cabaña y sabes bien dónde mirar.

El príncipe consideró las palabras de la bruja. ¿Ya está? ¿Eso era todo? ¿Ningún dragón que derrotar en singular batalla? ¿Ningún mago tenebroso más astuto que cualquier bestia? ¿Ningún acertijo con el que desafiar a su ingenio? El príncipe se dijo que la tarea debía ser más importante de lo que parecía, y mucho más difícil. Tenía que serlo.

-Pero, ¿Por qué debo traer tres hebras del cabello de la Reina de las Hadas? – preguntó el príncipe a la bruja. – ¿Por qué no otro número, por qué no dos, o cuatro?

La bruja se inclinó hacia adelante sin dejar de hilar.

No hay otro número, mi niño.

Tres es el número del tiempo. ¿Acaso no hablamos de pasado, presente y futuro? Tres es el número de la familia, ¿acaso no hablamos de madre, padre e hijo? Tres es el número de las hadas. ¿Acaso no buscamos entre el roble, la ceniza y la espina?

El joven príncipe asintió, porque la sabia bruja había hablado con la verdad.

-Por eso debo poseer tres hebras, para tejer mi trenza mágica.

El príncipe observó el telar, y pensó que seguramente la bruja querría trenzar las hebras encantadas para tejer un poderoso manto o una capa de invisibilidad. Se despidió, pues, de la anciana y con los mejores deseos de ésta, se adentró aún más en el espeso bosque.

En busca del Reino de las Hadas. Un lugar tan maravilloso como peligroso, donde un paso en falso podía suponer la perdición del hombre que osase poner los pies allí. Regido por sus propias reglas y símbolos, ritos y encantamientos más poderosos que cualquier fuerza de la tierra. Donde el Sol, la Tierra, la Luna y la Luz de las estrellas marcaban el paso del tiempo que sin embargo parecía detenerse para siempre. Un lugar al que muy pocos conseguían llegar, y del que nadie lograba salir.

El príncipe apartó ramas y hojas, y avanzó en silencio, con respeto, buscando entre el roble, la ceniza y la espina. No osó cortar ninguna rama ni ninguna hoja, ni dañar arbusto alguno. Admiraba las flores de colores brillantes desde lejos y siempre iba vigilando por dónde pisaba. No era buena idea entrar en la casa de nadie rompiendo cosas. Uno podía terminar maldecido de por vida. Se lo había dicho la bruja.

Antes de entrar en el Reino de las Hadas, algo le dijo al príncipe que debía dejar la espada atrás. El príncipe no sabía con qué se iba a encontrar, pero aquel impulso era mucho más fuerte que su temor. Así pues, dejó la espada en el suelo y se adentró en otro claro del espeso bosque.

Y al momento fue capturado por unos seres de sobrecogedora belleza y mirada acerada en sus ojos rasgados. Iban vestidos con lo que parecía hojas y pétalos de flores de gran tamaño, y sus lanzas estaban hechas con ramas más afiladas que cualquier espada.

Oh, sí. Eran hermosos y temibles, pero ninguno de ellos era tan hermoso y temible como la Reina de las Hadas.

La Sala del Trono era un espacio redondeado de unos árboles que el príncipe no había visto nunca. Eran de color azul cobalto, con ramas plateadas finas y flexibles como cabellos. La Reina Hada estaba sentada entre ellos, con vestiduras tan trasparentes y traslúcidas como sus grandes alas irisadas. Sus ojos del color de la miel parecían saberlo todo, en un rostro de belleza sobrenatural. Pero lo más impresionante de todo era su cabello. Largo y sedoso hasta los pies, de color rubio oscuro, trenzado y entretejido con las finas ramas de los árboles azules. Era un diseño tan intrincado, tan complejo, tan delicado, que era imposible decir dónde terminaba la Reina y empezaban los árboles. Parecía que llevaba puesto al bosque como corona.

La famosa intuición del príncipe volvió a hablarle, indicándole que las hebras de la trenza del hada que deseaba la bruja eran aquellas y no otras.

Entonces, la Reina habló, y su voz llenó el claro entero, y los oídos y la mente del príncipe:

-Habla, desconocido, y di por qué has entrado en el Reino de las Hadas sin invitación.

El príncipe habría caído de rodillas ante la Reina de Hada de haber podido, pero los guardias lo sujetaban con fuerza, aún sin herirle. Se las arregló, no obstante, para hacer una reverencia y dijo:

-Majestad, me presento ante vos y vuestro pueblo como un humilde visitante que no ha venido a hacer ningún daño. Soy el príncipe del reino vecino. He venido a pediros que me cedáis tres de las hebras de vuestra trenza, de las de color plateado, para una amiga que las necesita.

Hubo un estremecimiento entre el pueblo feérico. Parecía que incluso habían dejado de respirar.

-Deberíamos ejecutarlo de inmediato – dijo uno de los guardias, acercando aún más su lanza al corazón del príncipe.

-No – dijo el Hada. – Él ha venido como amigo y no como enemigo, pues no porta armas ni ardides, y ha hablado con ignorancia, no con maldad. Veréis, príncipe, estos árboles que veis aquí no son árboles corrientes. Son tan antiguos como el tiempo de las hadas en esta tierra, y seguirán aquí mientras las hadas y la magia permanezcan. Vigilan, cuidan y guardan el Reino de las Hadas, y lo mantienen en secreto salvo para unos pocos. Son los verdaderos reyes del bosque. Son los ancestros y la memoria de nuestro pueblo. Su nombre no puede pronunciarse por ningún mortal, y se nutren de la magia de la Reina de las Hadas, mediante estas hebras que tú codicias, a cambio de sus innumerables dones. No hay nada más importante para las hadas. Nada.

El príncipe se quedó pensativo ante las palabras de la Reina, reflexionando sobre qué responder, pues no pensaba rendirse tan pronto.

-Y si os ofrezco algo a cambio? ¿Algo que iguale su valor?

El pueblo feérico volvió a estremecerse, pero esta vez con lo que pareció risa. La Reina Hada divertida alzó una ceja, y su mirada fue un poco menos implacable.

-¿Qué podríais vos darnos a cambio que pueda ser tan valioso? Tal cosa es impensable.

-Todavía no lo sé, si debo ser sincero. Pero dadme tres días. Dejadme permanecer aquí entre vuestro pueblo, y hallaré el modo de compensaros por vuestro incalculable regalo. Dadme tres días, y si mi ofrecimiento no es de vuestro agrado, me iré para siempre y me aseguraré de que nadie más vuelva a molestaros. Tenéis mi palabra.

Quizás fue por el arrojo del príncipe, quizás por que el pueblo feérico había empezado a languidecer ante el tedio de tantos días iguales y necesitaba algo de diversión, quizás por curiosidad. La Reina Hada aceptó el trato y los guardias dejaron ir al príncipe.

-Sea. Pero vamos a cambiar un poco las condiciones de vuestra estancia, antes de sellar el pacto. Si no sois capaz de ofrecerme algo que iguale o supere el valor de mis preciosas hebras, seréis ejecutado por vuestra osadía. ¿Aún deseáis quedaros?

El príncipe asintió, pues aquella era una prueba digna de su valor y del premio al que aspiraba. Sellaron el trato pues, de una forma que sólo atañe a aquellos que se encontraban allí.

Entonces llegó el guardia que había propuesto ejecutarlo, y malhumorado le ofreció un cuenco de sopa. El príncipe miró desconcertado a la Reina.

-Está anocheciendo. Y tendréis que cenar algo. No descuidamos a nuestros invitados. – dijo con una risilla musical.

El príncipe pensó que las hadas eran muy extrañas, pero esta vez no desconfió de la comida que le ofrecían. Creía en el trato que habían hecho y en la palabra de las hadas, y tenía tres días antes de que aquella gente quisiese poner fin a su vida.

Qué gran hospitalidad.

Así pues, el príncipe se sentó al lado del trono de la Reina Hada a comer. Resultó que lo que le habían dado era arroz con leche.

La Reina miró sorprendida al príncipe sentado en el suelo sin remilgos, en silenciosa compañía. En sus miles de años de existencia nadie había querido sentarse con ella, dejándola sola con su regencia.

El príncipe se durmió acurrucado en una de las raíces de los árboles azules, y durmió como jamás en la vida lo había hecho. Un largo y pesado sueño, como el de los cuentos.

El día siguiente llegó y pasó, y el príncipe y la Reina empezaron a conversar para pasar el tiempo. Y al anochecer, con las luces del pueblo feérico encendiéndose en la distancia, la Reina Hada preguntó:

-¿Ya has decidido qué vas a ofrecerme a cambio?

-No, aún no Majestad, pero contadme más sobre el lenguaje de los pájaros.

Y la Reina Hada le contó todo lo que sabía sobre las innumerables aves que poblaban los bosques, que era muchísimo, y le presentó a su amigo y guardián el búho, la más sabia de todas las aves, con el que mantenía largas conversaciones acerca de todo lo que acontecía dentro de los límites de su Reino. El príncipe escuchaba absorto las palabras de la Reina y contemplaba su rostro, brillante de polvo de hada, absorbiendo su voz maravillado.

El día siguiente llegó y pasó, y el príncipe y la Reina se entretuvieron paseando por el claro. Resultó que las ramas de los árboles azules eran infinitamente largas, y pudieron ver a las hadas trabajar, comer, cantar, bailar y tocar instrumentos que conmovían a todo aquél que los escuchase. Y al anochecer, con las luces del pueblo feérico encendiéndose en la distancia, la Reina Hada preguntó:

-Ya has decidido qué vas a ofrecerme a cambio?

-No, aún no Majestad, pero contadme más sobre las cosas que crecen.

Y la Reina Hada le contó todo lo que sabía sobre las innumerables especies de árboles, arbustos, flores, hongos y hierbas que crecían en sus dominios, que era muchísimo, y le presentó a cada uno de los árboles azules, que tenían cada uno su nombre y su carácter. Hablaban con la Reina Hada con sus dulces voces, que tan sólo ella podía entender, y recitó al príncipe un antiquísimo poema feérico que los árboles recordaban sobre todo lo verde y bueno del mundo. El príncipe escuchaba absorto las palabras de la Reina y contemplaba su rostro, brillante de polvo de hada, absorbiendo su voz maravillado.

El día siguiente llegó y pasó, y el príncipe y la Reina observaron entristecidos el movimiento del Sol por el cielo y la salida de una preciosa Luna Llena de color plateado. Pues ambos sentían un vínculo inesperado que se había forjado entre ellos, un vínculo que habría de romperse cuando el día llegase a su fin, de una forma o de otra. Las hadas se fueron congregando poco a poco alrededor del trono con la llegada del crepúsculo. Y al anochecer, con las luces del pueblo feérico encendiéndose en la distancia, la Reina Hada preguntó:

-¿Ya has decidido qué vas a ofrecerme a cambio?

-Sí, Majestad. Ahora sí que lo he decidido. Y se arrodilló frente a ella, ante todo el Reino de las Hadas. – Os ofrezco mi corazón. Es todo lo que tengo, y más valioso que mi reino, o mi corona. Tomadlo, pues es vuestro, pero a cambio de nada. Ya no deseo las hebras de vuestra trenza, pero contadme más acerca de vos, y sobre lo que os hace reír, antes de que me haya ido para siempre.

La Reina Hada lo miró a los ojos, mientras el pueblo feérico contenía la respiración. Entonces él pudo ver en sus hermosos ojos la misma ternura que él sentía, la misma conexión que en poco tiempo se había hecho tan fuerte. La Reina podía verlo claramente, un hilo trenzado brillante e indestructible, que los unía a ambos. Un vínculo que unía dos almas iguales, más fuerte que las mismas raíces de su tierra.

La Reina miró a los árboles azules, escuchando un momento sus voces, y en ese momento tres de las hebras plateadas se soltaron. Y ella misma con un pase mágico cortó todas las demás, quedando libre.

Todos los presentes la observaron anonadados, y ella se volvió y habló a su pueblo:

-Estos árboles ya tienen suficientes años. Son fuertes y sabios, y están firmemente arraigados en esta tierra poderosa. Es hora de cambiar un poco las cosas. Creo que pueden seguir sin mí.

Pero yo quiero, y puedo, seguir a mi corazón.

Se casaron un tiempo después en la cabaña de la bruja. Las tres hebras con las que confeccionó la trenza mágica sirvieron para unir sus manos mientras pronunciaban sus votos, mirándose a los ojos, al futuro y a su destino. Fueron los soberanos de ambos reinos, que vivieron una prosperidad y una felicidad nunca antes vistas.

La nueva pareja plantó algunas de las hebras de la trenza del hada en macetas, para extender el bosque encantado más allá de sus límites. En las macetas ya han empezado a brotar nuevas hojitas plateadas. Un nuevo y bello comienzo.

La princesa y la nube

Érase una vez, en una época tornadiza y cambiante en un Reino no muy lejano, había una princesa. Esta princesa, a pesar de estar dotada de gracia y belleza y tener buenos y fieles amigos, vivir rodeada de su familia y tener una vida, en definitiva, perfecta, no era feliz. Desde su nacimiento estaba aquejada de una maldición que consistía en que una oscura nube de tormenta la acompañase todo el tiempo, bien estuviese al aire libre, bien estuviese dentro de su palacio rodeada de acompañantes, bien estuviese ocupada u ociosa. Tal tempestuosa escolta provocaba que estuviese atribulada todo el tiempo, haciendo que experimentase la vida y cada sucesión de eventos, cambios y decisiones a través de un velo gris, lo cual la asustaba y la confundía, agriándole el carácter y haciendo que a duras penas sonriese. Se encontraba siempre frustrada, angustiada, o en el mejor de los casos meditabunda, encerrada en las pesadillas que la nube le provocaba, haciendo de ella un pálido reflejo de lo que podía llegar a ser. La nube de tormenta se alimentaba del dolor de la princesa, y hacía que el Reino estuviese permanentemente sumido en tinieblas, triste y oscuro en un eterno invierno.

Sus padres, los Reyes, buscaron a lo largo y ancho del Reino una solución al mal que aquejaba a la princesa, y finalmente hallaron un hechicero que le dio una poción de la cual debía verter tres gotas en el té de la noche, seis si la nube descargaba lluvia, y así la tormenta remitiría y la dolencia estaría más controlada. Efectivamente, cuando la princesa se tomaba el remedio la nube remitía un tanto, y era un poco menos oscura, pero seguía pendiendo sobre su cabeza. La princesa y los reyes trataron de que la tisana fuese más efectiva, e incrementaron la dosis por su cuenta, pero entonces la princesa se sentía mareada y abstraída de la realidad, como si se encontrase dentro de una redoma de cristal. Así pues, mantuvieron las instrucciones recomendadas por el hechicero, y su situación mejoró un poco. Cuando se tomaba la poción y la nube se empequeñecía, la princesa sentía como si el peso que atenazaba su corazón también se hiciese más liviano. En esos días casi pudo ser feliz, sonreía más a menudo y tenía la mente más despejada y las ideas ágiles. Con el tiempo encontró una ocupación que la satisfacía y se instruyó en las artes de la alquimia, ampliando los horizontes del conocimiento y volviéndose sabia y juiciosa.  Un tiempo después, conoció a un joven príncipe de un país vecino que conseguía que la mayoría de las veces la nube fuese aún más pequeña y transparente, y se casaron. Y podría haberse dicho que la maldición ya no tenía tanta importancia, pero éste sería entonces un cuento muy corto.

La princesa era más feliz, pero no del todo. La nube, aunque pequeña, seguía existiendo y recordándole a cada momento que no había logrado su principal objetivo: deshacerse de ella por completo. Además, no estaba cómoda con la idea de depender de la poción para siempre, preguntándose en ocasiones quién y cómo era ella realmente, la persona que el bebedizo hacía que fuera o la otra, más infeliz pero auténtica. Cuando se embarcaba en tales pensamientos la nube volvía a hacerse tormentosa y oscura y de nuevo el peso de su corazón se hacía insoportable.

La princesa a pesar de ser princesa, no era perezosa, y se propuso terminar con su dolencia fuera como fuese, y creía que, hallando el modo de atacarla y deshacerla para siempre en el aire, haría que todo estuviese bien y al fin podría Cumplir su Destino. Finalmente, un buen día, se despidió de todos sus seres queridos y partió en un largo viaje decidida a encontrar una cura permanente a su dolencia. Nada de medias tintas ni remedios imperfectos. En el camino por supuesto encontró obstáculos, y se enfrentaba a cada uno de ellos con el ceño fruncido y el corazón en un puño, siempre preocupada por si fallaba, por si no daba la talla, por si no era lo suficientemente válida para la tarea que se había impuesto. Por si las adversidades finalmente podían más que ella. Culpaba a la nube y continuaba avanzando, paso a paso, enfadada con la misma empresa que creía que podía ayudarla pero que tantos quebraderos de cabeza le estaba ocasionando, creyendo que una vez llegase a la siguiente aldea, escalase la siguiente cordillera, alcanzase el punto más alto del siguiente Reino todo estaría mejor y el camino sería más llevadero. Pero irremediablemente se encontraba igual o peor con las nuevas dificultades que le iban surgiendo en su peregrinaje.

Sucedió entonces que, en un quiebro del camino, encontró a una anciana sentada en una nudosa rama de un gran roble, tejiendo. La anciana sin levantar la mirada de su labor dijo:

  • Buenos días Bella, ¿a dónde vas a estas horas, audaz viajera?
  • Voy más allá de las colinas y los Reinos, en busca de un remedio que destruya esta nube que me acompaña de noche y de día, en el amanecer y en el atardecer, para así al fin poder Cumplir con mi Destino.
  •  No es tarea pequeña la que te has impuesto, ni tampoco la carga liviana. La solución a tu mal es muy simple: encontrar el amor verdadero.
  • Agradezco tus amables palabras y consejos, sabia anciana, pero no es un hombre lo que necesito, ya conozco al amor verdadero.

Y tras estas palabras prosiguió su camino. Atravesó una, dos, tres colinas más, deteniéndose tan sólo para comer alguna fruta, beber de algún arroyo y dormir en el hueco de algún árbol.

Sucedió entonces que, tras una vieja granja encontró a una anciana sentada en una gran roca al borde del camino, tejiendo. La anciana sin levantar la mirada de su labor dijo:

  • Buenas tardes Bella, ¿a dónde vas a estas horas, audaz viajera?
  • Voy más allá de las montañas y los Dominios, en busca de un remedio que destruya esta nube que me acompaña de noche y de día, en el amanecer y en el atardecer, para así al fin poder Cumplir con mi Destino.
  • No es tarea pequeña la que te has impuesto, ni tampoco la carga liviana. La solución a tu mal es muy simple: encontrar el amor verdadero.
  • Agradezco tus amables palabras y consejos, sabia anciana, pero no es un hombre lo que necesito, ya conozco al amor verdadero.

Y tras estas palabras reanudó su camino. Atravesó una, dos, tres villas más, deteniéndose tan sólo para comer en alguna fonda, beber en alguna taberna y dormir en alguna posada.

Sucedió entonces que, tras atravesar un oscuro bosque encontró a una anciana sentada a la puerta de su cabaña, en las lindes de la foresta.

  • Buenas noches Bella, ¿a dónde vas a estas horas, audaz viajera?
  • Voy más allá de los mares y las Comarcas, en busca de un remedio que destruya esta nube que me acompaña de noche y de día, en el amanecer y en el atardecer, para así al fin poder Cumplir con mi Destino.
  • No es tarea pequeña la que te has impuesto, ni tampoco la carga liviana. La solución a tu mal es muy simple: encontrar el amor verdadero.
  •  Agradezco tus amables palabras y consejos, sabia anciana, pero no es un hombre lo que necesito, ya conozco al amor verdadero.

Y tras estas palabras continuó su camino. Atravesó uno, dos, tres bosques más, deteniéndose para preguntar a alguna mujer, algún hombre o algún niño si sabía dónde podía encontrar a alguien que la ayudase en su empresa.

Pero no tuvo suerte, y tras tres meses viajando finalmente admitió su derrota y volvió a su hogar, en el Reino de sus padres, para tratar de vivir lo mejor posible tomándose la poción sanadora. Y reanudó su vida con la nube siempre pendiente sobre su cabeza. No obstante, no olvidó las palabras de las ancianas que había encontrado en su camino, pero no les encontró el mayor sentido.

Sucedió entonces que el Reino fue atacado por un gran dragón escupefuego que en cuestión de poco tiempo calcinó todo lo que encontró a su paso, arrasando valles, aldeas, granjas y ciudades. Nadie podía hacerle frente, volando raudo y letal sobre sus víctimas e incinerando todo con su aliento de fuego desde las alturas. Sus Majestades los Reyes estaban desesperados, puesto que ni los mejores arqueros del reino podían acertar a perforar con una flecha su armadura de escamas.

Entonces la princesa dejó la seguridad del palacio, ante la consternación de todos, pues en su interior sabía que ella podía hacer algo, y bajó a las calles donde la gente corría despavorida huyendo de las llamas y de la terrorífica bestia. La princesa miró con odio a la criatura, horripilante y aterradora. Pero se sobrepuso al espanto y dirigió la vista a la nube, que en ese momento era tan enorme como el dragón, negra, girando sobre sí misma como un terrorífico tifón y generando relámpagos.

Ilustración de Luis Royo

Y supo cómo vencer a la bestia. Se acercó todo lo que pudo a donde estaba el dragón haciendo estragos y entonces deseó con todas sus fuerzas que la nube se le echara encima. Y para sorpresa de todos, la nube hizo exactamente eso, y envolvió al desprevenido dragón que no pudo salir de ella, pues era toda oscuridad y frío con millones de cristales de hielo que lo paralizaron. Y entonces la nube descargó toda su tormenta sobre la criatura y ésta se desplomó, muerta, en mitad de la ciudad.

Los aldeanos vitorearon a la princesa, que no terminaba de creer lo que acababa de pasar. Tan asombrados estaban todos de que por fin se habían podido librar del dragón que nadie se dio cuenta de que la nube había desaparecido por completo.

Hasta que la princesa, con una gran sonrisa, vio que detrás de ella se habían materializado como por arte de magia las tres ancianas con las que se había topado en su viaje.

  • No lo entiendo, sabias ancianas, me dijisteis que la solución para que la nube desapareciese era encontrar al amor verdadero.
  • Y lo has encontrado Bella – dijeron a coro las ancianas.
  • ¿Cuándo? ¿Habláis de mi esposo?
  •  No Bella, el amor verdadero lo has encontrado cuando te has aceptado como eres y lo has utilizado en tu provecho para superar un gran obstáculo. Nunca olvides lo excepcional que eres, y lograrás grandes cosas, escribiendo tu propio Destino.

Y las ancianas desaparecieron, junto con el cuerpo del dragón.

Así pues, a partir de entonces la princesa vivió feliz y dichosa el resto de sus días, con un gran horizonte límpido frente a ella y su Reino. Cuando le llegó la hora de reinar, fue una soberana justa que procuró que todos sus súbditos fuesen felices. Y protegió siempre al Reino convocando a la nube cuando llegaba un enemigo a sus puertas, o cuando las cosechas necesitaban lluvias.

Y nunca más volvió a temer ningún obstáculo o problema, porque, francamente, después de vencer a un dragón, podría ser capaz de cualquier cosa.

In saecula maleficarum

A todas las víctimas de la caza de brujas

Hexenküppel, Fulda (Alemania), 1606

La colina es elevada; la escalada, pesada. El grupo de aventureros asciende rápido y en silencio, con sus armas y equipamiento. Los cinco integrantes del grupo se mueven como uno solo, exhibiendo toda una compenetración como equipo adquirida en múltiples correrías. Cuando alguno se encuentra con un tramo del risco particularmente duro, y sin que emita sonido alguno, al momento aparece otro que le echa una mano en la subida. Sólo ellos cinco saben de qué es capaz cada integrante de la banda. Sólo ellos conocen y guardan el secreto. Sólo uno de ellos sabe todo lo que ello implica, y por eso les debe más que la vida.

Finalmente alcanzan la cima, y rápidos como el pensamiento todos toman posición, como tantas otras veces. Aguardan a la señal del líder, que besa la cruz gótica que lleva colgando de su cuello de toro, y a continuación desenvaina el espadón de dos manos y emite un sonoro grito de guerra.

Esa es la señal. Comienza el ataque.

El guerrero avanza hacia el portón del castillo y carga contra los guardias que, medio dormidos, no se lo esperan. No tienen ninguna oportunidad. Acto seguido el miembro más bajo de la banda, siempre pegado a los talones del guerrero, se adelanta hasta el mecanismo de apertura y lo manipula hasta que el rastrillo se eleva con un chirrido prometedor.

En la retaguardia también suceden cosas interesantes. Dos figuras femeninas encapuchadas se mantienen al margen de la encarnizada batalla que tiene lugar ya dentro de las murallas. Al guerrero se le ha unido el arquero de la compañía, un individuo esbelto y ágil que pelea con fiereza, ora con cimitarras gemelas, ora con el arco y las flechas.

Una gran luna llena despunta por el horizonte. Una de las dos encapuchadas gruñe algo por lo bajo y apremia a la otra. La aludida, con voz potente y melodiosa, recita unas palabras y extiende los brazos hacia las almenas, donde los ballesteros de la fortaleza tratan de asaetear a los intrusos. Como por arte de magia salen volando y colisionan en el aire, quedando fuera de combate. Sólo entonces la hechicera se baja la caperuza de su túnica descubriendo un hermoso rostro, y se adentra tranquilamente en el castillo. Cierra la marcha su misteriosa compañera, que sigue sin descubrirse. Por el momento.

Una vez finalizada la refriega inicial, los guerreros encuentran poca resistencia en los niveles superiores de la fortaleza. La luna brilla a través de los ventanales y los ojos de la misteriosa mujer encapuchada relucen en amarillo. El hombre de la espada una vez más toma el liderazgo e indica a los demás que le sigan, hacia las entrañas del castillo, donde aguarda su premio. La compañía desciende por las escaleras de caracol mientras la hechicera renueva su energía. Se deslizan por un corredor tras otro, suavemente iluminados por antorchas equidistantes suspendidas en ambos muros de piedra.

Entonces, a un nivel de su objetivo, encuentran un gran destacamento de soldados. Es evidente que están muy cerca de lo que buscan.

-Baz, ¡cuidado! – grita el arquero, haciendo que el guerrero se agache justo a tiempo, antes de que una gran hacha voladora le rebane el cuello. El arma continúa su camino y se hunde varios centímetros en una puerta de madera labrada.

-Bueno, ¡esto me viene de perlas! – proclama Baz mientras arranca el hacha. Con un rugido se abalanza sobre el enemigo enarbolando su nueva arma y termina con varios soldados antes de darse cuenta de que se ha quedado sin gente a la que matar. Entonces corre a ayudar a los demás.

-¡Ya era hora! ¿Sabes?, ¡aquí no vamos tan sobrados de músculos! – grita el pequeño compañero de Baz. Moritz es, ante todo, un ladrón experimentado, mucho más aficionado a practicar el noble arte de la huida a tiempo que el combate cuerpo a cuerpo. Sin embargo, eso no significa que, si le obligan, no sea capaz de defenderse. Como suele decir, la gente no acostumbra a mirar hacia abajo, lo cual es una gran ventaja para alguien con una maña especial para cortar tendones.

-¡Si te apañas muy bien, chiquitín! – dice Baz, risueño. – ¡ya te digo muchas veces que esa sangre tuya enana es una maravilla!

-¡Que te he dicho que no tengo nada de enano, maldito! – replica Moritz tratando de golpear a Baz, que es metro y medio más alto que él.

-¡Si habéis terminado con la cháchara, nos vendrían aquí muy bien unas cuantas manos! – grita Ferdinand el arquero.

Ferdinand se ha mantenido en la retaguardia protegiendo con sus certeras flechas a la mujer encapuchada y a la hechicera, que conjura una bola de fuego tras otra y las lanza con pericia a los soldados de la fortaleza. Parece que el equipo de asaltantes va a ganar de nuevo, que lo tiene todo bajo control. Pero, de pronto, llegan muchos más soldados y se precipitan los acontecimientos. Tres de ellos cargan con un ingenio parecido a una gran ballesta, y disparan contra la hechicera, que por un momento queda a su merced.

-¡Anneliese! – grita Ferdinand, y trata de interponerse entre la gran flecha de hierro y la maga. Ella conjura un escudo en el último momento, pero no consigue frenar del todo la gran flecha. La saeta penetra el vientre de Ferdinand, que cae al suelo con un ‘oh’ sorprendido.

-Anneliese corre a socorrer a su compañero, mientras ve por el rabillo del ojo al último miembro del grupo dejar caer su capa para intervenir al fin.

La contienda dura un suspiro, y pasa todo como en un borrón, como de costumbre, aunque aún no puede resistir apartar la vista. Están de nuevo solos.

La mujer, completamente desnuda, vuelve con sus compañeros. Recoge la capa del suelo y se cubre con ella. Entonces se sienta junto a Ferdinand y la maga, y mira al arquero con preocupación. Ferdinand está perdiendo mucha sangre, pero Anneliese ya ha empezado con sus hechizos de curación, moviendo unas manos centelleantes sobre la herida.

-Gracias, Gaua – dice Ferdinand con un gemido apenas audible. Anneliese le insta a no hablar y a ahorrar energías.

Gaua está inquieta, pero cierra los ojos y poco a poco logra calmarse encerrándose en uno de sus silencios, concentrándose en algo que sólo ella puede ver en el fondo de su mente. Es una mujer joven y esbelta de unos treinta años, cuyo rostro enmarcado por una melena de color caoba posee una belleza delicada, un rostro que no desentonaría en un baile en la corte. Más allá de su apariencia, la postura de Gaua transmite una solemnidad y distinción difíciles de describir. Sus gestos y modales podrían pasar por los de una princesa o gran señora, aunque sus ojos aún reluzcan salvajes.

-Debemos movernos, ocultarnos en algún sitio mientras termina de sanar – dice Gaua, señalando la herida abierta del arquero.

-¿Qué os parece aquí dentro? – les llega la voz de Moritz. – ¿Creéis que serán conscientes de que tienen esto aquí?

El equipo se apretuja en el escondite, una cavidad oculta tras un tapiz solitario en uno de los corredores. Baz y Gaua cargan con Ferdinand y lo depositan en el suelo con un gruñido ahogado del arquero malherido.

-Podrías haber ayudado un poco antes – sisea Anneliese un poco resentida, pero tratando de no perder la concentración del vientre del arquero, que se va cerrando poco a poco.

-Y no tendría que haber intervenido, sabéis que me cuesta mucho volver a ser yo. Os dije que me estoy reservando para el Malefizmeister… y para él. Ellos dos son los responsables de todo. Y vosotros también queréis cogerlos, pues fueron ellos los que se llevaron a Rhiannon.

Todos guardan un momento de silencio recordando a la compañera caída, cruelmente asesinada en la brutal caza de brujas que asola aquellas tierras. Rhiannon ha sido una de las pocas brujas auténticas que ha caído en las garras del juez inquisitorial Balthasar ‘Tuerca’ Nuss, el Zentgraf (1)de Hofbieber y Malefizmeister(2) de su señor y tocayo, Balthasar von Dernbach, Príncipe Abad de Fulda. Nuss lleva tres años persiguiendo brujas para Dernbach, que parece querer reducir Baviera a cenizas. El Malefizmeister es famoso por su absoluta falta de humanidad y una imaginación sin precedentes aplicada a las innombrables atrocidades que inflige a sus víctimas en busca de una confesión. Tras horas de tortura, las víctimas dicen cualquier cosa que Nuss desee: pertenencia a aquelarres, participaciones en rituales demoníacos, e incluso relaciones con Satán en persona, así como cómplices cualesquiera en la práctica de la brujería, a fin de que cese pronto el tormento. Nadie sabe el número exacto de mujeres que hasta la fecha han perecido a manos de aquél sádico, pero se cuentan por centenares. Ninguna de las personas que ha sido señalada por Nuss y traspasado las murallas de Hexenküppel ha sobrevivido. Ninguna mereció el calvario sufrido ni el horrendo final.

Y luego está Dernbach, el amo y señor de aquellas tierras, el que ha ordenado tanto tormento y muerte, pero siempre en el nombre de Dios. Sólo por ello merece un destino igual o peor que el de Nuss, pero su conexión con Gaua, la razón por la que le hará sangrar, empezó mucho antes que los juicios de brujas.

-Si caen ellos dos se acabarán las persecuciones. Lo he visto antes. – dice Gaua lacónicamente. Los demás entrecruzan miradas, pero no dicen gran cosa. Al final, y como siempre, Moritz es el único que se atreve a decir lo que todos piensan.

-Sí, eso está muy bien. ¿Pero qué tienes que ver con todo esto? Después de todo, llegaste cuando perdimos a Rhiannon. En realidad, no sabemos nada de ti o de tu… condición. Más allá de lo obvio. Oh, por supuesto, tenerte de nuestro lado es una gran ventaja en ocasiones, pero también nos ha metido en varios líos, como aquél con los cazadores furtivos…

-O el entuerto con la Condesa Sangrienta. ¡Aquello fue bueno…! – interviene Baz, sonriendo a sus recuerdos.

-Y el mes pasado, lo de esa aldea maldita… Y lo que vino después. Todavía tengo pesadillas con arrastrarme por aquellos agujeros llenos de gusanos – siguió enumerando Moritz.

-Por no hablar de que ahora mismo estamos escondidos en el armario de las escobas de Hexenküppel – se queja Anneliese.

Gaua no contesta, sólo mira alternativamente a sus compañeros con el ceño fruncido, pero sin dejar que su rostro revele nada más. Sin embargo, en su interior se pregunta si no es ya la hora de revelar a sus compañeros las respuestas que anhelan sus almas. Quizás así también libere un tanto la suya.

Ferdinand por su parte no dice nada. Está recuperando fuerzas rápidamente y se incorpora. Quiere oír el resto de la historia. Incluso Baz, que ha estado más ocupado limpiando y afilando la espada que prestando atención a la conversación, se detiene a escuchar.

La voz de Gaua brota como un torrente de aguas largo tiempo contenidas. Sus palabras arrullan y transportan a sus compañeros en el tiempo, treinta y seis años atrás.

Bosques de Fulda, 1570

Al fin encontró agua. Ixeia se abalanzó sobre aquel pequeño riachuelo a beber. Después de días de travesía no podía recordar cuándo había sido la última vez en saciar su sed, y aquella agua fresca le supo a gloria bendita.

Así es cómo la encontró Fray Michael, en mitad de la floresta, de rodillas y dando gracias a Dios. Era inevitable que la hermosa joven le cayese en gracia. Entonces vio los profundos cortes en brazos y piernas de Ixeia, y sus pies ensangrentados.

El agradable monje insistió en socorrerla como era debido, aunque Ixeia desconfiaba por instinto de los clérigos. Y no era para menos, dados los estragos que había presenciado por su mano en todo el camino recorrido, desde su Vitoria natal hasta aquellos bosques cercanos a la villa de Fulda, en Baviera. La joven no podía siquiera empezar a explicar a aquel monje los horrores vividos y los terrores que la habían perseguido por diversas poblaciones y asentamientos. Las razones, sólo ella las sabía y no las mencionaría jamás en territorio eclesiástico, donde trataría de ocultar incluso su pelo rojo. Pues precisamente ahí es donde deseaba llevarla el monje, a su hogar, la abadía de Fulda. Sólo hasta que lograse reponerse del todo. La muchacha se resistió, pero en algún momento debió de caer desfallecida por el agotamiento, pues cuando despertó estaba ya en el monasterio, al cuidado de su nuevo amigo.

Fray Michael la llevó en primer lugar al pequeño dispensario del monasterio, y allí los hermanos legos la atendieron con esmero y suma caridad cristiana. Gracias a sus cuidados las heridas superficiales de Ixeia comenzaron a sanar lentamente. Sin embargo, la mayor aflicción de Ixeia no se podía ver, y la sumía en estados de desesperación o terror extremos cuando ya no tenía nada que temer. A ese estado lo llamaba ‘su lobo’, y era una enfermedad de la mente.

Los hermanos legos hacían lo que podían para calmar sus pesadillas y sus temblores incontrolables, pero lo que más la ayudaba y consolaba, lo que lograba ahuyentar durante más tiempo al lobo que veía cuando cerraba los ojos, así como sus horrendos recuerdos, el olor de ceniza y carne quemada, eran sus charlas con Fray Michael.

El clérigo la visitaba con regularidad para supervisar su mejoría. Solía aparecer en la puerta del dispensario de buena mañana, justo después de Laudes. Al cabo de un par de semanas se acostumbró a interrumpir sus labores antes del comienzo de las oraciones en las Horas Menores y rezar en el mismo dispensario, ‘por la pronta recuperación de la hermana Ixeia’, decía. A la joven le fascinaba la devoción con que el fraile elevaba sus plegarias a Dios, y la expresión de absoluta paz en su rostro cuando terminaba sus rezos, abría los ojos y sonreía a Ixeia. Era muy joven, muy piadoso y su carácter apacible de maneras sosegadas era contagioso. Ixeia se familiarizó pronto con la tez del fraile y su sonrisa luminosa, a la que echaba incluso de menos en las Horas Mayores. Empero, la capilla donde se reunía la congregación se encontraba cerca del dispensario, e Ixeia se asomaba a la ventana y aguzaba el oído para escuchar los rezos. Esperaba todo el tiempo que duraba la misa, hasta que lo oía. Benedictio Dei Omnipotentis, Patris, et Filii, et Spiritus Sancti descendat super vos et maneat Semper. Amen. Vos can vado in pace. Deo gratias. Entonces, sin saber muy bien por qué, su corazón se aceleraba. Y volvía a su camastro justo a tiempo para ver aparecer la sonrisa de Michael de nuevo por la puerta.

En sus continuas visitas el monje le contó muchas cosas de su humilde existencia. Era copista y solía dedicar gran parte del día a escribir y embellecer códices en el scriptorium de la abadía, para enriquecer aún más la celebérrima biblioteca de Fulda. Cuando no se encontraba atendiendo a otras obligaciones u orando, por supuesto. Se había educado y criado desde muy niño en aquel mismo lugar, siendo un alumno aventajado en la escuela del monasterio, y demostrando una temprana y despierta inteligencia, muy sensible para las artes, las letras y las ciencias. Tenía ya desde entonces una celda en la parte septentrional, realmente el único hogar que había conocido.

Le habló también del Príncipe Abad del monasterio, Balthasar von Dernbach, el dueño y señor de aquellas tierras y un vasto territorio. Un hombre imponente y muy importante, que sin embargo había supervisado con interés la educación y los progresos de Fray Michael, así como sus propensiones y dotes, y le había asignado personalmente su lugar en el scriptorium. Le contó también que Dernbach andaba muy preocupado aquellos días, que sus detractores, más fieles al protestantismo que al catolicismo de Fulda, crecían día tras día, y temía que lo destituyesen y exiliasen más que a ninguna otra cosa. Al fraile siempre se le ensombrecía el rostro cuando hablaba del tema, como si previese una nube negra ligada al Príncipe Abad.

Cuando los hermanos legos informaron de que no podían hacer más por Ixeia, que ya estaba por completo curada, a Fray Michael le bastó una mirada de la joven para comprender que no deseaba marcharse, que no quería quedarse sola, sin él, sin su consuelo. Así que el monje la ocultó en el granero, en los establos, en su celda misma, y la cubrió con una túnica de hermano lego. Quebrantó todas y cada una de las reglas del monasterio, pero lo hizo convencido de que a Dios aquello poco le importaba, que tenía menesteres mucho más interesantes que atender.

Se enamoraron sin querer. Y se entregaron el uno al otro queriendo.

Ixeia le preguntaba una y otra vez si no deseaba que ella desapareciese de su vida, que se marchase lejos y le dejase en paz con su plácida existencia monástica. Michael solía decir que su amor por Dios y por Ixeia no eran contrarios, sino complementarios. Decía ver la obra de Dios en el rostro de la joven, y el misterio de la fe en el fondo de sus ojos. Para Ixeia, Michael era sencillamente luz. Era su luz.

Al poco tiempo la joven descubrió que estaba encinta, y a la sazón ya nadie podría separarles. O eso pensaban.

Planearon pues fugarse juntos, empezar una nueva vida lejos. Pusieron todas sus esperanzas en un plan supuestamente infalible que les abriese las puertas de una vida de dicha. Acordaron fugarse de madrugada un día veintiuno de junio de 1570, antes de Maitines.

Y les estaban esperando a la salida del monasterio.

Nunca supieron quién les había delatado, pero poco importaba.

Dernbach estaba furioso. Gritaba y echaba espumarajos por la boca, vociferaba sobre una sucia traición a su persona. Clamaba frente a los dos prisioneros que el pecado se había introducido entre las mismas paredes de su monasterio, pero que iba a eliminarlo de raíz.

 No hubo misericordia para Michael. Lo ejecutaron mucho antes de que pudiese suplicar clemencia. Mas, sí que llegó a proclamar que Ixeia estaba encinta, y murió creyendo que así la joven se salvaría.

A Ixeia la encerraron en la celda del monje bajo llave, mientras deliberaban su destino.

Era el Solsticio de Verano, y una gran luna llena brillaba a través de los barrotes de la celda. Ixeia tomó una decisión. La de no volver a ser una criatura débil, a merced de los designios de otros. De abrazar a su lobo, de entregarse a su verdadera naturaleza y a su destino.

Y se concentró para lanzar un conjuro. El más grande que había efectuado hasta la fecha, antes de que la persiguieran en España y en Francia, y el mayor sortilegio que jamás haría. Bañada por la luz de la luna, y el sol despuntando por el horizonte, se hechizó a sí misma y a la criatura que llevaba en el vientre. Un hechizo que muchos llamarían posteriormente ‘maldición’, y que jamás podría deshacerse.

Gracias a su nueva condición, Ixeia pudo escapar de su celda y del monasterio, pero no sin antes dar sepultura al cuerpo de Michael en los terrenos de la abadía, el lugar que tanto había amado. La joven lloró amargas lágrimas de despedida, y, al momento, brotó un hermoso rosal sobre el eterno lugar de descanso del monje. Ixeia le prometió que no tardarían en volverse a ver.

Entonces inició su transformación, lista para marcharse para siempre de aquel lugar, muy consciente de que había alguien observándola. Sus nuevos sentidos la habían alertado de su presencia mucho antes, y aunque estuvo muy tentada de vengarse, pensó que no era lo que Michael hubiese querido.

‘Habentis Maleficia’, murmuró el abad, presenciando cómo aquella criatura se transfiguraba ante sus ojos, saltaba los muros del monasterio y se perdía en los bosques bajo la luz del amanecer. No alertó a nadie, pero jamás olvidó lo que había visto.

-Después de aquello, la frágil mente de Madre quedó completamente devastada. Deseó todos y cada uno de los días que restaron de su existencia reunirse con Michael. Pero tenía una obligación para con su bebé. Para conmigo. Oh, sí, me crio, me enseñó su arte y lo hizo bien. Solía decir que estaba muy orgullosa de mí, y me contó todo sobre Padre. Acudió a reunirse con él cuando vio en mí que era ya toda una mujer, que podía cuidarme sola, cuando yo tenía dieciséis años – dice Gaua, introduciéndose a sí misma por primera vez en aquella triste historia. Sus compañeros, avezados y duros aventureros tienen un nudo en la garganta, desde el primero hasta el último.

-A partir de entonces no hay mucho que contar. Por supuesto, me afectó el hechizo o maldición, y tuve tiempo en demasía para dominarlo, aunque no sin grandes sufrimientos. Me cambié el nombre, aprendí, adiestré y me adiestraron, me refiné y me superé a mí misma cientos de veces, pero no olvidé. Ascendí en la escala social. Me casé con el Kurfürst(3)de Munich, Prinz Friedrich, y tuve acceso a los más altos dignatarios de Baviera como flamante princesa. Así fue cómo conocí al mismísimo Dernbach en una de las reuniones de la corte. No cesó de alabar mis modales refinados, y yo soporté su cháchara insulsa y sus repulsivas atenciones disimulando muy bien mi desprecio. Lo único que me interesaba de él en aquellos momentos era su olor.

Entonces Gaua se pone rígida. Olfatea el aire.

-Está aquí. Acaba de llegar.

La compañía deja su escondite, con Ferdinand completamente curado y en la plenitud de sus facultades, desciende al último nivel de la fortaleza y llega al fin al portón que andan buscando desde el principio. Tras él se escuchan gritos ahogados, que se ven interrumpidos cuando la compañía traspasa el umbral.

Es una sala de torturas, con varios desdichados sufriendo tormento. Pueden sentir más que ver a uno que gime dentro de la Doncella de Hierro, un par en la picota, y otro yaciendo en el potro, en pleno interrogatorio con Nuss mientras Dernbach supervisa el procedimiento, el cual abandona cuando ve a los extraños personarse en la estancia. Es la viva imagen de la confusión.

-Prinzessin Hildegarde! Was machen Sie hier…? (*)

Y esas son sus últimas palabras, antes que un enorme lobo cobrizo salte sobre él desde donde unos instantes antes estaba Gaua, o la princesa Hildegarde, y lo destroza con fauces y garras.

Cuando Dernbach ya no es más que un puñado de vísceras ensangrentadas, la bruja lobo se gira hacia Nuss, pero sus compañeros con gran aplomo la detienen.

-Espera, Gaua. Creemos que él merece algo diferente. Un final más lento.

La compañía de aventureros libera a los reos y abandona aquel maldito lugar para siempre, perdiéndose en la noche. Anneliese y la propia Gaua quedan un momento rezagadas, asegurándose de que las almas atormentadas de los cientos de cuerpos enterrados en las catacumbas bajo Hexenküppel encuentren al fin la paz.

Epílogo:

A diferencia de lo que solía suceder en aquellos tiempos, en los que la causa de muerte de un inquisidor era la edad o las enfermedades propias de la época, la historia cuenta que, tras la muerte del Príncipe Abad, Balthasar Nuss fue arrestado y detenido durante trece años, debido a que como Malefizmeister violó repetidamente las disposiciones aplicables que se encontraban en vigor en aquel momento. Finalmente, fue juzgado por enriquecimiento en relación con los juicios por brujería, y decapitado en 1618 en Bad Brückenau.

Los pasajes subterráneos bajo Hexenküppel siguen estando en gran parte inexplorados.

(*): ¡Princesa Hildegarde! ¿Qué hacéis vos aquí…?

(1): Juez de la Centena (distrito judicial).

(2): Maestro de la Maleficencia. Comisionado brujo o ‘juez brujo’. Su trabajo consistía en garantizar el curso adecuado de un juicio por brujería. En la práctica a menudo los Maestros de la Maleficencia impulsaron la persecución. 

(3): Príncipe Elector.

Leyendas vivas

Cae la noche del 24 de diciembre. Las primeras ráfagas invernales bajan de las montañas y hacen vibrar las ventanas de una vivienda, adornada como todos los años. Sobre la chimenea penden calcetines de colores. El belén en un rincón, inspira el cariño por la tradición, la familia unida y la fe. Y por supuesto, el Árbol de Navidad, magnífico con todo el espumillón y los adornos, antiguos y nuevos. La mesa, ricamente decorada con candelabros y velones, sobre un mantel con ribetes dorados, muestra los restos de la opípara cena de Nochebuena, con los platos a medio recoger.

En el salón ya no queda casi nadie, todos los comensales se han retirado a sus respectivas casas a aguardar a la mañana de Navidad y la familia al completo duerme. Todos, salvo una persona. Una jovencita, la hija mayor de la casa, está sentada en el sofá y escribe en su ordenador portátil sin parar. Tiene que acabar, es preciso, antes de que llegue la Navidad. Sin embargo, el cansancio finalmente la vence y cae rendida, profundamente dormida.

Entonces, se produce una ondulación en el aire y las velas de la mesa, que hace rato se habían apagado, se encienden repentinamente. En la chimenea tras el Árbol de Navidad, se escucha un ruido muy raro. Suena algo así como:

– Osti, ja l’he fet bona. Aquesta mena da planta da plàstic no és el Carib. Quin fàstic.

Y entonces un segundo murmullo, o más bien una cacofonía de ellos, se suma al primero.

– ¡Ah! ¡Por la mía barbiña! ¿Qué haces tú ocupando la salidiña?

– Que corriga l’aire, oi? Eh, però, qué és aixó …? Au!

– Kaixo bestias! ¡Kitaros de en medio, pero!

– Mou-te tu, Entsumapixums (1)!

– Ahí ba la hostia, joan hadi ipurtzulotik hartzera (2).

– Que me’n vagi on???

Y ruido de peleas. Y tacos varios en vasco, catalán y gallego. Entonces el Árbol de Navidad se tambalea peligrosamente, cuando la puerta de la chimenea se abre, poniendo el suelo un poco perdido de escarcha, de carbón y de castañas.

Olentzero

– Ay amaaa… ¡Ke sus vayáis os digo! ¡Es mi turno! – dice alguien con un vozarrón capaz de hacer retumbar cordilleras.

– No et rebotis tu, oi, carallot? Que jo sols m’he perdut de camí a les meves vacances.

– ¿Y te ha entrado una urgencia? Digo, porke como vas con los kalzones por los suelos…

– Hay que ver, los tiempus modernus, qué feiño es este árbul porquiño de plásticu… ¿Y tú no te puedes tapar las vergüenciñas?

El Caganer. Fuente: Barcelona Secreta

– Jo sóc el Caganer! Sóc part vital al Betlem, jo! – declama mirando a sus pies debido a la inclinación de su espinazo.

– Kaixo!! ¡Pero, lehengusu, primo! ¡Ke no te había rekonocido! ¡Si es mi kerido Tientapanzas! – dice el del vozarrón.

– Apalpadoiro si no te importa, Olentzero, vieju. ¿Llego tarde? Siéntolu y laméntolu.

Entonces otras cosas bajan por la chimenea y aterrizan con un alarido y varios sacos, en medio del salón y de un montón de leyendas navideñas.

– ¡Cerrad la puertoa, ke entran bitxos!

– Oh my God! ¿Pero qué es estou, my friends? Ho, ho, ho, ¡cuanta gente!

– Scheisse (3)!

– Porca miseria! Levati de encima, ¡so grasso!

La Befana

– Lleva’t de damunt, cagabandúrries! Cap d’ase, desvirga-gallines (4)!

– ¡Mal raio che parta, palabreiro!

– Ho, ho, ho help!

– Signore, vaya usted a palparse los piccolini così lontano!

– Perdone siñorina, es la costumbre (5). ¡Demoños, si es una meiga! ¡Lagarto, lagarto!

– ¡Kabenzotz! ¡Pero si llegan más!

Finalmente asoman las reales cabezas por la chimenea tres figuras, sin atreverse del todo a entrar y deshacer el lío de sacos, gorros, bastones, miembros enredados y una escoba voladora.

Los Reyes Magos. Ilustración de Richard Hook

– ¿Sabéis quiénes son todos esos?

– Ni idea. A ver, hay por lo menos tres gordos…

– Al de rojo ya le conocemos…

Sankt Nikolaus. Fuente: National Geographic

– Sí. Pero a la bruja mafiosa, no, y al enanito con los calzoncillos bajados, tampoco. Oye, no se irá a … ¿aquí mismo?

– ¿Vosotros sabíais que en Navidad se juntase toda esta fauna?

– ¿A quiénes llamáis vosotrus fauna, carallo?

– Aixó, qué hi feu vosaltres aquí, oi?

– Nostros venimos a traer lo que nos han pedido.

– Y antes de tiempo, además. Es un pedido urgente.

– ¿El qué?

– Una tesis doctoral acabada.

– ¡Ké kasualidad! ¡También yo!

– Me too!

– Io también!

– Ich auch. Hat sie uns dasselbe gefragt?

– ¿Qué ha dicho el Nikolaus?

– Creo que: ‘Y los hamsters se llevan en frac’.

– Jo anava al Carib, peró… Ara que ho dius… – dijo el Caganer.

Entonces se vuelve, rebusca en las profundidades de su atuendo y saca de no se sabe dónde un tronco.

– ¿Un leño? ¿Te han pedido que traigas un leño?

– ¡Per favor! Aquest és el Tió de Nadal. És tot un símbol! De la llar, del foc, de la terra. Es farceix durant l’Advent, i la nit del 24 de desembre regala els últims presents del any.

Todos contemplan atónitos cómo el Caganer le arrea un par de barrazos solemnes al Tió, y cómo el leño deja caer pan seco, turrón, frutos secos, mandarinas y… una tesis doctoral.

– Oye, ¿ese tronco se acaba de ciscar?

Todos miran a la vez sus encargos y a la joven dormida, con el ordenador todavía encendido a sus pies. Se quedan todos callados un momento, y entonces el Apalpador rompe el silencio.

– ¡Bueeeno! ¿A quién le apetecen unas castañas y un poquiño de sidra?

Y la pintoresca compañía desaparece, dejando su particular rastro y un eco de risas. A la mañana siguiente, la joven estudiante mirará en su ordenador, y no va a poder creerse lo que va a encontrar en él.

(1) A usted le gusta esnifar pis señor.

(2) Me han asegurado que significa “vete a herrar ocas”.

(3) ¡Mierda!

(4) Váyase usted a freír monas un ratito, si no tiene inconveniente, pedazo de burro y… intraducible y no recomendado para mayores de 13 años.

(5) El viejo Apalpador, de oficio carbonero como su primo vasco el Olentzero (6), conseguía en los soutos la madera con la que tallaba juguetes para los niños y niñas. La noche de Navidad bajaba de las devesas y entraba a escondidas en las casas. Entonces, se acercaba a ellos y les palpaba la barriga para ver si estaban bien alimentados. Si estaban llenas decía su conjuro – «Así, así esteas todo el año» («Así, asi estés todo el año») – si no, no decía nada, pero a todos les dejaba un puñado de castañas y alguno de sus juguetes.

(6) Olentzero, Olentzaro u Olantzaro es un personaje navarro de la tradición navideña vasca. Se trata de un carbonero mitológico que trae los regalos el día de Navidad en los hogares del área geográfica y cultural denominada Euskal Herria, conformada por el País Vasco y Navarra y el País Vasco francés. Su origen está en la zona de Lesaca (Navarra).

Der Wolpertinger und der Kobold

Jetzt auf Deutsch!

Bild von ‘The Fir Tree’, von H.C. Andersen.

Es war einmal ein Wolpertinger, der in den Wäldern Bayerns lebte. Er kauerte neben einer kleinen Tanne und weinte. Ein vorbeigehender Kobold fragte ihn warum er weinte. Der Wolpertinger sagte ihm, dass er traurig sei, denn er habe Geburtstag und es regnet.

“Ich mag keine Geburtstage im Winter. Alles ist traurig und braun”, sagte der Wolpertinger, wedelte kurz mit seiner rosane Nase und senkte traurig seinen geweihten Kopf. Um ihn aufzumunten, zeigte der Kobold auf einen Regenbogen, der plötzlich zu sehen war. “Bedenke», sagte er mit schriller Stimme «ein Regenbogen ist erst zu sehen, wenn es regnet. Finden Sie nicht auch, dass das ein sehr schöner Anblick ist?“

“Ja, okey, es ist wahr”, sagte der Wolpertinger und bewunderte den Regenbogen, der einen vollen Bogen über den Wald spannte und zugleich doppelt war.

Der Wolpertinger wischte sich die Tränen an der Tanne ab, an der sie glimmernd hängen blieben, trotzdem hatte er immer noch eine traurige Miene. Deshalb setzte sich der Kobold neben ihm auf einen Felsen und sagte:

“Wussten Sie, wenn man alle Zahlen seines Alters zusammenzählt bekommt man eine Zahl, die magisch ist?” “Sagen Sie mir, wie alt sind Sie?”

“Das sage Ich Ihnen nicht”, antwortete der Wolpertinger plötzlich schüchtern und mürrisch.

Der Kobold seufzte, erhob sich von seinem Felsen und ging zum Regenbogen. Er greifte mit seinen beiden kleinen Händen nach beiden Regenbögen und kehrte mit 14 bunten Kerzen zurück zu dem Wolpertinger.

“Hier! Tun Sie diese Kerzen auf Ihren Geburtstagskuchen, zünden Sie diese an und bevor Sie diese auspusten, wünschen Sie sich etwas! Ich versichere Ihnen, dass all Ihre Wünsche in Erfüllung gehen werden, denn es ist Ihr Geburtstag. Ausserdem ist es eine besondere Zeit, in der Weihnachten zur Erde zurückkehrt. Dies macht diesen Tag zu etwas Einzigartigem. Vergessen Sie nie, dass alle Geburtstage immer eine Quelle der Hoffnung und Begeisterung sind.»

Der Wolpertinger zählte die Kerzen und fragte erstaunt den Kobold:

“Woher wussten Sie wie alt ich bin?” Darauf antwortete der Kobold:

“Ihr Blick verrät es. Ihre Augen sind die Augen der Weisheit.”

Der Wolpertinger war sehr glücklich und umarmte den Kobold, mit seinen Beinen und mit seinen Flügeln. “Ich danke Ihnen, mein Freund. Es wäre mir eine Ehre, wenn Sie meinen Geburtstag mit mir feiern würden. Aber sagen Sie mir, haben Sie keine Angst vor mir?” – sagte er lächelnd.

Der Kobold antwortete: “Ich weiß nicht, wovon Sie sprechen. Alles was ich sehe, ist ein nettes Kaninchen.”

So feierte er seinen Geburtstag mit dem Kobold an der strahlenden Tanne. Weihnachten stand vor der Tür.

El Wolpertinger y el Duende

Érase una vez, un Wolpertinger que vivía en los bosques de Baviera, cerca de Taubensee. El Wolpertinger estaba encogido al lado de un pequeño abeto, llorando. Entonces un duende que pasaba por allí le preguntó por qué lloraba. El Wolpertinger le dijo que estaba triste porque era su cumpleaños y estaba lloviendo.

‘No me gusta cumplir años en invierno. Todo está muy triste y de color marrón o blanco.’ dijo el Wolpertinger, moviendo su nariz rosada y bajando con tristeza su cabeza astada.

Entonces para animarlo el duende le señaló el arcoíris que acababa de salir.

‘Ten en cuenta ‘, dijo con voz chillona, ‘que para que salga el arcoíris primero tiene que llover. ¿No te parece un espectáculo de lo más hermoso? ‘

‘Vale sí, es verdad.’ dijo el Wolpertinger, admirando el arcoíris, que trazaba una curva completa sobre el bosque y además era doble.

El Wolpertinger se secó las lágrimas en el abeto, en donde se quedaron brillando. Sin embargo, seguía teniendo un aire tristón, por lo que el duende se sentó a su lado en una roca y le dijo:

‘¿Sabías que si sumas todas las cifras del número de años que cumples, el número que obtengas es mágico? Dime, ¿cuántos años cumples?’

‘No te lo digo.’ dijo el Wolpertinger, repentinamente tímido y huraño.

El duende suspiró, se bajó de su roca y se acercó al arcoíris. Pasó sus manitas por ambos arcos, y volvió con el Wolpertinger llevando consigo catorce velitas de colores.

‘Toma. Pon esto en tu pastel de cumpleaños, enciéndelas y antes de soplarlas, pide un deseo por cada una de ellas. Te aseguro que se cumplirán, porque es tu cumpleaños y además ésta es una época muy especial, en la que el viejo Yule regresa al mundo. Esto hace, pues, que este día sea algo extraordinario.  Además, nunca olvides que todos los cumpleaños son siempre motivo de esperanza e ilusión.’

El Wolpertinger contó las velas y, asombrado, le preguntó al duende:

‘¿Cómo lo has sabido?’

A lo que el duende respondió:

‘Tu mirada te delata. Tus ojos son los ojos de la sabiduría.’

El Wolpertinger se puso muy contento y abrazó al duende, con patas y alas. Entonces le hizo una última pregunta:

‘Gracias, amigo. Me sentiría muy honrado si festejases conmigo mi cumpleaños. Pero dime, ¿No te doy miedo?’, dijo, con una sonrisilla en la que se entreveían sus colmillos.

Y el duende respondió:

‘No sé de qué me hablas. Yo sólo veo un lindo conejo.’

Y el Wolpertinger celebró su cumpleaños con el duende, con una gran tarta, las velas de colores y muchas luces, al lado del abeto que centelleaba, alegrándoles la vista a ellos y a todo el bosque. Se acercaba la Navidad.

Tocar la Luna

Publicado en el Número 23 de la Revista Papenfuss , ‘Especial Recuerdos’

Publicación en Papenfuss Num.23

Las intrépidas astronautas ‘las Hermanas’ al frente de la imponente nave ‘la Nocturna’, equipada con la última tecnología de viajes espaciales, encabezan la misión más importante de sus carreras. Su objetivo: conquistar la Luna. La Hermana Comandante a los mandos, con su vasta experiencia de cuatro años, dirige con destreza la Astronave hacia el espacio exterior. A su vez, la Hermana en Jefe gobierna con mano de hierro los entresijos de ‘la Nocturna’. Desde hace ocho años comanda tripulación y pasajeros haciendo que todo marche a la perfección, y la conquista de la Luna pondrá el broche de oro a su impecable trayectoria profesional.

Fuente: Papenfuss Num.23

La misión va a dar comienzo. La Hermana en Jefe inicia el protocolo de lanzamiento.

-Hermana Comandante, ¿combustible?

-¿Qué?

Que si hay combustible suficiente para la misión.

-¿Qué es combustible?

Gasolina. Como lo que le pone papá al coche para que funcione, pero mucha.

-Ah, sí. Sí que tenemos.

-Tienes que decir: check.

-¿Check?

-Check, sí.

-Vale, check entonces.

-¿Víveres?

-¿Qué?

-Comida, que si hay comida.

-Ah, ya. Sí. Digo, check.

-¿Agua corriente y moliente?

-Claro.

-Check.

-Check, vale.

-Entonces, ¡estamos listos para despegar! T-5000 segundos… T-1000 segundos…

-¿Qué haces?

-Cuento.

-¿El qué?

-El tiempo que queda para que salga la Astronave hacia el espacio.

-Ah. ¿Puedo contar yo también?

-Eh, claro. Pero tú conduces la nave, eso es lo más importante. Y, además, aún no sabes contar bien.

-Puedo contar hasta que salga el cohete. Y si hay que contar más, entonces este es un juego muy aburrido.

-También es verdad.

¡Encendiendo motores! El ruido ensordece a todos los que han acudido a ver el despegue. Y ‘la Nocturna’ se eleva en medio de una gran nube de humo, llamas, y la explosión de los propulsores a toda potencia!

-¡Roooooaaaarrrrrr!

-¡Roooooaaarrrrrrrrrr!

-¡Allá va! ¡’La Nocturna’ pone rumbo a la Luna! Ya pueden avistarla en medio de la negrura del espacio exterior. Es redonda, grande, perfecta toda ella, brillando con su resplandor dorado, rodeada de estrellas.

Fuente: Papenfuss Num.23

-Hala, sí, qué bonita.

¡Las Hermanas van a conquistar las estrellas!

-Pero oye, ¿por qué vamos a la Luna?

-¿Cómo que por qué?

-Sí, ¿ahí qué hay?

Eh, pues, unicornios rosas.

-¿De verdad?

-Claro.

-¿Y gatos?

-Por supuesto, está lleno de gatos, ¡todos los que quieras! Todos los gatitos que se escapan de casa se van a la Luna.

Fuente: Papenfuss Num.23

-Ah, vale. Entonces ya quiero ir.

Hermana Comandante, ¡mantenga el rumbo!

Sí, pero es que tengo que ir a hacer pipí…

Hum, vale, pero luego vuelves y mantienes el rumbo.

La misión va viento en popa. ‘La Nocturna’ se dirige rauda a su destino, y la Luna se ve más y más grande a medida que la nave se acerca a la superficie.

Pero entonces, las cosas se tuercen.

-¡Hermana Comandante! ¡Tenemos un problema! No hay suficientes víveres, ¡y la tripulación está furiosa!

-Pues dales Cola-Cao, ¿no? Hay un montón, que papá compró el paquete de la Baticao.

Tienes razón, Hermana Comandante, ¡espero así poder contenerlos!

-¿Qué es eso?

-Es nuestro cuaderno de bitácora. Aquí tengo que apuntar las incidencias de la misión.

-¿Pero eso no era tu diario? ¿Me vas a dejar leerlo?

-Hermana Comandante, ¡mantenga la atención en los mandos!

-Hum, nunca me dejas leer tu diario, hum…

-Hermana Comandante, ¡murmurar no es propio de una astronauta de su categoría! ¡Y tenemos otro problema! ¡Los pasajeros! ¡Que ahora dicen que quieren sus camarotes con vistas al mar!

-Vale.

-¿Cómo que vale? ¡No hay mar en el espacio!

Si desde la playa se ve la Luna, desde la Luna también se verá la playa.

-Creo que eso no va así, pero ¡bien pensado, Hermana Comandante!

-Claro.

-¡Oh no! ¡No puede ser!

-¿Qué pasa ahora?

-¡La tripulación! Que dicen que no están conformes con el Cola-Cao. ¡Quieren Nesquik, y lo quieren ya! ¡Están rabiosos, vienen hacia aquí! ¡Los oigo llegar y aporrear las puertas de la cabina de mando! ¡Motín! ¡Oh no! ¡Motíiin!

-Pero, ¿aún estáis despiertas? A dormir, ¡que mañana hay cole! ¡No son estas horas de jugar!

-Vaaalee… Buenas noches, mamá.

-Venga, ¿estás bien tapadita? Qué manera de desvelar a tu hermana pequeña.

-Mami, ¡hemos ido al espacio!

-Sí, pero nos has interrumpido antes de poder tocar la Luna.

-Qué cosas tenéis. ¿Qué les has hecho a las sábanas? Mañana continuáis y llegáis hasta Saturno. Pero durante el día, antes de cenar.

-Saturno. ¿Dónde está eso?

-Sí, ¿se ve desde la playa?

Fuente: Papenfuss Num.23

-Venga ya vale, ¡buenas noches niñas! ¿Os dejo la lamparita de noche encendida? Creía que habíais dicho que sois ya mayores para usarla…

-Mamá, ¡no toques la Luna!

La planta prodigiosa

Doy fe al lector que se adentre en estas páginas, de que el escrito que tiene en sus manos es cuanto menos insólito. Se trata de la transcripción de unos pergaminos de incalculable valor escritos por los Monjes del Antiguo Mu. Éstos son una orden de místicos que desde el origen de los tiempos viven apartados del resto de la civilización, según sus propias doctrinas y cronología, en un enclave muy secreto.  Se sabe muy poco de ellos, salvo algún dato geográfico indefinido y que viven y trabajan a la manera de los antiguos. No obstante, un confidente infiltrado con indudable riesgo para su salud, nos ha hecho llegar los pergaminos por mor del enriquecimiento de la civilización occidental.

Los originales de los documentos que tiene el lector en sus manos datan del año 329 de la Era del Escorpión Retorcido, y en ellos, aquellos monjes aislados del resto de la humanidad, relataron el testimonio de las aventuras y desventuras a lo largo de los tiempos de un ser peculiar en todo el planeta.

Dicho ser particular es … una planta. Un organismo vegetal por el que se sucedieron batallas, grandes pasiones y micciones regulares, según los Monjes del Antiguo Mu de la Era del Escorpión Retorcido.

Traducido lo más fielmente posible a la lengua castellana desde su complicado dialecto, y habiéndose conservado en lo posible la ortogramática y la idiosincrasia original para análisis y divertimento del lector, el testimonio del monje anónimo reza como sigue (con la traducción sospechamos que se ha perdido algo de contenido, pero aseveramos que lo hemos entendido todo correctamente).

Rogamos que no se asuste.

Día 5 del Mes del Azulejo Granívoro:

Hete aquí que tengo en mis manos un arbustae de la familia de las assam-icas, de follias medio ovaladas medio aserradas, de color verde como el del rostro del hermano Chu-Lin cuando se le indigestan las acelgas. Las floraes son blancas de cuatro pétalos con el centro amarillo y las fuertes raíces se agarran a la tierra con una determinación como la del hermano Chu-Lin cuando se agarra al retrete. El plantae es de lo más interesante, peculiar y misterioso, y vamos a estudiarlo con todas las técnicas sumamente místicas y secretas que nos, los sagrados siervos del Divino Mu perdidos en mitad de la nada que… digo, enclavados en lo alto de la Montaña Eiiiaggallaröjuy, volcán en activo, poseemos y transmitimos de generación en generación.

Día 7 del Mes del Azulejo Granívoro:

He empezado a trabajar con el plantae. El hermano Lu-Ni me ha traído una solución de catorce carbonos con dieciocho hidrógenos, y dos nitrógenos con cinco oxígenos con la que pretendemos hacer “cantar” al folliaje. Dicen las ancestrales escrituras que hace justo eso, cantar. Los antiguos en numerosas ocasiones no dejaban nada claro con su lenguaje harto ambiguo. Me tomo un descanso mientras medito en solitario viaje por los parajes del Eiiiaggallaröjuy, cuyo nombre explica perfectamente que puede explotar en cualquier momento. Dejo el plantae un mes sumergidas sus fuertes raíces en la solución de catorce carbonos con dieciocho hidrógenos, y dos nitrógenos con cinco oxígenos, para despertar sus taninos, serotoninos y cuerdae vocale. Después, con nuestros más secretos rituales, cánticos, rezos y murmuraciones procederemos a conectar filosóficamente, plantae y nos.

Monje budista. Fuente: salir.com

Día 10 del Mes del Colibrí Colorado:

Divino Mu. Qué hemos hecho. Los antiguos, que el Divino Mu tenga en el fondo del Eiiiaggallaröjuy, no explicaron bien qué era esto de “cantar”. El plantae ha aprendido a hablar y no se ha callado. Nunca, en más de un mes. Eones de plantaes silenciosos pesan sobre su pequeña y vegetal esencia y tiene mucho que decir. Me duelen todos los miembros de transcribirlo todo. En ocasiones me dan ganas de arrancarle todos SUS miembros, tan verdecitos y locuaces todos ellos.

Esto es un resumen de todo aquello que ha dicho hasta ahora en su extraña jerigonza la malnac… el pequeño milagro vegetal, en un coro de vocecillas irritantes, tantas como follias tiene, así como mis réplicas, tan pacíficas y zenes como se puede esperar de un sagrado siervo del Divino Mu que NO alberga instintos asesinos:

Ouuuaaah, ¡buenos días! Oye, qué calvo te vemos, no te vendrían nada mal unas cuantas hojas ahí arriba. Qué bonito es esto, ¿no? Oye, ¿por qué sale humo de esa montaña tan rara de ahí arriba?

Eso es el Sagrado Monte Eiiiaggallaröjuy, un poderoso volcán activo. Nos gusta estar cerca de los regüeldos del dios.

Aaaah, qué interesante. Y qué raro. Vale otra cosa, nos ha encantado esto que nos has puesto para comer. Queremos más. Mucho más. Ya no podemos vivir sin esta sustancia tan deliciosa. Creemos que en los años venideros haremos muy buenas migas, nuestra esencia y la suya (*). Oye, de verdad de verdad que te quedaría mucho mejor algo más de vegetación en la testa. Nos aburrimos, ¿por qué nos has despertado tan pronto? Pregunta, ¿qué quieres saber? Dispara, que queremos volvernos a dormir. Y un tanque de esa cosa dulce, si no te importa, por favor.

Mmmm… No-te-importa-mi-pelo-muchas-gracias. Nos, los humildes siervos del Divino Mu, queremos saber, para conocimiento de las naciones venideras, tu nombre, oh plantae desconocido, tus propiedades, tu origen y el testimonio de tu paso por el mundo, para que quede escrito en el sitio donde están escritas las cosas.

Ah, ¿sólo eso quieres? Bueno, entonces tenemos para rato, esperamos que no tengas nada mejor que hacer. Nuestro nombre completo es algo que tendrás que ganarte, porque somos una variedad sumamente rara y preciada, muy diferente al resto de nuestras hermanas menores. De momento conténtate con que en la transliteración antigua Peh-Reh-Jil de la lengua de nuestra tierra, nuestra asombrosa estirpe se conoce comúnmente como Té.

Camelia sinensis

¿Y de dónde viene vuestra asombrosa estirpe?

A eso iba, paciencia, nuestro buen calvorota. Venimos de la tierra del Sol Naciente, donde las civilizaciones más antiguas del planeta ya hablaban maravillas de nosotras, de nuestras magníficas propiedades y centenares de hombres partieron en nuestra búsqueda, porque éramos más valiosas que el jade. Somos más verdes que el jade.

Glumpf. Tenéis una alta opinión de vosotras mismas. ¿Y decís que hace tantísimo que se conocen vuestras propiedades?

Por supuestísimo, oye. El legendario emperador Shennong afirmó hace miles de años que nuestras infusiones tenían el poder de curar el cansancio, tumores, abscesos y problemas de vejiga.

¡Vaya! ¿De verdad?

Y tanto, el legendario emperador Shennong tenía todo eso, y también cierta tendencia a la irritabilidad. Es lo que pasa cuando no puedes hacer pis felizmente, y no hablemos de poder sentars… ¡FLUP! … ¡Oye! ¡Que eso es nuestro! ¿Por qué, en nombre de todos los inframundos, nos arrancas?

Es que yo también tengo un absceso y sentarse es de lo más incómodo…

Pues inventas los cojines ergonómicos. ¡FLUP! … ¡Que dejes nuestras hojas en paz!

Vale, vale, continuad, os lo ruego.

Las manazas quietas. Bueno, después de que nuestras asombrosas propiedades se conocieran allende los mares, otra poderosa civilización quiso venir a por algunas de nosotras, y montaron sobre grandes elefantes para cruzar las altísimas cadenas montañosas en pos de la planta milagrosa que…

Creía que lo de los elefantes había sido por otra cosa.

¿Quién estaba ahí, tú o nosotras? Haz el favor de callarte o cerramos las bocas.

Ya-me-gustaría-a-mí-verlo … No, por favor, seguid, seguid.

Aníbal cruzando los Alpes. Fuente: Academiaplay.es

Y de camino se encontraron con otros que gritaban cosas como ¡por Júpiter! Y ¡por Saturno! Y las primeras grandes batallas se sucedieron para dirimir quién se quedaba con la planta sagrada.

¿Pero aquella lucha no fue por la conquista de Roma?

¡Fue por NUESTRA conquista! Si no, ¡díselo a las pobres hermanas que murieron para solucionar la halitosis del César!

Asombroso. ¿Y qué pasó luego?

Luego, viajamos en el zurrón de un druida hasta unas islas más al Norte de lo que habíamos estado jamás, y en esas islas habrían de apreciarnos como en ningún otro lugar de los cinco continentes, por nuestro sabor y textura junto con el agua hervida que tanto les gusta, hasta el punto de que dejaban de luchar contra los invasores que seguían gritando ¡por Júpiter! a las cinco de la tarde, para tomar una tacita de delicioso yo.

Ejército romano

¿Así que ya habéis estado en Gran Bretaña?

Por aquél entonces se llamaba Britannia. Pero sí, y aquella civilización fue finalmente conquistada y perdida, pero nosotras perduramos con los siglos, y llegamos a manos de los Templarios.

¿Los mismísimos Templarios?

Claro. ¿Sabes quiénes fueron?

Lo que sabe todo el mundo. Se supone que fueron una poderosa orden militar cristiana que protegía a los peregrinos a Jerusalén en las primeras Cruzadas… y existe la leyenda de que en Tierra Santa buscaban el Santo Grial… Espera. A ver si adivino. ¿A que no había tal Grial?

Exacto. También éramos nosotras el objeto de deseo de la Orden del Temple.

¿Cómo es posible…?

Bueno, desde la traducción de nuestro nombre en chino mandarín “Chá” al hebreo antiguo, de ahí a la lengua de los sarracenos (a los que también gustamos) y de ahí al latín indoeuropeo y de ahí a las variantes románicas… se pierden cosas.

¿¡Entonces el TÉ es el Santo Grial!? ¡Hay que reescribir la Historia entera! ¡Hermano Mu-Shu! ¡Trae el Códice Grandísimo del scriptorium!

Ejército Templario. Fuente: abc.es

Pero espera, ¡que aún no hemos acabado de contarte nuestra historia!

No, si ya sé cómo acaba. Ahora me diréis que los grandes conquistadores que partieron allende los mares en una peligrosa ruta hacia las Indias fueron para encontraros y llevaros al fin a Europa, ¿verdad?

¿Cómo lo has sabido?

Intuición de monje que ha visto y oído demasiado. Necesito inventar las vacaciones remuneradas. Debemos transcribir todo esto antes de que se pierda. Pero primero, ¿Nos diréis qué tipo de té tan especial sois?

Bueno, creemos que os lo habéis ganado. Como sabes, somos la Camellia Sirensis, “Té” para los modernos, de la rara variedad de… ¡FLUP!

¡Hermano Mu-Shu! ¿¡Qué has hecho!?

Es que yo también tengo un absceso y hace rato que este plantae charlatán no me deja dormir. Quiero comprobar si también funciona para el insomnio.

¿Plantae? Hola, ¿¡Plantae!? Perdonadnos, os lo ruego. El infractor será sacrificado por vuestro perdón. ¿Hola? ¿Ahora os calláis, en serio? Hermano Mu-Shu, vete un rato a rastrillar arena o lo que quieras y apártate de mi vista, o te mando de retiro perpetuo al fondo del Eiiiaggallaröjuy.

Y ya está, no nos ha llegado a nuestra civilización más información acerca de este desconocido “tê à tê” interespecie. Los traductores del manuscrito confiamos en que el monje anónimo no fuese demasiado duro con su compadre y que acomodase con esmero al plantae… digo, a la planta de té en un lugar confortable con vistas a un Eiiiaggallaröjuy en calma, y con una buena provisión de catorce carbonos con dieciocho hidrógenos, y dos nitrógenos con cinco oxígenos. Esperamos además que el lector de estas páginas haga buen uso de aquello que aquí ha sido revelado. Y le deseamos mucha suerte si emprende su propia búsqueda personal de tan especial variedad de té tal y como hicieron grandes personalidades, ficticias o no, a través de los tiempos.

El libro de color naranja

En mi colegio celebraron una vez una pequeña venta por motivo del Día del Libro. Y no había nada – y sigue sin haberlo – que me gustase más que perderme entre las hileras de libros expuestos, recorrerlos con la yema de los dedos, y esperar a que alguno me llamase. Y lo hizo, vaya que sí. Para una niña de once años solitaria como yo, aquellas llamativas cubiertas de color naranja fosforescente habían estado esperándome a mí y sólo a mí. Así que, ignorando por completo a los profesores y su cháchara animada, y a los escasos alumnos que se habían dejado caer por el hall del edificio a curiosear, invertí los escasos minutos que me quedaban de recreo y casi toda mi paga en adquirir el libro y hojearlo con avidez.

Leer aquel librito – una dulce historia sobre una niña maga y a la vez genio de la lámpara – abrió para mí una puerta. No una literal, sino en mi mente. Un espacio que hasta entonces no había sabido que tenía, pero al que empecé a llevar cosas para llenarlo. Cosas que me gustaban de los libros que devoraba todos los días, en mi casa y en la biblioteca del colegio, y que hacían de mi mundo interior, aquel espacio tan bonito, un lugar sólo para mí, un sitio donde refugiarme del mundo cuando lo necesitase.

Allí escondí dragones durmientes sobre tesoros, princesas que volaban con cisnes, brujas buenas, elfos blancos y elfos oscuros, castillos inexpugnables y palacios de cristal, bosques encantados, animales parlantes, bolsos en los que cabe un genio, niños voladores, niños transformados, niños mágicos, niños capaces de todo, y buena parte del País de las Hadas y de las Maravillas, de Nunca Jamás, del Reino Peligroso, de Fantasía, de la Tierra Media, de Hogwarts, del Mundodisco y de los Reinos Olvidados. En mi mundo todo puede hacerse y todo es posible. Quién quiere castillos en el aire cuando yo tengo todo un universo flotando conmigo en las nubes.

Ahora yo me dedico a abrir puertas con mis cuentos. Cada palabra que escribo es parte de un código único para abrir un nuevo espacio de imaginación, y así, aunque sea por un rato, poder volver a ver el mundo con la mirada de un niño. Y seguir maravillándose con los prodigios que hay en él. O inventarlos.

Un encuentro inusual

Hace poco encontré un singular relato en un diario de mi tía bisabuela Elisa. El hallazgo del diario en sí ya fue extraordinario, pues estaba oculto en una caja de secretos entre sus pertenencias casi olvidadas, cuyo cierre sólo yo acerté a abrir. El truco estaba en presionar suavemente los laterales de la caja y a la vez soltar el pestillo casi invisible de la tapa.

Mi tía bisabuela Elisa siempre ha sido una figura legendaria en la familia. Una joven que a los dieciocho años se fugó de casa y desapareció sin dejar rastro, para reaparecer años después al otro lado del mundo como una reconocida escritora de cuentos para niños.

El por qué se fue así, nunca estuvo claro, aunque nunca faltaron rumores acerca de un matrimonio de conveniencia del que cualquiera habría huido. Esto era algo que mi abuela y su hermana comentaban a menudo, con expresión resabiada.

Cómo logró desvanecerse como si se la hubiera tragado la tierra, y burlar a todos y cada uno de los grupos de búsqueda que envió mi tatarabuelo es gran parte del misterio, así como sus cuentos de hadas, capaces de encantar a toda una generación.

Ahora, leyendo su diario he comprendido muchas cosas. La verdad sobre el matrimonio concertado, sobre el que se desahogaba en varias páginas del diario, intercaladas con algunos cuentos muy buenos, como ‘La Trenza del Hada’ o ‘La Flor Tardía’, en los que en retrospectiva puedo ver el talento innato y creciente que impulsaría su fama.

Pero la última entrada del diario es de lo más extraño. No es un cuento, o al menos no está narrado como tal. Es igual que tantas otras entradas anteriores, pero con una diferencia: lo que cuenta ahí Elisa no puede ser real.

Está bastante claro que era una criatura fantasiosa y quizá un poco lunática. Sin embargo, lo que escribió aquel 19 de abril de 1910, unido a su posterior desaparición, suscita muchas dudas y preguntas, y deja tras de sí muy pocas respuestas.

La versión oficial es que efectivamente huyó del matrimonio concertado. Yo ya no lo tengo tan claro.

Juzguen ustedes, a partir de la transcripción, palabra por palabra, de la última entrada del diario adolescente de Elisa Gascó, la famosa cuentacuentos.

19 de Abril de 1910

Ayer por la tarde le dije a padre que no me casaré, aunque me lleven a rastras ante el altar. No hay mujer cuerda que quiera pasar el resto de su vida junto a ese hombre infame. Pero padre no quiso escucharme.

Salí como tantas otras veces al monte, a respirar aire fresco y a ordenar los pensamientos, dejando atrás el caserón familiar y bordeando los campos de naranjos hasta la colina cercana, como acostumbre a hacer cuando arrecia la tormenta.

No obstante, ayer tomé una senda distinta a la habitual, y al poco me había desorientado. El Sol ya se había ocultado tras las montañas y su resplandor ya no era visible en el cielo, donde ya empezaban a aparecer las primeras estrellas. Sin embargo, no hacía frío. El aire primaveral era cálido y mecía mi vestido de algodón mientras avanzaba por los pastos.

Entonces quise fijarme en donde me encontraba, para tratar de hallar el camino a casa. A parte de unas pocas colmenas de madera para abejas, no vi nada reseñable que determinase mi paradero. Ninguna señal, ni marca alguna. Un sendero completamente desconocido y libre de presencia humana.

Vi que estaba en un camino de flores silvestres de vivos colores. Había margaritas, clavelinas, campánulas y lavanda, el aire estaba impregnado de su olor. Las flores eran preciosas, todas ellas, coloreando la falda de la colina como un ordenado mosaico.

Demasiado ordenado y demasiado pulcro. Me pregunté si no me habría metido por error en terreno cultivado. La visión de tan bonitas flores contrastando con las luces del crepúsculo y la villa a lo lejos, preparándose para la noche, junto con su dulce aroma silvestre era reconfortante.

Me incliné sobre una de las perfectas campánulas. Estaba cerrada, pero tenía todos y cada uno de los pétalos impecables, de un tono rosa intenso con el borde oscuro. La acaricié con delicadeza, asombrada de su belleza. Y la flor se estiró y me miró.

No era una flor después de todo.

Contuve la respiración y alcé la mirada. La senda de flores silvestres estaba ahora salpicada de pequeñas lucecitas, que eran en realidad más criaturitas como aquella, iluminadas desde dentro y observándome.

Me temo que me desmayé. Debió ser así, porque desperté tendida en el pasto rodeada de las flores y personitas brillantes. Sentía un regusto dulce en la lengua, como a miel. Supuse que aquellas criaturas me habían dado algo para reanimarme.

‘Un don por otro don.’- dijo la pequeña de color rosa que había visto primero, con una voz tan indescriptiblemente dulce como el roce de una brisa o el lenguaje de las mariposas.

‘¿Perdón? – dije, sin saber muy bien si el sonido había llegado a pasar por mis oídos.

‘Danos el mejor de tus dones, y nosotras te daremos otro a cambio’ – replicó el hada, y las otras se acercaron más y se sentaron rodeándome, unas sobre las flores, otras acomodadas sobre mullidas setas, sobre raíces, y de rodillas en la hierba. Las hadas más pequeñas saliendo de entre grietas en las rocas, llenando el lugar de decenas de luces. El olor del azahar y la madreselva, del romero y la lavanda, lo envolvían todo como un hechizo.

El mejor de mis dones. No sabía qué ofrecer, y no sabía qué podía pasar si declinaba la oferta. Pensé, miré mis manos, mi vestido. Ninguno de mis objetos personales podía considerarse un gran regalo, salvo quizás el relicario que llevaba colgado al cuello. Mas, ¿qué iban a hacer las hadas con un relicario? No creía que se refiriesen a eso. Al final, después de reflexionar un poco, decidí que les daría lo que mejor sé hacer.

Les conté una historia, sobre un sultán del Lejano Oriente que poseía todo cuanto pudiese desear, bienes materiales comunes y también fabulosos, raros y mágicos. Y sin embargo lo dejó todo atrás, partiendo a toda prisa en su alfombra mágica, con la única compañía de un mono, un áspid y un ratón hacia los confines del mundo, para encontrar una cura para su esposa enferma. Y otras historia sobre una hoja flotando en un lago que cambió todo un pueblo, y otra sobre una flor que no quiso crecer a tiempo y aprendió el sentido de la vida demasiado tarde. Y otra sobre un roedor que domesticaba un dragón con té. Y otra, y otra.

Mi pequeña audiencia me escuchaba atentamente. Eran muy buenas oyentes, las hadas. Contenían la respiración en el momento adecuado y aplaudían con sus pequeñas manitas y con las alas al final de cada relato. No sé cuánto tiempo estuve contándoles cuentos, quizás una hora o dos, o puede que toda la noche, acompañada por el movimiento de la Luna Llena por el cielo estrellado, y las pequeñas luces brillando a mi alrededor.

Empecé a sentirme muy somnolienta, y creo que llegué a ver despuntar el alba.

Recuerdo a la pequeña hada rosada acercarse y decir:

‘El mayor de tus dones es especial y maravilloso. Verás tu don aumentado, por la gracia de las hadas. Las historias que nos has entregado serán joyas entre nosotras, y a partir de hoy, todas las historias que cuentes, serán tesoros.’

He despertado esta mañana en mi cama, con el Sol ya alto brillando a través de la ventana. Las imágenes del sueño de la noche anterior eran tan reales, y las sensaciones … notaba incluso aquel regusto como a miel.

Me incorporé, y vi en mi mesilla de noche algo que no estaba ahí el día anterior.

Una pluma. Una pluma estilográfica, de la más exquisita factura, plateada como un rayo de luna. Con mi nombre grabado en el capuchón. Descansando sobre una camánula rosada.

Así que no fue un sueño. He sostenido el regalo de las hadas en mi mano izquierda y las palabras han empezado a fluir como un río. La siento latir entre mis dedo, ansiosa por contar aventuras e historias encantadas.

Siento un nuevo coraje para perseguir mis sueños y encontrar maravillas. O inventarlas.

He visto que el mundo es un lugar mucho más misterioso y mágico que lo que percibimos. Ahí fuera está lleno de secretos, y voy a descubrirlos y a transformarlos en cuentos, para que los niños nunca dejen de creer en prodigios.

Saldré cuando todos duerman, y jamás darán conmigo, hasta que mi nombre y mis cuentos sean conocidos por todos.

Y creo que ya sé cómo conseguirlo.

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