Un encuentro inusual

Hace poco encontré un singular relato en un diario de mi tía bisabuela Elisa. El hallazgo del diario en sí ya fue extraordinario, pues estaba oculto en una caja de secretos entre sus pertenencias casi olvidadas, cuyo cierre sólo yo acerté a abrir. El truco estaba en presionar suavemente los laterales de la caja y a la vez soltar el pestillo casi invisible de la tapa.

Mi tía bisabuela Elisa siempre ha sido una figura legendaria en la familia. Una joven que a los dieciocho años se fugó de casa y desapareció sin dejar rastro, para reaparecer años después al otro lado del mundo como una reconocida escritora de cuentos para niños.

El por qué se fue así, nunca estuvo claro, aunque nunca faltaron rumores acerca de un matrimonio de conveniencia del que cualquiera habría huido. Esto era algo que mi abuela y su hermana comentaban a menudo, con expresión resabiada.

Cómo logró desvanecerse como si se la hubiera tragado la tierra, y burlar a todos y cada uno de los grupos de búsqueda que envió mi tatarabuelo es gran parte del misterio, así como sus cuentos de hadas, capaces de encantar a toda una generación.

Ahora, leyendo su diario he comprendido muchas cosas. La verdad sobre el matrimonio concertado, sobre el que se desahogaba en varias páginas del diario, intercaladas con algunos cuentos muy buenos, como ‘La Trenza del Hada’ o ‘La Flor Tardía’, en los que en retrospectiva puedo ver el talento innato y creciente que impulsaría su fama.

Pero la última entrada del diario es de lo más extraño. No es un cuento, o al menos no está narrado como tal. Es igual que tantas otras entradas anteriores, pero con una diferencia: lo que cuenta ahí Elisa no puede ser real.

Está bastante claro que era una criatura fantasiosa y quizá un poco lunática. Sin embargo, lo que escribió aquel 19 de abril de 1910, unido a su posterior desaparición, suscita muchas dudas y preguntas, y deja tras de sí muy pocas respuestas.

La versión oficial es que efectivamente huyó del matrimonio concertado. Yo ya no lo tengo tan claro.

Juzguen ustedes, a partir de la transcripción, palabra por palabra, de la última entrada del diario adolescente de Elisa Gascó, la famosa cuentacuentos.

19 de Abril de 1910

Ayer por la tarde le dije a padre que no me casaré, aunque me lleven a rastras ante el altar. No hay mujer cuerda que quiera pasar el resto de su vida junto a ese hombre infame. Pero padre no quiso escucharme.

Salí como tantas otras veces al monte, a respirar aire fresco y a ordenar los pensamientos, dejando atrás el caserón familiar y bordeando los campos de naranjos hasta la colina cercana, como acostumbre a hacer cuando arrecia la tormenta.

No obstante, ayer tomé una senda distinta a la habitual, y al poco me había desorientado. El Sol ya se había ocultado tras las montañas y su resplandor ya no era visible en el cielo, donde ya empezaban a aparecer las primeras estrellas. Sin embargo, no hacía frío. El aire primaveral era cálido y mecía mi vestido de algodón mientras avanzaba por los pastos.

Entonces quise fijarme en donde me encontraba, para tratar de hallar el camino a casa. A parte de unas pocas colmenas de madera para abejas, no vi nada reseñable que determinase mi paradero. Ninguna señal, ni marca alguna. Un sendero completamente desconocido y libre de presencia humana.

Vi que estaba en un camino de flores silvestres de vivos colores. Había margaritas, clavelinas, campánulas y lavanda, el aire estaba impregnado de su olor. Las flores eran preciosas, todas ellas, coloreando la falda de la colina como un ordenado mosaico.

Demasiado ordenado y demasiado pulcro. Me pregunté si no me habría metido por error en terreno cultivado. La visión de tan bonitas flores contrastando con las luces del crepúsculo y la villa a lo lejos, preparándose para la noche, junto con su dulce aroma silvestre era reconfortante.

Me incliné sobre una de las perfectas campánulas. Estaba cerrada, pero tenía todos y cada uno de los pétalos impecables, de un tono rosa intenso con el borde oscuro. La acaricié con delicadeza, asombrada de su belleza. Y la flor se estiró y me miró.

No era una flor después de todo.

Contuve la respiración y alcé la mirada. La senda de flores silvestres estaba ahora salpicada de pequeñas lucecitas, que eran en realidad más criaturitas como aquella, iluminadas desde dentro y observándome.

Me temo que me desmayé. Debió ser así, porque desperté tendida en el pasto rodeada de las flores y personitas brillantes. Sentía un regusto dulce en la lengua, como a miel. Supuse que aquellas criaturas me habían dado algo para reanimarme.

‘Un don por otro don.’- dijo la pequeña de color rosa que había visto primero, con una voz tan indescriptiblemente dulce como el roce de una brisa o el lenguaje de las mariposas.

‘¿Perdón? – dije, sin saber muy bien si el sonido había llegado a pasar por mis oídos.

‘Danos el mejor de tus dones, y nosotras te daremos otro a cambio’ – replicó el hada, y las otras se acercaron más y se sentaron rodeándome, unas sobre las flores, otras acomodadas sobre mullidas setas, sobre raíces, y de rodillas en la hierba. Las hadas más pequeñas saliendo de entre grietas en las rocas, llenando el lugar de decenas de luces. El olor del azahar y la madreselva, del romero y la lavanda, lo envolvían todo como un hechizo.

El mejor de mis dones. No sabía qué ofrecer, y no sabía qué podía pasar si declinaba la oferta. Pensé, miré mis manos, mi vestido. Ninguno de mis objetos personales podía considerarse un gran regalo, salvo quizás el relicario que llevaba colgado al cuello. Mas, ¿qué iban a hacer las hadas con un relicario? No creía que se refiriesen a eso. Al final, después de reflexionar un poco, decidí que les daría lo que mejor sé hacer.

Les conté una historia, sobre un sultán del Lejano Oriente que poseía todo cuanto pudiese desear, bienes materiales comunes y también fabulosos, raros y mágicos. Y sin embargo lo dejó todo atrás, partiendo a toda prisa en su alfombra mágica, con la única compañía de un mono, un áspid y un ratón hacia los confines del mundo, para encontrar una cura para su esposa enferma. Y otras historia sobre una hoja flotando en un lago que cambió todo un pueblo, y otra sobre una flor que no quiso crecer a tiempo y aprendió el sentido de la vida demasiado tarde. Y otra sobre un roedor que domesticaba un dragón con té. Y otra, y otra.

Mi pequeña audiencia me escuchaba atentamente. Eran muy buenas oyentes, las hadas. Contenían la respiración en el momento adecuado y aplaudían con sus pequeñas manitas y con las alas al final de cada relato. No sé cuánto tiempo estuve contándoles cuentos, quizás una hora o dos, o puede que toda la noche, acompañada por el movimiento de la Luna Llena por el cielo estrellado, y las pequeñas luces brillando a mi alrededor.

Empecé a sentirme muy somnolienta, y creo que llegué a ver despuntar el alba.

Recuerdo a la pequeña hada rosada acercarse y decir:

‘El mayor de tus dones es especial y maravilloso. Verás tu don aumentado, por la gracia de las hadas. Las historias que nos has entregado serán joyas entre nosotras, y a partir de hoy, todas las historias que cuentes, serán tesoros.’

He despertado esta mañana en mi cama, con el Sol ya alto brillando a través de la ventana. Las imágenes del sueño de la noche anterior eran tan reales, y las sensaciones … notaba incluso aquel regusto como a miel.

Me incorporé, y vi en mi mesilla de noche algo que no estaba ahí el día anterior.

Una pluma. Una pluma estilográfica, de la más exquisita factura, plateada como un rayo de luna. Con mi nombre grabado en el capuchón. Descansando sobre una camánula rosada.

Así que no fue un sueño. He sostenido el regalo de las hadas en mi mano izquierda y las palabras han empezado a fluir como un río. La siento latir entre mis dedo, ansiosa por contar aventuras e historias encantadas.

Siento un nuevo coraje para perseguir mis sueños y encontrar maravillas. O inventarlas.

He visto que el mundo es un lugar mucho más misterioso y mágico que lo que percibimos. Ahí fuera está lleno de secretos, y voy a descubrirlos y a transformarlos en cuentos, para que los niños nunca dejen de creer en prodigios.

Saldré cuando todos duerman, y jamás darán conmigo, hasta que mi nombre y mis cuentos sean conocidos por todos.

Y creo que ya sé cómo conseguirlo.

The late flower

In the old days, when mankind was still innocent, and couples were forged in long engagements born from a shy courtship, a humble student would fall in love deeply, and also learn a valuable lesson.

The young man lived in a modest, two-floor little house, with a small balcony in the upper part, which leaded to a tiny studio composed only by a table, a chair, and four walls fully covered by books. Before he sighted his beloved lady, the young man devoted entirely, body and soul, to his studies, but he always found time for his friends, family and hobbies, specially to his dearest books.

One of his secret longings was to write the most moving story ever told. However, in the blink of an eye everything changed completely.

It happened that the student, one day looking out the window trying to get inspiration for his story, realized that his balcony was very cold, lonely, lacking in color. So, without thinking twice, he went out to buy a planter and some plants that were decorative and pleasing to the eye. The sun was shining brightly from the beginning of March and the student enjoyed the walk, just as he used to do when he went out to stretch his legs, feeling the warm rays on his pale skin. Smiling, he greeted the passers-by in the street, elegant gentlemen on the arm of refined ladies who carried colorful parasols with which to protect their marble faces.

The student finally acquired half a dozen hyacinth bulbs that promised to become spectacular flowers, and the young man sank them into the ground with this hope shining in the eyes.

Then he looked up and thought he was in a dream, or perhaps a mirage caused by the bright sun. Because that vision could not be of this world.

In front of his humble little house was another much larger, richer and more important one, where richer and more important people lived. The eldest daughter was a sixteen-spring beauty, with a face chiseled into pale skin with rosy cheeks, high cheekbones framed in golden curls, full lips, and aquamarine eyes that could melt frost. That morning she had come out on the balcony to arrange her exquisite roses, sheathed in a wonder of blue silk brought especially for her sixteenth birthday. And her slender waist girded by that dress that looked like flowing water made the student forget to breathe. Then the world stopped spinning for him, since it had a new king star to orbit around. She.

The young man suffered a change in his way of being. He stopped hanging out with his friends, paying attention to his relatives. He no longer read, he hardly ate, and the rays of the sun seemed cold to him compared to the radiant presence of his beloved, who he hoped to glimpse on the balcony, or in some window, perhaps a glorious piece of her peeking out from the curtains of the big house.

Days turned into weeks, and the student racked his brains for a way to make the splendid girl his own. Meanwhile, the hyacinths timidly appeared from their bed of soil. The six were gradually breaking their lilac outer cover, and dyeing a tender leaf of its cocoon with an intense green. During the weeks in which the bulbs became fat taking strength from the soil, the water and the sun, the student withered for love. He could only get a brief smile to see a beautiful morning to their little bulbs in bloom. But wow! All except one.

The last of the bulbs did not want to flower. Not yet. It was not prepared, because it needed much more time to fulfill its goal in life, to be a beautiful flower.

So, while the other hyacinths were putting on their finery in the spring sun, brightening the street with their vivid blue, pink, yellow, and orange colours, the unopened bulb didn’t even know what its colour would be, but it was sure it would be much more beautiful than the others. That it would dazzle everyone on the street, that it would be admired and desired to adorn the headdress of a young marriageable woman, the bouquet of a blushing bride, a lavish living room or perhaps the cradle of a beautiful baby.

The days passed slowly, and the young hyacinths grew taller and brighter, taking advantage of every drop of sun and every spark of rain and swaying in step with the spring breeze that made them sing. Not for the human ear, of course, but with a much sweeter voice. The little bulb missed all this, since it remained firmly closed, its tender leaves keeping its secret, taking time to dedicate it to each of its petals, to paint them in a color never seen before, to sculpt them superbly as the most dedicated artist.

The student saw spring pass in front of his balcony, but was not aware of its fertile beauty because he had found a way to approach the source of his sleeplessness and have the right to woo her. The young man was determined to finish his career before anyone else in his promotion, and title in hand, he would offer the girl a household and a standard of living comparable to that of her wealthy family, which he would pay for with his efforts. He finally shut himself up in his study and closed the doors on all distractions. He only cared for his hyacinths, hoping that they would draw her beloved’s attention to his window. In his feverish determination, he ended up losing his friends, greatly saddening his relatives, he stopped writing, walking and dreaming. He only studied and studied, but he no longer put heart to his profession. It was just a mean of achieving his goal.

His five hyacinths witnessed for him the height and departure of spring, which put them in their maximum splendour, feeling with pleasure in their leaves the mystery of full life, and in the course of the other seasons, with the already brown leaves, they slept dreaming of everything beautiful in the world, even if his world was a street. It was enough for them.

With the arrival of a new spring, they woke up again with renewed energy, and they watched expectantly the hatching of the last bulb, which finally felt ready. It was a magnificent shade of white with peach highlights. A real flower beauty that would make anyone who set his gaze on it sigh. The hyacinth was filled with pride and stretched its branches to life.

Meanwhile, the young man arrived at the studio, with the coveted title under his arm. He could already appear at his beloved’s house. Satisfied, he noticed the beauty of the late flower. It was the first one he cut for the bouquet of flowers that he would give to his beloved.

After hours of waiting, and when he was finally received at the neighboring house, he was informed that the young woman could not attend him under any circumstances since she was already promised to none other than a young man of the nobility. Someone who would not have worked in his life, but who would give her a title in exchange for being his rich, decorative wife.

The student left the house with his dreams shattered, realizing for the first time in a long year that he had wasted time that he would no longer recover chasing a chimera, regardless of how he lost things on the way, things as important as himself, having become a lonely shadow, a faint reflection of the vivacious young man of yesteryear.

Just like the late flower, who ended its day of existence in a garbage can with its brothers in the ill-fated bouquet, but who nevertheless had enjoyed the life it wanted to put off for a fatuous end.

Readers, do not postpone the enjoyment of life for fear or to achieve a goal since full life itself is the destination of a quick trip without a return ticket and a single stop.

La flor tardía

En un tiempo lejano, en el que el hombre aún conservaba la inocencia y las parejas se forjaban en largos noviazgos nacidos de un tímido cortejo, un humilde estudiante habría de enamorarse profundamente y también aprender una valiosa lección.

El joven vivía en una modesta casita de dos plantas, con un minúsculo estudio y un pequeño balcón en el piso de arriba, compuesto solamente por una mesa, una silla, y cuatro paredes cubiertas completamente de libros. Antes de avistar a su dama adorada, el joven se dedicaba en cuerpo y alma a sus estudios, pero siempre encontraba tiempo para sus amigos, familiares y aficiones, en especial a sus queridos libros. Uno de sus secretos anhelos era escribir la historia más conmovedora jamás contada. Sin embargo, en un abrir y cerrar de ojos todo cambió por completo.

Sucedió que el estudiante, mirando un día por la ventana tratando de inspirarse para su historia, cayó en la cuenta de que su balcón era muy frío, solitario, falto de color. Así que ni corto ni perezoso salió a comprar una jardinera y algunas plantas que resultasen decorativas y agradables a la vista. Lucía un sol radiante de principios de marzo y el estudiante disfrutó del paseo, tal como solía hacer cuando salía a estirar las piernas, sintiendo los tibios rayos en su pálida piel.  Sonriente saludaba a los transeúntes con los que se cruzaba, caballeros elegantes del brazo de refinadas damas que portaban coloridos parasoles con los que proteger sus delicados y marmóreos semblantes.

El estudiante adquirió finalmente media docena de bulbos de jacinto que prometían convertirse en espectaculares flores, y el joven los hundió en la tierra con esta ilusión pintada en el rostro.

Entonces levantó la vista y creyó estar dentro de un sueño, o deslumbrado por la brillante solana. Porque aquella visión no podía ser de este mundo.

Frente a su humilde casita había otra mucho más grande, rica e importante, en la que vivía gente más rica e importante. La hija mayor era una belleza de dieciséis primaveras, de rostro exquisito en piel pálida de mejillas rosadas, altos pómulos enmarcados en rizos dorados, labios llenos y unos ojos del color de la aguamarina que podrían derretir heladas. Aquella mañana había salido al balcón a arreglar sus primorosas rosas, enfundada en una maravilla de seda azul traída especialmente para su decimosexto cumpleaños. Y su talle esbelto ceñido por aquel vestido que parecía agua de las profundidades hizo que el estudiante se olvidase de respirar. Entonces el mundo para él dejó de girar, puesto que tenía un nuevo astro rey alrededor del cual orbitar. Ella.

El joven sufrió un cambio en su forma de ser. Dejó de salir con sus amigos, hacer caso a sus familiares. Ya no leía, apenas comía y los rayos de sol se le antojaban fríos en comparación a la presencia radiante de su adorada, la cual esperaba atisbar en el balcón, o en alguna ventana, quizá un pedacito glorioso de ella asomando entra las cortinas del caserón.

Los días se convirtieron en semanas, y el estudiante se devanaba los sesos buscando una manera de hacer suya a la esplendorosa muchacha. Mientras tanto, los jacintos fueron asomando tímidamente de su lecho de tierra. Los seis fueron poco a poco rompiendo su lilácea cubierta exterior, y tiñendo de un verde intenso cada tierna hoja de su capullo. Durante las semanas en las que los bulbos crecieron tomando fuerzas de la tierra, el agua y sol, el estudiante se marchitaba por penas de amor. Tan sólo le pudo arrancar una breve sonrisa el ver una bonita mañana a sus bulbitos en flor. Pero ¡vaya! Todos salvo uno.

El último de los bulbos no quería florecer. Aún no. No estaba preparado, pues necesitaba mucho más tiempo para cumplir su objetivo en la vida, ser una hermosa flor.

Por tanto, mientras los otros jacintos rendían todas sus galas al sol de primavera, alegrando la calle con sus vivos colores azul, rosa, amarillo y naranja, el bulbo sin abrir ni siquiera sabía cuál sería su color, pero sí estaba seguro de que sería mucho más bello que los demás. Que deslumbraría a todos en la calle, que sería admirado y deseado para adornar el tocado de una joven casadera, el ramo de una ruborosa novia, un fastuoso salón o tal vez la cunita de un hermoso bebé.

Los días pasaron lentamente, y los jóvenes jacintos crecieron más altos y más brillantes aprovechando cada gota de sol y cada chispa de lluvia y meciéndose al paso de la brisa primaveral que les hacía cantar. No para el oído humano, claro, sino con una voz mucho más dulce. El pequeño bulbo se perdía todo esto, puesto que seguía firmemente cerrado, sus tiernas hojas guardando su secreto, tomándose su tiempo para dedicarlo a cada uno de sus pétalos, para pintarlos de un color nunca visto, para esculpirlos perfectamente como el artista más dedicado.

El estudiante veía pasar la primavera frente a su balcón, pero no era consciente de su fecunda belleza porque había encontrado la forma de acercarse a la fuente de sus desvelos y tener el derecho a cortejarla.  El joven estaba decidido a terminar su carrera antes que nadie en su promoción, y título en mano, ofrecerle a la muchacha un hogar y un nivel de vida comparable al de su acaudalada familia, que él costearía con sus esfuerzos. Se recluyó definitivamente en su estudio y cerró las puertas a toda distracción. Tan sólo cuidaba de sus jacintos, con la esperanza de que atrajeran la atención de su amada a su ventana. En su febril determinación terminó perdiendo a sus amigos, entristeciendo sobremanera a sus familiares, dejó de escribir, de pasear y de soñar. Solamente estudiaba y estudiaba, pero ya no ponía corazón a su profesión. Era ya tan sólo un medio para conseguir su objetivo.

Sus cinco jacintos presenciaron por él el culmen y partida de la primavera, que los llevó a su máximo esplendor, sintiendo con gusto en sus hojas el misterio de la vida plena, y en el transcurso de las demás estaciones, con las hojas ya marrones durmieron soñando con todo lo hermoso del mundo, aunque su mundo fuera una calle. Para ellos bastaba.

Con la llegada de una nueva primavera despertaron nuevamente con renovada energía, y asistieron expectantes a la eclosión del último jacinto, que finalmente ya se sentía preparado. Era de un maravilloso tono blanco con reflejos de color melocotón. Una auténtica preciosidad de flor, que haría suspirar a cualquiera que posase su mirada en ella. El jacinto estaba henchido de orgullo, y estiró sus ramas a la vida.

Entretanto, llegó al estudio el joven, con el ansiado título bajo el brazo. Ya podía presentarse en casa de su amada. Satisfecho reparó en la belleza de la flor tardía. Fue la primera que cortó para el ramo de flores que obsequiaría a su adorada.

Después de horas de espera, y cuando finalmente fue recibido en la casa vecina, le informaron de que la joven no podría recibirle bajo ningún concepto, puesto que ya estaba prometida nada menos que a un joven de la nobleza. Alguien que no habría trabajado en su vida, pero que le aportaría un título a cambio de ser su mujer rica e influyente.

El estudiante salió del caserón con sus sueños hechos pedazos, cayendo en la cuenta por primera vez en un largo año que había perdido un tiempo que ya no volvería persiguiendo una quimera, sin reparar en que perdía cosas por el camino, cosas tan importantes como uno mismo, habiéndose convertido en una triste sombra, reflejo tenue del joven vivaz de antaño. Resolvió dedicar sus energías a escribir para poder ver algún día su nombre impreso en la cubierta de un libro, pues la pluma jamás le daría un disgusto como el que acababa de sufrir. Y así, con el corazón maltrecho, pero con ilusiones renovadas abrió las ventanas y salió a su balcón en busca de inspiración.

¿Y la flor tardía? Pues el joven decidió ponerla a secar y prensar junto a sus hermanas y fabricar puntos de lectura con ellas. Lamentaba no haber podido disfrutar más del sol, de la primavera, de la calle y del perfume de la vida, pero al menos viviría entre letras para siempre.

Lectores, no pospongan el disfrute de la vida por miedos o por conseguir un objetivo, puesto que la vida plena en sí es el destino de un viaje muy rápido, repleto de giros inesperados, pero con pocas segundas oportunidades.

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